Blog de Hugo Martínez Abarca

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Cuatro razones por la que la regularización masiva nos beneficia a todos

Las principales beneficiarias de la regularización que va a aprobar hoy el gobierno son todas las personas que van a pasar de la exclusión legal a una normalidad administrativa. Pasarán de no tener derechos, de necesitar la explotación laboral, de estar excluidos de cualquier actividad mínimamente formalizada (niños que no pueden siquiera jugar al fútbol con sus amigos) a un primer paso hacia la convivencia. Si resulta evidente que todas las personas que puedan se acogerán a la regularización, es porque nadie quiere estar en situación de irregularidad. En eso todos estamos de acuerdo con (lo que dice) la extrema derecha: no debería haber ni un inmigrante ilegal en España.

Los segundos beneficiarios somos todos los demás, la sociedad española como conjunto.

Primero por decencia (eso que ahora descalifican como buenismo): no es admisible que existan seres humanos entre nosotros a quienes excluyamos de la vida civilizada, que no otra cosa es poder vivir de acuerdo con las normas (las que nos reconocen derechos y las que nos señalan obligaciones). Por eso la exigencia de regularización ha sido impulsada por un enorme abanico que va desde la Iglesia Católica (es imposible ser cristiano sin defender los derechos de los migrantes, por mucho que se grite «Navidad» y se exija con furia funerales religiosos) hasta los cientos de miles de ciudadanos españoles que recogieron firmas para la ILP por la regularización.

Pero también por puro egoísmo.

1.- No pocos empresarios están aprovechando la situación de ilegalidad de cientos de miles de trabajadores para imponerles condiciones laborales infames, dado que no están cubiertos por la legalidad laboral: ni horarios, ni salario mínimo, ni medidas de seguridad… El argumento según el cual la inmigración sirve para competir a la baja en derechos laborales tiene cierta razón, pero esa competencia a la baja se acaba cuando se regulariza a esos trabajadores y ya nadie les puede ofrecer puestos de trabajo en condiciones de esclavitud. Pero recordemos quién fomenta esta situación: los miles de inmigrantes que se acogerán a la regularización no quieren que los contraten por debajo de lo que exige la ley, por eso quieren papeles; en cambio, donde hay más empresarios (españoles) explotando laboralmente a inmigrantes ilegales se da siempre una importante bolsa de voto a la extrema derecha: no quieren que se vayan los inmigrantes ilegales, quieren que sigan siendo ilegales para exprimir su falta de derechos.

2.- «¿Cómo vamos a financiar las pensiones? ¡Tenemos un infierno demográfico! ¡Nos hacemos viejos sin que nadie cotice por nosotros!» A todos los futuros pensionistas nos beneficia que las personas que están trabajando coticen a la Seguridad Social. A todos. Si eran sinceros los argumentos de las llamadas a la natalidad de algunas derechas conservadoras, estarán muy contentas de que entre 500.000 y 840.000 personas regularicen su situación y que aquellos que estén trabajando lo hagan aportando la parte que corresponde a la Seguridad Social de todos. Habrá malpensados que crean que esas llamadas a la natalidad lo que piden en realidad es niños arios, católicos que hagan la comunión vestidos de marinerito, españoles de bien. Pero eso que lo aclaren quienes ahora protesten porque va a haber cientos de miles de nuevos cotizantes.

3.- Por supuesto, también van a pasar a pagar los impuestos de los que hasta ahora estaban excluidos: ya pagan IVA y todos los demás impuestos indirectos, pero ahora podrán y deberán pagar, por ejemplo, el impuesto de la renta para contribuir a los servicios que disfrutamos todos.

4.- E incluso por seguridad, sí. La subida de las tasas de inmigración SIEMPRE va de la mano de reducción de la tasa de criminalidad. Pero ello no es incompatible con los efectos de marginar a cientos de miles de personas impidiéndoles vivir plenamente en sociedad. Claro que la existencia de cientos de miles de personas sin papeles es un foco de conflictividad. Toda exclusión social lo es y ésta es una exclusión formalizada, radical. Cuando se arroja a alguien a vivir al margen de la sociedad, se maximiza la probabilidad de generar un conflicto. Determinados delitos (no todos, desde luego) se cometen más por quien está excluido de la normalidad social. Y eso no se arregla con comandos fascistas y deportaciones masivas, como está haciendo Trump, y sustituyendo a los excluidos por nuevos excluidos autóctonos. Se arregla luchando contra toda exclusión social y reduciendo la desigualdad todo lo que se pueda. Que nadie que viva con nosotros esté expulsado de la legalidad es un paso de mínimos en esa dirección.

