Blog de Hugo Martínez Abarca

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¿Lo volverían a hacer?

1.- A estas horas y con las últimas encuestas encima de la mesa sólo hay una cosa evidente. La convocatoria de elecciones no sólo fue una irresponsabilidad histórica y estratégica: incluso desde el tacticismo imperante fue un catastrófico error de cálculo. Pensaron en los intereses de partido en vez de en los intereses de país. Y aún así perjudicaron a los intereses de sus partidos.

2.- Primero fue Unidas Podemos. Tenía ganada una buena posición: aquella vicepresidencia y tres ministerios los consiguió con la hábil renuncia a que Pablo Iglesias ostentara personalmente uno de esos cargos tras el farol de Pedro Sánchez. Pero, como siempre, pensaron que era mejor tensar la cuerda porque nunca se rompe, porque al otro lado siempre hay alguien más responsable que prefiere soltar la cuerda antes de que se rompa. Y no lo hubo porque no entendieron que Pedro Sánchez juega con la misma agresividad suicida que ellos. La oferta que tenían en julio era tan buena que según Pablo Iglesias sólo faltaban las políticas activas de empleo y/o tres horas de conversación. Eso fue lo que les separó de aceptar una propuesta de gobierno que nos habría ahorrado a todos los españoles jugar a la ruleta rusa y a su propio partido a unas nuevas elecciones en las que volverán a perder diputados, por supuesto por culpa de los otros. Esa, probablemente, fue la última oportunidad de Unidas Podemos.

3.- Desde que Pablo Iglesias cometió aquel catastrófico error, Pedro Sánchez no disimuló que no aspiraba a nada más que a nuevas elecciones. Se creyó las encuestas según las cuales iba a subir decenas de escaños y podría gobernar sin los partidos independentistas (que fueron este verano mucho más responsables con España que los partidos parlamentarios nítidamente españoles) y decidió lanzarnos a nuevas elecciones. Supongo que tendría alguna garantía de que la sentencia de los EREs (anunciada para la semana pasada desde hace tiempo) se aplazaría; supongo que pensó que la sentencia de Cataluña le reforzaría (es posible que lo haya hecho). Pero a estas alturas no hay nadie del PSOE salvo Tezanos que no firmase repetir los 123 escaños y las posibles alianzas de entonces (excluido el agónico Ciudadanos, que no sumará en ninguna combinación). Si no fuera porque el 11 de noviembre habrá que buscar gobierno, lo normal sería que ese día rodaran las principales cabezas.

4.- Tras este monumental fracaso, ya innegable salvo por la fe religiosa, nadie ha dicho que tras el 10 de noviembre vaya a hacer nada distinto de lo que hizo tras el 28 de abril. Pablo Iglesias sigue insistiendo en que o coalición o nada sin que hayamos escuchado (desde el 28 de abril) una sola condición de acuerdo que afecte a los españoles y no al reparto de ministerios. Pedro Sánchez no sabemos qué propone: parece claro que está en un nuevo paso de la yenka renunciando a sus propuestas progresistas… pero lo que sabemos es que en ningún caso culpa más que a los otros de haberse cerrado en banda a un acuerdo de gobierno que era posible y sencillo y que sólo fracasó por el reparto de ministerios: porque unos exigían tener más y otros se plantaron hasta exigir quedárselos todos. Los dos creen que la culpa fue del otro; así que los dos volverían a hacer lo mismo.

5.- El 10N no va a operar el voto del miedo del 28A. Según todas las encuestas la irresponsabilidad de PSOE y UP sólo va a beneficiar a la extrema derecha más zafia de Europa. Pero no hay una sola encuesta que dé posibilidades de gobierno al PP con Vox: Ciudadanos va a aportar una minucia (posiblemente su última minucia) y con Vox al lado el PP sabe que no podrá sumar a ningún partido para gobernar salvo el tenaz Ciudadanos. Sólo una enorme abstención haría posible un viraje tal que permitiera el gobierno ultra conservador y corrupto que traería la alianza PP-Vox. Por eso era absolutamente necesaria una alternativa progresista en las urnas que permitiera que los votantes indignados con la irresponsabilidad de PSOE y UP fueran (fuéramos) al colegio electoral y sumemos nuestros votos para que haya futuro.

6.- Que el 10N no pueda haber una mayoría de PP-Vox que permita gobierno no supone que eso vaya a ser así para siempre. ¿Volverían el PSOE y UP a hacer lo mismo tras las elecciones del 10N? Si ninguno cree que ellos lo hicieron mal, si ambos creen que es el otro el que tiene que cambiar, ¿se enrocarían ambos en el reparto de ministerios llevándonos a unas terceras elecciones? En tal caso, sí, el resultado sería impredecible como siempre que colapsa un sistema político. Y un nuevo fracaso supondría un colapso intolerable de consecuencias impredecibles pero en ningún caso positivas para los demócratas y mucho menos, en concreto, para los progresistas.

7.- A diferencia del PSOE y UP (y de Ciudadanos, QEPD), el Partido Popular sí se ha sabido mover. Han escondido a Pablo Casado, hasta le han cambiado la cara, sólo Isabel Díaz Ayuso ha sido incapaz de callarse, y probablemente obtengan un resultado catastrófico en términos históricos pero bueno en comparación con el 28A. Si me tuviera que apostar una caña con pincho de tortilla diría que el PP ofrecerá a Pedro Sánchez su abstención en la investidura. Y sólo en la investidura. Y mantendría al PSOE en un gobierno frágil, aislado y paralizado, con los presupuestos de Montoro prorrogados sine die y teniendo que gestionar en esas condiciones la crisis catalana, el Brexit… y sobre todo los nubarrones económicos que asoman. Casado sólo tendría que esperar sentado a la descomposición del PSOE.

