Dice la lógica clásica que ante cualquier enunciado podemos afirmar sin temor a equivocarnos que o es cierto o es falso. No hay una tercera posibilidad: o es verdadero o es falso (principio de tercio excluso); y no puede ser que sea verdadero y falso a la vez y en un mismo sentido (principio de no contradicción). Lo que dice es bastante intuitivo: por ejemplo que es cierto que los unicornios verdes existen o los unicornios verdes no existen. Y que no puede ser que los unicornios verdes existan y no existan.

Aunque pueda parecerlo, no estoy considerando imbéciles a los lectores de este blog, nada más lejos de mi intención (una consideración que tampoco me dejaría en muy buen lugar a mí). Simplemente es un aviso previo a la argumentación que el PSOE pondrá sobre la mesa para defender su indefendible penúltimo giro de rosca. Nos explicarán que el reformazo constitucional es imprescindible y urgente pero no es importante, porque no tiene cifras como quería Alfredo: esta noche han acordado el PSOE y el PP que en la Constitución queda feo poner numeritos, pero que en 2012 se aprobará una Ley Orgánica (con los votos a favor de PSOE y PP) por la que el Estado central no podrá endeudarse en más del 0.26% ni las autonomías en más del 0.14%. Es decir, hay números comprometidos y suponen el final del margen de maniobra en época de crisis: si bajan los ingresos se desmantelan inmediatamente los servicios sociales. Porque de subir los impuestos para tener ingresos públicos razonables nadie del bipartito habla.

O hay números o no hay números, o es importante o no lo es tanto.

Si no es importante, incluso desde la lógica poco democrática de los partidos turnistas nada impide que los partidos lleven en su programa su posición al respecto y sea la ciudadanía la que decida si quiere esa rigidez para un Estado que ha estado al quite de los problemas de los bancos pero renuncia a estarlo de los de la ciudadanía. Incluso podrían hacer un guiño de esos tan molones y convocar un referendum. Acaso el propio día 20, aunque eso supusiese poner el centro de discusión fuera del falso conflicto entre dos partidos que coinciden en lo esencial y señalar que el conflicto está entre el turnismo y la alternativa social y democrática.

Si el asunto es importante, como parece por la urgencia y la inflexibilidad del bipartito y porque cuando un asunto es importante se lo cocinan PP y PSOE e informan al resto aclarando que desean el máximo consenso, se podría acudir a ese artículo constitucional (92.1) que afirma que “las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todos los ciudadanos.” Eso si no interpretan, con Rafa Escudero, que se está afectando a la definición de España como Estado social y democrático de derecho y que por tanto es inexcusable la vía rígida de reforma constitucional.

Si los diputados piensan que el pueblo es adulto (es un prejuicio, pero un prejuicio inevitable para ser demócrata) permitirán que elija sobre sus propios asuntos. Incluso si pensaran de su pueblo que es imbécil o que las categorías intelectuales no se deben aplicar a los pueblos, un demócrata piensa que es el pueblo el legitimado para tomar las decisiones que le atañen: incluso para equivocarse. Sólo se le puede hurtar esa decisión si pensamos que el pueblo es imbécil y no está legitimado para equivocarse, sino que tienen que tomar decisiones los sabios.

Si yo fuera diputado trataría de no pensar eso. Pues es esa panda a la que consideramos imbécil la que sí vota para repartir escaños (aunque luego una ley electoral amañe los errores que haya cometido el pueblo) y uno no debería de tener mucha confianza en que un imbécil se dote del tutor más sabio posible. Si fuera diputado pediría un referendum: si la reforma constitucional no es importante lo pediría para quedar bien, para hacer como que escucho a la ciudadanía; si la decisión es importante lo haría para parecer demócrata o, al menos, por autoestima: para no pensar a qué clase de imbécil habrá elegido un pueblo por el que sintiera tanto desprecio.

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