Blog de Hugo Martínez Abarca

Etiqueta: Investidura (Página 1 de 2)

El miedo a hacerlo bien

Según cuentan, anda ERC con miedo a ser consecuente con la campaña electoral que hizo. En estos meses Gabriel Rufián se ha mostrado como un tipo responsable, con altura política y visión estratégica. Era tan convincente en sus argumentos que uno piensa que el verdadero Gabriel Rufián es éste y no el que hacía numeritos retóricos estrafalarios o conducía a sus followers al insulto a quien poco antes le pidiera amablemente la misma responsabilidad, altura política y visión estratégica que él exigiría después a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Dicen que ERC tiene pánico a que los illuminati les llamen traidores apenas unas semanas antes de las muy probables elecciones catalanas. Y que por ello ha pedido a Junts per Catalunya unidad en la investidura de Pedro Sánchez y podría exigir al PSOE compromisos concretos para la puesta en marcha del diálogo en Cataluña. ERC lleva un par de años siendo la cara responsable del Procés: no es un ápice menos independentista que JxCat ni que las CUP, pero sí trata de ser independentista en el mundo real. Y, pese a tanto desprecio antidemocrático al populacho, los catalanes independentistas parecen sentirse mucho más cercanos en encuestas y elecciones al realismo de ERC que al histrionismo suicida. Si hay gobierno habrá diálogo; o al menos, seguro que si no hay gobierno seguirá el bloqueo. Se firme ante las cámaras el formato del diálogo o no; acompañe JxCat o no.

No está sola ERC. El PSOE ha perdido 750.000 votos entre abril y noviembre. No los ha perdido por ser blando con Cataluña sino por ser irresponsable con España. De hecho el 28 de abril se convocó en respuesta a la concentración de Colón en la que la derecha y la extrema derecha española arremetieron unidas contra el felón que rompía España por poner un relator en una mesa de diálogo. Una parte de aquellas elecciones presentaba el bloque de la dureza hipánica frente al bloque del diálogo democrático: y los españoles apostaron por el diálogo. En noviembre Pedro Sánchez viró para intentar atraerse el voto de la descomposición de Ciudadanos a un discurso mucho más duro y en el mejor de los casos no consiguió ni un solo voto así. Si el PSOE quiere gobernar (tener investidura, presupuestos, leyes) tendrá que dialogar. Si no, sólo habrá ganado tiempo.

El miedo al diálogo es, en ambos casos, un prejuicio elitista según el cual el pueblo español y la gente independentista catalana no entienden que no todo se puede hacer a garrotazos. Los datos desmienten este prejuicio: los electores se muestran mucho más sensatos que la imagen que tienen de ellos sus representantes. Y la evidencia es que mientras no haya diálogo y un camino más o menos armonioso no volverán a funcionar las instituciones catalanas ni las españolas (Cataluña aporta 48 diputados a España: que nadie sueñe en la estabilidad institucional si no puede llegar a acuerdos con la mayoría de ellos).

No hay salida para Cataluña ni para España sin diálogo, flexibilidad y renuncias. Todo el mundo lo sabe. Y nadie se atreve a ponerlo en marcha sin que parezca que el propio formato del diálogo es una humillante derrota para el otro.

Por una (carísima) investidura gratuita

No quedan demasiadas esperanzas en que impere la razón y de la ronda de consultas de hoy y mañana salga un candidato con la investidura garantizada. Si alguien tuviera que apostar dinero, evidentemente lo haría pensando que el 10N habrá elecciones. Si alguien tuviera que hacer planes, también. Unas nuevas elecciones pueden resultar incluso tentadoras para no pocos partidos. Pero para el país puede ser un desastre no sólo por el riesgo de que gane el trío aznarista sino por la sensación no tanto de Estado fallido como de izquierda fallida, de estar en manos de unos irresponsables con los que es imposible ninguna solución sensata hasta que Casado, Rivera y Abascal se repartan nuestros derechos y libertades.

El PSOE ha demostrado querer elecciones. O, al menos, que desde julio le parece menos grave repetir elecciones que compartir gobierno con otros. Unidas Podemos seguramente no quiera elecciones, pero cometió un grave error de cálculo rechazando la propuesta de julio dando por hecho que así obtendría más: en todo caso también está supeditando los intereses generales al reparto de ministerios. Puede no ser el único cálculo en el que se equivoquen.

Según cuentan los medios no existen negociaciones hoy entre el PSOE y Unidas Podemos. Debe de ser una información veraz porque si existieran tendríamos tuits y fotos detallando los encuentros.

En esta situación Unidas Podemos debería hacer una jugada que, por una vez, conciliaría sus intereses de partido con (¡por fin!) los intereses generales: explicar que han intentado hasta el último momento un acuerdo de progreso que dé un gobierno estable al país pero que, ante la cerrazón del PSOE, anteponen los intereses de los españoles y darán la investidura a Pedro Sánchez sin acuerdo, esto es, pasando a la oposición inmediatamente después.

