Blog de Hugo Martínez Abarca

Etiqueta: 1-O

1-O 2018: El día que acabó el Procés

El proceso independentista catalán ha tenido dos principales fortalezas. En primer lugar una transversalidad política que lograba una unidad de acción que ha abarcado desde los herederos de Convergència hasta el izquierdismo de la CUP. En segundo lugar un pacifismo militante, imperneable a provocaciones, que facilitaba colocar a la vista de todo el mundo la respuesta policial y judicial del Estado en el lado del autoritarismo y la desproporción.

Ayer probablemente se derrumbaron ambos cimientos del procés.

Es obvio que la unidad de acción lleva semanas resquebrajándose. No es fácil de conjugar esa unidad con la evidente parálisis del Govern, que sabe que no puede dar un paso más pero mantiene una verborrea cada vez más incoherente con sus propios hechos. Ayer mismo cristalizó la distancia entre los hechos y las palabras con especial evidencia: por la mañana Torra pedía más empuje a los CDR y por la noche los mossos de Torra cargaban contra los CDR por pasarse con los empujones. Ayer, primer aniversario de la gran movilización soberanista que supuso el 1 de octubre era difícil encontrar una crítica a Rajoy, Llarena, Rivera o incluso Sánchez o Iglesias. Desde la calle se criticaba a Torra y a su conseller de Interior; desde Bruselas, desde la cárcel… se criticaba los excesos de los manifestantes. Es difícil pensar que la unidad de acción independentista pueda volver en un tiempo.

Y es igualmente obvio que las imágenes de ayer debieron hacer la boca agua de quienes llevan meses teniéndose que inventar violencia y acoso a las instituciones para justificar la respuesta represiva que dan y la que quieren dar. Hay que reconocer el mérito que ha tenido durante tantos meses tan duros haber impedido la menor acción violenta de prácticamente ningún descontrolado. Y ayer tampoco se produjo ningún acto de violencia contra las personas ni contra las cosas (es decir, nada capaz de herir a alguien o de destrozar algo; al menos en las imágenes que he visto); sin embargo el enfrentamiento con los mossos hasta lograr encerrarlos en el Parlament, el intento de abrirlo y la entrada en la Delegación de la Generalitat en Girona rompen drásticamente el instrumento de mayor fuerza política y propagandística (especialmente para el resto del mundo) que había acumulado el independentismo. No olvidemos que para acusar de rebelión a los Jordis tuvieron que calificar como violencia el hecho de que otras personas hubieran dejado un coche policial lleno de pegatinas; y que para el resto de presos la violencia de la que se les responsabiliza es la que ejerció la policía dirigida por Moncloa contra las personas que querían votar el 1 de octubre. Ni que eso sólo ha colado en la Plaza de las Salesas de Madrid. Al norte de los Pirineos no hay juez que se lo trague.

El otro rasgo principal del independentismo es probablemente el que lo ha conducido a una derrota (si se quiere temporal): ser absolutamente incapaz de medir sus fuerzas. Todo lo que sucedió desde el 3 de octubre del año pasado tenía varios pecados (por ejemplo el de interpretar engañosamente una exitosa movilización como un efectivo referendum vinculante). Pero el más letal de ellos fue hacer como que daban pasos que les resultaban imposibles; y además, como eran imposibles, realmente no los daban, por lo que el único efecto de tal simulación era servir de excusa al Gobierno del PP para una respuesta exacerbada.

Esa incapacidad para medir sus fuerzas sigue vigente. En los discursos de Torra y en las exigencias de quienes ayer pedían hacer efectivo el supuesto mandato del 1 de octubre. El independentismo catalán fue derrotado duramente. Pueden pensar que fue una derrota temporal (que, usando una peligrosa metáfora bélica, fue una batalla, no la guerra), pero fueron derrotados. Hay quienes desde el autoritarismo español no quieren asumir su victoria para tener excusas para seguir castigando: piden ahora un nuevo 155 sin mayor motivo. Pero es suicida para los independentistas no ser conscientes de esa situación de contundente derrota. Y también es letal para quienes no queremos su independencia pero sí aspiramos a una convivencia normalizada y democrática en Cataluña y en el conjunto de España.

1-O: El año en que todos hicieron lo posible por perder

Se cumple un año de la gran movilización soberanista catalana que supuso el 1 de octubre de 2017.

