Blog de Hugo Martínez Abarca

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Si alguien se creyera que hubo terrorismo

Pende sobre García-Castellón el recuerdo de una conversación entre Ignacio González y Eduardo Zaplana que se hizo pública por uno de tantos sumarios contra gobernantes corruptos del PP. En aquella conversación Ignacio González planteaba a Zaplana que sería muy conveniente que García-Castellón volviera a la Audiencia Nacional y sustituyera al juez Velasco. Ignacio González prefería que quien investigara sus delitos fuera García-Castellón; esto es: que García-Castellón volviera a la Audiencia Nacional y sacara las puñetas del juez Velasco de aquellas investigaciones. Y así ocurrió.

¿Ha sido un desastre la metedura de pata de García-Castellón que obliga a archivar el «caso Tsunami Democràtic»? Pues depende.

Si alguien se creyera que realmente hubo terrorismo en las manifestaciones que hubo en Cataluña en otoño de 2019, debería estar indignado con este juez. Un juez que instruye durante dos años un sumario sin ser consciente de que en la cúspide de la organización terrorista estaba todo un ex presidente autonómico y entonces eurodiputado, muy fácil de localizar pero que andaba suelto, con el cconsiguiente riesgo de que siguiera organizando actos terroristas. Y cuando su señoría se da cuenta de que tan notable caballero lideraba la actividad terrorista se olvida tramitar un sencillo papel que le permitiera seguir investigando lo que no tuvo tiempo de investigar en los dos años precedentes. Tal calamidad lleva a que los actos terroristas acaben impunes.

Imaginemos lo que dirían la AVT, el PP, Vox y toda su orquesta mediática. Si consideraron que era «impunidad» que los condenados por terrorismo salieran a la calle al cumplir sus penas o que cumplan sus penas en cárceles cercanas a sus domicilios (como sucede con todos los criminales, por terribles que sean sus delitos), ¿qué dirían ahora de un juez cuya lentitud y aparente incompetencia impide siquiera que se pueda juzgar a los culpables del último atentado terrorista que ha ocurrido en suelo español? ¿Cuánto tardarían las querellas de Manos Limpias, Dignidad y Justicia (la organización de un diputado de Ayuso para acusar de terrorismo a todo lo que se mueva) contra el juez? ¿De qué terribles prácticas de bestialismo estaría acusando Luis Pérez, alias Alvise, a su señoría? ¿Alguien cree que el CGPJ no habría iniciado aún el expediente sancionador contra el juez, tal y como ha hecho en casos análogos de narcotráfico u otros delitos graves cuyos autores se beneficiaron de la aparente negligencia de un juez?

Hay otra posibilidad: que nadie se crea que tuviera sentido la acusación de terrorismo. Es una posibilidad que se nos hace difícil porque hemos debatido en tertulias, parlamentos y redes sociales con quienes simulaban con aparente convicción que no era un disparate calificar como terrorismo aquellas manifestaciones. Pero lo cierto es que desde la perspectiva de alguien cuya sed de venganza contra el independentismo catalán fuera superior a los escrúpulos legalistas (cabe que exista alguien así), la jugada habría salido redonda.

En esa hipótesis todos los «errores» de García-Castellón serían muy parecidos a aciertos. Que no se diera cuenta del papel terrorista de Puigdemont hasta 2021 encajaría con el hecho de que en 2021 la derecha y la extrema derecha españolas perdieron las elecciones y la conformación de un gobierno progresista partía de una amnistía: como (pese a la retórica incendiaria según la cual toda amnistía es un ataque al Estado de Derecho) el único obstáculo en la legalidad internacional a la amnistía sería el terrorismo (y la corrupción), habría que inventarse la existencia de terrorismo (y que hubo un enriquecimiento personal que nadie vio, pero esa es otra ventanilla del mismo edificio). Este «terrorismo» consiguió dilatar la redacción de la ley de amnistía, estuvo en vías de imposibilitarla y dio alas a la tertuliada más afín y a los manifestantes de Ferraz. Pero, dado que todo el mundo sería consciente (en esta malpensada hipótesis) de que la acusación de terrorismo sólo iba a traer disgustos, el archivo por un asunto formal tan elemental permite evitar que otros tribunales tengan que desestimar las construcciones de este instructor o que próximamente los tribunales europeos vuelvan a dejar a los españoles en ridículo con un asunto tan grave.