8.- Más País es el único partido que habría preferido seguir sin ningún escaño pero que hubiera un gobierno progresista. Incluso en términos de partido, lo que necesitábamos era tiempo para construir un partido verde y feminista, estructurado con democracia, participación y fraternidad y que frente a la política espasmódica se construya a fuego lento. Pero la irresponsabilidad de los partidos que podían haber formado gobierno nos hizo tomar una decisión que no nos convenía. Eso es lo que hay que hacer en política, eso es lo que tuvieron que haber hecho PSOE y UP: si los supuestos intereses de partido y los evidentes intereses de país chocan, hay que elegir los intereses de país. Y, a medio plazo, esos intereses suelen coincidir, como están comprobando PSOE y UP en las encuestas de estos días.

9.- Ante este panorama sigue siendo tan imprescindible como en abril votar. Un hundimiento de la participación es lo único que posibilitaría un gobierno del PP y Vox. Ya lo vimos en Andalucía. Puede que haya gente que piense que el PSOE lo hizo fenomenal negándose a todo acuerdo desde julio porque prefería elecciones. Quien lo piense, que vote al PSOE. Puede que haya gente que piense que Unidas Podemos volvió a acertar negándose a aceptar el gobierno de coalición que tenía en la mesa en julio. Quien lo piense, que vote a Unidas Podemos. Seguro que hay gente que piensa que ambos fueron unos irresponsables con su país y que tendrían ganas de quedarse en casa, que ya votaron pese a todo en abril… Quien lo piense, que vuelva a pensar qué pasará si todos somos tan irresponsables como fueron ellos. Si los mismos hacen lo mismo, no sucederá lo mismo, será mucho peor aún.

Ayuso: el canto del cisne de la banda de Aguirre

Hay una acusación injusta, irritante y falsa a los madrileños de ser culpables de lo que va a pasar entre hoy y mañana en la Comunidad de Madrid. Os seguirá gobernando el PP-Madrid porque es lo que habéis votado. Es falso.

En primer lugar, los madrileños han dejado de votar al PP a una velocidad inédita en la Comunidad de Madrid: en 2011 Esperanza Aguirre obtuvo más del 50% de los votos y 72 escaños, 25 puntos por delante del siguiente partido. Sólo ocho años después su mismo Partido Popular se ha quedado en el 22% de los votos, con 30 escaños y siendo segundo partido de la Comunidad de Madrid por primera vez desde 1987. En 2019 la banda de Aguirre no gobernará porque lo hayan decidido los madrileños sino porque Ciudadanos y Vox se han unido para mantener la caja en manos del atracador.

Pero además, durante estos 32 años los triunfos electorales no han sido inocentes. Ha habido toda clase de trampas, no ha quedado un sólo servicio público que no haya sido saqueado para comprar voluntades, crear una tupida red clientelar que incluye un notable pesebre mediático bien pagado, sobornar a dirigentes de la oposición y, finalmente, financiar las campañas ilegalmente.

Hemos tenido campañas electorales financiadas con más dinero en negro que en blanco. Quien crea que eso es inocuo no ha pasado de cerca una campaña electoral. Tener el doble de financiación de la legal, empujado por una legión de medios y opinadores extraordinariamente sobrefinanciados desde lo público y una oposición que durante varios años estuvo autoamordazada mientras construyes un laboratorio de políticas profundamente ideológicas… hace las elecciones algo más fáciles.

En una competición deportiva, un atleta que hubiera competido dopado de tantas formas y tan reiteradamente estaría apartado de por vida de la competición, desprovisto de todos los títulos y con un pie en la cárcel. En política, el atleta tramposo tiene a Ciudadanos y Vox colocándole medallas de oro incluso tras llegar segundo a la meta.

El Partido Popular de la Comunidad de Madrid es un tinglado en descomposición. Sólo aspira a sobrevivir un tiempo más mientras siguen avanzando los sumarios, los juicios, las nuevas investigaciones periodísticas. Y mientras van deteriorando la sanidad, los colegios, los institutos, el metro, la universidad, la justicia, las carreteras, las libertades… Para ello necesitan (ay, los liberales) seguir chupando de la institución pública y lo van a conseguir gracias a la integración de Ciudadanos y Vox en la banda de Aguirre.

Hoy comienza la investidura de Isabel Díaz Ayuso como presidenta de la Comunidad de Madrid. En pleno agosto; como para que no se entere nadie, como si se avergonzaran de lo que van a hacer a Madrid Ciudadanos, PP y Vox juntos. En un suicidio rechazado sobre todo por quienes auparon a Ciudadanos para que fuera un partido de una derecha europea, liberal y no cleptómana, Albert Rivera ha decidido convertir su partido en una facción del PP pretendiendo heredarlo mientras se descompone.

Mala idea: si algo ha demostrado el PP-Madrid es su similitud con un cesto de manzanas podridas que van contaminando toda la fruta que entre en el cesto. Ciudadanos ha decidido compartir cesto con la corrupción y discurso con el fanatismo ultra.

Ciudadanos podría haber preparado una regeneración colocando un cortafuegos que lo separara de la corrupción y el colapso del PP-Madrid abriendo la posibilidad de heredar un electorado de derechas que va huyendo de tanto hedor. Pero para prolongar la agonía de una organización que ni merece ni va a poder detener su descomposición, Ciudadanos ha unido su destino a un cadáver putrefacto.

Van a ser cuatro años duros para los madrileños. Pero no más de cuatro. Y no descartemos que algunos menos.

Ciudadanos o la política tóxica

Un objetivo que me he trazado como ser humano es que nunca deje de asombrarme el desprecio y la arrogancia con los que trata Inés Arrimadas a cualquiera que no sea ella misma o quienes dicen exactamente lo mismo que ella. Es normal que Albert Rivera se niegue a sentarse siquiera a hablar con nadie que no sea del PP ni de su núcleo íntimo de Ciudadanos: todos los demás somos fascistas, totalitarios, populistas, etarras, rancios, vagos…

No sé quién le ha contado a los dirigentes y cargos públicos que son todos tan estupendos, tan inteligentes y tan admirables, pero sería un buen ejercicio de prudencia bajarse de esa atalaya. Precisamente los pocos dirigentes de Ciudadanos que no se han subido a ella, que debaten con normalidad e incluso con afecto, que intercambian opiniones como si el otro no fuera una mierda… suelen ser quienes más valía tienen personal e intelectual. Es cierto, también, que de esos cada vez les van quedando menos.

