Blog de Hugo Martínez Abarca

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¿Dónde están los de «dónde está la Comunidad Internacional»?

Cada vez que ha habido un bombardeo de EEUU, la OTAN o quien se haya encargado sobre un país la secuencia ha comenzado con una serie de preguntas tramposas de la tertuliada internacional. «¿Dónde está la Comunidad Internacional?» «¿Cómo es posible que no se haga nada para impedir esta matanza?» «¿Cuál es tu alternativa? ¿cruzarte de brazos?» son las letanías que se han escuchado antes de bombardear Libia, las que se escuchaban cuando se barajaba el bombardeo sobre Siria (ya nadie habla de Al Asad, acaso porque la serpiente incubada en Siria asuste ahora aún más); también lo escuchamos hace un poco más cuando parecía que había que bombardear Irán o Corea del Norte y un poco más recientemente en Ucrania pese a que ahí el enemigo era suficientemente poderoso como para convertir las bombas habituales en sanciones económicas grotescas a altos cargos rusos. Quien se opusiera a que la OTAN/EEUU/UE usase su fuerza para imponer regímenes títeres donde todavía no los hubiera o hubieran salido rana era cómplice de Gadafi, Al Asad, Ahmadineyad, los distintos Kim Jons y Putin del mismo modo que quien no ría las gracias a Esperanza Aguirre es cómplice de la ETA.

Pero hete aquí que Israel vuelve a bombardear Palestina. Gaza de nuevo: el último dato es de ayer a las 23h, 90 muertos (más de 20 de ellos niños), y 550 heridos. Las bombas han seguido asesinando esta noche.

Y no se oye nada. Las informaciones de los grandes medios han puesto más el foco en los cohetes recibidos por Israel (sin daños personales, afortunadamente) y en el mejor de los casos se hace una narración como si se tratara de un fenómeno meteorológico. Los palestinos mueren. No hay asesinatos, ocupación, violación de la legalidad internacional y de los derechos humanos. Es una zona muy conflictiva, ya se sabe. Ojalá ambas partes se sienten a hablar.

Los partidos políticos de orden miran para otro lado. Menos UPyD que se pone al lado de los criminales sin disimular.

Ya no aparece ese «algo habrá que hacer para parar este horror». Ni rastro de esas preguntas aparentemente ingenuas.

Nadie, ni quienes más sentimos como propia la causa palestina, ni quienes más sufren con cada crimen del Estado de Israel pedimos bombas sobre Israel que acaben con el gobierno israelí e impongan un gobierno no ya títere sino que respete la legalidad internacional y los derechos humanos. Nadie acusa de cruzarse de brazos a quienes renuncien a extender los crímenes denunciados para que Israel padezca lo mismo que su gobierno hace: el bombardeo criminal por potencias militares muy superiores. Acaso pediríamos que Israel deje de tener el ejército más subvencionado por EEUU (cuyo presidente es Nobel de la Paz) o que la UE rompa su tratado con Israel por el que éste es socio preferente: ese tratado prevé su ruptura si una de las dos partes viola derechos internacionales, fíjate tú qué risa. Sólo pediríamos que el Estado criminal deje de ser nuestro aliado y que el pueblo oprimido pase a tener nuestra complicidad.

Aqullas preguntas no eran ingenuas. Era pura propaganda de guerra servil al poder. Aquellas preguntas, aquella alarma tertuliana es perfectamente coherente con esta asepsia, esta falsa equidistancia, esta comprensión con el criminal. Ambas son el alimento del pesebre. Ambas son cómplices de las bombas por las que los poderosos imponen su control en todo el mundo. También en la prensa.

