Blog de Hugo Martínez Abarca

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Cifuentes viene a vernos

Dentro de dos semanas se cumple un año desde que Cristina Cifuentes se enteró de que la habían pillado en lo del máster. Los demás nos enteramos al día siguiente, el 21 de marzo de 2018. Cristina Cifuentes se agarró de forma patológica a una mentira que se caía a cachos pero sobre la que escalaba con nuevas mentiras cada vez más disparatadas.

En el mes y pico que pasó desde el 21 de marzo de 2018 hasta la dimisión de Cristina Cifuentes desarrollé una fascinación por el personaje. La interpretación de sus mentiras era absolutamente convincente. No las mentiras, que eran obvias y tardaban cinco minutos en desmontarse, no: lo convincente era su interpretación. Absolutamente fascinante: nunca he descartado del todo que ella realmente se creyera que había hecho el máster, los trabajos, que un día fue a leer un trabajo de fin de máster, que lo perdió en una mudanza… Aunque todo eso no llegara a suceder jamás ella lo contaba con la convicción de quien está segura de que se le aparece la virgen en El Escorial tras una hora mirando al Sol.

Una noche estaba hablando con unos amigos y les comentaba esta fascinación: cómo Cifuentes interpretaba con entusiasmo insuperable una historia fantástica, cómo forzaba a todos sus diputados y consejeros a hacer como que creían la nueva versión que sustituía a la del día anterior, desmontada inmediatamente. Y recordé esa vieja leyenda urbana que llevaba circulando por Madrid desde hacía muchos años. «Por primera vez, me creo eso de que es cleptómana: me recuerda a Chus Lampreave en Bajarse al moro, que explicaba absolutamente convencida que no había robado las decenas de baberos, mecheros, etc que llevaba en el bolso sino que los había comprado en una oferta buenísima porque los necesitaba». Recuerdo esa conversación porque a la mañana siguiente la cloacaweb, OKDiario, publicó el vídeo de las cremas que el PP había conservado durante años hasta que lo sacó para hacer dimitir a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, y machacar a la persona Cristina Cifuentes.

Al día siguiente ella dimitió y yo dejé de seguir a Cristina Cifuentes en redes sociales, algo irrelevante pero con lo que pretendía decirme que políticamente Cifuentes ya era irrelevante y personalmente ya sólo era una persona que necesitaba ayuda.

Cuando la semana pasada se supo que la fiscalía pide tres años y tres meses de cárcel por la falsificación del acta que exhibió (el resto de delitos ha quedado impune por culpa del Supremo), la actual candidata del PP a la Comunidad de Madrid usó el asesinato de un niño para mentir en una comparación asquerosa, pero dijo una cosa que era verdad: que Cifuentes había sufrido un ataque personal brutal. No puede calificarse de otra manera la conservación durante años de ese vídeo para sacarlo en el momento de hundir a la persona. Pero ese ataque mafioso lo hizo el partido por el que Isabel Díaz Ayuso es candidata a través de la web en la que ayer inició ella un video blog: extraña solidaridad con su amiga.

Hoy viene Cifuentes a la Asamblea de Madrid a responder sobre el Caso Máster. No era nuestra prioridad. Nosotros queríamos traer a Pablo Casado porque es el único de este grupo de jetas que no ha abandonado la política. Pero el chalaneo entre PP y PSOE nos ha impedido (algún día se sabrá a cambio de qué) investigar como merece un caso que ha hecho polvo el prestigio de nuestra Universidad, que exhibe el ataque desde la política a la autonomía universitaria y que es una faceta cutre de la corrupción y la sensación de impunidad que ha regido en la política madrileña. De ahí emerge Pablo Casado, a quien sólo su aforamiento, una interpretación jurídica sui generis del Supremo (que no ha desmentido el auto judicial que evidencia que él hizo trampas exactamente igual que Cifuentes salvo en la exhibición del acta) y la complicidad del PSOE, mantienen alejado de la responsabilidad por su fraude.

Al PP y al PSOE no les importaba traer sólo un juguete roto al que seguir sacudiendo, pero han decidido salvar al fraude con patas que preside el Partido Popular.

Cifuentes merecería solidaridad humana una vez se aclare y responda por el fraude en el que participó, del que se benefició. Pero se hace un poco cuesta arriba cuando a día de hoy no ha retirado su querella contra los periodistas que hicieron su trabajo destapando el fraude cometido por la presidenta autonómica. Cristina Cifuentes sigue pidiendo hoy la condena para los periodistas por delitos que suponen cinco años de cárcel.

¡Funciona!

