Blog de Hugo Martínez Abarca

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Si Casado pudiera, los indultaría

Hoy conoceremos la sentencia, dicen. Conoceremos las penas a las que condenarán a los líderes políticos independentistas que no huyeron a otros países europeos. No habrá condena por rebelión como quería la derecha . Sí habrá, probablemente, penas duras para un delito sin violencia. No habrá, en ningún caso, una solución al problema político que tiene Cataluña y que tiene España en Cataluña.

Hay una razón evidente por la que los condenados no son equiparables en términos políticos a otros cargos públicos condenados por delitos más habituales. Éstos fueron votados por la mitad de los catalanes para que cometieran los delitos por los que se les condena. Los corruptos se esconden: les votan a pesar de sus robos. Los dirigentes independentistas fueron votados por la mitad de los catalanes para hacer más de lo que hicieron en septiembre y octubre de 2017 y esa mitad de los catalanes volvió a votarles tras los hechos conocidos. Y la otra mitad votó para impedirlo antes y para rechazarlo después. Ahí está el genuino conflicto político que la sentencia no resuelve y que nadie puede negar.

Sólo hay tres posibles soluciones al conflicto catalán.

La primera que la respuesta punitiva (condenas duras y cumplimiento íntegro, artículo 155 de la Constitución, imposibilidad del diálogo hasta llevar la situación política catalana al colapso) lleve a una drástica mengua política del independentismo. Es la que hasta hoy defienden PP y Ciudadanos, y a la que se ha asomado Pedro Sánchez y el PSOE en esta campaña electoral. Llevamos ya unos cuantos años como para evidenciar que esta vía sólo puede fracasar. Y el propio hecho de descartar el Tribunal Supremo la rebelión debilita la posición ultramontana: queda muy difícil hoy pedir el 155 sin más argumento jurídico que el hecho de que Torra sea un desastre (no el único que gobierna una Comunidad Autónoma, digámoslo de paso). ¿Dónde queda, por cierto, Edmundo Bal, el héroe que Ciudadanos lleva en su candidatura porque se opuso a la infamia de que la Abogacía del Estado hiciese la petición que los jueces consideran correcta en vez de enrocarse en el aparente error?

La segunda es que Cataluña consiga una independencia unilateral: no hace falta muchos argumentos más que un vistazo al desolador estado del campo de batalla para adivinar que esa solución no se va a producir. No creo que haya ningún independentista que piense aún que ese camino es transitable.

Y la tercera es la que menos votos dará a quien la proponga pero la que todos los partidos (incluido sin ninguna duda el PP-Cs) intentarían si estuvieran en el Gobierno. La única salida que tiene el conflicto catalán es algún tipo de acuerdo, tanto dentro de Cataluña como entre los partidos españoles y los exclusivamente catalanes. Tal acuerdo resulta dificilísimo, pero es la única salida posible. No haría falta ir a negociar con líneas rojas de antemano porque la única certeza que todo el mundo tiene es que un acuerdo así no alcanzaría las propuestas de máximos de ninguno de los dos bloques: sería imposible quedarnos simplemente en la situación política, territorial y penitenciaria actual; sería imposible que el acuerdo llevara a la independencia. Y una obviedad es que entre los problemas a resolver en un acuerdo así estaría la situación de los presos y los fugados.

Si Casado fuera presidente del Gobierno, no nos quepa ninguna duda, lo intentaría: la derecha más bocazas en la oposición trata de resolver los conflictos más enconados en el gobierno convencida de que nadie le atacará por ello. Lo intentaron Aznar y Mayor Oreja con una organización terrorista (e hicieron muy bien en intentarlo) y si estuviera en mano de Casado lo intentaría. Quiero pensar que los progresistas no le vamos a regalar a la derecha el monopolio de la búsqueda de soluciones, aunque esa solución pasa, también, por la participación en la medida de lo posible (y aunque hoy afirmen que es intolerable) de la derecha española aunque sea desde la oposición.