Las lágrimas por Nelson Mandela

Causa un poco de bochorno y bastante indignación ver la reivindicación universal de la figura de Nelson Mandela. Mandela fue un luchador por la libertad, por la emancipación, un luchador contra la opresión. Con todas las consecuencias. No fue un pacifista dogmático, fue un luchador. Y para la justa lucha de los oprimidos a veces el uso de las armas  se volvía recomendable e incluso imprescindible dado el nivel de represión del régimen del apartheid. Cuando así lo consideró colectivamente el Congreso Nacional Africano el propio Mandela se puso al frente de un comando armado. Hasta hace cuatro días Nelson Mandela era oficialmente un terrorista para la ONU y para EEUU. Todo ello no supone ni un pero en la trayectoria de Nelson Mandela, todo lo contrario: merece todo el reconocimiento porque lo dio todo por la libertad, puso en juego su vida (buena parte de la cual sacrificó en la cárcel) y, sobre todo, supo ser un enemigo de los opresores: es lo que hace que un activista político merezca admiración. Mandela la merece precisamente porque los poderosos le odiaron, porque resistió a los opresores del pueblo negro de Sudáfrica y a sus cómplices de todo el mundo.

Que ahora esos mismos cómplices, sus herederos y quienes siempre son unos pelotas del poder por criminal que éste sea se hagan los conmocionados, los inspirados por el legado de Mandela… explica mucho de la estafa intelectual que pretenden endosarnos, explica cómo intentan hacer de los derechos humanos una bandera blanca, compartida por todos, cuando se ha convertido en un instrumento revolucionario contra el que luchan ferozmente la jauría de plañideros que se apresuraron ayer a lamentar la muerte de un hombre que fue en Sudáfrica lo que son ahora sus enemigos locales.

Mandela es reconocido por su lucha, por su resistencia feroz contra la opresión, por la represión padecida por negarse a que una persona sometiera a otra y por no hacerlo de manera retórica sino con el arrojo necesario para jugarse la vida y con la inteligencia para conseguir un deterioro de los opresores suficiente como para alcanzar importantes logros. No todos. Un último favor a la humanidad de Mandela habría sido dejar explicado qué impidió al CNA desarrollar algo parecido al socialismo que defendían cuando llegaron al gobierno, qué hicieron estos poderes que hoy le lloran para que el logro de la libertad formal (que no es poca cosa) no viniera acompañado de las profundas reformas sociales a las que Mandela y el CNA aspiraban y cuyo olvido hace que en Sudáfrica siga habiendo discriminaciones terribles. Quizás esas plañideras del poder lo que aplaudan sea precisamente lo que Mandela no consiguió para Sudáfrica, en ningún caso sus logros y muchísimo menos su lucha.

Recuerdo una conversación con un compañero cuando estaba en cartelera la película Invictus. Hablábamos de los sentimientos encontrados por una aparente paradoja: nuestra admiración por la figura de Nelson Mandela y la contradicción entre su apuesta por la reconciliación con en Sudáfrica mientras en España éramos tan críticos con la Transición consensuada con los franquistas. La conclusión fue bastante sencilla: una cosa es una reconciliación que parte del cambio total, esto es, que los oprimidos gobiernen e inviten a su mesa a quienes renuncian a seguir siendo opresores y otra una reconciliación que pretende limitar el cambio a lo inevitable, esto es, que los opresores y sus herederos sigan gobernando e impongan renuncias a los oprimidos y luchadores contra la opresión para sentarse a la mesa casi intacta del poder. Sí hay dos puntos en común: uno, que sería un disparate que quienes no hemos padecido una represión de esa intensidad (y extensión) demos lecciones de lo que tenían que haber hecho quienes sufrieron persecución, tortura, cárcel y muerte; otra, que ni en Sudáfrica ni en España se acabó con la opresión menos obscena pero quizás más profunda. Pero la principal diferencia es que en Sudáfrica tomaron las riendas los oprimidos; en España los opresores.

De Mandela nos quedan muchas lecciones y aprendizajes: sobre todo la de la dignidad en la lucha, la resistencia a la opresión, la tajante oposición a la opresión de una persona por otra.

mandela

El Régimen y el activista por los derechos humanos

Imaginemos que en un país malo (qué sé yo: Cuba, Irán, Rusia, China…) un oficial del ejército destapara las pruebas de violaciones masivas de derechos humanos sistemáticas y organizadas por todo el mundo gracias a la red diplomática del país. No inventos del oficial, no, vídeos de matanzas de civiles, relatos de embajadores contando cómo se conchababan con autoridades locales para garantizar la impunidad de estadounidenses que habían asesinado a periodistas de otro país, intrigas con opositores a gobiernos democráticos para que cayeran… Supongamos que este oficial es condenado por su país, por un tribunal militar de ese país tan malo, a 35 años de cárcel por haber desvelado las pruebas de esa trama criminal.