Esta opción ya ha sido rechazada públicamente por Pedro Sánchez y por Adriana Lastra, pero lo ha sido cuando era una hipótesis negada también por Unidas Podemos. Pero es exactamente lo que han pedido a PP y Ciudadanos que hicieran: si quien lo hace es Unidas Podemos no tendrían ningún argumento para, encima, quejarse. Si el PSOE rechazara ir a una investidura que tiene garantizada y prefiriera ir a elecciones, la dichosa batalla del relato estaría definitivamente decantada; si el PSOE aceptara una investidura en esas circunstancias, Unidas Podemos evitaría unas elecciones que podrían serle muy duras y tendría al PSOE en la necesidad de elegir si llegar a acuerdos legislativos y presupuestarios con UP o con la derecha: ahí, sí, UP tendría la posición de fuerza de la que carece por completo hoy y ninguna hipótesis hace que el resultado del 10N les fuera más favorable que una situación así.

Uno no se mete en política para defender los intereses de un partido como si fuera una iglesia de la religión verdadera sino para defender lo que considera que son los intereses generales. A la infinita mayoría de los españoles les dan igual los intereses de partido y quién pone o no ministerios en el Gobierno. Sin embargo las direcciones de PSOE y UP han decidido ni siquiera disimular que anteponen los intereses privados al clamor general. A estas alturas uno no va a pensar que va a cambiar nada, pero sí cabe una (escasa) esperanza de que, si en el alto mando de Unidas Podemos se unen la racionalidad a esos intereses privados, evitarán la repetición de unas elecciones en las que se pueden llevar sorpresas y ninguna favorable a esos intereses propios (ni a los intereses generales, aunque no cuenten en la decisión).

Si no lo hacen por el evidente interés general, que lo hagan por la pequeñita miopía particular. Una investidura gratis para Pedro Sánchez supondría un gobierno carísimo para el PSOE que se cobrarían las propuestas políticas y el protagonismo parlamentario de Unidas Podemos. Es el único salto con red que pueden dar.

Cierren la puerta (y twitter)

Cuando en julio se reunían las delegaciones del PSOE y Unidas Podemos la abrumadora mayoría de quienes en abril les votamos estábamos atentos con una mezcla de esperanza e incredulidad ante el posible fracaso. Hoy la cosa es muy distinta: ha sido tal el desastre veraniego (con reproches cercanos al insulto y acusaciones graves) que parece reinar una cierta resignación a que la reunión de hoy no sea más que una escenificación compartida de los relatos contrapuestos.

Podría no ser así: las direcciones de Unidas Podemos y del PSOE tienen acreditada experiencia en una forma de negociar agresiva, que tiene más que ver con la compraventa de un inmueble que con la búsqueda de un acuerdo político. Se corre muy rápido hacia el barranco pensando siempre que es el otro el que va a frenar responsablemente para evitar la caída al abismo de los dos. Hasta que no pare nadie. La gran dificultad que uno intuye no es tanto política como escénica: el tipo de guion con el que se conducen PSOE y UP lleva a que hacer las cosas bien (renunciar a posturas inamovibles, moverse, aceptar propuestas y dificultades del otro) se confunda con ser humillado, con la derrota, con pasar por debajo del futbolín.

Doy por hecho que Cebrián (los cebrianes del mundo) tiene razones no escritas para defender un gobierno de coalición. Pero las escritas son perfectamente comprensibles desde su posición política. Si uno quisiera un gobierno del PSOE estable, con una izquierda sin capacidad de confrontar con él al borde de una nueva crisis económica (y política) porque fuera cómplice de sus carencias y errores (que habrá de ambos, como en cualquier gobierno), querría a Unidas Podemos en el Gobierno. Por contra, a Unidas Podemos le podría resultar mucho más eficaz condicionar con eficacia al Gobierno, pero conservar la autonomía y la distancia. Parecería que la dirección de Unidas Podemos no es consciente de que la gestión parlamentaria de los diez meses que fueron de la moción de censura a las elecciones de abril han sido los que más le han ayudado a ser percibidos como una fuerza adulta y, sobre todo, útil. Unidas Podemos no cayó en abril por esos diez meses, sino que esos diez meses le ayudaron muchísimo a amortiguar la caída prevista.

Que PSOE y UP se enroquen en las posiciones aparentemente contrarias a lo que les interesaría estratégicamente como partido con mirada a medio y largo plazo va de la mano de una obstinación indefendible: frente a los urgentes problemas de los españoles, se está imponiendo una dificultad absolutamente secundaria se mire por donde se mire como es quién pone los ministros. Las dos direcciones están corriendo hacia el barranco, pensando que va a parar el otro a tiempo, arriesgándose a caer ambos con lo que nos llevaría al abismo a todos los españoles, especialmente a la mayoría progresista, por una cuestión que, en general (y citando a uno de los contendientes), «nos la bufa».

