Blog de Hugo Martínez Abarca

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La III República es un chollo

La visita de Cayo Lara de ayer al Jefe del Estado supuso el primer éxito comunicativo de Izquierda Unida en bastantes años. Se limitó Cayo Lara a, junto con una serie de propuestas para salir de la crisis económica por la izquierda, plantearle a Juan Carlos de Borbón el modelo político que defiende Izquierda Unida, que pasa por la proclamación de la III República.

Algo tan normal como que una fuerza política de izquierdas no acepte dioses, reyes ni tribunos fue portada ayer en todos los medios de comunicación de masas y alcanzó la portada de menéame (uno de los portales de noticias más visitados en español y cuya portada se decide por los votos de los usuarios).  En casi todos los diarios era una de las noticias más comentadas y no es la primera vez que sucede algo así: ya el pasado 14 de abril el vídeo de Izquierda Unida con buena parte de su dirección felicitando la onomástica republicana fue uno de los vídeos más vistos de youtube.

En las encuestas, un 22% de los españoles se delcaran partidarios de la República. En un país donde resulta asfixiante la propaganda casi unánime que hace creer que monarquía y democracia son sinónimos ese 22% resulta prometedor. A diferencia de otras monarquías como las escandinavas o la británica, en España la República remueve emociones entre las izquierdas por nuestras memorias familiares y populares, por lo que puede resultar el factor de movilización política del que carecemos (y que tan sencilla es para los nacionalistas, los tradicionalistas,…). Los republicanos y las republicanas tenemos además en España la suerte de tener una simbología inequívoca: sólo los majaderos dicen eso de que EEUU y Francia ya son repúblicas y eso no es más de izquierdas; la bandera tricolor, el himno de Riego,…  apelan claramente a la izquierda más honesta, más luchadora, más demócrata y más sacrificada. En España cuando alguien se declara republicano no tiene necesidad de aclarar «y de izquierdas«.

Los factores que mueven a la movilización (y en última instancia al voto) van mucho más allá de lo exclusivamente racional. Por eso los nacionalismos y los fundamentalismos religiosos tienen tal capacidad de movilización. En la izquierda española tenemos la suerte de gozar de un asidero que apela a lo emocional pero que, además, es reconocible como una reivindicación de un cambio de modelo político, económico y social hacia la justicia y la razón. Nuestra suerte es mayor por el hecho de que nadie más está reivindicando la III República como el nombre del cambio radical que queremos.

La III República es un chollo sobre el que deberían pivotar las propuestas que haga la izquierda: poniendo la III República en el centro de esas propuestas, no sólo estaremos llamando la atención sobre las mismas, sino que simbólicamente estaremos mostrando que no son propuestas aisladas, sino que están incluidas en un paquete que supone una seria transformación de nuestra realidad política.

NOTA Como muestra un botón: ayer se le erizaban los pelillos a Javi, el hijo rojo y a viul

El éxito de UPyD: apelando a la identidad

Junto a esa apariencia de renovación ética, el eje movilizador de UPyD es la identidad naciona:l el centro de su discurso es lo mal que están las cosas en las provincias desleales que forman el País Vasco y Cataluña, pero su relevancia cuantitativa no es vasca ni catalana, sino madrileña. No es un partido propositivo, sino meramente identitario.

¿Y a quién le sorprende que la identidad sea un gancho movilizador? Lo fue siempre. Lo fue para los nacionalistas, pero también lo ha sido para el movimiento obrero: ¿o es que la conciencia de clase no es una apelación a una identidad colectiva proletaria?

Las identidades no se dividen en falsas o verdaderas. Las identidades son míticas todas. Se dividen sólo en útiles para la emancipación o para el sometimiento. La raza fue una identidad colectiva que sirvió para el sometimiento a la Alemania nazi y para la emancipación a los movimientos por los derechos civiles de Estados Unidos en el 68. La nación fue un mito que sirvió para legitimar la democracia y también para cargársela.