La estrategia de llamar populista a todo el que hiciera una propuesta decente, democrática, más justa y equitativa quería transmitirnos un mensaje: «todo eso es muy bonito, pero al final no salen los números». Era una nueva forma de transmitir el mensaje machacón de los últimos 40 años de desmantelamiento mundial de los derechos sociales y democráticos: There is no alternative, No hay alternativa. Como en los últimos años se demostró con una crisis monumental que las políticas de recortes y destrucción de lo público eran un fracaso, que si había algo que no era una alternativa eran sus políticas, nos explicaron que la nuestra era el caos, los soviets de distrito, la cochofobia, Caracas, hambre, destrucción y cabalgatas de Reyes Magos. Y, además, nos fueron explicando que somos igual de corruptos que ellos, faltaría más.

Ayer presentaron Manuela Carmena y Jorge García Castaño (concejal de Hacienda del Ayuntamiento de Madrid y un compañero y amigo por el que sentirme tan orgulloso) los últimos presupuestos de esta legislatura. Y lo hizo con unos números y unos resultados para que los madrileños vivan mejor espectaculares. Han sido muchísimos los palos en la rueda contra este Ayuntamiento. Montoro intentó asfixiarlo, entre la Fundación Francisco Franco, el Partido Popular y otras organizaciones del entorno, han intentado parar en los tribunales desde la democratización del callejero a todas las obras que van a llevar a los barrios polideportivos, piscinas, zonas infantiles…

Pero no lo han conseguido. Hoy cualquier madrileño tiene la conciencia de que el Ayuntamiento ha realizado innumerables actuaciones para mejorar los barrios, la vida de las familias. No hay una gran obra en el Madrid de Manuela Carmena. En esta legislatura los madrileños no hemos enterrado una autopista para que paguen hasta nuestros nietos y cobren hasta los tataranietos de los constructores amigos. No hay una gran obra en el Madrid de Manuela Carmena. Pero para atacar su gestión un diario conservador la acusaba hace unos días de febril: es decir, la crítica era la cantidad de cosas que está haciendo el Ayuntamiento. Y, sin duda, a los madrileños nos gustaría que la fiebre fuera aún más alta. A veces olvidamos que en 2015 Madrid llevaba años sin siquiera una operación asfalto: la ruina de la ciudad se traducía, entre otras cosas, en baches y rajas en nuestras calles que hoy van recuperándose. Por cierto, aquel abandono de las calzadas sí que era cochofobia.

La memoria a veces es corta, pero la comparación con la Comunidad de Madrid nos refresca siempre la diferencia. No, nadie acusará al gobierno de la Comunidad de Madrid (PP-Ciudadanos) de febril. Lo único que recordaremos de esta agonía asistida del PP en la Comunidad de Madrid es el bochorno de la salida de Cristina Cifuentes. Tan desaparecida está la Comunidad que no son pocos los madrileños que se olvidan de su existencia y piden a Manuela Carmena que arregle los destrozos del PP-Cs (¿cuántos madrileños siguen pidiendo al Ayuntamiento que arregle el desastre de Metro sin saber que sólo es competencia de la Comunidad?).  Una evidencia: en 2019 el Ayuntamiento de Madrid habrá hecho 13 escuelas infantiles nuevas; la Comunidad de Madrid (que es la que tiene la obligación de hacerlas) ninguna. Eso es ayudar (o no) a las familias madrileñas.

Lo impresionante es que hacer cosas es más eficiente: mientras la Comunidad de Madrid no para de aumentar la deuda pública, el Ayuntamiento ha reducido la monstruosa deuda que dejaron Gallardón y Botella a la mitad. No, no era populismo: era democracia, cercanía y eficacia. Era pensar en el bien común en vez de en la financiación del partido y el relleno de sobres. Era dejar que Madrid volviera a ser una ciudad viva y moderna. Y, qué raro, funciona. Por el camino, Madrid va de la mano de Copenhague, Berlín, París, Londres, Amsterdam… en políticas de movilidad mientras el PP (político-mediático) nos quiere anclar en algo mucho más parecido a su obsesiva Caracas.

Sin duda el mayor error de esta legislatura ha sido no ser conscientes de que el PP (en sentido amplio) odia a Madrid (como a España) hasta el punto de intentar paralizarla, joder a los madrileños hasta que le devuelvan la llave de la caja fuerte, que tan bien han exprimido siempre. Ha sido un aprendizaje duro que ralentizó el comienzo de la legislatura. Por eso y por tantos años de destrozo queda tanto por hacer.

Pero la evidencia ya está aquí y es una lección también para administraciones autonómicas y nacional. Funciona. A lo mejor era cierto que No hay alternativa: No hay alternativa a los gobiernos decentes, equitativos y democráticos que hoy están haciendo funcionar las ciudades que ellos destrozaron.