El titular estaría servido: «El Régimen [cubano/venezolano/iraní/ruso/chino] condena a 35 años de cárcel al activista por los derechos humanos Bradley Manning por denunciar crímenes de Estado«. Sin embargo la referencia a la condena a 35 años por parte del régimen estadounidense pasó básicamente desapercibida entre las denuncias de los posibles nuevos crímenes del gobierno sirio, del pseudoconflicto de gibraltar y de la Supercopa española de fútbol. En ningún caso se da a la noticia el trato de represión dictatorial sino que se notifica asépticamente la condena sin más valoración, como si condenaran a un carterista a devolver las monedas robadas.

Recordemos rápidamente las consecuencias del caso Wikileaks: Bradley Manning ha sido condenado en Estados Unidos a 35 años. Como a Julian Assange no lo tenían en EEUU y no iban a conseguir una extradición por haber publicado sus crímenes, se elabora una imputación por delitos sexuales con la complicidad de los gobiernos suecos y británicos. Assange recibe el asilo de Ecuador en cuya pequeña embajada londinense permanece encerrado desde hace catorce meses. Entre medias vimos desplegar el poder mundial de Estados Unidos para, por ejemplo, evitar que donáramos dinero a Wikileaks para que siguiera revelando pruebas de crímenes con la complicidad de Visa, Mastercard, Paypal… Nadie ha ilegalizado Wikileaks pero la «libre circulación de capitales» terminaba allí donde queríamos donar veinte o treinta euros a la organización que estaba arrojando luz sobre delitos del poder político mundial.

Mientras se tejía esta red totalitaria para silenciar a quienes denunciaran crímenes sólo el eje del mal latinoamericano apostó por el derecho a la información. Mientras Ecuador daba asilo a Assange, el gobierno boliviano de Evo Morales no sólo no prohibía la difusión de los cables que afectaran a Bolivia sino que los colgó todos en la web de la vicepresidencia del gobierno, donde siguen pudiendo consultarse.

Además de las revelaciones que hizo Wikileaks, las consecuencias orquestadas por Estados Unidos, sus gobiernos títeres y las empresas financieras del mundo han evidenciado que uno de los lugares del mundo donde se reprime con más dureza a los disidentes y que ha tejido una red muy parecida a eso que llaman «totalitarismo» es el régimen estadounidense. Y de los más liberales en cuanto a derechos políticos, los gobiernos «malos» de América Latina.

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Los españoles siempre tendremos que agradecerle a Manning que destapara la complicidad activa del gobierno de Zapatero y de la fiscalía de Conde Pumpido (hoy magistrado del Supremo) para garantizar la impunidad de los asesinos de José Couso. Manning está en la cárcel. Zapatero y Conde Pumpido no.

Con ustedes, Obama el bueno

Como Obama es bueno, se puede permitir ciertas licencias. Ayer hizo un anuncio que suena bien: la intervención pública en la banca sin que sea para sregalarle nada sino para limitar su capacidad de hacer daño y de concentrar poder en pocas manos. Dice que prohibirá algunas operaciones arriesgadas y, sobre todo, limitará el crecimiento de los bancos evitando que ninguno de ellos supere una cuota de mercado (por especificar).

La idea que hay detrás es profundamente liberal: Si se limitan los riesgos que puede correr cada banco y el peso que pueden alcanzar individualmente en la economía, en la próxima crisis (que no tiene por qué ser lejana) o en los próximos coletazos de ésta el Estado podría abstenerse de socorrer a tal o cual banco. El sistema estará más seguro y será menos dependiente del socorro público.

No es eso lo importante sino que en el reino del capitalismo aparece por primera vez un discurso que se plantea imponer el poder político al económico y establecer límites desde lo público a la banca.