¿Y García-Castellón? Con un funcionamiento ordinario de la justicia (es decir, el que no ha habido en ningún caso para abordar el Procés), un juez que conduce un caso de terrorismo al archivo por haberse olvidado de un sencillo y elemental paso procesal tendría graves consecuencias disciplinarias, que incluyen la suspensión como juez, el traslado forzoso… Nada que vaya a sucederle a García-Castellón, dado que dentro de dos meses se jubila y no da tiempo ni a que haya expediente sancionador antes del merecido traslado voluntario al balneario que desee su retirada señoría. Cabría, pues, hasta simular que se quiere responder con normalidad a una actuación tan gravemente «negligente».

Se ha acordado la renovación del CGPJ. Y es una excelente noticia. Pero ay de aquel demócrata que piense que con esa renovación ya ha solucionado España el principal problema de su funcionamiento democrático.

El miedo a hacerlo bien

Según cuentan, anda ERC con miedo a ser consecuente con la campaña electoral que hizo. En estos meses Gabriel Rufián se ha mostrado como un tipo responsable, con altura política y visión estratégica. Era tan convincente en sus argumentos que uno piensa que el verdadero Gabriel Rufián es éste y no el que hacía numeritos retóricos estrafalarios o conducía a sus followers al insulto a quien poco antes le pidiera amablemente la misma responsabilidad, altura política y visión estratégica que él exigiría después a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Dicen que ERC tiene pánico a que los illuminati les llamen traidores apenas unas semanas antes de las muy probables elecciones catalanas. Y que por ello ha pedido a Junts per Catalunya unidad en la investidura de Pedro Sánchez y podría exigir al PSOE compromisos concretos para la puesta en marcha del diálogo en Cataluña. ERC lleva un par de años siendo la cara responsable del Procés: no es un ápice menos independentista que JxCat ni que las CUP, pero sí trata de ser independentista en el mundo real. Y, pese a tanto desprecio antidemocrático al populacho, los catalanes independentistas parecen sentirse mucho más cercanos en encuestas y elecciones al realismo de ERC que al histrionismo suicida. Si hay gobierno habrá diálogo; o al menos, seguro que si no hay gobierno seguirá el bloqueo. Se firme ante las cámaras el formato del diálogo o no; acompañe JxCat o no.

No está sola ERC. El PSOE ha perdido 750.000 votos entre abril y noviembre. No los ha perdido por ser blando con Cataluña sino por ser irresponsable con España. De hecho el 28 de abril se convocó en respuesta a la concentración de Colón en la que la derecha y la extrema derecha española arremetieron unidas contra el felón que rompía España por poner un relator en una mesa de diálogo. Una parte de aquellas elecciones presentaba el bloque de la dureza hipánica frente al bloque del diálogo democrático: y los españoles apostaron por el diálogo. En noviembre Pedro Sánchez viró para intentar atraerse el voto de la descomposición de Ciudadanos a un discurso mucho más duro y en el mejor de los casos no consiguió ni un solo voto así. Si el PSOE quiere gobernar (tener investidura, presupuestos, leyes) tendrá que dialogar. Si no, sólo habrá ganado tiempo.

El miedo al diálogo es, en ambos casos, un prejuicio elitista según el cual el pueblo español y la gente independentista catalana no entienden que no todo se puede hacer a garrotazos. Los datos desmienten este prejuicio: los electores se muestran mucho más sensatos que la imagen que tienen de ellos sus representantes. Y la evidencia es que mientras no haya diálogo y un camino más o menos armonioso no volverán a funcionar las instituciones catalanas ni las españolas (Cataluña aporta 48 diputados a España: que nadie sueñe en la estabilidad institucional si no puede llegar a acuerdos con la mayoría de ellos).

No hay salida para Cataluña ni para España sin diálogo, flexibilidad y renuncias. Todo el mundo lo sabe. Y nadie se atreve a ponerlo en marcha sin que parezca que el propio formato del diálogo es una humillante derrota para el otro.

La llamada

En general es bastante absurdo dejarse arrastrar por la tentación electoralista cuando llevamos cinco años en campaña electoral permanente. La mejor baza electoral de Pedro Sánchez es la autoridad presidencial pero a golpe de frivolidad da mucha más impresión de permanente candidato electoral que de Presidente del Gobierno.

