Blog de Hugo Martínez Abarca

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La devaluación

No sé exactamente cuál es el objetivo que buscan las autoridades venezolanas al depreciar la moneda tanto. Se dice que limitar las importaciones, aunque supongo que un país exportador de petróleo debe de tener una balanza comercial holgadamente positiva. Posiblemente se trate de potenciar los productos manufacturados en Venezuela y diversificar una economía demasiado basada en el petróleo. Si esa es la idea, estoy más que de acuerdo: una de las críticas al proceso venezolano es su excesiva (por muy comprensible que sea) dependencia del petróleo.

Con ser importante, lo crucial de la medida tomada no es para qué se toma. Lo crucial es que Venezuela, como otros países de la zona, ha decidido que la política económica también debe someterse a la legitimidad democrática. En Europa ningún gobernante tendría la capacidad de decidir no ya la devaluación de la moneda, sino la mera modificación de los tipos de interés. Han decidido que la política económica ha de estar completamente al margen de ningún control democrático y aquí los bancos centrales y especialmente el Banco Central Europeo son independientes.

En economía, ser independiente significa no ser dependiente del poder político, sino del económico. Las decisiones del BCE afectan al conjunto de los europeos: por ejemplo, durante años se negaron a bajar los tipos de interés pese a que ello beneficiaría a millones de ciudadanos hipotecados: sería en detrimento de los beneficios bancarios. Ahora la crisis limita los beneficios de las grandes empresas y se baja el tipo de interés para que el crédito salga más barato a la banca. Son decisiones absolutamente políticas y precisamente por eso se quieren alejar de todo posible control popular: el pueblo es por definición demagogo y prefiere a un hipotecado que a Botín.

Ay, pero habrá problemas que no tendrán solución. Telefónica pensaba repartir dividendos entre sus accionistas en Venezuela y la devaluación del bolívar hace que esos dividendos valgan menos… para quien pensara sacarlos del país (un bolívar seguirá valiendo un bolívar; pero valdrá menos euros). Y eso sí que resulta intolerable: ¡quién ha dado permiso a ese indio de mierda a tomar decisiones que no beneficien la fuga de capitales! Tranquilidad: a Repsol le viene bien la devaluación del bolívar, así que no se hablará demasiado de medida dictatorial, salvo que Telefónica aumente su gasto en publicidad de ADSL en la prensa. Atentas a los anuncios.

Nuestras colonias

En noviembre de 2007 durante la Cumbre Iberoamericana Zapatero fue firme. Hugo Chávez calificó reiteradamente como fascista a Aznar. Si consideramos que Aznar fue uno de los dos únicos gobernantes mundiales (junto a Bush) que se apresuró a reconocer a los golpistas venezolanos en 2002 mientras mantenían secuestrado a Chávez, puede parecer comprensible e incluso un poco pacato que lo llamara sólo fascista. Pero Zapatero estuvo en su sitio: le pidió respeto incluso hacia un tipo como Aznar y lo hizo educadamente, por lo que nuestro presidente del gobierno quedó estupendamente. A uno le puede parecer de perlas que se llame fascista a Aznar, pero hay que reconocer que de aquella cumbre la imagen pública que salió mejor parada fue la de Zapatero por ser respetuoso pidiendo con firmeza que se guardaran las formas.

La semana pasada Zapatero accedió a celebrar un encuentro con Berlusconi en su finca particular, en la que había tenido sus fiestas con prostitutas y medios de transporte públicos. La diplomacia española no puso reparos a que el encuentro se celebrara en aquella finca, en vez de en algún espacio público en Roma. Y allí Berlusconi explicó que en Italia, el país de los casanovas, se respetaba a las ministras españolas porque las mujeres «son un regalo de Dios a los hombres» aunque puntualizó que a Zapatero ya no sólo le mandaría su esposa, sino también las ministras; preguntó a un periodista español que si sentía envidia de sus orgías con prostitutas y explicó que con ello se promocionaba turísticamente Italia pues muchos hombres querrían ir allí a hacer turismo para poder hacer lo mismo que él. Arremetió también contra El País por publicar informaciones ciertas sobre las orgías.

