Blog de Hugo Martínez Abarca

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El Mal absoluto como coartada

Hasta el 11-S el Mal absoluto era, en exclusiva, el Holocausto. Cualquier genocidio propio era menor, pues siempre cabía recordar el Holocausto, no sólo como un mal inmenso, sino como el auténtico y único Mal absoluto. Para explicar cualquier genocidio de los enemigos, se citaba el Holocausto como comparación y así entenderíamos que cualquier respuesta era justificable para evitar el triunfo del Mal absoluto. Desde el 11-S el Holocausto tiene un compañero: el terrorismo. Nadie sabe muy bien qué es (hubo un intento de consensuar una definición de terrorismo en la ONU y el fracaso fue rotundo), pero es el Mal, contra el que todo vale. Si hay que invadir un país o prohibir teléfonos móviles anónimos, siempre es para luchar contra el terrorismo.

En su rocambolesco intento por salvar a los corruptos de la trama Gürtel, González Pons explicó que ellos ven las escuchas telefónicas muy bien si se utilizan sólo contra el terrorismo o contra el narcotráfico. Obviamente muchos consideramos más grave el robo de dinero público valiéndose del cargo (corrupción) que la transacción de tóxicos por dinero aceptada por ambas partes (narcotráfico): del narcotráfico lo que más me escandaliza es que no se pague impuestos, las relaciones laborales no se sometan a la legalidad y las drogas no pasen control de calidad. En España, un vasco que queme un cajero automático es condenado por terrorismo. Tampoco me parece esto más grave que el alcalde que impide la construcción de escuelas infantiles porque ha dedicado el dinero necesario a satisfacer a constructores, a familiares y al tesorero del partido.

En cualquier caso, si las escuchas telefónicas autorizadas por los jueces violan los derechos humanos, se deben erradicar: da igual que el escuchado sea un asesino en serie o un amiguito del alma. Pero si no viola los derechos humanos, tendrá que aplicarse con un criterio de proporcionalidad. Y la proporcionalidad la marcan los hechos, no las palabras que apliquemos a los hechos. La palabra «terrorismo» se aplica para explicar que estamos ante el Mal, pero es pura propaganda, pura ideología del poder, es la antesala de aquel «gato negro o gato blanco lo importante es que cace ratones».

Hace unas semanas el asesino de Carlos Palomino fue condenado con mucha severidad por un asesinato con agravante por odio ideológico. No apareció la palabra terrorismo por ningún lado, probando que no es necesaria para castigar duramente las fechorías más indignantes. Podríamos tomar nota y eliminar de una vez las herramientas del poder para saltarse los derechos humanos en los castigos y para que sus fechorías sólo sean un mal relativo.

Por tener dos brazos

Circula por internet un principio bastante injusto llamado Ley de Godwin. Esta regla viene a decir que en una discusión política uno de los discutidores siempre acaba comparando la posición del otro con el nazismo y que aquel que expone tal comparación pierde la discusión. Según esta ley toda comparación con el fascismo es exagerada. Y no es así. Hay rasgos del fascismo que perviven o incluso crecen:

Este chico tuvo suerte: si le niegan los derechos humanos es porque no le han cortado un brazo para evitar detener el turno de trabajo. El Gobierno no tardó ni una semana en regularizar al chico al que le paso eso hace unos días.  No es un caso único: las víctimas del 11-M que no tuvieran papeles los consiguieron por un decreto del Gobierno de Aznar. Una vez cobran humanidad se hace inadmisible la situación de los ilegales: aparecen como humanos y hay que dotarlos de derechos inmediatamente. Antes de la catástrofe eran cosas.

Una de las tesis más sólidas para explicar el Holocausto lo hace en términos de modernidad radical: el Holocausto fue posible por la división del trabajo propia de las fábricas; el producto del trabajo era la destrucción de cosas como en un desguace de coches. Con la división del trabajo nadie se siente el autor del producto final: uno simplemente ha apretado un botón, pero es toda la estructura de trabajo la que genera el producto. Si el producto es muerte, es imprescindible que pensemos que el judío, la roja, la homosexual, el gitano… no son seres humanos, sino cosas, materia prima que puede ser transformada o destruida si estorba.

Esa misma mentalidad es la que permite el trato repugnante e inhumano que damos hoy a los inmigrantes.. Si nos parecieran personas (o perritos) no admitiríamos que el gobierno actual llegara a acuerdos con países africanos para conseguir que el punto de partida sea cada vez más alejado para que mueran ahogados antes de llegar a Canarias.