En general no le sería aconsejable el electoralismo, pero en particular es absolutamente intolerable que el Presidente del Gobierno no actúe como tal sino como candidato electoral ante lo que está pasando en Cataluña. Si actuar con cabeza, con sentido de Estado y con responsabilidad le quita votos, mala suerte: haber evitado unas elecciones sabiendo que justo antes tendríamos sentencia sobre el procés. Ya ha sido una gravísima irresponsabilidad llevarnos caprichosamente a ubicar esta crisis en medio de una campaña electoral como para encima cometer la segunda irresponsabilidad de jugar a la captación de votos en vez de ejercer de Presidente del Gobierno en busca de parches primero y soluciones cuanto antes.

No existe ninguna justificación razonable al paripé de Pedro Sánchez negándose a coger el teléfono a Torra. Da igual la opinión que uno tenga sobre Torra. Si el presidente legal de la Comunidad Autónoma en la que España tiene el principal conflicto político, institucional y de orden público actual llama al Presidente del Gobierno, éste tiene la obligación de coger el teléfono como mínimo para saber qué quiere. Como mínimo.

No cabe siquiera el recurso a una impostada dignidad. Uno comparte que Torra está siendo un presidente calamitoso; no es en ningún caso un disparate pedirle responsabilidad ante el camino suicida por el que van las movilizaciones catalanas. Pero ¿alguien se imagina que Moncloa rechazara, por ejemplo, una llamada de Donald Trump, Boris Johnson o Vladimir Putin (por no mencionar a la familia real saudí, por ejemplo) con cualquiera de los múltiples argumentos dignos que habría para rechazarla? Evidentemente el Presidente del Gobierno se pondría al habla y haría muy bien porque es su obligación. Rechazar la llamada de Torra no es un gesto de dignidad sino una muestra de arrogancia que nunca se habría hecho ante un poderoso mandatario internacional.

El gesto aznarizante de Pedro Sánchez cortando la vía de diálogo con Torra para poder aparecer firme y digno en campaña electoral es un símbolo perfecto de la irresponsabilidad en la que estamos inmersos. No tienen derecho, nadie, a dejar que arda el país por mucho que en elecciones cueste más llamar a los bomberos. Y mucho menos si estamos en elecciones porque decidieron que a ellos les venía muy bien.

En busca de alguna salida

Escribe esta mañana Pérez Royo un artículo cuyo título resume perfectamente el drama político que tenemos delante. ¿Alguien ve una salida? se pregunta medio retóricamente Pérez Royo en un momento en el que todas las respuestas o son un brindis al Sol o lo único que hacen es agravar el conflicto huyendo de salida alguna.

Es eviente que nadie va a lograr acabar con el conflicto imponiendo sus exigencias máximas. Y la fuerza no tiene ninguna capacidad de solucionar un problema cuyo origen está en la convicción política de la mitad de los catalanes, que choca frontalmente con la de unos pocos (muy pocos) menos catalanes. Ni las sentencias del Constitucional en 2010 y del Supremo en 2019 hacen otra cosa que reforzar el sentimiento de legítima frustración por parte de millones de catalanes ni la violencia de estos días tiene la menor posibilidad de mover la posición política de un Estado fuerte, salvo que quiera moverla hacia más dureza, hacia peor. No hablo sobre la legitimidad de cada parte en el enfrentamiento: hablo la esterilidad de su forma de intentar derrotar al otro, hablo de su radical ineficacia para solucionar un conflicto grave.

Es una evidencia que no hay derrota del otro posible (incluso en el supuesto de que fuera deseable), pero, ¿alguien se imagina un acuerdo posible, un punto de llegada que no esté superado por los tiempos y que pudiera llegar a ser aceptado por una amplia mayoría de catalanes? ¿alguien tiene una propuesta que vaya más allá de palabras manoseadas y ya vaciadas como federalismo o mesa de diálogo? Eso sin entrar en lo sospechoso de quienes apelan al diálogo más complejo cuando nos han llevado a repetir elecciones por haber sido incapaces de llevar a cabo un diálogo tan sencillo.

En 2005 y 2006 se lograron los dos últimos grandes acuerdos entre los partidos que representaban a una gran mayoría de catalanes (ERC, CiU, PSC, ICV) y entre éstos y la mayoría de la representación política de los españoles. Ese acuerdo fue tumbado por el Constitucional. Y también había sido peinado por un PSOE que entre Pasqual Maragall y José Bono optó en el Congreso por recortar el acuerdo que había sido posible en Cataluña. En buena parte aquel recorte se producía sobre aspectos meramente simbólicos cuya importancia se elevó a la categoría de principios patrióticos. Que llamemos a Cataluña nación es tan grave que cuatro equipos británicos participan en el torneo de las Seis Naciones sin que ese haya sido el problema. Pero al fingir que todo son graves principios hacemos imposible ninguna flexibilidad y por tanto el acuerdo.