Zapatero permanecía inmóvil, mirando al infinito, como si no supiera qué decir ante las desfachateces del afascistado presidente italiano. Berlusconi le dio la ocasión de que estuviera en su sitio: «perdona, que estoy acaparando la rueda de prensa«. «No, si está interesante«, contestó Zapatero. No aprovechó para pedir respeto a las mujeres en general, ni a las ministras españolas en particular, ni al periodista español, ni mucho menos a El País. Ni siquiera para decir que respetaba a Berlusconi pero que su forma de pensar era diametralmente opuesta. Fue diplomático y dejó que Berlusconi siguiera con su verborrea machista y putera, porque un presidente de gobierno debe guardar las formas y no desairar a otro primer ministro e incluso parecer su sonriente cómplice.

¿Es más insoportable llamar fascista al anterior presidente del gobierno español por mucho que apoyara a los secuestradores y golpistas que mofarse de las ministras del gobierno que uno preside por ser mujeres, o que señalar a un periodista como un potencial putero y actual envidioso, o cargar contra un medio de comunicación español por informar verazmente (no siempre pasa)?

No, no es más insoportable. Sin embargo, sí es más sencillo ponerse cívico ante un mandatario latinoamericano y mulato al que ponen de vuelta y media todos los medios de comunicación, que exigir respeto a las mujeres a un jefe de gobierno europeo, multimillonario y propietario de medios de comunicación incluso en España. El problema de Zapatero es el antecedente. Cuando lo consideró oportuno, sí exigió a un presidente extranjero que mantuviese las formas, pero con Berlusconi no le pareció preciso.

A lo mejor, si en vez de en Cerdeña hubieran estado en el Reino de las dos Sicilias, Zapatero se hubiera sentido como más en casa y le hubiera dicho algo a Berlusconi. ¿O tampoco?

Un proyecto de ley no es una ley

Junto al cierre de unas cuantas emisoras por motivos administrativos, se está criticando mucho el Proyecto de Ley Especial de Delitos Mediáticos que ha presentado la Fiscal General de la República (aquí lo podéis consultar en pdf, a diferencia de otros). Se ha presentado como un todo (una ley que decreta cierre de medios por delitos y cuya ejecución supuso el cierre de las famosas emisoras) y no es así. El proyecto de ley es eso: un proyecto de ley que tendrá que pasar por la Asamblea Nacional que lo modificará todo lo que considere oportuno o incluso podría rechazar el proyecto. Parece muy discutible que un mero proyecto de ley sea noticia fuera del país donde se presenta. Salvo que sea Venezuela, claro, y se pueda vender el proyecto como un síntoma del camino hacia una dictadura.

Si el proyecto que se ha presentado se convirtiera tal cual en ley no sería un acercamiento a una dictadura, ni mucho menos, pero sí sería una profunda equivocación cercana al cierre de medios en Euskadi por motivos políticos aunque con un importantísimo matiz: el proyecto de ley no sanciona con el cierre de medios sino que se ajusta al principio de que sólo delinquen las personas, principio que en España fue enterrado hace más de una década.

El proyecto debe ser modificado radicalmente. En primer lugar porque algunos de los delitos son suficientemente abstractos como para que algo sea delito o deje de serlo en función de quién interprete la norma: ¿quién decide qué es una noticia manipulada o cuándo se perjudica a intereses del Estado? Algunos de esos delitos permiten la arbitrariedad judicial y quienes vivimos en un país con su Audiencia Nacional y sus grandes marlaskas sabemos que ello no es un buen camino para lograr la libertad y la emancipación popular, que es la dirección que debe tomar todo proceso que se defina como revolucionario.