Un año después lo más probable es que las posiciones maximalistas (quienes quieren vivir ya en una república catalana independiente y quienes quieren decretar el fin del asunto proclamando la indisoluble y eterna unidad de España) estén más débiles que el 30 de septiembre de 2017. Y ambas por errores propios.

La violencia policial del 1 de octubre contra ciudadanos que estaban desobedeciendo pacíficamente generó un abismo emocional que difícilmente se solucionará. Las estrambóticas teorías jurídicas para convertir en violencia hechos pacíficos, para encarcelar acusados de rebelión a dirigentes políticos por llevar a cabo aquello para lo que fueron votados (antes y después del 1-O) imposibilita para bastantes años un acomodo libre y fraternal de gran parte de Cataluña en España; por no hablar del bochorno al que se somete a España cada vez que un tribunal europeo se ve obligado a posicionarse sobre tales teorías. El discurso televisado del rey fue agresivo y nítidamente de parte: no de parte de la unidad de España sino de su retórica más dura, que no es ni de lejos la de todos los españoles. Desde entonces sabe que nunca será un rey querido por la mayoría de los catalanes; y que millones de españoles ya le podemos pedir discursos políticos para graves agresiones a España (por ejemplo, la corrupción institucional o la de su propia familia). El rey, también, se pegó un tiro en el pie queriendo aparecer como el más duro del lugar.

Con todo, los independentistas han hecho lo posible por perder ellos también. La estupidez de agarrarse a una exitosa movilización popular para traducirla como un referendum vinculante y concretar esa traducción en una proposición no de ley (una mera declaración política de la mayoría del parlamento) que declaraba la independencia de Cataluña pero la dejaba en suspenso… era completamente estéril para sus objetivos y sirvió en bandeja al nacionalismo español más autoritario la escalada represiva que desarticuló las direcciones de sus partidos y movimientos sociales mediante cárcel, exilio e intervención (derrotada en las urnas) de la autonomía catalana. Lo que no engorda mata y el independentismo no ha engordado desde el 1 de octubre, se ha dividido, está descabezado y no tiene ningún rumbo conocido hasta el punto de que acaba de firmar un acuerdo de infraestructuras con España para los próximos cuatro años, evidenciando que no hay un proyecto independentista real.

El 1-O no fue un referendum: el Estado consiguió evitar que hubiera una consulta formal, creíble, rigurosa… y los independentistas no lograron que hubiera la aceptación colectiva de la votación (sólo votaron soberanistas) para que se entendiera que de las urnas emergía la voluntad popular de Cataluña. Sin embargo, la distancia afectiva entre millones de catalanes y España se ha agigantado este año imposibilitando una propuesta de España verosíil que incluya al pueblo catalán. Pero esa distancia afectiva sólo permite un vacío, ni siquiera les sirve a quienes podrían usarla para romper: este año también ha servido para demostrar la debilidad del proyecto independentista, que tampoco tiene la cohesión afectiva que compense la distancia con España.

¿Y en medio? En medio de los dos polos podrían estar quienes presumieran de haber llevado razón. Pero lo cierto es que incluso si así fuera serviría de poco. Llevar razón ¿y qué? Porque tampoco hay una salida intermedia que logre consensos, ni tan siquiera que facilite una mayoría popular catalana. La propuesta de nuevo estatuto catalán que insinúa Pedro Sánchez, incluso en la lejana hipótesis de lograr un acuerdo con la mayoría parlamentaria catalana ¿cómo garantizaría que PP y Cs no repetieran un recurso al TC que tumbaría el proyecto mayoritario de los catalanes y nos devolvería a la casilla de salida? Y la idea de un referéndum acordado entre Madrid y Barcelona (o entre los catalanes de distintas posiciones) ¿de verdad sigue vigente en lo concreto? ¿no es ya sólo una vaga exhibición de principios democráticos más que una propuesta que sirva para 2018 tras la oleada de tsunamis que han arrasado la política catalana?

Un año después parece que hubiera pasado una década. Sin cambiar nada, todo se ha podrido. Nadie puede seguir mirando hacia delante como si delante hubiera algo. Tocaría mirar hacia los lados. Pero probablemente a los lados tampoco haya nadie ni nada.

Vallejo Nájera busca independentistas

En los últimos días muchos medios están sobrepasando peligrosísismas líneas para analizar por qué en Cataluña hay tanta gente que quiere independizarse. Lo están tratando como una patología anómala, una disfunción social y siempre el resultado de no ser libre, de estar determinado genéticamente o haber perdido la voluntad política como fruto de la manipulación educativa.