No sería posible hoy una consulta sobre la independencia sin más; pero tampoco lo sería retomar el diálogo desde el marco del autonomismo actual sin tocarlo. Lo que la sentencia del Constitucional de 2010 dice es que sin tocar la Constitución este Estatut recortado es el máximo al que puede llegar Cataluña. Lo que millones de catalanes dicen es que si éste es el máximo, no tienen encaje voluntario en España. Hemos modificado la Constitución para entrar en la Unión Europea y para que Bruselas aflojara la cuerda en plena crisis económica. ¿No seríamos capaces de hacerlo para garantizar una unidad de España no conflictiva para las próximas décadas?

¿No cabría sentarse a partir del último texto acordado por la gran mayoría de catalanes, por partidos que entonces sumaban a una mayoría de españoles? ¿Cuánto daríamos por que el texto que salió del Parlament en 2005 estuviera en vigor y tuviéramos hoy un encaje acordado, pacífico, democrático y duradero de Cataluña en España? Igual ese texto de hace casi 15 años es un buen punto de partida para el acuerdo: no es el punto de llegada deseado hoy por el llamado constitucionalismo ni por el independentismo, pero quizás esa sea su mayor virtud; tampoco es posible simplemente calcarlo, pero puede ser un buen texto que sirva de punto de partida en búsqueda de un acuerdo integral. Hoy, a diferencia de en 2005 y 2006, no podríamos engañarnos: ese encaje no cabe en la actual redacción de la Constitución española. Pero ¿no valdría la pena que también entre el conjunto de los españoles llegáramos a un acuerdo para solucionar el grave problema para la unidad de España y para la democracia que tenemos delante? ¿Por qué en otras ocasiones fue posible y ahora no podría serlo?

Un suicidio para los independentistas

Probablemente la mayor fortaleza que ha tenido el movimiento independentista catalán en todos estos años ha sido su absoluta firmeza en el pacifismo. No es fácil recordar movilizaciones rupturistas tan masivas sin que haya incidentes reprochables significativos. Eso permitió convertir las movilizaciones en una expresión de alegría y de democracia que despertaba simpatía incluso de quienes no compartíamos el objetivo político de los manifestantes. Fue, además, lo que facilitó la cercanía internacional hacia el independentismo catalán: nada fortalecía más al independentismo que su carácter pacífico, nada debilitó más al Estado que la violencia policial del 1 de octubre. Ese carácter inmaculado fue también lo que hizo imposible que el juez Llarena y el gobierno español convencieran a ningún país de que era legítimo perseguir a líderes políticos acusándolos de un alzamiento violento.

Nadie de buena fe puede pensar que es generalizado el uso de la violencia. Poca gente es capaz de alzarse con un enorme protagonismo: siempre se oye más el grito y el insulto que el argumento y la escucha, siempre se ve más el contenedor incendiado que la sentada pacífica: especialmente si hay un enemigo encantado con los gritos y las llamas.

Pero tampoco parece muy creíble pensar que quienes han decidido dar este salto sean personas aisladas y espontáneas que de repente no controlan su indignación y dan el paso a actos violentos. Alguien, quien sea (nadie ha aportado dato alguno para que podamos adivinar quién está optando por esta vía), comete el gravísimo error de pensar que este camino es aceptable e inteligente. Se equivocaron gravemente quienes contemporizaron con los detenidos de hace una semana centrándose en que era ridícula la equiparación con terroristas y ninguneando la evidencia de que había gente preparándose para cierta violencia.

No hace falta ser muy sabio para tener clarísimo que estos episodios violentos no le van a hacer ni un rasguño al Estado. Se lo pueden hacer al Govern, que no puede seguir mucho tiempo animando la movilización y reprimiéndola con los Mossos sin que la incoherencia estalle. Pero precisamente lo que están haciendo es facilitar que la cohesión del unionismo se produzca en torno a las respuestas más duras y autoritarias.

Es indudable que los violentos no conseguirán absolutamente nada (incluso aunque lograran la entrada puntual en algún edificio oficial, que es el mayor éxito al que pueden aspirar) y que el resultado a medio plazo será la división mayor del independentismo, su mayor debilidad y una respuesta aún más dura que la que hemos tenido hasta ahora. Y cuanto peor, peor: para todos los demócratas amantes de las libertades, de los derechos humanos y de la convivencia fraternal, para los catalanes y para los españoles.