Hoy termina la vía judicial. No estamos, nadie, mejor que hace dos años. Dentro de un mes tiene que empezar, de una vez, la vía política. Porque el atasco que sufre España no está sólo en Moncloa, está también en Barcelona.

Ciudadanos: una muerte ridícula

Ciudadanos debería asumir el triste papel que han decidido libremente jugar en vez de hacer el ridículo con un teatro tan malo. En serio: nadie va a creerse que mantener al PP en todos los gobiernos autonómicos en los que el PP lleva más de 20 años tenga algo que ver con cambio; nadie va a entender que quien pacta con Vox está combatiendo el populismo ni el nacionalismo (tampoco nadie se va a tragar los tristes juegos retóricos y escénicos para decir que no están pactando con Vox); nadie mirará a quien resucita al PP de Madrid, de Murcia o de Castilla y León como a un regenerador.

Ciudadanos hizo una apuesta en campaña electoral: adelantar al PP en el conjunto de España o al menos en lugares relevantes y disputar la hegemonía de la derecha. Fracasó. Fracasó rotundamente. Ni siquiera lo consiguió con Begoña Villacís, tan exageradamente promocionada en su campaña de disparates y mentiras contra Manuela Carmena: quedó por detrás de un desconocido de virtudes por descubrir, que ha sacado los peores resultados del PP en el Ayuntamiento de Madrid y aún así son mejores que los de Ciudadanos.

Ciudadanos se queda en la derecha, en la derecha más dura, demagoga, antisocial, antiliberal y antigua. Pero ya para siempre como fuerza subalterna, ni siquiera como bisagra: está siendo humillado cada día por PP y Vox y cada día acepta la humillación con cara de seriedad como si estuvieran exhibiendo una gran dignidad: la dignidad nueva del emperador.

Ayer Ciudadanos aceptó incorporar a los presupuestos andaluces la visión cómplice con la violencia machista de Vox y su política xenófoba. En la Comunidad de Madrid excluyó a dos fuerzas democráticas de la Mesa de la Asamblea (algo que no había hecho ni Esperanza Aguirre con su sectarismo y sus mayorías absolutísimas) para conseguir ellos su sillón de presidente de la Asamblea de Madrid (¿alguien recuerda el nombre de alguna presidenta o presidente de la Asamblea de Madrid?) y convertir la exigua mayoría de las derechas madrileñas en un rodillo (5-2) con sillón para los ultras.

Se comerán los carguetes que el PP le prometa a Vox, se comerán los escándalos que vayamos conociendo del PP, se comerán las políticas más reaccionarias que hayan impulsado nuestras administraciones públicas desde la restauración de la democracia.

Durante unas semanas es posible que sigan haciendo el ridículo pidiendo hacerse fotos en el Orgullo o poniendo nuevos y sugerentes adjetivos a su impostado feminismo. Pero ya nadie, nadie les hará caso más que para reírse de ellos.

Se han entregado, se han rendido. Los tiranillos más patéticos de la Historia siempre que han perdido guerras se han pasado unos días haciendo encendidos discursos proclamando su victoria, discursos muy solemnes que desde lejos causan sólo entre risa y pena. Pocas semanas después sus vencedores los ahorcan sin necesidad de grandes discursos.

Si Def Con Dos escribiera ahora su «Pánico a una muerte ridícula« incluiría, sin duda, lo que le está haciendo Albert Rivera a su Ciudadanos.

El pinchazo de Albert Rivera

Durante mucho tiempo Ciudadanos jugó a parecer un partido moderno, liberal y progresista. El nacionalismo catalán le daba la oportunidad de poder simular que su oposición a éste no era un férreo nacionalismo español. Su lejanía de todo poder electo le permitía no ubicarse en un espacio ideológico. La ensayada retórica hueca les permitía evitar posición política alguna. El favor mediático y la irrelevancia les ayudaba a que se olvidara si en el pasado se habían aliado con ultras, si habían rechazado el matrimonio homosexual y la nueva ley del aborto o aplaudido a Mario Conde.

Pero se acabó.