Titulitis

Cuando eldiario.es mostró el chanchullo del máster de Cifuentes pensé, como tanta gente, que lo quería para garantizarse una plaza en la Universidad. Que quería que le regalaran el máster como paso previo a que le regalaran el doctorado y tras él la plaza como profesora en la Universidad por si acaso. No son pocos los enchufes en algunas universidades y, en concreto la Universidad Rey Juan Carlos había mostrado una enorme predisposición a acoger a quienes arroparon el saqueo de Bankia: Cifuentes no tendría ningún problema.

Hoy creo que no era exactamente así. Primero porque Cifuentes acabará en alguna empresa privada que no la valore por lo que vale sino por lo que ha hecho. Pero también porque el goteo de casos demuestra que lo que hay es una perversión del carácter de los títulos universitarios convertidos en esas alturas en una especie de título nobiliario. De alguna forma deben de creer que son personas tan importantes que son merecedores de un título que otros tienen que currarse porque, al fin y al cabo, son mucho menos importantes. Qué coño va a tener que aprender de derecho público toda una delegada del Gobierno en Madrid o todo un señor diputado autonómico y líder de los jóvenes del PP en Madrid. La duda no es si ellos merecen el máster, sino si el máster les merece a ellos.

El caso es aún más patético con Carmen Montón. Montón no necesitaba ninguna acreditación de su conocimiento en temas de género. Probablemente, como todos, podría haber aprendido más, conocido textos nuevos, teóricas y estudios… pero no necesitaba acreditación. Había sido ponente en algunas de las leyes más importantes al respecto y eso, necesariamente, exige un aprendizaje colosal. Pero fue seducida por la medallita regalada. Aquí tienes tu máster, mira qué bien te queda. Y se lo puso, lo paseó por la alta sociedad política. Como si no fuera fácil distinguir quién sabe de lo que habla, quién no tiene ni idea, quién habla tras cierta reflexión, quién cacarea los eslóganes de rigor.

Cuando el PP optó por defenderse del caso másters expandiendo mierda acusaron a Toni Cantó de haber puesto en su currículo que era pedagogo pese a no tener ningún título que lo acreditase. Lo cierto es que parece que Cantó enseñaba interpretación, dada su dilatada experiencia como actor. Enseña, pues es pedagogo. Como a Ignacio Escolar, reciente premio Gabriel García Márquez de periodismo, le acusaron de no tener el título de periodista. Yo soy licenciado en Filosofía por la Autónoma y en Ciencias Políticas por la Complutense pero desde luego no se me ocurre presentarme como filósofo ni como politólogo salvo, acaso, a nivel usuario, como la ofimática.

Un imbécil con título sigue siendo un imbécil. Y se le nota. Como al tipo brillante se le nota que lo es sin necesidad de pedirle un currículum vitae. Además del nivel de corrupción y nepotismo que lleva a sentirse tan superiores como para merecer regalado lo que al común le cuesta tanto esfuerzo ¿qué nivel de complejo intelectual que lleva a querer aceptar títulos regalados, sea la licenciatura en Derecho o el máster de la rey Juan Carlos?

Cremas, mentiras y cintas de vídeo

En no pocas conversaciones ayer aparecía una cierta empatía con Cristina Cifuentes. El vídeo en el que aparece siendo registrada por haber robado unas cremas no es una denuncia política sino una humillación personal en el contexto de una guerra de bandas mafiosas (a las que Cristina Cifuentes pertenece desde hace décadas). Cristina Cifuentes merece una despiadada oposición política porque ha participado como protagonista y apologeta de todas las estafas y vulneraciones de derechos humanos que ha vivido la Comunidad de Madrid, todas las mentiras, los fraudes y las complicidades. Políticamente representa todo lo que hay que expulsar de las instituciones democráticas.

Cifuentes no debía haber sido investida presidenta. Y ha habido un puñado de veces en las que tenía que haber cesado. La última, insostenible, a raíz del caso del Máster falsificado.

Pero el vídeo del robo en el supermercado es, en el peor de los casos, una bobada, una exhibición de inmadurez e idiotez (en el sentido de no saber en qué sociedad se vive); y en el menos malo de los casos es la concreción de un problema personal que sólo merece compasión.

Desde hace años se viene rumoreando que Cristina Cifuentes es cleptómana. Si es así Cristina Cifuentes ha tenido un problema personal, como el de quien ha sido alcohólico, ludópata o el de quien tiene mal un riñón o la vista. Si fuera real ese problema o alguno de esa índole y no lo hubiera superado parece evidente que es un problema incompatible con las funciones que ha desempeñado en estos años, pero en eso no tiene la responsabilidad ella (que sería irresponsable por el propio problema personal que tuviera) sino quienes sabiéndolo la usaron para ponerla en esos cargos. Los mismos que, para más inri, han demostrado la catadura moral de la mafia guardándose los vídeos como instrumento de chantaje para destrozar personalmente a Cifuentes cuando les viniera bien matarla políticamente. Por cierto: si ese rumor lo conocía medio Madrid, obviamente lo conocía todo el PP; y si es cierto que Ignacio González exhibía pantallazos de éste u otros vídeos, obviamente todo el PP sabía que no sólo era un rumor, que era verdad: incluida aquella persona que Rajoy designe y Ciudadanos vote para seguir manchando la Comunidad de Madrid.