Tampoco parece razonable en absoluto el artículo 10 que sanciona a quienes se «negaran a informar sobre hechos o situaciones cuya falta de divulgación constituya una lesión al derecho a la información«. De nuevo supone algo demasiado interpretable y pone en manos de los jueces la decisión sobre qué noticias son o no son relevantes, que es una de las decisiones claves del periodista. Lo que el Estado debe garantizar es que haya diversidad de medios y que los ciudadanos tengan capacidad real para elegir y acceder a la información, pero no castigar a quien no informe.

Uno puede comprender que un país en el que hay una importantísima concentración de medios de comunicación en manos golpistas pueda tener reacciones como este proyecto. Uno sabe que muchas de las críticas vienen de hipócritas a los que no les preocupa que en su país se cierren periódicos y no se juzgue a los asesinos de periodistas. Pero la amistad a un proceso admirable como son las revoluciones bolivarians de América Latina exige también la crítica leal que las fortalezcan. Háganse cuantas leyes hagan falta para la desconcentración de medios, siempre en la búsqueda de la democratización de la información, la defensa del pluralismo y la garantía de la libertad de expresión. Una ley como la propuesta por la fiscalía venezolana cambia el control de la información: de las oligarquías golpistas al poder judicial. Eso no es revolucionario: lo revolucionario es atomizar la información para que la ciudadanía sea más libre, para que nunca más un juez ni un empresario puedan decidir a quién callar ni qué deben saber y pensar los ciudadanos.

Un pronóstico: la ley de delitos mediáticos, si ve la luz, no va a tener nada que ver con el proyecto presentado por la Fiscal General.

Y sin embargo, se mueve.

No conviene ser ingenuo con respecto a Estados Unidos. Si Obama tiende la mano es porque a los poderes económicos estadounidenses les conviene. Si les conviniera bombardear éste u otro presidente que ocupara su lugar, bombardearía con pasión democrática. Pero el caso es que ahora les conviene tender la mano.

Sería absurdo negar que la forma en que Barack Obama se está dirigiendo a América Latina supone un giro de 180º. Faltan pasos por dar, sin duda, pero sería absurdo desperdiciar la ocasión que se ofrece. Los dirigentes latinoamericanos han sacrificado algunas posibles conquistas por la confrontación a veces dramática (o incluso criminal, como en el golpe de Venezuela o el bloqueo a Cuba) con EUA. Singularmente en Cuba los errores más graves y casi todas las dificultades se han justificado por el acoso estadounidense.

Si Obama ofrece un cambio, es sin duda porque los poderes económicos estadounidense dan por fracasada la vía del acoso y la confrontación. América Latina ha demostrado una fortaleza inaudita. En 1973 Kissinger organizó el golpe contra Allende y consiguió frenar el socialismo en América. En 2002 Bush y Aznar intentaron el golpe en Venezuela y no sólo fracasaron allí, sino que generaron movimientos populares (y electorales) similares en Bolivia, Ecuador, Paraguay, Nicaragua, El Salvador,… El giro de Obama conviene a Estados Unidos, pero sería absurdo negar que puede ser también muy conveniente para los latinoamericanos si se sabe afrontar.

Una nueva dinámica, más simétrica y amigable, será un profundo reto. La agresión estadounidense ha servido como cohesionador popular y como legitimador político. Sin esa agresión estadounidense la legitimidad sólo podría venir de la radicalidad democrática y de la lucha contra la injusticia: es decir, del socialismo. Si realmente somos revolucionarios habrá que aceptar el reto: con toda la cautela del mundo, porque encierra riesgos,… pero también ofrece unas posibilidades inéditas para los pueblos de América Latina.

Si Chávez le hubiera dado a Bush «Las venas abiertas de América Latina«, un escolta hubiera saltado para interponerse y evitar que ningún libro (y menos ese) rozara la inmaculada piel de Bush. Cuando Daniel Ortega se atrevió a relatar algo parecido cometido por empresas españolas a lo que denuncia Galeano en su libro, Juan Carlos de Borbón se levantó y dejó con la palabra en la boca al presidente de Nicaragua.