Si los considerásemos humanos, este vídeo causaría un terremoto político, ceses, giros en la política de inmigración. Sin embargo no tendrá ninguna repercusión salvo para ser visto como otro éxito de la política de inmigración de nuestro gobierno de izquierdas.

NOTA También escribe al respecto enchufe

La Solución final al problema palestino

 Memoria, ¿para qué?

Nuestro cerebro consume un tercio de los recursos energéticos que quema el cuerpo entero. El cerebro resultaría, pues, contraproducente desde un punto de vista evolutivo, pues nos obliga a conseguir muchísimos recursos extras. La complejidad  de nuestro cerebro nos permite realizar determinadas funciones que compensan el desgaste energético. Una de ellas es la memoria. Gracias a la memoria no cometemos errores ya cometidos. Gracias a la cultura, la memoria colectiva, aprendemos incluso de los errores cometidos por otras personas. Ese aprendizaje me permite avanzar a mí y a la humanidad. Los gatos no tienen cultura, no tienen memoria colectiva y por ello no avanzan tecnológicamente: cada gato tiene que aprender tanto como tuvieron que aprender su padre y su madre. Todo el esfuerzo energético que consume nuestro cerebro y que permite la memoria individual y sobre todo la colectiva es compensado por el aprendizaje gratuito que obtenemos y que nos permite evitar repetir lo que otros ya hicieron si ello tuvo efectos negativos.

Memoria, ¿para qué?

Israel invade la franja de Gaza. Israel ha convertido Gaza en un inmenso ghetto introduciendo el odio como único alimento que es capaz de conseguir un palestino. Tras debilitar a más de un millón de personas con el aislamiento la falta de alimentos, de medicamentos, electricidad… comenzó a bombardear causando centenares de asesinatos. Cuando suma ambos debilitamientos, sus tanques superan el leve obstáculo del muro que separa al ghetto del mundo y comienza una nueva fase del genocidio. La invasión por tierra.

Memoria, ¿para qué?

Israel recuerda insistentemente el Holocausto nazi. Es un recuerdo que puede reivindicar con justicia. Israel es un estado que se declara judío y el pueblo judío sufrió como ningún otro colectivo el episodio que señala el cénit de la fría crueldad asesina a la que es capaz de llegar un ser humano y un colectivo humano. Israel recuerda el pasado, pero no aprende de él. Uno insiste en reivindicar la memoria democrática de quienes defendieron las libertades y padecieron persecución, asesinatos, torturas… para que eso no se pueda repetir.  No para que los míos lleguen al poder y hagan, siquiera a menor escala, lo mismo con sus enemigos. Si alguien, alguna vez, pretende reivindicar la memoria republicana asesinando a miles de derechistas y dejándolos abandonados en la cuneta de una carretera o en una fosa común, no habrá entendido nada.

Memoria, ¿para qué?

Un pueblo que examina continuamente el Holocausto, la sistemática violación de derechos humanos por la mera pertenencia a un colectivo étnico, nacional, religioso, político, sexual… debe aprender de aquello y convertirse en un pueblo infatigablemente comprometido con los derechos humanos hasta el ridículo. La memoria de una masacre no legitima a sus víctimas a masacrar a nadie, sino que nos enseña a todos y a todas que el ser humano puede no tiene límites naturales: el terror que genera es potencialmente ilimitado. La memoria del terror nos enseña que los límites que se deben poner al ser humano para infligir dolor a otro ser humano deben ser máximos e inexcusablemente inviolables. La memoria del terror les enseñó eso a quienes tras el Holocausto y la II Guerra Mundial redactaron la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Memoria, ¿para qué?

El gobierno de Israel ha emprendido su particular Solución Final. Se dice que el gobierno goza del favor de la mayoría de su pueblo y que de hecho el genocidio se emprende para obtener buenos resultados en las próximas elecciones de Israel. Cuando el aprendizaje que se hace de una masacre son los métodos de la misma y no la resistencia frente a cualquier masacre, la memoria no sólo es estéril, sino que es rabiosamente repugnante.

Memoria, ¿para qué?

Memoria para aprender que nunca más deberá nadie justificar una Solución Final. Que quien justifique o emprenda una Solución Final es un enemigo de la humanidad y debe ser combatido por ésta. Memoria para no tener que aprender cada pocos años que somos capaces del desastre. Memoria para detener los tanques que entran en Gaza.

DOMINGO 4 DE ENERO CONCENTRACIÓN A LAS 20 HORAS EN SOL