Toda la oposición conocíamos el rumor de la cleptomanía de Cifuentes. Y nunca lo usamos. Conocíamos otros rumores sobre Cifuentes. Y nunca los hemos usado. Conocemos otros «rumores» sobre Cifuentes. Y no los usaremos. Porque no somos mafiosos, porque somos seres humanos, porque hasta a veces algunos intentamos ser buenas personas. Porque no somos como ellos.

Y lo mismo sucede con otros cargos del PP, no sólo con Cifuentes. No es el único caso personal o de una gravedad tal que no usaríamos sin saber en qué consiste realmente incluyendo acusaciones de acoso, por ejemplo, que nunca hemos querido usar políticamente sin estar seguros de qué había detrás realmente.

Cifuentes no merece el ataque personal, la destrucción personal. Merece la expulsión de la vida pública, nada más, desde hace tiempo.

Cifuentes ha practicado desde el principio el ataque personal, la destrucción personal. Es el método del PP de Madrid. Cifuentes lo ha usado y lo ha mandado usar.

La legislatura comenzó con una persecución contra Manuela Carmena por haber escogido para sus vacaciones familiares un chalet alquilado legalmente. El PP de Cifuentes usó aquella gilipollez para atacar a la recién nombrada alcaldesa y Cifuentes elevó la estupidez presumiendo de que en cambio ella no se tomaba vacaciones. El PP de Cifuentes ha usado las mentiras publicadas en las webs que publican las mentiras dictadas de sus cloacas para intentar destruir personalmente a compañeros: «pederastas, terroristas, narcotraficantes». Todo ha valido para destruir a quien fuera. Desde acusar a alguien de lo que hubiera hecho su padre a acusar a un diputado de Podemos de llevar a su hijo al cole en coche (esto ha sucedido, en serio) difundiendo, por cierto, el número de su matrícula. O rescatar tuits antiguos de concejales para intentar destruirlos y ubicarlos en el ámbito moral antagónico al que saben que pertenece.

Todo ataque personal que han podido hacer lo han hecho sin límite moral ni de intensidad alguno.

No sólo es una evidencia que el PP es una mafia con sus guerras internas. Es que además han demostrado hacer política con las artes de las malas personas que no tienen ningún límite y que prefieren la destrucción personal al conflicto cívico y democrático.

Cifuentes merecía la expulsión de la vida política. Pero ni Cifuentes ni ningún ser humano merece ser víctima de los métodos de agresión humana que ha practicado Cifuentes y su partido.

Cifuentes no merece ninguna compasión por la expulsión de la vida política. Sí la merece por la destrucción personal. Como la merecen todas las víctimas de la destrucción personal que han intentado durante años Cristina Cifuentes y quienes la aplaudieron antes de destruirla.

 

6.944

Desde hace unos meses Cifuentes ha volcado la autopromoción en su candidatura a la presidencia del PP de Madrid. Para ello ha hecho tres o cuatro entrevistas al día y ha recorrido la Comunidad de Madrid hasta el punto de mover el día y el lugar de la celebración del Consejo de Gobierno para acondicionarla a sus intereses internos en el partido: la Comunidad de Madrid es suya y hace con sus instituciones lo que quiere.

Su campaña tuvo dos fases: una intentando que se inscribiera cualquier bípedo que hubiera estado afiliado al PP de Madrid («incluso AP») en cualquier momento. Ese Partido Popular de los 800.000 afiliados contaba que sólo en Madrid tenía casi 95.000: sólo hace dos meses la propaganda del partido presumía de que «desde que se constituyó la gestora del partido en Madrid, hace once meses, se han incorporado 1.421 afiliados, por lo que el total de militantes en la región suman 94.499». Lo único que importaba era la participación, dado que han conseguido silenciar por completo al otro candidato.

La mucha afiliación tenía valor probatorio en enero de 2017: «Para la presidenta de la gestora, la incorporación de nuevos militantes «es la mejor muestra» de que el partido está «recuperando la credibilidad y la confianza de los madrileños».»

Si lo que valía en enero vale en marzo, debemos concluir que los escasos 6.944 votos que ha obtenido Cristina Cifuentes en su «histórica» votación deben de probar la ausencia de credibilidad y de confianza de los madrileños en Cifuentes.

Con ese número de votos Cifuentes no habría salido elegida entre los 34 consejeros de Podemos Comunidad de Madrid y eso siendo el PP en Madrid el partido que (todavía) gobierna en la nación, en la Comunidad y en muchísimos municipios: eso supone que miles de madrileños trabajan puestos a dedo por el PP… y que muy pocos más que esos se sienten parte del PP.

