Blog de Hugo Martínez Abarca

Etiqueta: Berlusconi

Nuestras colonias

En noviembre de 2007 durante la Cumbre Iberoamericana Zapatero fue firme. Hugo Chávez calificó reiteradamente como fascista a Aznar. Si consideramos que Aznar fue uno de los dos únicos gobernantes mundiales (junto a Bush) que se apresuró a reconocer a los golpistas venezolanos en 2002 mientras mantenían secuestrado a Chávez, puede parecer comprensible e incluso un poco pacato que lo llamara sólo fascista. Pero Zapatero estuvo en su sitio: le pidió respeto incluso hacia un tipo como Aznar y lo hizo educadamente, por lo que nuestro presidente del gobierno quedó estupendamente. A uno le puede parecer de perlas que se llame fascista a Aznar, pero hay que reconocer que de aquella cumbre la imagen pública que salió mejor parada fue la de Zapatero por ser respetuoso pidiendo con firmeza que se guardaran las formas.

La semana pasada Zapatero accedió a celebrar un encuentro con Berlusconi en su finca particular, en la que había tenido sus fiestas con prostitutas y medios de transporte públicos. La diplomacia española no puso reparos a que el encuentro se celebrara en aquella finca, en vez de en algún espacio público en Roma. Y allí Berlusconi explicó que en Italia, el país de los casanovas, se respetaba a las ministras españolas porque las mujeres «son un regalo de Dios a los hombres» aunque puntualizó que a Zapatero ya no sólo le mandaría su esposa, sino también las ministras; preguntó a un periodista español que si sentía envidia de sus orgías con prostitutas y explicó que con ello se promocionaba turísticamente Italia pues muchos hombres querrían ir allí a hacer turismo para poder hacer lo mismo que él. Arremetió también contra El País por publicar informaciones ciertas sobre las orgías.

Zapatero permanecía inmóvil, mirando al infinito, como si no supiera qué decir ante las desfachateces del afascistado presidente italiano. Berlusconi le dio la ocasión de que estuviera en su sitio: «perdona, que estoy acaparando la rueda de prensa«. «No, si está interesante«, contestó Zapatero. No aprovechó para pedir respeto a las mujeres en general, ni a las ministras españolas en particular, ni al periodista español, ni mucho menos a El País. Ni siquiera para decir que respetaba a Berlusconi pero que su forma de pensar era diametralmente opuesta. Fue diplomático y dejó que Berlusconi siguiera con su verborrea machista y putera, porque un presidente de gobierno debe guardar las formas y no desairar a otro primer ministro e incluso parecer su sonriente cómplice.

¿Es más insoportable llamar fascista al anterior presidente del gobierno español por mucho que apoyara a los secuestradores y golpistas que mofarse de las ministras del gobierno que uno preside por ser mujeres, o que señalar a un periodista como un potencial putero y actual envidioso, o cargar contra un medio de comunicación español por informar verazmente (no siempre pasa)?

No, no es más insoportable. Sin embargo, sí es más sencillo ponerse cívico ante un mandatario latinoamericano y mulato al que ponen de vuelta y media todos los medios de comunicación, que exigir respeto a las mujeres a un jefe de gobierno europeo, multimillonario y propietario de medios de comunicación incluso en España. El problema de Zapatero es el antecedente. Cuando lo consideró oportuno, sí exigió a un presidente extranjero que mantuviese las formas, pero con Berlusconi no le pareció preciso.

A lo mejor, si en vez de en Cerdeña hubieran estado en el Reino de las dos Sicilias, Zapatero se hubiera sentido como más en casa y le hubiera dicho algo a Berlusconi. ¿O tampoco?

Putero y coquero

Sabíamos de Berlusconi que es un corrupto, un demagogo, que cambió la legislación para evitar ser juzgado por delitos económicos, que ha legalizado una suerte de brigadas ciudadanas para sembrar el terror, que se ha aliado con cuanto fascista ha podido reivindicando él mismo la época del Duce, sabemos que somete la legislación y los derechos civiles a la moral teocrática del Vaticano y que, por tanto, ha hecho todas las declaraciones machistas y homófobas que se le han ocurrido.

Todo ello ha llevado a los italianos a votar a Berlusconi: han votado y posteriormente, por si quedaban dudas, recuperado al corrupto parafascista clerical.

