Blog de Hugo Martínez Abarca

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Cuando veas las barbas de Mineápolis cortar…

La única ventaja que tiene el trumpismo es que nos avisa con nitidez del proyecto que tienen para España y el resto de países europeos. Lo dejó por escrito en su Estrategia de Seguridad Nacional: Trump quiere dinamitar Europa a través de sus lacayos de las derechas radicalizadas, que en España representan Ayuso, Abascal… y el arrastrado de Feijóo.

No escucharéis una mala palabra de esos títeres locales de Trump contra la persecución de migrantes ilegales o legales, da igual, contra el asesinato de manifestantes inocentes, contra la hispanofobia de Trump o las continuas amenazas contra territorio europeo. Por supuesto, les veréis apoyando el genocidio de Netanyahu que patrocina Trump y el secuestro de presidentes extranjeros; es más, los veréis pidiendo que también secuestren al gobierno democrático de España.

En la campaña electoral estadounidense vimos muchos movimientos de hispanos apoyando a Trump. «Venezolanos por Trump«, «Latinos por Trump«… En realidad pensaban que Trump era un bocazas pero que perdería la fuerza por la boca (como pasó en la primera legislatura hasta el intento de golpe de Estado del Capitolio). Pensaban que podría echar migrantes pero no a ellos, que vivían legalmente en Estados Unidos hasta el punto de tener derecho al voto. Pensaban que el principal interés de un empresario tan poderoso sería simplemente estabilizar la economía y que las gilipolleces que pudiera decir en la Fox eran hasta divertidas; batalla cultural de esa.

Enseguida vimos que las gestapos de Trump también persiguieron a esos «venezolanos por Trump«. Que Trump iba a destrozar su país a una velocidad imprevisible incluso para los más avisados. Hoy la duda es cómo va a impedir Trump que haya unas elecciones democráticas que limiten o pongan fin a su escalada autoritaria.

Pero al menos tiene esa ventaja: Trump nos anuncia cómo quiere que sea la Europa que quiere destruir con gobiernos de las derechas vasallas, las derechas que ya hacen trumpismo en la oposición y quieren derrocar gobiernos democráticos como el de España para hacer trumpismo en el gobierno.

Ya hemos visto a Ayuso insultar a las víctimas de sus políticas más crueles («esas mierdas«, los 7291 muertos de residencias) y a todo el que no ría sus mamarrachadas (perdón, su batalla cultural). Hemos visto a Abascal anunciar 8 millones de deportaciones. Hemos visto a Feijóo balbucear lo mismo unas semanas después de que Ayuso y Abascal escriban su partitura.

Sabemos cuál es su proyecto para España porque, como hace décadas, la película se está estrenando en Estados Unidos meses antes de que la quieran estrenar en España.

¿¡Un mediador!?

Desde hace unos pocos años la figura del mediador ha sido bastante promocionada. Se trata de un canalizador de conflictos que ayuda a partes enfrentadas a que ellas encuentren soluciones que parecen inexistentes o, simplemente, a evitar llegar a juicio cuando se puede evitar. Es algo moderno y civilizado que están promoviendo las administraciones públicas, los colegios profesionales, etc y sirve en conflictos familiares, civiles, mercantiles, vecinales… de todo tipo.

Es posible que alguien no se haya enterado, pero en Cataluña existe un importante conflicto. Buena parte del antiguo gobierno está preso y la otra huida. Unos consideran que cometieron delitos gravísimos que merecen décadas de cárcel y otros los consideran presos políticos y exiliados. Unos consideran que se produjo un golpe de Estado y otros que se impide el ejercicio de la democracia. Lo que se dice un conflicto enconado que según las elecciones enfrenta básicamente a dos mitades de la sociedad catalana.

En esas condiciones se puede intentar dos cosas: arreglar el conflicto o derrotar a la otra parte. Derrotar a la otra parte, siendo ésta (la que sea) la mitad de la población garantiza el resurgimiento del conflicto, si bien es posible que electoralmente sea la apuesta más rentable a corto plazo.

Pero si se quiere arreglar el conflicto parecería una opción absolutamente razonable sentar a los distintos partidos en una mesa a buscar puntos en común. Y para ello sería muy inteligente emplear las técnicas que existen para facilitar la resolución de conflictos.

En todos los conflictos no suele faltar quien confunde dignidad con el enroque. Todo lo que no sea llevar absoluta razón, todo lo que sea moverse del punto de partida, todo lo que no sea que el otro se joda… es una humillación y una indignidad. Esa es la mentalidad ideal para que un conflicto se encone y en vez de arreglarse crezca: sea un conflicto de pareja o uno político. Cuando en vez de adquirir esa posición uno piensa que tiene razón (lo pensamos todos siempre, obviamente) pero que algo habrá que hacer, no se está humillando, está demostrando cabeza.

No sé qué tenía en mente el Gobierno al hablar de mediador, relator, o lo que sea, en una mesa de diálogo entre los distintos partidos políticos. Pero en abstracto parece una propuesta tan
razonable que roza lo irrelevante. Por eso lo asombroso es el escándalo que tanto ha exagerado esa derecha que se reencuentra en el fanatismo, pero también algunas personas que suelen buscar posiciones razonables.

Quizás buena parte del problema venga de la propia falta de arrojo del gobierno de Pedro Sánchez. Es tan evidente la necesidad de diálogo que esa propuesta la podría haber hecho hace tiempo. Pero la ha hecho al día siguiente de que ERC y PDCat anunciaran una enmienda a la totalidad a los presupuestos poniendo en bandeja la imagen de que una propuesta normal, razonable y ecuánime es en realidad una cesión ante los partidos independentistas. ¿Por qué no propuso esto mismo el gobierno hace meses? Qué torpeza.

La situación está tan polarizada (y la carrera por el fanatismo ultra tan acelerada) que lo normal y razonable aparece como un escándalo humillante. Es la misma impostura (con los mismos protagonistas) que se manifestó contra el fin de la familia porque se casaran homosexuales, contra la victoria de ETA poco tiempo antes de su derrota o contra las mentiras del 11M mientras los jueces evidenciaban las verdades del atentado.

La ficción fanática es la misma. Entonces dirigían la orquesta corruptos como Acebes y Zaplana. Hoy son Casado, Rivera y Abascal.