El movimiento de estos días ha evidenciado una asombrosa capacidad de organización. Y el de estos años mostró la inteligencia necesaria para aislar y neutralizar a quien quisiera arruinar su movimiento con brotes violentos. Más nos vale a todos, pero muy especialmente más les vale a los independentistas demócratas, que pongan toda esa capacidad e inteligencia al servicio de una única prioridad: volver a la senda impecablemente pacífica.

Nueve años ensanchando la grieta

El Partido Popular había perdido las elecciones. Zapatero, Pasqual Maragall, Carod Rovira e incluso Artur Más fueron valientes y decidieron sentarse a hablar, negociar, recibir insultos y llegar a acuerdos que incluían renuncias importantes.

El Partido Popular no había aceptado que había perdido las elecciones. Atacaba la legitimidad de las propias elecciones (sin que les importara para ello mentir gravísimamente sobre el mayor atentado terrorista de nuestra Historia), atacó los avances en igualdad y libertad con lo que entonces llamábamos el matrimonio homosexual, atacó el intento de conseguir que ETA dejara de asesinar… y, por supuesto, atacó la posibilidad de una solución pactada para el encaje de Cataluña en España que nos habría traído décadas sin importantes conflictos territoriales.

El Estatut de Catalunya de 2006 fue la última solución difícil y valiente para la unidad de España. El Partido Popular había perdido las elecciones en España en 2004 y las volvió a perder en 2008 tras aprobarse el Estatut. En Cataluña el Partido Popular comenzó su desaparición electoral. Y sustituyó la política por los recursos judiciales; sustituyó la defensa de la unidad de España por la defensa del nicho electoral, ayudada, hay que decirlo, por algunos personajes del PSOE.

En 2010 el Tribunal Constitucional tumbó parte del Estatut que habían aprobado el Congreso de los Diputados español por amplia mayoría y el pueblo catalán en referendum (legal). Y lo que podía haber sido una solución muy duradera para la unidad de España dio paso a la mayor crisis de la unidad de España desde la CEDA. El independentismo no ha ido creciendo poco a poco en Cataluña por el adoctrinamiento de TV3 y la escuela: el independentismo comenzó a crecer de golpe en Cataluña por lo que significaba la sentencia del Estatut.

Políticamente no es lo más relevante el análisis jurídico de la sentencia del Supremo de ayer (aunque haya extremos muy llamativos); como lo más importante de la sentencia del Constitucional de 2010 no fue el texto concreto de su fallo (por mucho que declarase inconstitucionales artículos del Estatut que hoy están perfectamente vigentes en otras autonomías y allí España no se rompe). Lo más importante de ambas sentencias es el abismo que generan entre una parte importantísima de Cataluña (la mitad de su población, la mayoría de su representación democrática) y el conjunto de España. No hay nada más peligroso para la democracia y la convivencia que la instalación de una buena parte de la sociedad en la frustración y la melancolía. Y esto es absolutamente independiente de si esa frustración y esa melancolía son razonables o erradas.

Puede haber quién se sienta muy satisfecho del bofetón sacudido a los independentistas catalanes; hay incluso machotes supuestamente muy patriotas que se lamentan porque la sentencia no es todo lo dura que hubieran querido. Lo mismo pasó en 2010. Es probable que la mayor responsabilidad no esté (sólo) en los jueces sino en quienes deciden usar la justicia como vanguardia en un conflicto político de fondo. Igual que sucedió en 2010, tras la sentencia la unidad de España y la convivencia entre catalanes es hoy más difícil que ayer. Igual que sucedía en 2010 hoy es más necesaria que ayer la valentía y la generosidad patriótica (ésta sí) de quienes se atreven a sentarse a hablar, a renunciar a sus máximos, a borrar líneas rojas por muy legítimas que sean, a no escuchar los insultos y ataques… y a buscar solcuiones acordadas que no satisfagan completamente a nadie, que nos parezcan a todos que hemos cedido demasiado, pero que permita convivir. Incluso aunque por ello se pierdan votos.

En 2006 fue posible. Desde 2010 falta esa política valiente, generosa y patriota. Es imposible ensanchar más y más una grieta sin que se acabe rompiendo todo.

Si Casado pudiera, los indultaría

Hoy conoceremos la sentencia, dicen. Conoceremos las penas a las que condenarán a los líderes políticos independentistas que no huyeron a otros países europeos. No habrá condena por rebelión como quería la derecha . Sí habrá, probablemente, penas duras para un delito sin violencia. No habrá, en ningún caso, una solución al problema político que tiene Cataluña y que tiene España en Cataluña.