La escasísima participación demuestra dos cosas. Que todos los números que ha dado el PP (estatal y madrileño) sobre su afiliación han sido tan falsos como los de su contabilidad. Y que Cristina Cifuentes apenas despierta ilusión siquiera entre los propios votantes del PP, que ni fueron en masa a afiliarse, como contaba Cifuentes, ni tienen interés en apoyar a Cifuentes pese a tanta propaganda para que lo hicieran.

Cifuentes lleva dos años presidiendo Madrid sin que se sepa cuál es su proyecto más allá del autobombo. El despliegue comunicativo pudo hacer creer que tenía buena imagen: pero la comunicación de la nada sólo puede tener duración limitada. Y ya no dura ni entre los más fieles.

Y súbitamente el gobierno de Cifuentes envejeció


El Roto retrató con esta viñeta lo que supuso el 15M en una estructura de partidos que pensaba que podía vivir de la mera inercia. Salvando las distancias algo así sucedió el pasado sábado cuando Podemos, en palabras de Pablo Iglesias, se comprometió a poner toda la carne en el asador en las próximas elecciones autonómicas de 2019 con la Comunidad de Madrid como reto crucial. Fue ponerse el nombre de Íñigo Errejón en circulación y súbitamente el gobierno de Cifuentes envejeció.

Que una presidenta de la Comunidad de Madrid califique de destierro o desprecio la hipótesis de que alguien aspire a presidir la Comunidad de Madrid debería ser una ofensa a los madrileños. Que una persona tan ponderada como Ángel Gabilondo nos diga que no miremos la Luna sino el dedo sorprendería. Que Ignacio Aguado respondiese hablando del comunismo, la Unión Soviética y Siberia podría llegar hasta a causar vergüenza ajena otra vez. Pero las tres reacciones juntas no son más que la constatación de que la Comunidad de Madrid puede vivir el terremoto político que ya vivimos en el Ayuntamiento de la capital si somos capaces de ofrecer una alternativa ilusionante que ponga lo mejor del bagaje de estos años al servicio de Madrid.

Algún diputado del PP reconocía en privado hace unos meses que el gobierno de Cifuentes no tiene política pero transmite una imagen sólida mientras que el Ayuntamiento sí tiene política pero no conseguía transmitir todo lo que estaba haciendo. Sospecho que de hablar ahora con él no diría lo mismo. Desde hace meses el Ayuntamiento transmite sensación de solvencia y de proyecto de ciudad y es acompañado por la ciudadanía al innovar incluso en proyectos que puedan ser molestos (como los cambios en movilidad, que rompen inercias de tantos años llevándonos a la modernidad urbana). Y mientras, el gobierno de Cifuentes no transmite más que propaganda hueca sin que haya un solo madrileño que sepa contestar a la pregunta “¿qué ha hecho Cifuentes?”: siendo desastrosos para Madrid, al menos Gallardón era el presidente que hacía Metro y Aguirre la que construía hospitales. Cifuentes es la presidenta que hace entrevistas, nada más.

El gobierno de Cifuentes es la nada manchada de corrupción, ineficacia y desigualdades. Y por eso la mera sugerencia de una posible alternativa tan sólida de gobierno ha sido demoledora. El cambio que se empezó a construir por los municipios continuará e incorporará a las grandes comunidades.

Querían dar el cambio por enterrado y, de repente, se confirme o no lo publicado por la prensa, se dieron cuenta de que tienen un problema.

Cifuentes Ruiz-Gallardón, artículo en ElDiario.es

«No viene usted solo. Le acompaña un pasado. Estaba usted entre lo que aplaudían la política que nos arruinó. Para gustos están los colores; y a usted le gustaba. Nunca la ha condenado; ni siquiera la ha criticado. No la veía mal».

Mariano Rajoy Brey. 4 de marzo de 2016. Congreso de los Diputados.

La gente más joven (sobre todo las mujeres más jóvenes) deben de asombrarse si les cuentan cómo era el perfil que de Gallardón se difundía en los medios de comunicación. Alberto Ruiz-Gallardón era el verso libre del PP. Daba igual que llevara en cargos públicos desde 1983, que hubiera estado en la ejecutiva de Alianza Popular desde 1986, que Manuel Fraga Iribarne lo adoptara como su Secretario General de Alianza Popular: Era un outsider en el Partido Popular, casi un infiltrado en el partido. Gallardón era un progresista entre tanta carcundia, un liberal de verdad, el renovador que convertiría al PP de Aznar en una derecha moderna y europea. El principal promotor de esa imagen, por cierto, fueron los medios del grupo PRISA, cuya capacidad para condicionar el imaginario de la izquierda era entonces casi infinita. Gallardón era prácticamente el chico de PRISA en el PP, esto es: un hombre de la izquierda en el PP. Era incluso atacado por los voceros del PP como una especie de traidor al partido, un progre del comando Rubalcaba que quería tomar el PP para liquidarlo. Eran años en los que arruinaba la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Madrid, al que convirtió en la ciudad más endeudada de España con el triple de deuda que la siguiente: sólo la construcción de ese personaje ficticio causa la injusticia de que no sea recordado como el alcalde de Madrid que peor legado ha dejado en la ciudad.

