Tras el último aquelarre cristofascista se difundió la existencia de una empresa, llamada Lynce, que al parecer calcula con bastante aproximación el número de manifestantes. Así que nos contaron que en realidad había 55.000 manifestantes, lo cual está muy bien para ser una desfachatez, pero mal para haber puesto autobuses desde toda España. La noticia del Lynce fue muy bien acogida como instrumento para acabar con el excesivo peso de manifestaciones que no merecen tanta atención. Parecería que ya hemos conseguido un instrumento que garantice la información objetiva.

Pero no es así. Durante el mismo fin de semana en el que EFE contrataba a Lynce para que contara cristofascistas uno a uno hubo otras tres manifestaciones. Una en Madrid contra la reforma de la Ley de Extranjería (esa de la que nadie habla porque la han acordado el PP y el PSOE, pero que sería un escándalo en España si Berlusconi la aprobara en Italia): no sabemos cuántos manifestantes hubo porque en general no se hizo ni caso a la manifestación. En Donosti hubo otra manifestación multitudinaria contra las detenciones de Otegi, Rafa Díez, etc. Supimos que la manifestación era multitudinaria, pero sin estimación cuantitativa alguna; también supimos que Rubalcaba pensaba que su partido había pactado los presupuestos con quien “sigue la estrategia de ETA“. En Santiago de Compostela también hubo una masiva manifestación en defensa del galego. Ni un dato y apenas reflexiones al respecto: Galicia está demasiado cerca de Portugal como para pensar sobre ella.

No es sólo que de antemano se considerara relevante sólo la mani ultra. Tampoco se tienen en cuenta factores muy importantes a la hora de valorar la asistencia a la manifestación. La marcha de Madrid llevaba muchas semanas siendo anunciada en todos los medios (afines y hostiles), mientras la de Donosti se improvisó tras las detenciones y la manifestación antirracista de Madrid fue ninguneada de antemano por los medios. A la manifestación que afirmaba que interrumpir un embarazo es un asesinato vinieron autobuses de toda España pagados con el dinero que todos regalamos a la Iglesia. La antirracista se hizo sin apenas medios y las de Euskadi y Galicia no aspiraban a contar con gente de fuera. Asimismo, no es lo mismo reunir a 50.000 personas en una ciudad de más de tres millones de habitantes que en una de menos de cien mil.

Bienvenido sea un freno al absurdo de anunciar que ha habido quince millones de manifestantes en una caja de cerillas. Pero no nos creamos que la información objetiva se consigue con contar sólo cuántos manifestantes hay en una convocatoria (despreciando otras) y sin contextualizar cómo se ha conseguido tanto fervor popular.