Obama, en cambio, ha recibido el libro de las manos de Chávez. Sólo es un gesto. Nada menos que un gesto que deja en evidencia el autoritarismo neocolonial de otros.

Foto tomada de soitu.

Líderes carismáticos (o la muerte de Haider)

Pocas veces hay que discutir la muerte inesperada de un canalla como Haider, pues los canallas suelen morir cuando se lleva mucho tiempo esperándolo (sobran ejemplos pasados y presentes). Cuando sucede así en casos como el de Haider el sábado (piñado en coche tras una fiesta de ultras yendo a gran velocidad -a los fascistas del siglo XX también les entusiasmaba la velocidad-) o en el vuelo de Carrero Blanco, suele haber una discusión que se ha abierto estos días: ¿sirve de algo?

La discusión se centra en el principio marxista que describe ceronegativo:

No creo que las individualidades sean determinantes en el curso de la Historia. La Historia la escriben las clases, los pueblos… los grandes colectivos.

La idea viene a ser que Haider podía merecer con justicia todos los adjetivos que se nos ocurran, pero su ascenso no se debía a su figura, sino al caldo de cultivo afascistado en Austria, que permitió el peso sostenido de la  ultraderecha liderada en parte por Haider.

En general, los personalismos en positivo son poco relevantes pero en negativo pueden llegar a ser cruciales: es rara la causa que emerja sólo gracias al carisma personal de un líder, pero sí que hay personas capaces de cargarse la causa que supuestamente defienden. En cierta forma es el caso de Haider, cuya pelea personal con otro líder de la extrema derecha austriaca tenía a ésta dividida; acaso en España la extrema derecha que busca su hueco fuera del PP podría haber tenido más protagonismo si no hubiera sido liderada por un matarife yonki.

Pese a la máxima general la influencia en el auge de algunas posiciones de determinados líderes (de las más diversas opciones: aberrantes y estupendas) parece innegable: conforme se va viendo la decrepitud personal de Le Pen, el Front National va perdiendo peso electoral pues el Front National era Le Pen (aceptando que sin unas condiciones sociales su mensaje ultra tendría que haber tenido otros ingredientes). Posiblemente toda causa caudillista tenga capacidad para generar un caudillo: el carisma es una construcción social. En España hemos visto cómo se generaba un líder carismático de quien pocos años antes presumía de no tener carisma, de ser un hombrecillo normal, un mediocre: hoy Aznar es un intelectual de los de media melena y un estadista de los de pies en la mesa y bomba contra el enemigo.

Sin irse al eje del mal, parece evidente que figuras personales como Hugo Chávez o incluso en su momento Julio Anguita (que fue el político más valorado en España) eran imprescindibles para la difusión de sus proyectos: ello no es una virtud, sino una muestra de una cierta incapacidad colectiva para poner cimientos más sólidos, pero a los efectos del liderazgo, que es lo que se discute, muestra que no es verdad que las figuras personales sean siempre prescindibles (¿cuánto duraría la Venezuela bolivariana si se consiguieran cargar a Chávez?).

Confieso que no sé dar recetas mágicas al respecto. Me atrae la idea de que los dirigentes son perfectamente intercambiables; también resulta apetecible llevarse una alegría (y la desaparición de la extrema derecha austriaca por un golpe de suerte lo sería). Pero da la impresión de que para cualquier posición maximalista que se presente al respecto siempre habrá suficientes contraejemplos que la refuten. Que no hay una doctrina general, vamos, sino casos distintos a interpretar en concreto (en su especificidad, que diría un tertuliano). Y a falta de soluciones mágicas, quien quiera esbozar una sonrisita ante el final de Haider que no se prive, que no hay tantas ocasiones para estar alegre.