Hay una razón evidente por la que los condenados no son equiparables en términos políticos a otros cargos públicos condenados por delitos más habituales. Éstos fueron votados por la mitad de los catalanes para que cometieran los delitos por los que se les condena. Los corruptos se esconden: les votan a pesar de sus robos. Los dirigentes independentistas fueron votados por la mitad de los catalanes para hacer más de lo que hicieron en septiembre y octubre de 2017 y esa mitad de los catalanes volvió a votarles tras los hechos conocidos. Y la otra mitad votó para impedirlo antes y para rechazarlo después. Ahí está el genuino conflicto político que la sentencia no resuelve y que nadie puede negar.

Sólo hay tres posibles soluciones al conflicto catalán.

La primera que la respuesta punitiva (condenas duras y cumplimiento íntegro, artículo 155 de la Constitución, imposibilidad del diálogo hasta llevar la situación política catalana al colapso) lleve a una drástica mengua política del independentismo. Es la que hasta hoy defienden PP y Ciudadanos, y a la que se ha asomado Pedro Sánchez y el PSOE en esta campaña electoral. Llevamos ya unos cuantos años como para evidenciar que esta vía sólo puede fracasar. Y el propio hecho de descartar el Tribunal Supremo la rebelión debilita la posición ultramontana: queda muy difícil hoy pedir el 155 sin más argumento jurídico que el hecho de que Torra sea un desastre (no el único que gobierna una Comunidad Autónoma, digámoslo de paso). ¿Dónde queda, por cierto, Edmundo Bal, el héroe que Ciudadanos lleva en su candidatura porque se opuso a la infamia de que la Abogacía del Estado hiciese la petición que los jueces consideran correcta en vez de enrocarse en el aparente error?

La segunda es que Cataluña consiga una independencia unilateral: no hace falta muchos argumentos más que un vistazo al desolador estado del campo de batalla para adivinar que esa solución no se va a producir. No creo que haya ningún independentista que piense aún que ese camino es transitable.

Y la tercera es la que menos votos dará a quien la proponga pero la que todos los partidos (incluido sin ninguna duda el PP-Cs) intentarían si estuvieran en el Gobierno. La única salida que tiene el conflicto catalán es algún tipo de acuerdo, tanto dentro de Cataluña como entre los partidos españoles y los exclusivamente catalanes. Tal acuerdo resulta dificilísimo, pero es la única salida posible. No haría falta ir a negociar con líneas rojas de antemano porque la única certeza que todo el mundo tiene es que un acuerdo así no alcanzaría las propuestas de máximos de ninguno de los dos bloques: sería imposible quedarnos simplemente en la situación política, territorial y penitenciaria actual; sería imposible que el acuerdo llevara a la independencia. Y una obviedad es que entre los problemas a resolver en un acuerdo así estaría la situación de los presos y los fugados.

Si Casado fuera presidente del Gobierno, no nos quepa ninguna duda, lo intentaría: la derecha más bocazas en la oposición trata de resolver los conflictos más enconados en el gobierno convencida de que nadie le atacará por ello. Lo intentaron Aznar y Mayor Oreja con una organización terrorista (e hicieron muy bien en intentarlo) y si estuviera en mano de Casado lo intentaría. Quiero pensar que los progresistas no le vamos a regalar a la derecha el monopolio de la búsqueda de soluciones, aunque esa solución pasa, también, por la participación en la medida de lo posible (y aunque hoy afirmen que es intolerable) de la derecha española aunque sea desde la oposición.

Hoy termina la vía judicial. No estamos, nadie, mejor que hace dos años. Dentro de un mes tiene que empezar, de una vez, la vía política. Porque el atasco que sufre España no está sólo en Moncloa, está también en Barcelona.

¿¡Un mediador!?

Desde hace unos pocos años la figura del mediador ha sido bastante promocionada. Se trata de un canalizador de conflictos que ayuda a partes enfrentadas a que ellas encuentren soluciones que parecen inexistentes o, simplemente, a evitar llegar a juicio cuando se puede evitar. Es algo moderno y civilizado que están promoviendo las administraciones públicas, los colegios profesionales, etc y sirve en conflictos familiares, civiles, mercantiles, vecinales… de todo tipo.