La foto de ayer es letal para ese primer Ciudadanos. Se ubica definitivamente en una derecha muy dura, que comparte modelo de país con la extrema derecha, que intenta huir de la foto en un patético esfuerzo por evitar que nos enteremos de con quién quiere gobernar el país.

El precio a cobrar por esa foto fue muy pequeño: la concentración de Colón fue muy nutrida… para ser una convocatoria de Vox; pero fue un evidente fiasco para partidos como PP y Ciudadanos, para sus pesebres mediáticos, que lo dieron todo (autobuses, portadas, gritos) para llenar Madrid y que se supone que aspiran a representar a medio país (a todo el país, a juzgar por su retórica: en su «España» sólo cabe el fanatismo, el odio y la crispación). A Pablo Casado es probable que no le preocupe porque no parece estar pensando en que el PP crezca sino en primero construir un PP a su imagen y semejanza y por tanto escorado al margen ultra y limpio de disidentes (aka derecha acomplejada).

La manifestación de ayer no era una cosa sectorial y pequeña. No se juntaron para pedir que funcione el Metro o que baje el precio del coñac. No. Era una manifestación sobre el modelo de país. Por eso es tan letal la foto. Porque Albert Rivera convocó una manifestación sobre su modelo de España y Vox, Falange y Hogar Social entendieron que era también el suyo.

Hizo bien Inés Arrimadas en huir del evento. No sé si calculaba el fracaso, pero era evidente que la movilización iba a ubicar definitivamente a los asistentes en el rincón ultra, del odio, del nacionalismo inmovilista y excluyente, de la España rancia y antigua, de quienes llaman feminazis a las personas que denuncian la violencia machista. Ay, si a Manuel Valls se le hubiera ocurrido la excusa del avión para poder disimular él también al menos hasta mayo. A cambio, Albert Rivera colocó a Begoña Villacís e Ignacio Aguado en la foto: para que los madrileños tengamos claro con quién gobernarán si pueden.

Un 30% de los votantes de Ciudadanos está a favor de alejarse rotundamente de Vox (están a favor del cordón sanitario): uno de cada tres votantes de Ciudadanos, que buscaban esa opción moderna, liberal y democrática ya sabe que ese no es su partido, aunque los votantes del PP y Vox constaten que puede ser el suyo.

Ciudadanos pasó ayer su Rubicón. Hay que agradecerles la claridad.

Venezuela siempre vuelve

Igual que no hace falta compartir lo que dice un periodista para defender su libertad de expresión, no hace falta defender a un gobierno concreto para rechazar vías de acceso al poder que huyen de las urnas y lo apuestan todo al dictado de Donald Trump. Me resulta bastante estéril pelear sobre si es o no un golpe de Estado aunque cabrían pocas dudas, especialmente en un país cuyos opinadores han usado con tanta ligereza el concepto. La clave es si lo que está pasando en Venezuela ayuda a la convivencia, a la paz y a una solución democrática. Y resulta obvio que no, que a lo que más acerca es a un conflicto civil que podría estar demasiado cerca.

Desde hace tiempo en Venezuela no se han hecho las cosas bien. Por muchas razones, algunas muy comprensibles. Son obvias las carencias económicas, pero también las democráticas y las dificultades para una convivencia en la que las dos venezuelas se reconocieran mutuamente y sometieran las diferencias a las urnas en primer lugar y a la Constitución. Es absurdo denominar a Venezuela dictadura (con ese término en España sí somos más rígidos y apelamos al insulto a las víctimas de nuestra dictadura cuando se usa con ligereza ¿verdad?) pero es evidente que ha habido retrocesos graves que impiden hablar de una situación democrática en Venezuela: aunque casi nunca lo recordemos, entre la democracia y la dictadura existe toda una gama de grises, no sólo en Venezuela.

Pero los problemas de Venezuela, ni los de ningún país, se resolverán nunca mediante la decisión caprichosa de Donald Trump, convertido en un Calígula, que vaya nombrando cónsules por el mundo. Ni aunque Donald Trump designara un gobierno alternativo a la tiranía saudí (algo impensable porque todos los obsesionados con Venezuela apoyan a la dictadura más feroz que hay hoy en el mundo) debería ser apoyado porque eso no sirve para nada bueno.