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Manuela y las ratas

Entre la noche de ayer y esta mañana la noticia en Madrid no ha sido las decenas de contratos púnicos que el PP siguió haciendo en 2015 desde la Comunidad y varios ayuntamientos (encuestas electorales para ganar las elecciones y seguir haciendo contratos con las empresas «donantes») con Granados en la cárcel, haciéndonos pensar (¡malpensados!) que no es una trama de una manzana podrida sino de un partido podrido. El tema del día ha sido una frase sacada del libro de conversaciones entre Maruja Torres y Manuela Carmena. La frase viene a decir que si pudiera volver al pasado mantendría su «no» a ser candidata por lo que le está condicionando la vida privada. Ha añadido que pese a eso vale la pena por mejorar las condiciones de vida de la gente de Madrid, pero eso da igual. Lo importante es cuándo dijo eso: lo dijo tal y como hoy han aclarado las dos partícipes del diálogo este verano tras los ataques por haberse ido de vacaciones con su familia una semana a Zahara de los atunes, Cádiz.

A mí me parece noticia. Lo reconozco: es importante, define una situación política y explica por qué mucha gente sana y normal no quiere dar el paso a la política, no por los «bajos» sueldos (como dicen algunos que no sé qué nómina tendrán) sino por la cloaca en que quieren convertir la política quienes no contemplan las instituciones más que como su chiringuito. La noticia no es Manuela: cualquier ser humano decente habría estado abrumado ante la injusticia de los ataques, las mentiras (¡aquella flor protegida que tanto les preocupó!) y sobre todo la invasión de la privacidad familiar, el ataque a los suyos.

Había noticia pero a quien había que preguntar no es a Manuela como si fuera ilegítimo estar hasta las narices.

Al primero que había que haberle puesto hoy el foco es a Francisco Maruhenda, ese fariseo que aparece hasta en la sopa con soniquete bonachón, que firma como director en sus ratos libres de la famosa portada que montaba un escándalo porque la familia de la alcaldesa de Madrid se tomaba unos días en Cádiz alquilando una casa. E inmediatamente después poner el foco en esa oposición del partido púnico que se subió a la farsa para atacar personalmente: desde Cristina Cifuentes a Pércival Manglano capitaneados por la madre de La Trama de Madrid, Esperanza Aguirre.

Si Manuela Carmena hubiera estado desanimada por las críticas a su gestión (aunque fueran desmesuradas o injustas), por la complejidad de liderar un gobierno sin partido detrás (o con un partido extraño, como es Ahora Madrid), si su cansancio fuera por la ingente tarea que supone gestionar una ciudad como Madrid agujereada por años de despilfarro y pasteleo con constructoras… la respuesta sería que, señora alcaldesa, va en el cargo. De eso no se ha quejado más que poniendo soluciones.

Pero los ataques personales y mentirosos, las intromisiones en la vida familiar (no por haber robado, ni por haber convertido una boda en un asunto público para un desfile de ladrones sino por irse de vacaciones alquilando una casa en la playa para toda la familia y pagarlo) no son legítimos y no debemos acostumbrarnos NUNCA a ellos. Si queremos que participe en las instituciones gente normal, no podemos aceptar que el acoso personal sea la reacción orquestada contra quien participa legítima y honestamente.

El escándalo no es que Manuela estuviera hastiada en verano ni mucho menos que se tomara unas vacaciones: el escándalo es la basura en la que quieren convertir la política y el conflicto democrático el Partido Popular y su pesebre mediático. Y hoy quien tendría que haber respondido son todos ellos. ¿Les parece normal la mierda que producen? ¿Qué siniestros objetivos hacen que merezca la pena haberse convertido en eso?

El cambio político en el país no sólo pasa por que no nos roben los recursos, que también. Pasa, sobre todo, por que no nos roben la razón democrática.

Ovación y vuelta al ruedo

ovación

En la foto, José Cabrera, diputado del Partido Popular en la Asamblea de Madrid regresa a su escaño ovacionado por todos sus compañeros del PP puestos en pie. En realidad por todos no. En la foto se ve a Juan Van Halen (segunda fila a su izquierda) que está a su rollo como es costumbre. No se ve a Cristina Cifuentes que aplaudió tímidamente desde su escaño e hizo como que la cosa no iba con ella mirando unos papeles.