Es posible que alguien no se haya enterado, pero en Cataluña existe un importante conflicto. Buena parte del antiguo gobierno está preso y la otra huida. Unos consideran que cometieron delitos gravísimos que merecen décadas de cárcel y otros los consideran presos políticos y exiliados. Unos consideran que se produjo un golpe de Estado y otros que se impide el ejercicio de la democracia. Lo que se dice un conflicto enconado que según las elecciones enfrenta básicamente a dos mitades de la sociedad catalana.

En esas condiciones se puede intentar dos cosas: arreglar el conflicto o derrotar a la otra parte. Derrotar a la otra parte, siendo ésta (la que sea) la mitad de la población garantiza el resurgimiento del conflicto, si bien es posible que electoralmente sea la apuesta más rentable a corto plazo.

Pero si se quiere arreglar el conflicto parecería una opción absolutamente razonable sentar a los distintos partidos en una mesa a buscar puntos en común. Y para ello sería muy inteligente emplear las técnicas que existen para facilitar la resolución de conflictos.

En todos los conflictos no suele faltar quien confunde dignidad con el enroque. Todo lo que no sea llevar absoluta razón, todo lo que sea moverse del punto de partida, todo lo que no sea que el otro se joda… es una humillación y una indignidad. Esa es la mentalidad ideal para que un conflicto se encone y en vez de arreglarse crezca: sea un conflicto de pareja o uno político. Cuando en vez de adquirir esa posición uno piensa que tiene razón (lo pensamos todos siempre, obviamente) pero que algo habrá que hacer, no se está humillando, está demostrando cabeza.

No sé qué tenía en mente el Gobierno al hablar de mediador, relator, o lo que sea, en una mesa de diálogo entre los distintos partidos políticos. Pero en abstracto parece una propuesta tan
razonable que roza lo irrelevante. Por eso lo asombroso es el escándalo que tanto ha exagerado esa derecha que se reencuentra en el fanatismo, pero también algunas personas que suelen buscar posiciones razonables.

Quizás buena parte del problema venga de la propia falta de arrojo del gobierno de Pedro Sánchez. Es tan evidente la necesidad de diálogo que esa propuesta la podría haber hecho hace tiempo. Pero la ha hecho al día siguiente de que ERC y PDCat anunciaran una enmienda a la totalidad a los presupuestos poniendo en bandeja la imagen de que una propuesta normal, razonable y ecuánime es en realidad una cesión ante los partidos independentistas. ¿Por qué no propuso esto mismo el gobierno hace meses? Qué torpeza.

La situación está tan polarizada (y la carrera por el fanatismo ultra tan acelerada) que lo normal y razonable aparece como un escándalo humillante. Es la misma impostura (con los mismos protagonistas) que se manifestó contra el fin de la familia porque se casaran homosexuales, contra la victoria de ETA poco tiempo antes de su derrota o contra las mentiras del 11M mientras los jueces evidenciaban las verdades del atentado.

La ficción fanática es la misma. Entonces dirigían la orquesta corruptos como Acebes y Zaplana. Hoy son Casado, Rivera y Abascal.

La vía bocazas

Es difícil encontrar declaraciones estridentes de Artur Mas o Carles Puigdemont antes del 1-O.  Las polémicas entonces se centraban en los pasos que se anunciaban. «En seis meses haremos una consulta», «A la vuelta del verano aprobaremos leyes de desconexión«. No recordamos charlotadas sobre la vía eslovena, o que se retiraran los canapés de los actos oficiales en solidaridad con nadie o que alguien pidiera que España saliera de la Unión Europea.

Tras el 1 de octubre y la reacción del Estado a la simulación de declaración de independencia que hizo el Parlament el movimiento independentista quedó gravemente derrotado al menos en el itinerario que se había trazado hasta entonces. Ello no quiere decir que haya ganado el Estado (cuyos cimientos democráticos están maltrechos sobre todo por unos encarcelamientos indefendibles y que además comprobó hace un año que el independentismo sigue siendo el bloque mayoritario en las urnas catalanas), pero sí que el rumbo que tenían los partidos independentistas catalanes ya sólo les lleva a encallar una y otra vez.

Se diría que en Cataluña hay dos tipos de independentistas. Los que tienen el coraje de entender que la situación ha cambiado y que necesitan remangarse, dialogar, explorar las zonas grises y los matices (un ejemplo evidente fue Joan Tardá en el Congreso ayer); y quienes deciden estrellar a Cataluña contra un muro elevando la retórica pero sin nada que ofrecer a Cataluña más que esas estridencias.

