Hace unos días «ardieron las redes«. El titular de una entrevista promocional del libro de Analía Plaza, La vida cañón, hacía ver que los boomers (las personas nacidas entre 1957 y 1970, según explica ella en el artículo) estarían viviendo de lujo. Y se armó la gran bola de nieve sobre la que algunos (pocos) intentaron argumentar y la gran mayoría se lanzó al insulto personal y frecuentemente machista contra la autora: nada que no se esté fomentando por los magnates de la comunicación trumpistas.
De alguna forma tras el titular se intuye como una causa de que los jóvenes actuales normales tengan una imposibilidad manifiesta de alcanzar unas condiciones de vida razonablemente dignas sin tener que irse de sus ciudades. Y si no es una causa, al menos presenta una comparación que se percibe como injusta.
Hay una obviedad previa: ninguna generalización sociológica es universal. Por supuesto existen muchísimas personas mayores que no se están pegando ninguna vida cañón ni nada que remotamente se le parezca. Por el otro lado, también hay jóvenes, muchos menos, que no van a tener el menor problema económico en su vida: la mayoría de ellos estará convencida de que es gracias a su talento cuando en realidad es casi siempre gracias a su herencia.
Pero más allá de eso, es innegable que las políticas públicas que hubo entre los primeros años 70 y la crisis de los 2010 (y según dónde, todavía ahora) han causado un grave deterioro de las condiciones que permitían un inicio digno y hasta seguro a la adultez.
Hay tres ejemplos evidentes y muy claros. Es evidente que la conversión de la vivienda en un bien especulativo ha ido dificultando el acceso a la misma hasta hacerlo imposible para los más jóvenes; es evidente que hace décadas un puesto de trabajo era una razonable garantía de estabilidad y que las sucesivas reformas laborales del PSOE y del PP (hasta el cambio de rumbo histórico que supuso la exitosa reforma de Yolanda Díaz) fueron convirtiendo el puesto de trabajo en una mera conquista de supervivencia coyuntural; es evidente incluso que en lugares como la Comunidad de Madrid la educación universitaria ha pasado de ser accesible (¡hasta llegaron a inventarse el oxímoron «sobrecualificados«) a la situación actual en la que el abandono de la universidad pública hace que sólo se alcance con notas extraordinarias o con rentas familiares que permitan acceder a la (mucho peor) universidad privada.
Pero igual de obvio que el deterioro de las condiciones de vida de la juventud actual es que éste se está usando precisamente para seguir deteriorando sus condiciones. «¡Mira qué mal viven los jóvenes y qué altas son las pensiones de los viejos!«, aúllan. Hoy mismo, una web de la derecha ayusista defiende que el fin de las pensiones garantizadas (es decir, públicas) es el futuro de Europa. ¿Alguien se cree que le van a rebajar la pensión a los actuales pensionistas? La propaganda anti pensiones de la derecha lo que busca es deteriorar las pensiones futuras para que quien pueda tenga la obligación de hacerse un plan de pensiones privado. Es lo que llevan intentando cincuenta años: y a quien quieren perjudicar no es a los actuales pensionistas sino a los actuales jóvenes.
No hay que negar la brecha generacional sino revertirla. Y revertirla no significa que los mayores estén igual de jodidos que los jóvenes sino que los jóvenes puedan disfrutar de una vida razonablemente cañón. Legislar para que sea imposible convertir la vivienda en un bien especulativo, que las viviendas de las ciudades sean para que vivan sus ciudadanos, no para que se forren cuatro fondos buitre… que el precio de la vivienda esté tan regulado como el de otros bienes esenciales que están garantizados; que se profundice en la conquista de derechos laborales y sociales que se ha producido con los gobiernos progresistas de coalición; que se recupere la educación pública como una conquista social irrenunciable… ¡Y garantizar que los jóvenes actuales tendrán pensiones mucho más dignas de las que tienen sus abuelos! ¡Y que tengan un planeta habitable! ¡Y que las condiciones de vida que entre los boomers sólo estaban garantizadas para los hombres no distingan ahora entre hombres y mujeres! ¡Y mil conquistas más que los boomers no pudieron ni soñar y a las que las derechas siempre se opondrán!
Negar la brecha generacional no sólo es negar la realidad. Además es suicida en términos políticos dar la espalda a esos jóvenes negando que estén en una situación absolutamente inadmisible. Y, sobre todo, es ridículo que precisamente la izquierda no señale el rotundo fracaso de las políticas neoliberales que se generalizaron en los 70 y 80 (poniendo fin al bienestar de las socialdemocracias europeas de los 50-60), que estallaron en la gran crisis de los años 2008-2012 y que han generado este inmenso deterioro de las condiciones de vida con las que se salía a la edad adulta.
Claro que existe brecha generacional. Claro que los jóvenes actuales tienen en general unas condiciones de vida inadmisibles. ¿Cómo vamos a negarlo quienes nos opusimos a las políticas que nos han traído este deterioro?
Por supuesto que la situación de la juventud actual es inadmisible y por eso hay que frenar a quienes ayudan a los fondos buitre, a quienes defienden que el salario mínimo es excesivo, a quienes defienden que la destrucción del planeta, que sufrirán los jóvenes, no es para tanto, a quienes se oponen a cada avance de las mujeres y de cada persona que no viva de acuerdo con el esquema familiar y vital que se le imponía a nuestros abuelos, a quienes atacan la universidad para que los jóvenes actuales sólo puedan estudiar si tienen pasta para ello…
¿De verdad alguien va a permitir a los ultras que simulen defender a los jóvenes como decían defender a los trabajadores cuando arrasaron sus condiciones de vida?