Esta foto la hice yo. Otro diputado, Raúl Camargo, hizo otras también. ¿Por qué fotografiamos la ovación? Porque habíamos asistido a la intervención más bochornosa desde que empezó la legislatura y nos parecía espectacular que en vez de hacer como que no habían oído nada los diputados del PP bramaran su entusiasmo. Luego supimos que no aplaudían su intervención, al menos no sólo su intervención. Aplaudían al compañero Pepe Cabrera.

El grupo de Podemos había presentado una proposición para revertir la venta de 3.000 viviendas del IVIMA (el instituto de vivienda autonómico) a Goldman Sachs. Entre los invitados había varias víctimas de estas ventas. El tipo, José Cabrera, empezó a dar lecciones a las víctimas a las que recomendó no «vivir de papá Estado» y echó en cara a nuestro grupo que vengamos con el «buenismo» (palabra muy reiterada en su intervención) de que «los pobres son todos muy buenos y muy honrados cuando no es así». Como no sé si la inviolabilidad parlamentaria cubre los comentarios vertidos en un chat no detallaré las expresiones que usamos algunos diputados para referirnos a esa intervención tan ovacionada por el grupo popular.

Como somos nuevos nos pusimos a buscar en google quién era este señor y vimos que este diputado había sido acusado de colocar en Metro a su hijo siendo él portavoz de la Comisión de Transportes (él, que decía que no vivieran de papá Estado (papá, Estado) las víctimas del IVIMA. O que junto con Rodrigo Rato había arrasado el río Tajuña a su paso por Carabaña. El tono de nuestro chat iba alejándose, digamos, de la cortesía parlamentaria conforme íbamos encontrando cosas  de ese hombre tan insultante con las víctimas de sus políticas antisociales y con «los pobres».

El grupo Popular en pie, ovacionando como no lo han hecho en toda la legislatura. Emocionante. El nuevo PP.

Al terminar el pleno supimos que no, que no le aplaudían por su bochornosa intervención. «Mi compañero Pepe Cabrera dignificando la política». Efectivamente aplaudían al compañero Pepe Cabrera y su forma de entender la dignificación de la política.

Desde hacía unas semanas había un asunto raro en la Asamblea. Los diputados tenemos que hacer una declaración de bienes e intereses al principio de legislatura y otra al final. Se trata de comprobar qué variaciones patrimoniales ha habido y si estas son de origen legítimo: si el paso por la política institucional nos ha enriquecido, vaya. Los de nuestro grupo hemos hecho público mucho más que lo que pide la Asamblea (además de la agenda, por ejemplo) así que el único problema que teníamos era adaptarlo al formato que planteara la Asamblea. No sabemos por qué no nos dieron el formulario al inicio de la legislatura (como otros formularios) sino sólo la semana pasada y con un plazo para entregarla que terminaba ayer. Pero lo más sorprendente es que nos pedían que pusiéramos los datos patrimoniales actuales, de mediados de octubre, no los de principios de junio cuando tomamos posesión y que son los que permitirían ver si nuestro paso por la Asamblea nos había supuesto enriquecimientos por encima de lo razonable.

Había un rumor a voces. Un diputado del Partido Popular, no sabíamos cuál, se había deshecho de algunas propiedades para desvincularse del caso Rato. Por eso la aparente formalidad de la declaración patrimonial supuso una agria reunión de la Junta de Portavoces en la que durante una hora se discutió este detalle y finalmente se aprobó que se hicieran constar (como observación al pie del formulario) las diferencias patrimoniales respecto a la declaración que todos hemos tenido que hacer ante notario.

Hacia las 23h supimos a qué se debía la ovación, cómo estaba el «compañero Pepe Cabrera dignificando la política», cuál era el diputado del PP que había generado todos esos movimientos sorprendentes en torno a la declaración patrimonial.

Informaba El País: Un diputado del PP renuncia al escaño para no tener que publicar sus bienes.

Cabrera ha justificado su renuncia en que no quiere poner en riesgo el vasto patrimonio que ha atesorado para él y sus hijos desde que arribó hace muchos años a Madrid procedente de su Extremadura natal “con una mano delante y otra detrás”, confesó.

Cabrera ha reconocido ser dueño de seis empresas, por las que factura al año al menos 6,2 millones. Y a estos millones hay que sumar los dividendos que ha obtenido recientemente tras la venta de una de las empresas de su familia a una firma extranjera. Cabrera, aparte de diputado, ha sido consejero de Bankia y de RTVE.

Este diputado madrileño encadena escaños en la Asamblea de Madrid desde 1999. El registro mercantil recoge solo tres sociedades a su nombre. Se trata de la gestora de baterías usadas Reciplomo, la productora de aceite de oliva Vega Carabaña y la inmobiliaria Under Construcciones y Obras. Sus sociedades suman unas ventas anuales de 6,2 millones de euros.