Ayer hubo una concentración en la Puerta del Sol de la oposición venezolana. Allá fue Pablo Casado y demostró lo que le importa Venezuela: cogió el micro y lo usó para decir  que había que votar a Martínez Almeida en las elecciones municipales de Madrid, seguramente porque Manuela Carmena se parece mucho a Nicolás Maduro: aproximadamente como Churchill a Casado.

Es obvio que no tienen ningún interés en la democracia, la paz ni la convivencia en otros países ni Albert Rivera ni Pablo Casado ni nadie de quienes ayer se apresuraron a vociferar la necesidad de que el gobierno español se adhiera a la política exterior de Trump y Bolsonaro. Por eso insultan tanto a Zapatero, que está siendo una de las personas que más ha intentado ayudar a solucionar la situación venezolana y precisamente por ello se ha llevado tantísimos golpes. El ejemplo saudí y su protección de cargos políticos españoles sobornados por aquella dictadura es tan obvio que oculta su silencio con todas las violaciones de derechos humanos que suceden en el mundo. ¿A qué otra concentración sobre política internacional ha ido Pablo Casado? ¿Alguna vez Rivera o Casado han protestado por Guantánamo, por el Sáhara, por Palestina, por Polonia? ¿Qué opinan sobre Bolsonaro?

Venezuela siempre vuelve, pero en realidad nunca hablan de Venezuela. Venezuela les da igual. Si mañana hay un reguero de sangre… beberán de él encantados.

La vía bocazas

Es difícil encontrar declaraciones estridentes de Artur Mas o Carles Puigdemont antes del 1-O.  Las polémicas entonces se centraban en los pasos que se anunciaban. «En seis meses haremos una consulta», «A la vuelta del verano aprobaremos leyes de desconexión«. No recordamos charlotadas sobre la vía eslovena, o que se retiraran los canapés de los actos oficiales en solidaridad con nadie o que alguien pidiera que España saliera de la Unión Europea.

Tras el 1 de octubre y la reacción del Estado a la simulación de declaración de independencia que hizo el Parlament el movimiento independentista quedó gravemente derrotado al menos en el itinerario que se había trazado hasta entonces. Ello no quiere decir que haya ganado el Estado (cuyos cimientos democráticos están maltrechos sobre todo por unos encarcelamientos indefendibles y que además comprobó hace un año que el independentismo sigue siendo el bloque mayoritario en las urnas catalanas), pero sí que el rumbo que tenían los partidos independentistas catalanes ya sólo les lleva a encallar una y otra vez.

Se diría que en Cataluña hay dos tipos de independentistas. Los que tienen el coraje de entender que la situación ha cambiado y que necesitan remangarse, dialogar, explorar las zonas grises y los matices (un ejemplo evidente fue Joan Tardá en el Congreso ayer); y quienes deciden estrellar a Cataluña contra un muro elevando la retórica pero sin nada que ofrecer a Cataluña más que esas estridencias.

La derecha española decretó que había que volver a aplicar el artículo 155 de la Constitución a Cataluña el día siguiente de que perdieran el gobierno de España. Ahora se agarran a las declaraciones de Torra para explicar que es imposible seguir sin aplicar el 155. Pero lo cierto es que ni Torra ni su gobierno están haciendo nada (nada de nada: ni ejercen de gobierno autonómico ni de gobierno secesionista) y que precisamente los alaridos histriónicos son la evidencia de que tampoco tienen previsto hacer nada concreto.

Las declaraciones de Torra, como las de Casado, Rivera o cuantos irresponsables estén echando gasolina al fuego pueden elevar la crispación popular: ese es el único (y peligroso) efecto de esta vía bocazas compartida. No es un efecto menor, es peligroso. Pero uno de los inconvenientes de la democracia es que se puede ser un bocazas sin que le sancionen a uno por ello. Ni a Torra, ni a Casado, ni a Rivera. Ni a los socios andaluces de estos últimos.