Todas ellas son elaboraciones sociales. El color de la piel o la propiedad de los medios de producción son elementos observables, pero el hecho de que sean éstos los factores identitarios y no el color favorito o si se es zurdo o diestro es un constructo social. Eso no los hace malos ni buenos. Martin Luther King hizo bien al fomentar una identidad racial: gracias a ello muchos ciudadanos rompieron cadenas. El movimiento obrero hizo bien al apelar a la clase como elemento movilizador. En ambos casos la identidad colectiva es una forma de llamar a la transformación de la sociedad para la emancipación. Cuando los nacionales gritaban Arriba España apelaban a la cohesión identitaria naconal para mantener y agravar las injusticias más aberrantes: esa identidad colectiva merecía la confrontación de la izquierda.

Podemos discutir si apelar a la identidad nacional española es emancipador o sometedor. No creo que haya muchos lectores de este blog que duden sobre mi posición al respecto: no conozco el caso en el que haya sido emancipador, pero si la identidad de raza pudo ser utilizada para la liberación, acaso en algún momento o lugar la identidad española pueda llegar a serlo (es un supuesto meramente teórico hoy por hoy). La estrategia de UPyD es muy inteligente al presentarse como emancipador frente a otros nacionalismos a pesar de que su nicho electoral está donde no hay más referente nacional que el español: genera las simpatías identitarias de la reacción utilizando un discurso supuestamente emancipador (no es la primera vez que se hace en la historia, pero no quiero apelar a Godwin).

El asunto no es UPyD, sino la posibilidad de que encontremos las izquierdas alternativas identidades que funcionen para cohesionar en torno a un proyecto político que movilice hacia la emancipación social. ¿Somos capaces de impulsar una identidad colectiva que esté al servicio de la transformación de la sociedad como siempre hizo la izquierda?

Una de las evidencias que muestran los resultados electorales es la incapacidad para movilizar en torno a la clase obrera siquiera en un momento de máxima tensión social con la mayor crisis del capitalismo desde hace ocho décadas: el proletariado europeo, por desgracia, ha perdido casi absolutamente su conciencia de clase. Hay muchas causas posibles, pero la consecuencia es difícilmente rebatible: la clase obrera no se moviliza como tal, no responde cuando se la llama por su nombre.

En toda Europa faltan instrumentos cohesionadores que apelen a la identidad y que permitan el fomento de cambios políticos de calado: habría que pensar en la generación de tales instrumentos a medio plazo. Pero en España tenemos un chollo que no nos hemos decidido a utilizar en los últimos treinta años pese a que ha habido signos clarísimos de que hay una buena porción de la sociedad (especialmente joven) que se sentiría apelada por esa identidad: la republicana. Los colores de la tricolor, el himno, la memoria, las tradiciones políticas, familiares, heroicas y cívicas republicanas… Tenemos todos los elementos para apelar a unos factores emocionales que movilizarían claramente en torno a los valores emancipadores que siempre supusieron las identidades impulsadas por la izquierda.

Nadie en Europa tiene tan fácil apelar a una identidad diferenciada para la izquierda y cuyo contenido político es evidente para todo el mundo: cuando uno ve a alguien con la tricolor sabe que los cambios que demanda no se limitan a sustituir al rey por un jefe de estado elegido democráticamente.

La izquierda alternativa española podría seguir haciendo propuestas de confrontación frente a las injusticia mientras apela a sentimientos identitarios que generen la adhesión imprescindible para la movilización social. Tenemos la suerte de disponer de unos símbolos, que apelan a una identidad que se sustenta sobre la Razón. Incluso tenemos las encuestas: el 22% de los españoles se define republicano; por cada votante de IU hay seis republicanos más que no nos votan.

Podemos seguir mirando cómo crece la reacción apelando a sus identidades y preguntando qué carajo pasa. O podemos darnos cuenta de que pasa lo de siempre y tratar de hacer lo que siempre hicimos entendiendo el aquí y ahora para enfrentarnos al poder con instrumentos propios para aglutinar, cohesionar, emocionar y movilizar a la ciudadanía sometida.