No sabemos por qué se iba a «poner en riesgo el vasto patrimono» de este talentoso emprendedor que llegara de allende el Tajo «con una mano delante y otra detrás». Estoy seguro de que la declaración de patrimonio revelará que hay ahí gente con un patrimonio muy important pero mientras el origen sea legítimo (o al menos aparentemente legítimo) no tendría mucho que temer el compañero Pepe Cabrera. El caso es que el compañero Pepe Cabrera pensó que sí, que lo ponía en riesgo y decidió que una cosa es dignificar la política, las personas y la libertad y otra es pegarse un tiro en el pie publicando un patrimonio que permitiera tirar de hilos. Y tras sus bramidos en la tribuna de la Asamblea se despidió, alguien se lo contó a El País (con algún detalle erróneo como esa supuesta complacencia de Podemos con evitar los datos accionariales que sólo se complementó con el desmentido muchas horas después) y el compañero Pepe Cabrera se fue con sus aceites, sus baterías, sus inmuebles y sus desmanes medioambientales de la mano de Rato. De momento.

Según han contado a los medios los diputados del PP, el «compañero Pepe Cabrera» les había anunciado antes del pleno que no iba a publicar su patrimonio y que se iba. A Ángel Garrido (número dos del gobierno de Cifuentes) y otros una semana antes. Según el PP.

Por eso le ovacionaron. Todos. Menos Cristina Cifuentes, consciente de que esa foto es terrible. Cuando pase el ruido y fuera de la foto «es previsible que la presidenta Cristina Cifuentes le ofrezca un cargo en alguna empresa semipública» según El País. Tras la ovación, vuelta al ruedo. A otro ruedo con menos focos y sin declaraciones de patrimonio.

Es el nuevo PP de Madrid. El nuevo PP de Cristina Cifuentes, el que gobierna de la mano de Ciudadanos. Con lazos tan turbios con el PP de Madrid de siempre. Y esto acaba de empezar. La legislatura, digo, no el PP de Madrid. Ese lleva mucho tiempo sin cambiar.

Madrid en un Metro

Ayer entre las 17.30 y las 18.20 (hora a la que salen de trabajar miles de madrileños) el Metro de Madrid colapsó. En muchas líneas se quedaron parados los convoyes donde estuvieran (en medio de un túnel o en la parada) durante casi una hora. Sin ningún tipo de explicación, sin que la megafonía informara según contaban miles de ciudadanos encerrados. Según fuimos supiendo el control de mandos había perdido la conexión de la red y no funcionaban las señales que regulan la circulación.

Fue una metáfora perfecta del modelo de Madrid que colapsa. En los últimos años Metro de Madrid ha ido incrementando su precio (en ocasiones dos veces el mismo año) a una velocidad casi mayor que a la que se deteriora el servicio. El billete de 10 ya cuesta 12.20 muy poco menos que diez billetes sencillos (1.50), muy lejos de cuando ir en metro suponía un gasto casi despreciable. Por el camino el metro cada vez va peor. Averías, interrupciones, escaleras rotas, esperas… Ayer mismo, horas antes del colapso a las 7.30 había que esperar 11 minutos en la línea 1 para ir al trabajo.

En Metro de Madrid nos está pasando lo que en todo Madrid. Pagamos mucho más por todo: el IBI, el impuesto de plusvalía, las tasas de todo tipo, las vacunas que ahora hay que pagar y antes no, las medicinas… Eso sin contar las carencias de servicios públicos que llevan a tener que usar servicios privados carísimos. Y de nuevo por el camino todo funciona cada vez peor con unas administraciones municipal y autonómica arruinadas que desmantelan la sanidad, la educación, que reducen los servicios públicos al raquitismo y que está más preocupada en que no conozcamos el próximo escándalo de saqueo que en que la gente de Madrid viva un poco mejor.

Ayer Metro de Madrid colapsó. Y eso también forma parte de la metáfora: Madrid, su Madrid, el de quienes nos hacen la vida más difícil y más cara a la gente de Madrid colapsó. Y colapsó porque se produjo una desconexión absoluta entre el puente de mando y la realidad. Lo mismo que le lleva sucediendo a Madrid desde que el colapso de la taifa de Aguirre y sus mariachis toca a su fin.

El colapso de Madrid al que ha conducido esta gente, como el colapso de Metro de ayer, nos pilla a la gente de Madrid dentro, en los túneles, sin información, con poco dinero y bastante prisa. Pero se abrirán las puertas. Su modelo está agotado. Ya no llegan las órdenes de un puente de mando lejano y obsoleto. Toca que sea la gente la que dé esas órdenes. Y toca ya.

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