Hoy bramarán los admiradores de los asesinos del ICE. Pero el único defecto de la regularización de hoy es que no establezca un sistema regular de incorporación a la sociedad de todos nuestros vecinos: el único defecto es que no sea la última regularización masiva porque nunca más haga falta otra.

El exilio en tiempos de crisis

Exiliar.- Marcharse alguien de su patria obligado por las persecuciones políticas u otras circunstancias.
Exilio.- Destierro; en especial, el impuesto a la persona de que se trata por las circunstancias de su país y más particularmente, por las persecuciones políticas.

Diccionario de uso del español de María Moliner

Exiliar.- 1. Expulsar a alguien de un territorio. 2. Expatriarse, generalmente por motivos políticos.
Exilio.- 1. m. Separación de una persona de la tierra en que vive. 2. m. Expatriación, generalmente por motivos políticos.

Diccionario de la Real Academia Española

Exilio.- «destierro», 1220-50, raro hasta 1939. Tomado del latín exsilium íd., deriv. de exsilire «saltar fuera» (y éste de salire «saltar»)
Emirgar.- 1817 Tomado del latín emigrare «mudar de casa», expatriarse», derivado de migrare «cambiar de estancia, partir».

Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas

-¿De la política? ¿Cómo van a ser exiliados de la política? ¿Tú quieres ver que te arrime dos hostias?

Amanece que no es poco, José Luis Cuerda

Desde que esta crisis ha provocado la huida de miles y miles de trabajadores muchos venimos reclamando el uso para ellos del término exiliados, exiliados económicos, si hay que precisar. Estamos acostumbrados a restringir el uso de exilio al exiliado político. De hecho, según el diccionario etimológico de Corominas el uso de la palabra exiliado es raro en castellano hasta 1939, evidentemente por la huida de la represión del fascismo. Pero ni hay diccionario que restrinja el uso de la palabra exilio al exilio político (o al menos yo no lo he encontrado) ni si lo hubiera tendría por qué impedirnos ampliar su uso si analizamos que hay otras realidades que responden a esa idea (la lengua castellana felizmente está viva). Pero, insisto, no hace falta porque lo más que hacen los diccionarios es decir que en general se usa para huidas de persecuciones políticas.

Que restrinjamos el uso de exilio al de quienes son expulsados de su país por motivos políticos es perfectamente coherente con uno de los cimientos ideológicos del liberalismo hegemónico: la radical separación entre lo político y lo económico. Para que haya democracia basta con que haya urnas y varios partidos; para que haya libertad de prensa basta con que no existan organismos públicos censores; para que no haya exilio basta con que no haya persecución formal.

Pero la diferencia entre el exilio y la migración (al menos en los diccionarios) no está en el origen político o económico de la huida sino en el carácter forzado o no de la misma: el exilio es obligado, impuesto, según María Moliner; el exiliado es expulsado, nos dice la RAE. La emigración es más genérica supone un traslado forzado o no: quien no vive en su lugar de origen es migrante.

Los liberales nos dicen que si se dan las condiciones formales (políticas, según su restringida visión de lo político) nadie está forzado a nada, pues la miseria es perfectamente compatible con la libertad. Pero desde hace mucho sabemos que no es así, que no hay libertad sin condiciones materiales para la misma, que la opresión política es otra cara de la económica, que el capitalismo pone en marcha los mecanismos de represión política explícita cuando son insuficientes los mecanismos de represión económica para los objetivos de la élite dominante.

Por eso los liberales tratan de restringir los derechos humanos a los político-formales pese a que la Declaración Universal de Derechos Humanos incluye (sin jerarquía alguna) como derechos humanos los que se refieren a las condiciones socioeconómicas (derecho a la vivienda y al trabajo dignos, por ejemplo). Restringir el uso de la palabra exilio a las víctimas de los derechos humanos de carácter político-formal sería conceder a los liberales esa radical diferencia (y jerarquía) entre esos derechos y los derechos humanos cuyo cumplimiento es incompatible con el capitalismo.

Quien huye porque se violan sus derechos humanos es un exiliado. Sean estos derechos la libertad de expresión, de asociación o el derecho a un trabajo digno. Por supuesto existen grados. No es lo mismo huir de la amenaza de fusilamiento o cárcel que de carencias injustas pero sobrellevables; tampoco es lo mismo huir del hambre que de ciertos límites con los que se puede convivir aunque sea renunciando a cierta dignidad. Como no es lo mismo el exilio de Alfonso XIII e Isabel II que el de Antonio Machado. Ni tampoco el de Buñuel (que pudo venir a la España franquista a rodar Viridiana aceptando la tijera de la censura) que el de quienes huyen del hambre y la miseria letal en África.