La vía bocazas es, simplemente, la escenificación del fin del Procés. Pero con el Procés acabado, hay quienes necesitan seguir haciendo como que sigue habiendo Procés.

Van dos constitucionalistas y se cae el de en medio

El PSOE ya tampoco es constitucionalista, pobrecito mío. Ayer Pablo Casado había convocado una cosa pomposamente llamada «cumbre constitucionalista» a la que estaban invitados los partidos que defendieron en el Congreso la permanencia de Rajoy en la Moncloa (PP, Ciudadanos y los partidos regionales de la derecha monárquica). No parecen haber sacado mucho resultado, ni siquiera una foto bonita: la foto de unidad de familia más hermosa que tienen fue la del acto de Alsasua con Ciudadanos, PP y Vox.

En realidad el acto no tiene ninguna relevancia política (como nada de lo que está haciendo Casado: todo son píldoras de rápido consumo comunicativo e inmediato olvido) pero lo que sí es importante es el nuevo estrechamiento a la derecha de eso que llaman constitucionalismo.

El principal éxito del relato de la Transición como mito fundacional del sistema político del 78 fue convencer de que en la Transición (y por tanto en la paternidad de la Constitución del 78) cabía todo el mundo excepto terroristas y fascistas inadaptados a los nuevos tiempos. Desde Alianza Popular (aunque no votara la Constitución) al Partido Comunista de España, desde Fraga a Tarradellas: todos hombres, todos padres de la Constitución, ninguna madre, pero tampoco era cuestión de entrar en detalles. Era un relato tremendamente inteligente para evitar graves disidencias: ser crítico con aspectos sustantivos de la Constitución o del sistema político (con la monarquía, por poner un ejemplo evidente) era situarse en un margen, fuera del sentido común, apartarse del lugar donde todos cabemos.

Cuando Aznar dejó de necesitar a Arzalluz y Pujol para gobernar cambió el relato. Se inventó un patriotismo constitucional (apropiándose y falsificando de una idea republicana y democrática de Habermas) para sacudir al PNV. Se creó la categoría de constitucionalista a la que pertenecía, básicamente, quien antepusiera la unidad de España a cualquier otro principio: al fin y al cabo la Constitución española no se fundamenta en la voluntad popular, ni en la democracia ni en los derechos humanos ni… «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles.«: la extraña y reiterativa (la indisoluble unidad es además indivisible) redacción del artículo 2 da un sustento nacionalista y primordialista a la Constitución al que se agarró el aznarismo.

Y desde ahí el estrechamiento. Supongo que para el PP de Aznar fue inteligente, pero para los defensores del Régimen de la Transición fue suicida: en vez de seguir usando el mito político como un abrazo del oso del que sólo escaparan flecos marginales, se convirtió en un látigo contra herejes. Cada vez más gente fuera del constitucionalismo (con la aquiescencia del PSOE): nacionalistas vascos, catalanes, Izquierda Unida, socialistas catalanes… Poco a poco constitucionalista se convertía en sinónimo sólo de PP y ala derecha del PSOE. Sin ese disparate habría sido mucho más complicada una impugnación política tan importante como el 15M.

Con su deriva ultra y ese constitucionalismo apropiado, PP, Ciudadanos y Vox (que también forma parte del bloque constitucionalista según supimos, por ejemplo, en Alsasua) han expulsado también al PSOE. No es sólo Casado: Albert Rivera también ha situado al PSOE fuera de la religión única y verdadera.

Ser constitucionalista no significa defender que España tenga una Constitución democrática, ni significa defender que la Constitución de 1978 no deba cambiarse ni una coma (PP y PSOE la han cambiado, ¿por qué otros cambios serían menos legítimos?). Ser constitucionalista ya sólo significa formar parte de las derechas monárquicas. Nada más. Y ello puede ser temporalmente útil para esas derechas monárquicas, pero desde luego es suicida para quienes quieran defender el statu quo del 78. Ellos sabrán.

El ultimátum

En los cinco meses que lleva de President, Torra ha demostrado que no tiene en mente incumplir la legalidad española y que lo va a compensar elevando la retórica.