Ciudadanos se ha convertido en el pirómano recurrente que va al seguro a cobrar por el quinto incendio que ha provocado en un mes. No sólo agitan las llamas: también quieren la indemnización y se indignan si algún vecino no se pasa el día llorando por la mala suerte de que se incendie tanto la misma cocina.

Las semanas antes del 8M Ciudadanos se las pasó criticando a las feministas, no al machismo; las semanas antes del Orgullo Ciudadanos se las pasó criticando al movimiento LGTB+, no a los homófobos. Sí, Ciudadanos fue al Orgullo a provocar rechazo. Por eso se pasaron la semana anterior explicando que irían al Orgullo «le pese a quien le pese«, que en ningún caso eran los homófobos de Vox, a los que debería pesarles que sus socios fueran tan defensores de la libertad, la igualdad y la diversidad: no, a quien le pesaba era a los miles de manifestantes que este año ven cómo entran en las instituciones el odio, la homofobia, la vuelta al pasado y el recorte de sus derechos y que Ciudadanos los usa para trincar cargos de gobierno. Por eso, porque era lo que buscaban, han tenido que mentir y agigantar histriónicamente el rechazo que vivieron para contarnos una historia de terror que no les sucedió.

Lo que hemos sabido después explica esa estrategia tóxica que necesita un conflicto para ser la víctima que ocupe titulares durante unos días. Fue la estrategia de ir a Rentería y al pueblo de Josu Urrutikoetxea, calificada como un gran éxito porque salió mucho en la tele, en las portadas de periódicos afines y porque luego pudieron «alargar el efecto» atacando a Pedro Sánchez por sumarse a la campaña electoral de Ciudadanos.

El odio fascista que sufrieron las Rosa Parks de la democracia española a manos de esos activistas que coincidían en homosexualidad con los jerarcas nazis (todas estas gilipolleces las han dicho en serio diputados y senadores de Ciudadanos) ha sido un montaje. El informe policial que ayer dio a conocer El País acredita lo que todos vimos: que había mucho enfado, mucha provocación, que hubo una botella vacía de plástico a la que agarrar todo el victimismo y que o adornaban de literatura tragicocómica las pistolas de agua (que siempre mojan a los manifestantes, afortunadamente en la tarde de julio del Orgullo) o se quedaban sin «alargar el efecto«. En 2019 y cuando has calentado tanto tu presencia en una manifestación, si alguien te agrede, hay quince vídeos, tres heridos y cuatro detenidos. Y no: hay vídeos de enfado, algo desagradable en una mani que por supuesto es política pero suele ser festiva porque nunca nadie va «le pese a quien le pese».

España ya tiene demasiados motivos de conflicto como para que venga nadie a vivir de echar gasolina a las brasas y añadir cerillas ardiendo donde no hubiera brasas. Probablemente el papel que ha decidido jugar Ciudadanos sea suicida electoralmente: España andaba huérfana de una derecha liberal, moderna y europea, no de matones de discoteca. Pero su previsible hundimiento es irrelevante salvo para ellos. Lo malo es que Ciudadanos está siendo un activo tóxico para la convivencia, un agitador del enfrentamiento, un puño de hierro con mandíbula de cristal que quiere ser el niño (ateo) en el bautizo y el muerto (sanísimo) en el entierro. Y eso no ayuda nada salvo a cuatro egos sorprendentemente encumbrados.

Algunas obviedades sobre la investidura en la Comunidad de Madrid

Las matemáticas no aman, pero tampoco fallan:

En la Comunidad de Madrid no va a haber un gobierno progresista esta legislatura. Si alguien dijera que puede haberlo, mentiría. Las opciones progresistas sumaron 64 escaños el 26 de mayo y son necesrios 67 para la investidura.

En la Comunidad de Madrid no va a haber un gobierno «de centro derecha liberal« esta legislatura. Quien dice que puede haberlo, miente. Las opciones de centro derecha liberal (siendo generosos en la definición de Ciudadanos y PP-Madrid) sumaron 56 escaños el 26 de mayo y para ellas también son necesarios 67.

En la Comunidad de Madrid puede haber un gobierno de la derecha y la extrema derecha homófoba, machista y xenófoba. Es lo que están intentando PP y Ciudadanos aunque Ciudadanos intente evitar la foto, como si lo grave fuera el teatro con el que se explican los hechos y no los hechos. Cuando Ciudadanos se negó a firmar el compromiso con el Orgullo de no gobernar con la extrema derecha sólo podía tener una razón: que querían gobernar con la extrema derecha. Salvo que Ciudadanos reconozca su identidad con los fanáticos del odio, sería un gobierno cuyos apoyos tendrían grandes dificultades para avanzar por sus grandes diferencias políticas. ¿O no?

En la Comunidad de Madrid puede haber un gobierno transversal de regeneración democrática tras 25 años de casos de corrupción, golpes a la democracia y campañas electorales adulteradas con financiación ilegal a manos del PP de Madrid. En la Comunidad de Madrid puede haber un gobierno transversal de defensa de las libertades y los derechos de los madrileños y de las madrileñas que ataca Vox. Sería un gobierno en el que se tendrían que encontrar fuerzas con enormes diferencias políticas, por lo que no cabe duda de que no se podría avanzar en aspectos esenciales (económicos, sociales…) pero al menos se podría sanear la Comunidad de Madrid y se defendería la democracia y las libertades.

Las leyes prevén la repetición de elecciones (o los plenos de investidura sin candidato) para situaciones excepcionales que hagan imposible alcanzar una investidura sin grandes cataclismos. Fue lo que sucedió en 2003, por ejemplo, cuando dos corruptos hicieron imposible una mayoría y unas nuevas elecciones darían una Asamblea de Madrid sin esos corruptos.