De las críticas que se vierten al uso de la palabra exilio para quienes huyen de la crisis sólo hay una que, superados los prejuicios ideológicos liberales, tiene cierta enjundia. Que mientras lo usamos para quienes se van de España por la crisis, no lo estamos usando para quienes vienen huyendo de miserias aún más crueles, en especial desde África. Y llevan razón. Existe ahí una asimetría.

Dado que de lo que hablamos es de qué palabra usar, vale la pena recordar que mientras en castellano tenemos las palabras emigrante (para quienes se van del país), inmigrante (para quienes vienen) y migrante (para englobar a ambos), sólo tenemos exilio (que corresponde a quienes se van) y ningún equivalente (que serían algo así como insilio y silio) para quienes vienen obligados o expulsados de sus países. Llama la atención que eso no es nada nuevo y también sucedió con emigrante. Según recoge Joan Corominas la palabra emigración consta en el castellano en 1499 pero era muy rara hasta 1790 mientras que inmigrar e inmigrante no aparecen en el castellano hasta 1884, esto es, casi un siglo después de que emigrar fuera una palabra de uso habitual. Ya se ha comentado que Corominas también recoge que exilio es una palabra muy rara en castellano hasta 1939. La lengua refleja ideologías dominantes y una de ellas es el etnocentrismo: lo fue para tener un término para quienes se van de nuestro país a otro un siglo antes de tener uno para quienes vienen del suyo al nuestro; y lo está siendo para incorporar a nuestro lenguaje que hay más exilios (y muchas veces mucho más duros) que los de nuestros compatriotas que huyen.

Esa crítica, perfectamente válida, no tiene como consecuencia que dejemos de usar la palabra exilio para quienes se ven obligados a buscar una vida digna fuera sino para que empecemos a usarla también (a falta de términos que incorporen que desde nuestro punto de vista no se van sino que vienen) para quienes huyen de sus países al nuestro en busca de pan y trabajo.

Puestos a ser precisos, vemos que etimológicamente exilio significa saltar hacia fuera mientras que emigración es sólo moverse hacia fuera. Pues bien, si de saltar se trata, ¿hay un uso más justificado de la palabra exilio que el que se refiere a esta gente que huye de sus países?

exilio: saltar hacia fuera

Recordemos la amnesia

Ayer inició el Congreso de los Diputados el camino de una ley de extranjería que deteriora aún más la situación de los inmigrantes. En las últimas elecciones generales, el PP tiró de discurso xenófobo y todos nos tiramos a su yugular por ello. Poco después llegó Corbacho a un nuevo ministerio en el que la inmigración se vincula al mercado laboral y se apropió de aquel discurso en el que la inmigración es un problema para los trabajadores españoles: premió a los inmigrantes que se volvían a sus países y sacó a la policía a detener ilegales. Mientras, los eurodiputados socialistas españoles votaban la directiva de la vergüenza.

Entre las novedades que presenta la ley que el PSOE ha acordado con CiU y Coalición Canaria está la ampliación del tiempo de permanencia en los Centros de Internamiento de Extranjeros (una cárcel para personas que cometen el delito de estar), castigo con 10.000 euros a quienes ayuden a inmigrantes en situación irregular y la imposibilidad de que éstos se empadronen, con lo que carecerán de médico asignado y su derecho a la salud se reducirá a las urgencias.

No hace muchos meses el PSOE apelaba en un vídeo, que ayer recordaba Javier, al voto de quienes no pensaban que «los inmigrantes nos roban el trabajo«. Es la gran habilidad del PSOE de Zapatero, de quien se valoran más los discursos de defensa de los débiles que algunas prácticas que consisten en castigarlos. La política de inmigración que lleva practicando el gobierno desde 2008 es digna de cualquier Mayor Oreja y no parece que entre sus filas parlamentarias esto suponga más problemas que quién va a retransmitir el próximo partido de fútbol.

Algunos respondimos a aquel vídeo con este otro:

Dentro de tres, dos o los años que decidan los que mandan, habrá elecciones generales. Y seguro que nos volverán a contar la peli de buenos y malos: ‘votadnos, votadnos‘, dirán ‘que si no vienen los malos que se meten con los inmigrantes‘. Y nosotros, amnésicos perdidos, volveremos a asustarnos de Mayor Oreja (¡como para no asustarse!) sin recordar qué política de inmigración pactó el PSOE con CiU y CC.