Ahora Berlusconi está en horas bajas. Se ha descubierto que entre sus corrupciones rutinarias estaba la de llevar gente con transporte del estado a una finca suya para celebrar fiestas privadas. Esa fue la acusación inicial. Y como a nadie parecía importarle que se acreditase de nuevo (y por un asunto tan menor) que Berlusconi es un corrupto empezaron a contar en qué consistía la fiesta.

Primero era sólo una orgía un tanto cutre: algún pene suelto y bastante topless. Luego empezamos a conocer que algunas de las invitadas cobraba por asistir y acabar en la cama con alguno de los señores importantes, especialmente con Berlusconi. Lo último es que podría haber corrido la cocaína en la fiesta.

Pues qué bien. No tengo ninguna simpatía hacia las personas que usan la prostitución. Pero al lado del currículo de Berlusconi es un asunto menor y cuando comenzó el escándalo de la orgía no se sabía que los polvos eran de pago, por lo que esa no es la razón del escándalo: además es un asunto privado, pues sería igual de putero sin sus privilegios políticos. En cuanto a la cocaína, lo único reprochable es que los mismos políticos que prohiben su uso para la gente de a pie la usen en sus encuentros.

Acaso el asunto sea la hipocresía de quien da lecciones de recta moral vaticana mientras organiza bacanales paganas. Pero escandalizarse hoy por la existencia de dobles y triples morales entre quienes nos dan lecciones de rectitud y seriedad debería resultarnos al menos antiguo para quienes vivimos en una monarquía católica y borbónica (¿para cuándo sacará El País unas foticos de fiestas zarzueleras?).

No negaré que es divertido ver a Berlusconi humillado, pero hay que reconocer que eso es sólo una cuestión de bajas pasiones. Que un personaje como Berlusconi acabe sufriendo sólo por putero y coquero es un fracaso histórico de Italia. Si hay que insultarle, mejor seguir llamándole fascista corrupto; aunque eso le dé votos.

La victoria más triste

Eluana Englaro no murió ayer; murió en 1992, que es cuando dejó de vivir. Ahora podrán enterrarla. Su familia, su valiente, íntegro y admirable padre podrán ahora descansar. Salvo que los malvados lo persigan, algo no descartable.

Con esta desgraciada familia se han cebado hasta el ridículo los totalitarios Silvio Berlusconi y Joseph Ratzinger que han tratado de imponer sus prejuicios supersticiosos a la libre voluntad de quien no quería ensañarse, quien quería dejar de sufrir, quien quería libremente poner fin al horror y dejar paso simplemente a una tristeza aguda y solitaria pero al menos, ésta sí, inevitable. El maldito canalla que gobierna en Italia llegó a argumentar que Eluana Englaro debía seguir enchufada a los sueros porque «podría quedarse embarazada«.

El padre que sólo quería liberarse de una condena que nada tenía que ver con la vida ha tenido que tomar la trágica decisión sin calma, con prisa, no fueran a conseguir los cruzados condenarlo a mantener el cuerpo vivo de su hija muerta otros 17 o 30 años.

A Silvio Berlusconi y a Joseph Ratzinger les da igual la vida. Ambos se han codeado con asesinos sin afearles lo más mínimo la conducta. Ambos han participado en matanzas horrendas sin haber pedido nunca perdón por ello. No es la vida. Es el control de la moral de la sociedad lo que necesitan. Y si para ello tienen que hacer sufrir a un padre acusándole de asesinar a una hija a quien lleva cuidando diecisiete años de muerte y desesperanza no tienen ningún problema, porque el objetivo es muy superior. Ellos, como nuestro doméstico Lamela, no dudan en hacer infinito daño para mantener el poder totalitario sobre las vidas ajenas, sobre los principios; necesitan imponer conductas porque sólo con la imposición efectiva consiguen demostrar que la moral es cosa de ellos.

Afortunadamente han perdido. Espero ver ahora a quienes se quejan de que no sé qué asignatura de los colegios es totalitaria e intenta imponer una moral ajena, espero ver a quienes se dicen liberales, espero verles gritar contra Berlusconi, Ratzinger y Lamela y acompañar a un padre en la más triste victoria que se puede tener. La victoria contra los malvados para conseguir sufrir a solas.