La derecha española decretó que había que volver a aplicar el artículo 155 de la Constitución a Cataluña el día siguiente de que perdieran el gobierno de España. Ahora se agarran a las declaraciones de Torra para explicar que es imposible seguir sin aplicar el 155. Pero lo cierto es que ni Torra ni su gobierno están haciendo nada (nada de nada: ni ejercen de gobierno autonómico ni de gobierno secesionista) y que precisamente los alaridos histriónicos son la evidencia de que tampoco tienen previsto hacer nada concreto.

Las declaraciones de Torra, como las de Casado, Rivera o cuantos irresponsables estén echando gasolina al fuego pueden elevar la crispación popular: ese es el único (y peligroso) efecto de esta vía bocazas compartida. No es un efecto menor, es peligroso. Pero uno de los inconvenientes de la democracia es que se puede ser un bocazas sin que le sancionen a uno por ello. Ni a Torra, ni a Casado, ni a Rivera. Ni a los socios andaluces de estos últimos.

La vía bocazas es, simplemente, la escenificación del fin del Procés. Pero con el Procés acabado, hay quienes necesitan seguir haciendo como que sigue habiendo Procés.

Si tomáramos a Casado en serio

Imagínate que tomáramos a Pablo Casado en serio. Que dejáramos de protegerlo de sí mismo, lo empezáramos a respetar intelectualmente y discutiésemos con sus astracanadas como si fueran posiciones intelectuales pensadas y por tanto coherentes entre sí. Sería raro, pero vamos a probar.

El sábado Pablo Casado volvió a explicarnos lo que hacía «España» en América hace 500 años. En América «España» no tenía colonias, en América había España: «Nosotros [sic] no colonizábamos, lo que hacíamos era tener una España más grande«. Es decir: Argentina, Perú, Cuba… no eran colonias, eran parte de la nación española.

Supongamos, insisto, que nos tomamos en serio a Casado.

¿Por qué Cataluña no tiene derecho a la autodeterminación? Hemos escuchado por activa y por pasiva que tal derecho no es la salida democrática y pacífica a cualquier conflicto territorial sino que es un derecho de los pueblos sometidos a la colonización. Es una gilipollez reservada a ignorantes, eso ya lo hemos aprendido, defender para Cataluña una votación porque al no ser colonia lo único que se aplica es el derecho a la integridad territorial. Por eso a quien actúe contra la integridad territorial, aunque sea de forma pacífica, se le acusa de delitos gravísimos que conllevan muchísimos años de cárcel.

¿Qué diferencia Cataluña de los países de América Latina? Para un nacionalista catalán, nada. Para Pablo Casado tampoco. Una nacionalista catalán piensa que Cataluña es una colonia como lo era Argentina. Pablo Casado piensa que Cataluña no es una colonia como no lo era Argentina. Son lo mismo.

Si los países de América Latina no eran colonias sino provincias españoles, ¿en qué se diferencia su independencia (que intuyo que hoy no cuestiona ningún español por nacionalista que sea) de la que pretenden los independentistas catalanes? ¿Deberíamos haber detenido al general San Martín y a Simón Bolívar porque, lejos de ser libertadores, eran sediciosos cuando no culpables de rebelión? Si nos tomamos a Pablo Casado en serio… sí.

¿Y qué pasa hoy con América Latina? Si nos tomamos en serio la idea de nación española que viene expresando a brochazos impresionistas Pablo Casado, España es una nación desde hace al menos 500 años, la unidad de la nación española es indisoluble e inmutable y de la nación española han formado parte (y por tanto forman parte si la unidad de la nación española es indisoluble e inmutable) los países latinoamericanos. Reconocer hoy que esas provincias españolas de ultramar (nunca colonias) ya no son provincias españolas sino naciones y Estados tan legítimos y reales como la nación española y el Estado español sería absolutamente incoherente con las cosas que ha venido diciendo Casado.

En realidad las patochadas de Casado que nadie (ni él, supongo) se toma en serio sólo vienen a demostrar la inconsistencia de todo nacionalismo primordialista: sea el que nos dice que España es la nación más antigua del mundo cuya unidad es indisoluble e inmutable, sea el que nos explica los derechos de los vascos porque los romanos no pudieron o sea el que pide recuperar Al Andalus para una gran nación musulmana. Es ridículo. Las naciones no son cosas rígidas, milenarias e inmutables. Ni siquiera la nuestra, mala suerte.

Imaginemos que tomamos la última chorrada de Pablo Casado en serio. ¿Qué hacemos? ¿Invadimos Argentina o intentamos solucionar el conflicto catalán sin más dogmas que la paz, el diálogo y la democracia?

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