No es lo que sucede en 2019: en 2019 lo único que sucede es que Ciudadanos no acaba de entender que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Si Ciudadanos quiere un gobierno de derechas con la extrema derecha, los madrileños se darán cuenta por mucha retórica infantil que emplee Ignacio Aguado. Si Ciudadanos no quiere un gobierno de derechas con la extrema derecha, tendrá que sentarse a hablar con fuerzas democráticas aunque tenga grandes diferencias ideológicas con ellas.

Si Ciudadanos no quiere hacerse mayor, habrá elecciones de nuevo y los madrileños irán a votar por enésima vez por la sencilla razón de que dieron la llave a una fuerza inmadura e irresponsable que sigue queriendo estar en misa mientras presume de lo bien que repica las campanas.

La institución es mía

No hay nada menos liberal que la apropiación de las instituciones públicas por una parte. Un presidente de la Asamblea de Madrid, cuando ejerce de presidente, lo es de toda la Asamblea de Madrid y tiene que defender su dignidad y su correcto funcionamiento de acuerdo con la legalidad, no sometiéndola arbitrariamente a los intereses de su partido. Tan es así que incluso escénicamente los miembros de la Mesa no aplauden en los debates, como si fueran neutrales, y si va a intervenir en alguno, se baja antes al patio de butacas para diferenciar al diputado de partido del gobierno de toda la Asamblea.

El presidente de la Asamblea de Madrid, de Ciudadanos, ha hecho todo lo contrario. Ayer hizo una pirueta para retorcer el Reglamento de la Asamblea de Madrid convocó un pleno de investidura sin candidato pese a que era posible designar un candidato (de hecho, dos) por una única razón: era lo que le convenía a Ciudadanos, muy especialmente si son ciertas las informaciones de ayer de varias periodistas según las cuales hay una quiebra interna muy intensa en Ciudadanos Madrid por la oposición a convertirse en una corriente de PP-Vox.

El Reglamento de la Asamblea de Madrid permite un pleno sin candidato cuando no es posible nombrar un candidato para evitar que, si nadie quiere presentarse y dado que no se le puede obligar a nadie, empiece la cuenta atrás hasta nuevas elecciones. Es lo que sucedió cuando el tamayazo (como no existía esta modalidad de pleno la Asamblea y el Consejo de Estado retorcieron la legalidad pero esta vez en beneficio y con acuerdo de todos para evitar un colapso institucional).

Pero ayer había dos candidatos que querían someter su investidura al Pleno: el candidato del partido más votado el 26 de mayo, Ángel Gabilondo (que contaba de entrada con 64 votos a favor) y la segunda, Isabel Díaz Ayuso (con 56 votos, los del PP azul y los del PP naranja). Ahí sí cabe la discrecionalidad del presidente de la Asamblea que podría haber hecho una pirueta criticable pero seguramente legal y proponer como candidata a quien tiene menos apoyos haciendo el cálculo de que Ciudadanos y Vox mienten y se pondrán de acuerdo. Lo que no cabía era decir que el presidente no había podido presentar un candidato porque evidentemente sí podía.

La interpretación que hace imposible presentar la candidatura es casi peor. Lo que hace la ronda de contactos con portavoces de los grupos es tantear su opinión sobre qué votarán los diputados una semana después. Pero se supone que el parlamentarismo es vivo, que (según esa Constitución tan sagrada cuando hablamos de reyes y fronteras) los diputados no tenemos mandato imperativo (que el portavoz de un grupo exprese su opinión no determina qué van a votar cada uno de sus diputados, que votaremos lo que tengamos a bien) y que incluso los debates parlamentarios sirven para algo y podría haber cambios de opinión en función de ellos. Así que la ronda de contactos sirve para ver si hay alguien que se ofrezca como candidato y, si hay varios, para intuir cuál de ellos tiene más posibilidades de ganar una votación.

Lo que en ningún caso puede hacer el presidente de la Asamblea es decretar cuál va a ser el resultado del debate y votación parlamentaria. Eso es un desprecio a la Asamblea, a cada uno de los diputados y a la democracia representativa. Sólo es imposible presentar un candidato exitoso (condición que en ningún caso exige la ley pero que parece haberse inventado el presidente de la Asamblea) si anunciamos que el pleno es un mero paripé teatral para salir en la tele, que los diputados somos monigotes y que todo es una ficción porque el resultado de la investidura ya está decidido pero se juega al escondite para evitar fotos desagradables. Que no digo yo que no sea así, que seguramente el presidente de la Asamblea, siendo de Ciudadanos, sepa mejor que yo cómo está actuando su partido; pero que debería disimular un poco.

Nuestras dos únicas alternativas

Escribía ayer sobre las tres únicas opciones que tiene Ignacio Aguado en la Comunidad de Madrid: o gobernar con Vox o sentarse a hablar con el PSOE y Más Madrid o llevarnos a los madrileños a nuevas elecciones como si eso solucionara algo. Después se reunieron Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón y propusieron a Ciudadanos sentarse a hablar para una posible investidura del candidato más votado y que suma más apoyos (salvo que PP y Ciudadanos ya sumen los votos de Vox como propios).

Quizás también cabría plantear, como con Ciudadanos, cuáles son las alternativas de las fuerzas progresistas. 

El 26 de mayo los madrileños repartieron las cartas de la partida. Con esas hay que jugar. A muchos nos gustaría poder hacer todo lo posible por un gobierno de transformación para la Comunidad de Madrid. Pero es que todo lo posible es nada. Hay 64 diputados para un gobierno progresista (no ya transformador) y 56 de derechas y 12 de extrema derecha (por resumir, aunque es evidente que entre los 56 de derechas alguno de extrema derecha también hay, como el ínclito David Pérez). 