En julio escribí que deberían tomarse la negociación como un cónclave vaticano: encerrarse con llave y no salir hasta que no haya fumata blanca. Hoy añadiría que además de cerrar la habitación con llave, los negociadores deberían apagar las redes sociales. Porque lo único que puede hacerles creer que sus votantes tienen más interés en si hay o no coalición que en desatascar de una vez el país, ponerlo a funcionar y a avanzar, es que confundan el pequeño enjambre de aduladores (existentes o no) que elevan a cuestión teocrática cualquier argumentario faccional: más les vale no confundir ese ruido con una opinión generalizada o se toparán con ésta de bruces el próximo 10 de noviembre.

Ni un micrófono más, por favor

La respuesta de Pablo Iglesias al «escollo» que puso el PSOE ha sido la correcta, ha sido inteligente y probablemente ha sido inevitable. El PSOE se equivocó poniendo esa línea roja por varias razones: desde ningún punto de vista lo peor que le podía pasar a España era que Pablo Iglesias fuera ministro y además al situar ese como el gran problema resultaría excesivamente bochornoso que ahora dijeran que otros dirigentes de Podemos también les parecen mal: haberlo pensado antes de explicar cuál era «el escollo».

Una de las catástrofes de la guerrita de relatos de estas semanas es que no se ha estado peleando por alcanzar un gobierno progresista y eficaz sino por ganar el espectáculo de la negociación. Es urgente poner fin a esa competición teatral y el anuncio de Pablo Iglesias facilita poner fin a este bochorno. Ambos se pueden sentir victoriosos: el PSOE porque impuso un enorme veto que Podemos ha tenido que resignarse a asumir; Podemos por conseguir el gobierno de coalición que estaba priorizando con una salida muy digna hoy de Pablo Iglesias. Si se trataba de vencer, ambos pueden parar de una vez y contar que han ganado.

A partir de ahí no puede haber más ruido ni lanzamiento de posiciones por televisión. No ha habido una sola declaración pública que haya acercado un acuerdo beneficioso para los españoles. Pero al menos hoy están en un punto en el que se pueden permitir simplemente anunciar que mañana a las 10 de la mañana se va a reunir gente y que la siguiente comunicación será la publicación del acuerdo de investidura.

Que las dos partes se sientan muy contentas de su victoria, que las dos partes presuman (en privado, si no es mucho pedir) de haber derrotado al otro: esta guerra de relatos sólo interesa a quienes entienden la política más como una cuestión deportiva en la que animar a tu equipo, que siempre es el mejor, que como la organización de los asuntos de la gente, de sus derechos y libertades, que tanto han sufrido y tanto están amenazados.

Es obvio que las negociaciones van a tener más tiras y aflojas, que Pedro Sánchez tendrá una idea del tipo de gobierno que quiere, que Podemos tendrá prioridades, que en función de qué programa y estructura de gobierno se acuerde los candidatos pueden ser unos y otros, que cabe interpretar la proporcionalidad de distintas formas (se puede medir el resultado de cada partido de distintas formas y el peso de cada ministerio también)… pero la única forma de que se resuelvan y se resuelvan muy pronto es que no nos enteremos de esas diferencias, que no volvamos a discutir quién vence a quién.

Que se encierren con llave, que lo próximo que sepamos de ellos sea que hay fumata blanca. Entonces sí: ambos habrán ganado y, sobre todo, habremos ganado todos.

Cónclave

La historia es bastante conocida.

Hasta el siglo XII la elección de los papas se eternizaba y podía durar mucho tiempo hasta que los cardenales (o el cuerpo electoral que fuera, que la cosa fue variando) se ponían de acuerdo. Solían primar las pequeñas mezquindades y los intereses propios sobre los de la Iglesia, así que llegó a haber periodos de varios años sin que se alcanzara un nombramiento que reuniera la mayoría necesaria.

«Cónclave«, la reunión que elige al nuevo papa, significa «con llave» porque a alguien se le ocurrió que, pese a que la elección la dictara el Espíritu Santo, quizás los canales de comunicación entre Éste y los santos electores sería más ágil si se les encerrara bajo llave hasta que alcanzaran el acuerdo necesario. En algún caso hasta se limitó el alimento que se les suministraba a sólo pan y agua alcanzándose así el milagro de la rápida interpretación del designio divino con una inmediata investidura papal.

El fracaso en la investidura en España no se debe en ningún caso a la dificultad de sumar una mayoría, sino a que los actores llamados a conformarla están absolutamente enrocados sin que en ningún caso parezca que sea la visión política de cada uno lo que impida el acuerdo. Cada uno está mirando supuestos intereses pequeños de partido o incluso internos al partido y por el camino los ciudadanos vamos viendo cómo podemos perder una ocasión histórica para avanzar en derechos y conquistas sociales, defender la democracia y modernizar el país.