No más cumbres

Del mismo modo que en el verano pasado el principal asunto periodístico fue si Cristiano Ronaldo ficharía o no por el Madrid, nos hemos concentrado ahora con el crucial asunto de si Zapatero se hará la foto en una ‘cumbre‘  o no. Sarkozy y Gordon Brown, que son amiguitos de Zapatero, hacen declaraciones para que pueda ir; pero Bush pone la casa y el anfitrión invita sólo a sus colegas. Zapatero no es colega de Bush, porque cuando ganó dejó Irak sin nuestras armas, pero posiblemente para cuando se celebre el guateque sepamos que el futuro anfitrión de estos saraos (Obama, que ahora es amiguito de Colin Powell) sí se ajunte con Zapatero, porque su rival electoral confundió su nombre con ‘zapatista‘. Alta política, vaya.

¿Qué van a decidir en la tal cumbre? Nada. Si se gesta alguna decisión importante, serán los asesores de dos o tres gobiernos (probablemente el chino y el estadounidense) quienes partan el bacalao. ¿O es que Sarkozy y Bush se van a poner a elaborar modelos macroeconómicos a partir de sus portentosos conocimientos y sus legendarias dotes reflexivas? ¿Estarán ahora Putin (o Medvedev, que es Putin pero con la camisa puesta) y Berlusconi en una biblioteca consultando manuales de economía y con la calculadora en la mano estudiando qué propuesta hacer en la cumbre?

Hasta cuando se reúnen Zapatero y Rajoy la cosa está más que cocinada: la última vez que se fotografiaron en la escalerilla de la Moncloa tuvieron que esperar a que Montoro y Solbes hubieran atado hasta el último cabo suelto. Al menos ese encuentro no salió muy caro. Desde que comenzó la presente crisis del capitalismo, la mejor forma de afrontarla han sido múltiples cumbres, minicumbres, o colinillas. Hubo una semana en la que Zapatero tenía cada día una cumbre: con banqueros, con sindicatos y patronal, con Rajoy, con los líderes europeos. Era una forma de mostrar que Zapatero se toma las cosas en serio: uno se reúne con todo dios, se hace fotos con un gesto de seriedad muy importante y se negocia para poder hacerse la gran foto mundial. Pero decisiones concretas (buenas, malas, qué más da) no se conocen más allá de regalar dinero a los bancos (eso ya lo hacíamos los demás sin necesidad de cumbres) y si se conocieran no habrían sido tomadas en esas reuniones. Pues si se tomaran en ellas sería una irresponsabilidad impresionante: ¿no hay nadie en el equipo de gobierno que conozca con más profundidad que Zapatero el tinglado económico?

Por muchas declaraciones que hagan, los fotografiados del mundo no parecen darse cuenta del calado de la crisis. Es una crisis de modelo. De modelo económico y por tanto de modelo político, pues se está evidenciando el fracaso de un modelo de democracia que ha dejado en manos de los gobiernos decisiones marginales otorgando a poderes incontrolados el núcleo más importante de poder. Dada la precariedad del poder democrático se ha generado una democracia de mando a distancia (de audiencias, dice alguno) en la que no importa el coste que tenga un acto: si sirve para la propaganda se dará por bienvenido. Podemos decidir poco, pero lo vamos a hacer con todo el boato que podamos.

Incluso en el dudoso caso de que  en el último acto de la cumbre (el de los jefecillos) se tomara alguna decisión, no hay ninguna razón para pensar que éstas no podrían celebrarse por mail, videoconferencia,… o cualquier otra forma de reunión gratuita. Quienes trabajamos en la calle y en los bares por cambiar el mundo y sí tenemos tiempo y dinero limitados estamos más que acostumbrados a cerrar acuerdos por correo electrónico. Alguien deberá empezar a plantearse que las fotografías y los coñazos pueden  tener gracia, pero a lo mejor no es lo idóneo si de lo que se trata es de que falta pasta.

Sólo hay una posibilidad de que se den cuenta del disparate de las cumbres: que les agüemos la fiesta, que aprovechemos las cumbres para resucitar las contracumbres. ¿Ha habido un momento más propicio para que el neoliberalismo tenga una respuesta en la calle masiva?