Las sumas posibles para conformar gobierno son las siguientes (no hay otra, aunque a cada una de estas sumas se pueden sumar más partidos, obviamente):

-PP+Ciudadanos+Vox (todos votando sí)

-Psoe+Ciudadanos+MM (podría abstenerse uno de los tres que no fuera el PSOE)

-PSOE+PP+Ciudadanos (podría abstenerse uno de los tres que no fuera el PSOE)

Unidas Podemos no da ni quita la mayoría a ninguna de las combinaciones posibles. Y en todas las combinaciones es necesario el voto favorable o abstención de Ciudadanos. Así que sólo Ciudadanos puede mandarnos a otras elecciones más en otoño y por tanto sólo a Ciudadanos cabría responsabilizar del fracaso de tener que ir a unas nuevas elecciones claramente evitables.

Todo lo que no sean esas tres combinaciones o una nueva convocatoria electoral no es que sea iluso, simplemente es imposible: como cantaban Mártires del Compás, las matemáticas no aman, pero tampoco fallan. Y no hace falta ser leninista para saber que en política se actúa sobre la realidad existente, no sobre la que nos gustaría que sucediese: es lo que diferencia la política de la vida contemplativa religiosa. Esas son las combinaciones por mucho que nadie se empeñe en que hará lo posible por construir otras.

Así pues podemos pensar qué objetivo tiene un partido progresista. Puede aspirar a echar cuentas electorales y crecer en las próximas elecciones. En ese caso estoy bastante convencido de que Más Madrid no saldría perjudicado de unas nuevas elecciones, aunque uno nunca sabe en qué se va a transformar la justa indignación ciudadana ante unos partidos incapaces. Pero si un partido se diferencia de una empresa que sólo busca balances contables es en que debería buscar mejorar la vida de la gente a la que representa. 

¿Cuál de las opciones realmente existentes es mejor para la vida de los madrileños y (sobre todo) de las madrileñas? 

Parece innegable que un gobierno acordado y condicionado por Vox sólo puede acarrear más sufrimiento, discriminaciones y recortes de derechos y libertades salvo para miembros de manadas y agresores de mujeres, homosexuales, bisexuales, trans, negros, moros… ¿Hay alguien progresista (o simplemente demócrata) que no prefiera que Vox sea lo más irrelevante posible?

Una opción sin Vox (probablemente la más difícil de todas) sería el PSOE con el PP y Ciudadanos. No parece una gran idea salvo para los corruptos amamantados por el PP durante 25 años de degradación institucional. Más allá de que se antoja imposible que el PP colaborase en su desalojo del tinglado (le interesa mucho más arriesgarse a elecciones que permitir que otros puedan abrir cajones) no creo que haya ningún progresista madrileño que crea que esa suma pueda suponer algo de limpieza institucional ni que fuera la mejor de las posibles. Pero igual alguien prefiere que el PP siga en el gobierno autonómico madrileño.

Por tanto queda la opción de intentar un gobierno en el que como mínimo Más Madrid, PSOE y Ciudadanos estemos de acuerdo. Esto presenta dos grandes dificultades. La primera es la resistencia de Ciudadanos, que sigue simulando que su acuerdo con el PP (56 diputados, uno menos que PSOE más Más Madrid) tiene alguna viabilidad sin más socios. O Ciudadanos ha decidido condenar a los madrileños a elecciones o tendrán que ser flexibles hacia algún lado: hacia el lado progresista o hacia la extrema derecha. La otra dificultad obvia es que un gobierno así no sería un gobierno que lograra los avances sociales, económicos y posiblemente medioambientales (si Ciudadanos mantiene la irresponsable posición que tiene en la ciudad de Madrid) que necesita Madrid. Sería un gobierno de higiene democrática, de regeneración de una Comunidad de Madrid torturada por la corrupción estructural y de defensa de la democracia y las libertades amenazadas por la extrema derecha. Pero de las opciones realmente existentes ¿hay algún progresista, algún demócrata, que no crea que es la que mejor vendría a los madrileños?

España está colapsada por la falta de ideas, de riesgos, de cintura ante las situaciones novedosas. La propuesta de hace semanas de Íñigo Errejón concretada ayer de acuerdo con Gabilondo es arriesgada, difícil y posiblemente menos rentable para Errejón y para Más Madrid que otras más conservadoras. Pero para los madrileños no parece dudoso que sea la mejor opción entre las posibles.

Hay dos opciones: intentar, por difícil que sea, el mejor gobierno posible para los madrileños, o resignarnos a que la extrema derecha aplique el programa que recitó el jueves Rocío Monasterio. No tengo dudas.

Las tres alternativas de Ignacio Aguado

Ayer fue especialmente contundente Ignacio Aguado tras las exigencias de Rocío Monasterio para una investidura de derechas. «Ciudadanos no va a llegar a ningún tipo de acuerdo con aquellos partidos que quieran hacer retroceder a la Comunidad de Madrid. No gobernaremos con partidos que frivolicen con la violencia machista, que estigmaticen a los inmigrantes, que ataquen al colectivo LGTB y a los derechos y libertades que con tanto tiempo y sacrificio se han ido conquistando en la Comunidad de Madrid. No habrá un Gobierno bajo esas condiciones. Mis principios y los de mi partido están por encima de un Gobierno. Queremos llegar a un acuerdo con aquellos partidos que quieran progresar.«

Es una buena noticia: esta declaración de Ignacio Aguado saca a Ciudadanos de su ambigüedad (seamos amables) en la Comunidad de Madrid tras haber pactado con Vox el reparto de la Mesa de la Asamblea y el Ayuntamiento de Madrid: Ciudadanos sabe perfectamente de la gravedad que tiene la Comunidad de Madrid en su crisis interna. Esa declaración (y el tono contundente que empleó) es irreversible. Con esa declaración es imposible que Ciudadanos sume sus votos a PP y Vox para gobernar la Comunidad de Madrid salvo que Aguado admita que el discurso de ayer le persiga machaconamente señalándolo como un mentiroso el resto de la legislatura. Fue, además, una comparecencia sin preguntas por lo que parece que dijo exactamente lo que quería decir sin improvisar ni una coma, sin arriesgarse a que una pregunta le pillase con la guardia baja y le llevara a salirse de un guion claro y contundente. Una buena noticia, insisto, para los demócratas de Madrid (y de España).