Hace pocas semanas la prensa encontraba nuevos motivos para señalar a Hugo Chávez como un autoritario: anunció que el ejército impediría que se produjera un gran aumento de precios. En Venezuela no tienen un problema con los agujeros bancarios sino con la inflación. Obama ha decidido también que el poder político tiene legitimidad para marcar los límites al mercado. Es un liberal y por tanto el problema que detecta es otro, pero (anuncia que) impone su política económica y también apela a la fuerza: “Si los bancos quieren pelea, estoy preparado para ella”. Si Chávez anunciara estar preparado para la pelea, estaríamos en ciernes de una convocatoria del Consejo de Seguridad de la ONU. Pero el anuncio de Obama sólo recibe elogios en nuestra prensa y, en el peor de los casos, silencios. ¿Qué diferencia hay entre la intervención en la economía apoyada por la fuerza del Estado en Venezuela y en EEUU?

Cada vez es más evidente que lo que molesta de Venezuela no son los modos, ni la forma de hacer política. La satanización de Chávez obedece exclusivamente a que, con el mismo estilo que muchos otros de los nuestros, no hace lo que los nuestros. En vez de garantizar la pervivencia del sistema (aunque sea imponiéndole límites para que el fracaso de un poderoso no haga que se derrumbe el poder), se ha puesto, con éxito, a revertir el sistema para poner la sociedad al servicio de los de abajo. Eso es lo imperdonable, eso es lo dictatorial. Lo accesorio es sólo una excusa.

El fin del «cañones o mantequilla»

Los profesores de economía suelen recordar a los alumnos que, cuando se tienen recursos finitos, hay que optar. Para explicarlo suelen recurrir a la elección entre cañones y mantequilla: no podemos comprar todos los cañones que nos gustaría, ni toda la mantequilla, sino que habremos de encontrar la proporción justa entre ambos a partir de nuestra limitación presupuestaria y de sus precios.

Ese dilema se ha acabado en Haití. Con sorprendente rapidez se nos ha convencido de que la única forma de llevar alimento, agua, construir nuevas casas… en Haití es ocuparlo militarmente, poner un marine en cada casa haitiana y lo demás vendrá sólo. Es una nueva versión del si vis pacem, para bellum: ahora ya no hay que elegir entre cañones y mantequilla, pues si uno quiere mantequilla lo mejor es traer muchísimos cañones.

El modelo no es nuevo pero sí ha limado fallos anteriores. Es lo mismo que vimos en New Orleans cuando el Katrina: allí se puso más énfasis en los incidentes, en los escaparates rotos,… que en el hambre y la desesperación de quienes abrían así las tiendas. Es muy conveniente una lectura del capítulo que dedica al Katrina Pascual Serrano en su libro Desinformación: ahí están los mimbres de lo que está pasando en Haití. Se señalaba continuamente como principal problema una violencia muy sobredimensionada que eclipsaba el problema radical que, además, era la causa de esa violencia. Entonces hubo, al menos, medios que criticaron la gestión de Bush. Y se generalizó el tratamiento racista a esa violencia: en los medios, los blancos hacían acopio de víveres, los negros saqueaban las tiendas.

En Haití sólo hay negros y quien dirige los marines ya no es Bush, sino el bueno de Obama. Así que el consenso mediático está servido. Si alguien rompe un escaparate para poder alimentarse con una comida que se está pudriendo, se habla de delincuencia. La ocupación de marines estadounidense (desplazando a la misión de la ONU dirigida por Brasil) tiene que disparar para poner orden: esos hambrientos no saben lo que les conviene y hay que darles dos hostias antes de darles un bocata. Y si no hay bocata, por lo menos aprenden con las hostias. Total, un muerto más o un muerto menos. Y un país ocupado más o menos.

Sin respuesta alguna se impone el discurso de la ocupación militar. Anuncia EEUU (y los medios de comunicación lo presentan no ya como inevitable sino como una bendición humanitaria) que la ocupación de Haití va para largo.