El lunes la calle le gritaba a Torra «República o Dimisión«. Torra no contestó a la calle sino que elevó la reclamación a Sánchez: «Referéndum o elecciones«.

Todos sabemos que Torra no tiene fuerzas para proclamar una República Catalana. No sé si Torra querría, pero es evidente que no puede. Exigirle a Torra República o dimisión es llamarle a la dimisión, aunque los manifestantes no tengan capacidad inmediata para forzarla. Del mismo modo Torra sabe que el gobierno español no tiene fuerzas para acordar un referéndum en el próximo mes. En este caso además es probable que este gobierno no quiera; pero un gobierno en análogas circunstancias parlamentarias (e internas, no olvidemos que el PSOE sigue siendo el de Susana Díaz, García-Page y Lambán entre otros) que quisiera llegar a un acuerdo sin líneas rojas no tendría fuerza para que el referéndum fuera posible en un mes. El propio ultimátum de Torra es la evidencia de que lo sabe. Plantea un ultimátum porque sabe que el gobierno de Madrid es más débil que el catalán. Y le pide que aunque sea más débil, sea más valiente que él.

Es posible que Torra lleve a cabo su ultimátum y deje al gobierno en minoría por un tiempo o realmente hasta el final de la legislatura: tampoco sé si controla al PDCat y a su grupo en el Congreso, pero probablemente no surjan ahí las dificultades. Es de los pocos actos que aparentarían firmeza y que Torra se puede consentir, así que no es descartable.

Lo que es seguro es que a Cataluña no le traería nada bueno la consumación del ultimátum. Tampoco a los independentistas. Si hubiera elecciones habría dos escenarios probables: o un gobierno similar al actual con apoyos más o menos parecidos (quizás con más escaños propios pero nunca con mayoría suficiente para ir en solitario) o un gobierno del Partido Popular de Pablo Casado y Ciudadanos, partidos que están pidiendo aplicar el 155 sin esperar siquiera a que haya algún incumplimiento de la legalidad.

Es obvio lo perjudicial que sería para Cataluña y para la democracia (especialmente en Cataluña) un gobierno de PP y Ciudadanos. Pero también es obvio que un gobierno parecido al actual tendría un margen de actuación parecido al actual en el mejor de los casos. ¿Cuál sería la ganancia para Cataluña, para toda Cataluña, pero también para los independentistas? Ninguna. El único que ganaría algo es Torra: tiempo y apariencia de firmeza.

Si el conflicto catalán tiene alguna salida, ésta se encontrará a fuego lento. Y es posible que a fuego lento quepa todo. Quien pretenda una solución inmediata que calme los golpes de pecho sólo conduce a Cataluña y a España a callejones sin salida cada vez más oscuros.

Ciudadanos: de la arrogancia al odio (artículo publicado en CuartoPoder)

El viernes pasado, la portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Madrid, Begoña Villacís se mofó y llamaba “justicia poética” al hecho de que la concejala de Arganzuela hubiera tenido que llamar a la policía porque un grupúsculo estaba reventando el pleno del distrito mediante gritos e insultos. Esto es: impedían que se desarrollara el debate entre los distintos grupos municipales, que se supone que representan a todos los vecinos. Después se fueron a reventar el pregón de las fiestas de La Melonera, unas fiestas típicas de Arganzuela. Una vecina de 70 años (que ya en su día fue víctima de la violencia franquista, por cierto) les pidió que le dejaran escuchar el pregón y una persona de este grupo tan divertido le dio una patada y le rompió una costilla.

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Kant para Albert Rivera

Nada hay menos kantiano que lo que hizo Albert Rivera: recomendar que otros hicieran algo (leer a Kant) que uno mismo no hace. Quizás la aportación más popular de Kant al pensamiento es el imperativo categórico, ese que, a falta de una moral dictada por dioses, reyes ni tribunos somete nuestra actuación a la razón práctica, a ese «obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal«, algo así como una versión refinada y ampliada del cristiano «amarás a tu prójimo como a ti mismo«. Eso es lo contrario a recomendar a la gente que lea a Kant sin leerlo uno mismo.

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