Tras esas declaraciones, Ignacio Aguado sólo tiene tres posibilidades echando números.

1- Quedar como un auténtico mentiroso, violando lo que él ha definido como «mis principios y los de mi partido» y acabar sumando los votos al PP de Madrid y Vox para un gobierno de continuidad a 25 años de saqueo con el lastre añadido de los acuerdos (escenificados de tal o cual forma, públicos u ocultos) con Vox. Es difícil explicar mejor que lo hizo ayer Aguado qué significaría para Madrid, para Ciudadanos y para él que eso sucediera.

2- Explorar la posibilidad de una alternativa de gobierno. Ángel Gabilondo fue el candidato más votado el 26 de mayo con cierta distancia. Nadie puede acusar a Gabilondo de extremista, histriónico, etc. Tampoco es probable que nadie que no sea muy fanático pueda tachar a Íñigo Errejón de peligroso radical que no defienda cada derecho y conquista democrática alcanzada. Entre Isabel Díaz Ayuso, David Pérez y Rocío Monasterio por un lado y Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón por otro (que son las dos posibilidades que suman escaños suficientes para que Ciudadanos decante una mayoría) creo que poca gente duda dónde está el extremismo, dónde la demagogia populista, donde el peligro para las instituciones y para las libertades e incluso dónde el nacionalismo más reaccionario. Evidentemente un acuerdo de gobierno de este tipo no podría ser lo ambicioso que nos gustaría a quienes no logramos una mayoría progresista el 26 de mayo pero permitiría preservar derechos y libertades, regenerar unas instituciones podridas por 25 años de aguirrismo y preservar la democracia frente al fanatismo y el odio. No es poca cosa si se piensa en el bienestar de la ciudadanía más que en los cálculos electorales del partido propio (probablemente a Más Madrid no le iría nada mal en unas nuevas elecciones) pero incluso pensando en esos cálculos, no creo que Ciudadanos pagara precio alguno por una opción que cada vez es más obvia.

-La tercera posibilidad es la repetición de elecciones. No hay más posibilidades de sumar una mayoría que con Ciudadanos habiendo mentido y atándose a PP y Vox o con Ciudadanos buscando ese acuerdo de regeneración y defensa de las libertades con Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón. O se da una de esas sumas o el 11 de septiembre se disuelve la Asamblea de Madrid y vamos a elecciones nuevas. No parece verosímil que esas elecciones dieran un resultado que beneficiara a Ciudadanos no ya por su posible caída sino por cómo quedaría, de nuevo, ante la necesidad de una investidura. Salvo un improbable vuelco electoral, las posibilidades son las que había el 26 de mayo (quizás alterando el equilibrio interno de cada bloque): o un reparto muy parecido al actual en el que Ciudadanos se encontraría de nuevo ante las mismas opciones ante las que hoy no habría sido capaz de decidir; o ante una mayoría progresista que permitiera un gobierno más ambicioso en políticas fiscales, medioambientales y económicas del que podríamos configurar hoy y en el que Ciudadanos e Ignacio Aguado serían completamente irrelevantes.

En su mano está. Ignacio Aguado puede rescatar a la Comunidad de Madrid de años de parálisis, reacción, corrupción y desmantelamiento de derechos y conducirla hacia la normalidad democrática (que no es poco avance) o pegarse un tiro en el pie de los madrileños.

De la «nueva política» al chalaneo más obsceno

No hace tanto la política española estaba empapada de lo que se llamó la nueva política, una suerte de cultura política ascética en la que se presumía de la renuncia a todo cargo, de la fugacidad de los pocos cargos que fueran imprescindibles, los sueldos moderados y a un simulacro exagerado de voto casi de pobreza. Tenía todo el sentido: veníamos de años de podredumbre en los que la corrupción había cooptado a muchos cargos políticos y sindicales y para ello se había servido de sobres, regalos, invitaciones y privilegios inaccesibles al común de los mortales. Los cargos políticos vivían en unas alturas desde las que se veía muy lejos al pueblo al que tenían que representar y servir.

De los consejos de administración de Cajamadrid a la universalización del coche oficial (el Ayuntamiento de Madrid llegó a poner un coche con su conductor para cada uno de sus concejales de gobierno y oposición) pasando por el palco del Bernabéu, los cargos públicos tenían difícil no sentirse una élite separada por un infranquable foso de la ciudadanía común. Había más complicidad muchas veces entre los miembros de esa élite (aunque aparentemente fueran adversarios) que con los representados. Eso fomentaba unas políticas en las que el interés general se convertía en una anécdota secundaria y una sensación de impunidad que ayudó a naturalizar una corrupción absolutamente extendida (desde el regalo de áticos hasta el regalo de títulos universitarios).

Las exigencias de la nueva política tenían todo el sentido como anticuerpos frente a una degradación absoluta de la política española.

No hace demasiado de esto. Apenas unos meses. Y sin embargo lo que estamos viendo desde el 28A y el 26M ha supuesto un giro radical que marea incluso al observador menos atento. No hay una sola exigencia o negociación de gobierno municipal, autonómico o nacional en la que el foco no esté en el reparto de cargos. No se conoce una línea roja programática, una conquista irrenunciable. Sólo sabemos que unos quieren entrar en consejos de gobierno, que otros quieren que los unos no entren aunque se hagan sus políticas, que Ciudadanos quiere trincar buenos sillones con los votos de Vox haciendo contorsionismos para devolvérselos y que al PP le da igual cómo se arregle lo de los sillones de los otros mientras se le garantice el suyo.