Acaso cuando el Katrina, tendríamos que haber hecho lo mismo: ante la ausencia de estado y la evidencia de que el gobierno estadounidense era incapaz de socorrer a su población la Unión Europea y/o Cuba (que había demostrado la destreza de su sistema público frente al mismo huracán) deberían haber enviado militares a Luisiana, ocuparla militarmente y canalizar después la reconstrucción de la ciudad, los alimentos. ¿O acaso no es lo mismo? ¿Acaso los negritos de Haití son tan inferiores que ellos y sólo ellos necesitan nuestros cañones porque sin ellos no saben cómo ingerir la mantequilla que, seguro, algún día llegará?

Consejos vendo

En 2001 se produjeron los atentados del 11-S y George Bush decidió que eran un instrumento perfecto para el todo vale: invasiones, bombardeos, violación de la intimidad, campos de concentración, anulación de derechos sin juicio… Excepto el exótico Aznar, todo el mundo ha venido criticando los excesos de Estados Unidos: «no todo vale en la lucha contra el terrorismo» le hemos escuchado mil veces a Zapatero hablando de Estados Unidos.

El impulso dado por Bush al todo vale permitió a decenas de gobiernos dar pasos que hubieran resultado insólitos pocos meses antes. Esa es la única razón que hace entender, por ejemplo, que la Ley de Partidos Políticos (eufemismo por el que se conoce a la ley de ilegalización de partidos políticos vascos) no se promulgara hasta junio de 2002, nueve meses después del 11-S. Las primeras ilegalizaciones fueron en agosto de 2002, casi un año después de los atentados de Nueva York.

Todos dábamos por descontada la ilegalización de D3M como una continuidad de la dinámica ilegalizadora: no es más que un paso más en el mismo camino. Es un camino que hace ocho años hubiera parecido una hipótesis antidemocrática a casi toda la población y que hoy sólo la siguen considerando así unos pocos (que somos proetarras; como fuimos partidarios de Sadam Hussein quienes nos opusimos al bombardeo de Irak).

Lo de Askatasuna en cambio es una vuelta de tuerca más: el Gobierno ha defendido la ilegalización afirmando que hay «un relato de indicios» (sic), que «es probable que haya vinculaciones aún no conocidas» (sic)… Las contundentes pruebas presentadas consisten en que algunos miembros de Askatasuna firmaron los avales que necesitaba D3M. Sé que muchos militantes de Izquierda Unida han avalado con su firma a Izquierda Anticapitalista (yo mismo creo que lo habría hecho si alguien me lo hubiera pedido) por considerar que éstos tienen derecho a presentarse, aunque deseemos que todos sus posibles votantes acaben prefiriendo a IU: ¿ahora es ilegal defender derechos políticos para cualquiera que no sea uno mismo? El paso coherente sería ilegalizar a todos los partidos que se hayan declarado contrarios a las ilegalizaciones: según la lógica de nuestro gobierno progresista es imposible que defiendan que no se ilegalice a Batasuna sin ser Batasuna misma, como es imposible firmar para que se presente D3M sin ser D3M.

También dijo Rubalcaba que no se puede hablar de democracia si se permite que estén en las instituciones los proetarras. ¿Quiere esto decir que en España no hubo democracia hasta 2002? ¡Viva Aznar, que nos trajo la democracia!

Desde la distancia madrileña no asusta tanto el atropello democrático (uno se acostumbra a casi todo) como el consenso que lo permite. Asusta que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos tenga las ilegalizaciones como uno de los escasísimos casos que admite a trámite porque es, como mínimo, muy dudoso, mientras ni un sólo juez duda lo más mínimo (el auto de ayer se produjo por unanimidad). No asustan tanto las bobadas incoherentes presentadas como argumento: lo que asusta más es que la población española haya adoptado un cambio de posición radical hasta el punto de considerar cómplices de todo a quienes digan lo mismo que ellos mismos decían hace sólo una década: quienes decimos que las ilegalizaciones son impresentables somos tan proetarras como lo era Aznar en 1996. Y asusta que hace unos años uno siempre tuviera la esperanza de que hubiera algún disenso frente al disparate y ahora ya sepamos con mucha antelación que habrá la misma unanimidad que se produjo en Israel cuando se ilegalizaron hace unas semanas a todos los partidos árabes por oponerse a la integridad del estado judío y no oponerse con la requerida contundencia al terrorismo.