Por tener dos brazos

Circula por internet un principio bastante injusto llamado Ley de Godwin. Esta regla viene a decir que en una discusión política uno de los discutidores siempre acaba comparando la posición del otro con el nazismo y que aquel que expone tal comparación pierde la discusión. Según esta ley toda comparación con el fascismo es exagerada. Y no es así. Hay rasgos del fascismo que perviven o incluso crecen:

Este chico tuvo suerte: si le niegan los derechos humanos es porque no le han cortado un brazo para evitar detener el turno de trabajo. El Gobierno no tardó ni una semana en regularizar al chico al que le paso eso hace unos días.  No es un caso único: las víctimas del 11-M que no tuvieran papeles los consiguieron por un decreto del Gobierno de Aznar. Una vez cobran humanidad se hace inadmisible la situación de los ilegales: aparecen como humanos y hay que dotarlos de derechos inmediatamente. Antes de la catástrofe eran cosas.

Una de las tesis más sólidas para explicar el Holocausto lo hace en términos de modernidad radical: el Holocausto fue posible por la división del trabajo propia de las fábricas; el producto del trabajo era la destrucción de cosas como en un desguace de coches. Con la división del trabajo nadie se siente el autor del producto final: uno simplemente ha apretado un botón, pero es toda la estructura de trabajo la que genera el producto. Si el producto es muerte, es imprescindible que pensemos que el judío, la roja, la homosexual, el gitano… no son seres humanos, sino cosas, materia prima que puede ser transformada o destruida si estorba.

Esa misma mentalidad es la que permite el trato repugnante e inhumano que damos hoy a los inmigrantes.. Si nos parecieran personas (o perritos) no admitiríamos que el gobierno actual llegara a acuerdos con países africanos para conseguir que el punto de partida sea cada vez más alejado para que mueran ahogados antes de llegar a Canarias.

Si los considerásemos humanos, este vídeo causaría un terremoto político, ceses, giros en la política de inmigración. Sin embargo no tendrá ninguna repercusión salvo para ser visto como otro éxito de la política de inmigración de nuestro gobierno de izquierdas.

NOTA También escribe al respecto enchufe

El problema no son las pateras

El problema no son las pateras. Ni siquiera el naufragio de una de ellas dejando veintiséis muertos al borde de la costa canaria. Ayer, en una tertulia de «políticos», en la SER, discutían un señor del PP y otro del PSOE sobre qué partido había tenido una política de inmigración más acertada. Se llamaban entre sí inhumanos: el PP hizo una ley de extranjería racista (que el PSOE no ha derogado, se le olvidó decir) y el PSOE dio «papeles para todos» incentivando a no sé qué mafias a meter a gente engañada en las pateras y morir, inventó su replicante.

El problema no son las pateras. Si uno tiene un ápice de solidaridad con los parias de la tierra, tendrá claro que el problema no son las pateras, ni morir en ellas, sino que un continente entero sabe lo peligroso y lo duro que es el viaje y las condiciones de esclavitud en las que vivirá, y le vale la pena arriesgar su vida y la de sus hijos: peor que todo eso es quedarse. Tan es así que muchísimos de los que consiguen llegar a España y son devueltos a África vuelven a intentarlo hasta que mueran o se consigan quedar. El problema es África y que sobre su miseria descansan las opulencias de aquí. No son los que intentan salir de allí.

Para otros el problema tampoco son las pateras, sino que se pueda hacer fotos de las pateras. Hemos tenido noticia de estas últimas muertes porque el naufragio se produjo a sólo diez metros de la costa de Lanzarote tras 48 horas navegando por el océano. Lo normal es que hubieran muerto mucho más allá y no habría sido noticia en ningún informativo: nadie acusaría al otro de inhumano, porque se centrarían Corbacho y Oreja en que sobran inmigrantes y en Vallecas sabrían que sobran más los marroquíes, cuya expulsión es más barata.Y los lectores de El Mundo apoyarían al redactor del Villa Vallecas=35.

El meollo de la política de inmigración de Zapatero ha sido conseguir desplazar hacia el sur el punto de partida de las barcazas africanas: de Marruecos a Mali y de Mali a Senegal. No salen menos, pero tienen que recorrer muchísimos más kilómetros por mar. Con ello aumenta muchísimo la probabilidad de que mueran sus ocupantes pero, sobre todo (y hay que reconocer que está muy bien pensado) disminuye la probabilidad de que mueran cerca de la costa. Cada vez es más difícil la foto de un niño muerto, porque cada vez mueren más lejos.

Objetivo cumplido: su problema son las fotos. Tenían un problema y lo hemos solucionado.

Austeridad

El Gobierno va a aprobar un fondo para impulsar el crecimiento de la población en las zonas que van quedando despobladas. Podría ahorrarse el Estado un dinerito de este fondo, junto con parte de la millonada que dedica a reprimir la inmigración y además ayudar al sector naviero y al ferrocarril si, simplemente, permitiese que estos señores de la izquierda fueran a Castilla, a Aragón, etc… en ferry y tren.

¿O es que cuando dicen población quieren decir población blanca?