Uno recuerda casi con nostalgia cómo las negociaciones de Pujol y Arzalluz con Felipe González y Aznar nos parecían irritantes pasteleos sin escrúpulos porque la investidura dependía abiertamente de la entrega de competencias y presupuesto a sus Comunidades Autónomas. Hoy esto parecería un ejercicio de transparencia y altruismo enternecedor.

¿Alguien conoce alguna diferencia política insalvable para formar gobierno en España que no sea quién será ministro y quién no o si en vez de compartir ministerios se comparten direcciones generales? ¿Tiene alguna queja Vox de los primeros diez días de sectarismo, prohibiciones y censuras del Ayuntamiento de Madrid o sólo le preocupa qué concejalías, consejerías y chiringuitos va a trincar? ¿Sabemos qué le parece a Ciudadanos que los gobiernos de los que forma parte adopten las políticas de Vox o lo único que le preocupa es que no salgan en la foto compartiendo los sillones que con tanta renuncia política han logrado apañarse?

El culmen de la degradación fue el documento exhibido ayer por Vox. Primero por su carácter secreto, algo absolutamente intolerable y que debería ser ilegal. Y en segundo lugar por su obsceno contenido con sólo tres puntos: el primero, los sillones del PP; el segundo, los sillones de Vox; el tercero, la opacidad del acuerdo. Hasta los futbolistas que fichan por un equipo nuevo que les ofrece más dinero tratan de disimular diciendo que éste era su equipo desde niño o que buscaban nuevos retos.

No nos hemos curado todavía de tantos años de saqueo e indecencia como para dejar de tomar la medicación tan abruptamente. Disimulen un poco, que abriendo tanto la puerta va a pasar mucho frío.

Ciudadanos. Próxima estación: Madrid

«¿Cómo vamos a superar la dinámica de confrontación de rojos y azules que vinimos a combatir si nos convertimos en azules? ¿Cómo vamos a ser creíbles en nuestro compromiso con la regeneración si vamos a apoyar a gobiernos que llevan mas de 20 años en el poder? ¿Cómo vamos a construir un proyecto liberal en España si no somos capaces de enfrentarnos a la  extrema derecha que esta en las antípodas de todo lo que pensamos?«

Ayer Ciudadanos demostró una cosa positiva para ellos: que, contra las apariencias, en su interior hay vida política, debate e incluso enfado. Es una buena noticia para ellos: es mejor que haya una tensión entre quienes apuestan por el suicidio (convertirse en una mera corriente subalterna del peor PP) y quienes parecen creer aún en ese supuesto centro liberal que Ciudadanos decía ser. La alternativa sería la aquiescencia acrítica en el camino hacia la inmolación ordenada por el líder de una secta milenarista.

Visceralmente uno podría desea la (probable) victoria de Albert Rivera que conduzca a Ciudadanos a la irrelevancia cuando no a la expresa absorción por parte del PP. Sin embargo, ocurre que en su rendición al PP Ciudadanos puede causar mucho sufrimiento y deterioro democrático.

El próximo hito al que se enfrenta Ciudadanos es la investidura en Madrid. En los próximos días el presidente de la Asamblea de Madrid debe consultar a los portavoces y proponer una candidatura a la presidencia de la Comunidad.

La apuesta inicial de Ciudadanos en la Comunidad de Madrid reúne todos los síntomas que señalaba Toni Roldán: un bloque de (muy) azules tras más de 20 años de gobiernos del PP y de la mano imprescindible de la extrema derecha. Pero además en la Comunidad de Madrid se añaden tres factores que hacen aún más sangrante la entrega de Ciudadanos:

-No es sólo que el PP lleve gobernando más de 20 años; es que estas dos décadas y media han estado regadas de podredumbre corrupta (Gurtel, Púnica, Lezo, máster, Fundescam…) y golpes a la democracia (tamayazo, financiación ilegal) en una decadencia institucional que el propio Ciudadanos ha señalado durante la legislatura pasada;

-No es sólo que necesiten a Vox para gobernar; es que Vox tiene paralizado el diálogo para formar gobierno en Madrid por su exigencia de cargos, chiringuitos y sueldos. Vox en Madrid tiene su cantera más parásita: donde Abascal se forró con sueldazos sin trabajo en dos chiringuitos;

-En la Comunidad de Madrid, además, existe la posibilidad de entenderse con Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón con los que se podría formar una alternativa que suma una clara mayoría absoluta. ¿Creen Ignacio Aguado y Albert Rivera que encontrarán a alguien que considere que entre Isabel Díaz Ayuso, David Pérez y Rocío Monasterio o Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón, la sensatez y la moderación están en el lado del PP-Madrid y Vox? Se añade que Ángel Gabilondo fue el candidato más votado tras el desplome electoral del PP, al que sus votantes han castigado más que Ciudadanos por la corrupción y la pésima gestión.

Si Ciudadanos quiere simular que conserva un ápice de ese supuesto centrismo moderado, sensato y liberal, si pretende parecer algo así como una fuerza europea, moderna y del siglo XXI… en Madrid tiene su última oportunidad. Es probable que prefieran renunciar a ella y consolidarse como una triste muleta de la corrupción y el odio. La ciudadanía madrileña lo pagaría con cuatro años más de colapso institucional y decadencia de nuestros servicios públicos. Sería, sin duda, el último servicio (porque no habría más) de Ciudadanos a un PP corrupto y fanatizado enterrado por los españoles y resucitado por Albert Rivera.

De cinturones sanitarios y búsquedas de acuerdos difíciles

Uno llega a acuerdos con quien no piensa como uno. Es algo que hacemos continuamente: la vida en sociedad exige acuerdos, expresos o no, porque pensamos cosas distintas a todos los demás e incluso a lo que pensaba uno mismo hace un rato. Afortunadamente.

Es evidente que necesitamos acuerdos. La pluralidad política es una bendición que hay que mimar, el fin de las mayorías absolutas y de la España sin matices del bipartidismo es una oportunidad democrática. Pero si no lo fuera, daría igual: es un hecho, el acuerdo entre distintos es una necesidad inevitable. Todo el mundo sabe que en Cataluña no va a haber solución que no sea fruto del acuerdo entre gente que pensamos cosas radicalmente distintas: no sólo sobre las fronteras, también sobre economía, libertades… Otra cosa es que haya quien no quiera que haya solución.