No hay razón para que lo que pensáramos en 1996 o lo que pensamos para Estados Unidos de América y para Israel no sea válido tal cual para aquí y ahora. Salvo que sea verdad eso de que no nos mueven principios democráticos sino la fobia a EUA e Israel, pero que somos capaces de admitir lo que hacen éstos con la única condición de que lo hagan otros.

Hoy, como ayer: «No a la guerra»

Está anunciando la Cadena SER que Chacón planea llevar más soldados a Afganistán tras la muerte de dos de ellos hace unos días. Ayer decía Alonso que no se incrementarían las tropas. Hoy se filtra que sí. Nada está demasiado pensado en esa guerra que desde el principio no se planteó más que como respuesta visceral a los atentados del 11-S.

Es muy difícil haber estado a favor de la retirada de tropas de Irak o en contra de los GAL y defender la permanencia del ejército español en Afganistán.

Desgraciadamente el ejemplo de los GAL ha sido demasiado manoseado por la derecha comparándolo con cosas que nada tienen que ver (¡el 11-M!) y ahora toda alusión al mismo parece vanal. Pero la lógica que justificó los GAL y la que justificó el bombardeo e invasión de Afganistán son la misma: tenemos un problema de terrorismo doméstico, hay otro país que se ha constituido en búnker (santuario, se suele decir) de los terroristas, así que no hay más remedio que poner bombas en ese país para ‘defendernos del terrorismo‘: que las bombas se pongan en el suelo o se tiren desde el cielo es un detalle técnico, no ético. ¿Cómo puede, quien estuviera en contra de las bombas de los GAL estar a favor de las bombas de Afganistán?

Casi todas las vías de argumentar que las tropas españolas deben permanecer ocupando Afganistán hubieran servido para que permanecieran en Irak. Ayer escuché a alguien preguntarse si debíamos dejar a los afganos con un país deshecho y plagado de violencia y dominación: lo mismo que se decía para impedir el abandono de los militares españoles de Irak. En ambos casos, las tropas no atienden su supuesta misión de reconstrucción porque bastante tienen con mantenerse seguras: el objetivo real de las tropas invasoras es no ser atacadas.

Se justifica también la invasión por la maldad de los talibanes: ¿es que Saddam Hussein era un santo? ¿O lo es el gobierno afgano actual? Como sucedió en Irak, a los invasores les da igual la categoría moral y humana de cualquier gobierno extranjero: allí se va a otra cosa. Si no, habría que invadir antes a Arabia Saudí o a los propios Estados Unidos. ¿Eran cómplices de Saddam quienes sentían repugnancia por la invasión de Irak pero consideran justificada la de Afganistán por la maldad de los talibanes? Mucho antes de que fueran malos oficiales a mediados de los noventa en la Universidad Carlos III, en la que yo estudiaba, se convocó una concentración de cinco minutos contra el trato que el gobierno talibán daba a las mujeres afganas: fuimos tres personas. Algunos han pasado de no querer perder cinco minutos en el tema a considerar que el asunto es tan grave que merece miles de muertes.

Otro argumento que diferenciaba Afganistán de Irak era la búsqueda de Bin Laden (razón oficial del inicio del bombardeo), cuya caza bien valdría tanta sangre ajena. Hoy todo el mundo dice que debe de estar en Pakistán, así que, si ésa era la razón, es urgente salir de Afganistán y comenzar un bombardeo de Pakistán inmisericorde. ¿O no?

Sólo hay un argumento peregrino para defender la presencia de los invasores en Afganistán que no valía para Irak.  El amparo de la ONU. Es decir: los hechos son parecidos, pero como quince gobiernos se pusieron más o menos de acuerdo, la invasión es ‘legal’. Si los gobiernos (Bush, Putin, Blair) se ponen de acuerdo, ¿quién somos nosotros para oponernos? Para ese viaje no hace falta ser ciudadano con sentido crítico. Si las posiciones políticas se basan sólo en aceptar los actos de los gobernantes que sean legales y rechazar los ilegales, lo único que necesitamos es un jurista de cabecera que nos posicione: ¿la pena de muerte en EE.UU? Legal, así que estamos a favor; ¿la publicación de propaganda subversiva en China? Ilegal, así que estamos en contra. Por supuesto, el bombardeo sobre Yugoslavia, ilegal, será una salvajada para todas las personas que utilizan la ley como único varemo político. No está de más, en todo caso, recordar que la autorización de la ONU de la invasión de Afganistán se hizo bajo el estado de shock inmediatamente posterior al 11-S que convertía en cómplice a todo el que no justificase lo que quisiera hacer Bush: la diferencia real entre Irak y Afganistán es el paso del tiempo desde el 11-S, que permitió que algunos razonaran más libremente en 2003 que en 2002.