Así, nos han explicado (tampoco es la primera vez) que el sistema educativo catalán manipula a los niños y por eso acaban siendo independentistas. Algo que no ocurre en el resto de España. A nadie se le ocurriría explicar cómo es posible que una organización corrupta como el PP consiga todavía varios millones de votos porque tiene un alto nivel de voto entre las personas que fueron educadas bajo el franquismo (un régimen, convendremos, en el que el sistema educativo manipulaba un poquito más que ningún sistema educativo actual): esto, con ser rigurosamente cierto, supondría tomar a los ciudadanos por seres manipulados y sin libertad, es decir, supondría renunciar a la democracia. O que la cantidad de dinero que la Comunidad de Madrid dedica a colegios ultrarreligiosos es la razón por la que la organización corrupta ha ganado elecciones en Madrid. Tampoco entiende uno cómo en 1977 no arrasó Alianza Popular tras cuarenta años de adoctrinamiento franquista en los colegios: ¿los españoles son más inteligentes y libres que los catalanes o sólo lo eran los de hace cuarenta años?

También nos hemos encontrado con supuestos «estudios científicos» que explican que se ponen más esteladas en los balcones de unos barrios de Barcelona que en otros y que ello demostraría que no las ponen libremente sino por la presión vecinal. Ayer fui a la Asamblea de Madrid en bicicleta. Pasé por el barrio de Salamanca, Menéndez Pelayo, Vallecas… y puedo asegurar que en el barrio de Salamanca hay más banderas de España en balcones que en Vallecas. ¿Quiere decir esto que los vecinos del barrio de Salamanca no son libres y ponen las banderas fruto de una presión totalitaria? Obviamente, no. Y no creo que nadie escriba tal majadería y menos con un marchamo que diga que eso es «científico».

Hoy también leemos que se es más independentista si se tienen ocho apellidos catalanes, es decir, que el independentismo tendría cierta raíz genética, Por supuesto, leemos que está condicionado por origen social, renta…

Nunca hemos leído en ese tono artículos que expliquen cómo puede haber tanta gente que vote al PP, un partido corrupto que nos ha arruinado a todos los españoles, por ejemplo. Se trata al independentismo no como una posición política legítima (que muchos consideramos equivocada, pero tan legítima y libre como cualquier otra posición política) sino como una patología del mismo modo que Vallejo Nájera investigaba el Biopsiquismo del fanatismo marxista. Es peligrosísimo instalar esa línea de análisis porque imposibilita la convivencia democrática: no hay gente que piensa distinto sino una patología política que no es libre, con la que no hay que dialogar entre libres e iguales sino que habría que tratar como una enfermedad, corrigiendo sus causas.

Por supuesto que la posición política se debe a muchísimos factores: sociológicos, educativos, familiares…  e incluso políticos. ¿Cómo explican los aprendices de Vallejo Nájera que antes de que Rajoy empezara su campaña contra el Estatut de 2005 (que contaba con el acuerdo de partidos independentistas y habría dado estabilidad territorial para varias décadas) el independentismo fuera la opción del 15% y ahora ronde el 50%? ¿Hubo un inmenso y secreto baby boom catalán en los 90 que ha incorporado a millones de votantes manipulados en los colegios catalanes? ¿Se han expandido los barrios opresores e independentistas? ¿Se ha descubierto de golpe que apellidos que parecían cacereños son en realidad del Alt Penedés, con el consiguiente giro ideológico de quienes los llevan en su DNI?

Tenemos una crisis política grave, por supuesto, pero como generalicemos una lógica política tan peligrosa saldremos de ella muy mal parados. Mucho peor que una España rota es una España en la que domine un pensamiento tan antidemocrático. No juguemos con fuego.

Cataluña: El desafío democrático (artículo en Cuarto Poder)

Afortunadamente, ante un conflicto político ya nadie discute que hay que resolverlo votando: lo que se discute es quién tiene derecho a votar, con qué límites, etc. Nadie se atreve a decir, por ejemplo, que Cataluña no puede votar o incluso independizarse porque la unidad de España sea perpetua ni, desde luego, que para la independencia de Cataluña no haga falta votar porque, merced a alguna revelación divina o metafísico-nacional, Cataluña no sea España y eso lleva a un Estado propio quiera o no la gente que vive en Cataluña.

Sigue leyendo en Cuarto Poder.