Encontrar soluciones compartidas es dificilísimo cuando venimos de sobre escenificar las diferencias, pero es indispensable.

En el conjunto de España pasa exactamente lo mismo: no vamos a poder desbloquear las instituciones sin abrirnos a dialogar y a negociar con otros de quienes nos separa un abismo, pero un abismo legítimo. Y esa negociación (si quiere desbloquear el país y sus partes) tiene que pasar por huir de la satanización de quien no sea Satán. Sólo debería haber dos líneas rojas: no se puede abrir la puerta de las instituciones a quienes no respetan los derechos humanos y los principios básicos de la democracia (incluidos los principios de libertad, de igualdad, la no discriminación por género, raza, orientación sexual…) ni a quienes quieren las instituciones para robar. Quienes odian y quienes roban, sí, son Satán. Entre el resto hay discrepancias, en ocasiones enormes, pero llegar a acuerdos entre gente muy distante puede ser criticable o no según el acuerdo concreto (que debe ser público, perdón por la obviedad); puede ser criticable si el contenido es malo para la ciudadanía, pero intentando que no lo sea es legítimo… y conviene entender que en muchos sitios es imprescindible.

Es más que razonable intentar alcanzar gobiernos entre los partidos cuyos proyectos son similares. Descartados los partidos que quieren recortar derechos y libertades y los que está acreditado que son instrumentos de corrupción tiene todo el sentido que se busquen mayorías entre partidos con proyectos políticos más o menos cercanos. Si hay una mayoría de partidos de derecha democrática en un lugar es lógico que formen gobierno, si la hay progresista deben intentar llegar a acuerdos, donde haya conflictos territoriales es razonable que se prime el entendimiento entre quienes tienen un mismo proyecto nacional como una de las variables para formar gobierno.

Pero en España va a pasar mucho tiempo sin que haya mayorías de este tenor. No va a haber mayorías absolutas de partidos de derecha democrática durante un tiempo; la izquierda defensora de la unidad de España está lejos de poder gobernar sin el apoyo de otros.

Recordemos lo que pasaba en Euskadi y Navarra cuando ETA mataba. Se firmó un Pacto de Ajuria Enea (cuyo texto hoy resultaría escandaloso para tantos) que hacía que, mientras no se consiguiera que dejara de haber asesinatos, los partidos facilitaran gobiernos de sus adversarios si así conseguían evitar que tuvieran poder institucional quienes compadreaban con los crímenes.

Pese a los golpes de pecho de quienes exigen aislamientos, no hay nada más valiente que cruzar fronteras. La izquierda defensora de la unidad de España tiene que atreverse a hablar y llegar a acuerdos con las izquierdas independentistas vascas y catalanas porque no pasa nada, porque son acuerdos legítimos, porque tienen proyectos de país profundamente distintos pero legítimos mientras no quieran recortar derechos y libertades ni discriminar a nadie. Pero también hay que intentar hablar y si se puede acordar donde sea necesario con derechas democráticas no corruptas. Como tiene que haber una derecha democrática no corrupta que entienda que no se puede gobernar con quienes compadrean con la violencia machista (negando incluso su existencia), quienes quieren recortar derechos a quienes no son hombres, blancos, heterosexuales y católicos y con quienes usan las instituciones para robar, para destrozar las instituciones; y que la única alternativa a eso es llegar a acuerdos con otros partidos democráticos por muchas diferencias políticas que haya, por poco ambiciosos que puedan ser esos acuerdos.

Basta echar una ojeada a los pactos municipales, a los post pactos, al atasco de tantas comunidades autónomas, la imposibilidad de formar mayoría en España, la entrada del odio en gobiernos municipales y autonómicos… para tener claro que hay que optar. Los acuerdos entre partidos muy distintos necesariamente serán poco ambiciosos: si Ciudadanos llega a acuerdos con fuerzas progresistas tendrá que renunciar a bajar impuestos a las grandes fortunas; si las fuerzas progresistas logran un acuerdo con Ciudadanos en algún lugar saben que los avances sociales serán mucho menores que lo serían si gobernaran sin Ciudadanos (algo imposible tras los resultados electorales donde esos acuerdos fueran posibles). Si en Navarra se quiere alcanzar un gobierno progresista decente, es obvio que se tienen que entender fuerzas que tienen proyectos nacionales muy distintos y que por tanto ninguna logrará grandes avances en ese frente. Pedro Sánchez no debería asustarse de hablar con ERC sobre la investidura de España: precisamente una de las razones por las que ganó las elecciones fue que los españoles dieron la espalda a quienes criminalizan los puentes.

Hubo quien criticó a Más Madrid por tener la osadía de ofrecer un diálogo al PSOE y Ciudadanos para explorar posibilidades para Madrid que no pasaran por gobernar con Vox. Transcurridos apenas unos días de la investidura municipal, visto el circo, comprobados los primeros pasos… ¿alguien duda de que esa posibilidad era mejor para Madrid, para los demócratas, para los derechos de los madrileños y el funcionamiento de la ciudad que lo que ha sucedido?

En la mayoría de los sitios hay que optar. Las alternativas en muchísimos sitios son acuerdos legítimos entre adversarios con muchísimas discrepancias o bien colapso institucional o entrada de fuerzas no democráticas que van a usar las instituciones para el odio y la discriminación: la retirada de las pancartas contra la violencia machista en Madrid es sólo un primer aviso.

Puede que haya quienes prefieran la entrada del fanatismo antidemocrático en nuestros gobiernos; quizás haya quien opte por el colapso sine die como si repitiendo una y otra vez elecciones los votantes por fin fueran a dar los resultados con los que los electos se sienten cómodos. Pero así, a primera vista, no parece la mejor de las opciones.

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