Si el argumento no es el de la legalidad,… sólo nos queda que algunos de los nuestros, de nuestros políticos están a favor de lo de Afganistán: ya no es sólo cosa de Aznar y Bush. Y con los nuestros hay que estar con razón o sin ella: si mi amigo atropella a una vieja, algo habrá hecho la vieja. A las posturas adoptadas ad hominem se les puede llamar leales, pero es mejor reservar un adjetivo más exacto: fanáticas.

La llegada del mesías

Se suele criticar bastante a quienes somos aficionados a algún deporte por estar enganchados a un nuevo ‘opio del pueblo‘. Puede que en muchísimos casos se critique con razón a quien vuelque sus frustraciones contra un árbitro, un jugador rival o un entrenador, con lo que al terminar el partido ya está bastante satisfecho (o satisfecha, que de todo hay) por los gritos emitidos y digiere con plena facilidad un bombardeo en tal país, el cierre de una empresa local o la subida del precio de los alimentos. El opio fue desacreditado cruelmente por Marx y desde entonces no sabemos verle el lado bueno. Porque en un partido deportivo no sólo pega uno gritos de frustración: también se emociona y se felicita ante algo tan tonto como una victoria de su equipo o una buena jugada. Y, si los malos resultados permiten volcar frustraciones que corresponden a la vida real, ¿por qué no podría un entusiasmo irracional ayudarnos a no quedar cegados por lo que fascina a quienes no tienen un gol con el que estar contentos?

Parece lógico que de vez en cuando queramos tener una alegría; ejercer todo el día de gruñón no puede ser muy bueno para la salud. Cuando aparecen fenómenos de euforia colectiva, quien destaque lo irracional de la situación sólo conseguirá ser calificado de aguafiestas. Es lo que está sucediendo con la elección de Obama: desde Esperanza Aguirre a los Castro bros., no hay quien desentone en el coro festivo. ¡Cualquiera se atreve! No es que sea malo estar contento, pero es mucho menos peligroso alegrarse por un gol del delantero finés que ha fichado el equipo de uno que por la súbita aparición de un líder político.

No considero a Obama de los míos: puede que sea lo mejor que hay entre los malos, no lo sé (a Clinton también le adjudicaron ese papel incluso después de bombardear Yugoslavia de la mano de Solana, otro bueno). Sin embargo, hay mucha gente que parece entregada al nuevo mesías mundial hasta el punto de encontrar desleal cualquier crítica a Obama por justificada que esté.

No es un problema del que estamos a salvo quienes nos decimos ubicados en posturas de izquierda crítica: durante bastante tiempo ha habido en nuestro espacio una ceguera aduladora hacia Castro en su momento y hacia Chávez después que ha impedido ver los fallos (a veces muy graves) que hayan resultado dañinos para sus propias causas. Así, con la comprensible voluntad de identificarnos con alguien a quien aplaudir, nos hemos parado antes a ver cómo refutar tal o cual crítica a nuestros mesías concretos que a ver si tales críticas tenían o no un contenido razonable. Y con ello, lejos de ayudar a los nuestros les hemos dejado cometer errores y desviaciones de mayor o menor calado: lejos de ser una muestra de lealtad, la admiración acrítica es el principio de la corrupción de un proyecto político.

Quienes más esperanzas tienen en que Obama suponga realmente un cambio para el mundo, harán muy bien en exigirlo desde el primer momento: que exijan el fin de la pena de muerte, la retirada rápida de tropas de Irak, Afganistán y donde quiera que haya tropas estadounidenses invadiendo, bombardeando y tutelando a otras sociedades; que exijan un compromiso con una paz justa en Palestina, que exijan que el bienestar de los estadounidenses no pase por un control imperial del resto del mundo.

Esas exigencias serían la mejor contribución a un cambio no radical, pero sí real. Es frustrante, claro, no poder simplemente romper a aplaudir, renunciar a identificarse con una esperanza, a sentirse, por una vez, entusiastas con un proyecto colectivo. Reconoceréis que es menos dañino si esos aplausos y entusiasmos van dirigidos a algo tan inocuo como una buena jugada de fútbol que a quien debería poner freno a un genocidio militar y económico de escala planetaria.

Decepcionante Obama

Ahora que ha sido elegido presidente de los Estados Unidos, Barack Obama tendrá que elegir a quién decepcionar: a quienes le votaron o a quienes le financiarion. Tanto el apoyo electoral como el financiero han sido impresionantes: a esta hora, con 59 votos electorales por adjudicar, Obama ya tiene 338, casi 70 más de los necesarios gracias a que ha ganado en estados de honda tradición republicana como Virginia, por ejemplo (¿o es que yo no puedo dármelas también de experto en geografía electoral estadounidense?); durante la campaña obtuvo una diferencia de fondos económicos tal, que McCain sólo pudo contestar con bromitas ñoñas.

El problema está en que probablemente el entusiasmo de los electores y el de los financiadores tengan sentidos opuestos Es evidente que las empresas que han financiado a Obama lo han hecho para que las cosas mejoren para sus intereses, pero sin que cambie lo fundamental de la economía y la política exterior estadounidense: que sigan ejerciendo de metrópolis del capitalismo imperial, pero con un poco más de suavidad para que no se solivianten las fieras. En cambio, los votantes no le eligieron con ese entusiasmo para que fuera simplemente un presidente demócrata típico: para conseguir otra administración Clinton lo hubieran tenido más fácil con Hillary Clinton. La riada de votos que parece haber fraguado Obama obedece a que mucha gente tradicionalmente escéptica se ha creído que efectivamente Barack Obama traerá algún tipo de cambio importante.

Por no ser aguafiestas, habrá que reconocer que es un alivio que los votantes estadounidenses hayan mostrado que una presidencia como la de Bush sólo merece su derrota y la de todos los suyos. Es una constante histórica que quienes más enfangan a sus países e instituciones pretendan que los suyos son quienes traerán el cambio: es lo que prometía McCain, como lo prometió Felipe González en 1993 (¿os acordáis de ‘el cambio del cambio’?). Afortunadamente los estadounidenses no se lo han tragado. Ojalá fuera éste el inicio de una tradición según la cual los presidentes que lanzan genocidios pierden las siguientes elecciones (aunque en el caso de Bush ha habido que esperar cuatro desgraciados años de más): sería un comienzo de algo demasiado nuevo como para que lo esperemos.

Barack Obama tiene varias virtudes que podrían hacernos pensar que la decepción va a ser para quienes financiaron su campaña. Es un presidente con escasa experiencia en los entresijos de la política estadounidense, por lo que probablemente esté menos maleado por los vicios antidemocráticos de la misma. Entre su escasa experiencia está el haberse opuesto casi en solitario a la invasión de Irak: como en España, en Estados Unidos a quienes se oponían a los bombardeos sobre la población  iraquí se les llamaba antiamericanos, algo que allí es un poco más duro. Decidió mantener su posición digna y, entonces, impopular y algo tan insólito en la política (estadounidense o no) le hace ganarse el margen de la duda.

Esperemos que efectivamente Obama impulse un cambio sustancial en Estados Unidos: sabemos que no va a comandar una revolución bolivariana, pero tampoco parece que sea ése el cambio que se espera de él, sino más bien que deje un reguero de sangre menos generoso. Como dijo el Caudillo en una histórica ocasión, no hay mal que por bien no venga. Si Obama decide, como prácticamente todos sus antecesores, que no se puede decepcionar a quienes ponen la pasta, estará empujando a Estados Unidos hacia el final definitivo de su hegemonía mundial: porque habrán quemado hasta la esperanza de cambio.