No tienen derecho. No lo tienen. Porque no es incompetencia: es una decisión firme de enrocarse hasta que el otro pase bajo el futbolín en vez de lograr un acuerdo desde la colaboración real. Cabe pensar que la forma en la que tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias nos están conduciendo al desastre tiene que ver con cómo se han conducido en el gobierno de sus partidos, manejando como opciones sólo la victoria (sobre los supuestos compañeros) o la derrota. Ningún acuerdo humillante, ninguna derrota de aquel con quien toca colaborar, es fértil políticamente, sobran los ejemplos: tampoco un gobierno basado en un acuerdo que sea de facto la derrota de uno de sus socios tendrá el futuro que podría esperarse tras el 28 de abril. España necesita colaboración entre las fuerzas progresistas o muy pronto tendremos una crisis de la que sólo se beneficiarían Casado, Rivera y Abascal.

¿Sería mucho pedir que Iglesias y Sánchez se encerraran donde fuera con el compromiso firme de no salir de ahí sin un acuerdo? No sería mucho pedir pero no va a pasar. Porque la sensación evidente es que a ninguno de los dos les parece que revista una gravedad mayor seguir estirando la cuerda. Y se va a romper. Y da un poco igual que a ellos les acabe saliendo muy cara la ruptura de la cuerda, que les saldrá cara. Lo peor es el riesgo que corremos todos y que no tienen derecho a hacernos correrlo tras la voz de millones de españoles el 28 de abril: es intolerable que primen pequeños cálculos con los bárbaros a las puertas. Que se encierren, que no salgan hasta que lleguen a una fórmula para sacar adelante la investidura, que se dejen de argumentarios, relatitos y cuentas. Si no colaboran por el bien de su país que lo tengan que hacer por el propio.

Si no piensan en lo que le puede pasar a España, que piensen cuál puede ser su retrato ante la Historia el 11 de noviembre.

PSOE y Podemos juegan con fuego

Se suele decir que en unas elecciones lo más importante es qué pregunta están contestando los votantes al introducir su papeleta. El 28 de abril la pregunta fue evidente: ¿Quieres que en España haya un gobierno controlado por la extrema derecha? Esa pregunta movilizó a millones de españoles, reduciendo la abstención al mínimo. Esa pregunta llevó al PSOE a la victoria y a Podemos a un resultado menos malo del previsible porque muchísimos votamos recordando el riesgo que teníamos y olvidando los motivos para no votarlos.

Si vamos a elecciones en noviembre, la pregunta será distinta. El fracaso de las negociaciones entre PSOE y Podemos es un disparate: nadie el 28 de abril por la noche dudaba de que se alcanzaría un acuerdo de gobierno; y quien intuyera dificultades las veía más por un posible ensimismamiento de los partidos independentistas que por un desencuentro entre PSOE y Podemos. Realmente hay muy poca gente a quien le importe lo más mínimo si vamos a un gobierno de coalición o no, que parece ser el motivo de los enroques. Nunca como en estas negociaciones había habido una exhibición de lucha por el cargo como prioridad absoluta; no sólo en las nacionales, también en las autonómicas y municipales, como evidencia el acuerdo entre PP y Vox con sólo tres puntos: el gran sillón para el PP, los sillones de Vox y el compromiso de ambos de guardar en secreto el acuerdo.

La pregunta que responderán millones de españoles si se repiten elecciones es «¿Estás harto de éstos?«. Y esa pregunta tiene respuestas mucho más complicadas que la del 28 de abril. Primero porque lo que generará es una altísima abstención y es absolutamente impredecible qué votantes se abstendrán. Y segundo porque los votantes menos incondicionales (la mayoría) del PSOE y también de Podemos tienen razones para estar muy enfadados con la irresponsabilidad absoluta que habría malbaratado el alivio democrático con el que toda España respiró el 28 de abril por la noche.

En enero de este mismo año, tras las elecciones andaluzas, parecíamos condenados a un gobierno de la derecha con la extrema derecha (o incluso viceversa). Hoy parecemos tener asegurada una mayoría demócrata y progresista. Y no es así en absoluto. Que no jueguen con fuego, que puede arder todo.

Algunas obviedades sobre la investidura en la Comunidad de Madrid

Las matemáticas no aman, pero tampoco fallan:

En la Comunidad de Madrid no va a haber un gobierno progresista esta legislatura. Si alguien dijera que puede haberlo, mentiría. Las opciones progresistas sumaron 64 escaños el 26 de mayo y son necesrios 67 para la investidura.

En la Comunidad de Madrid no va a haber un gobierno «de centro derecha liberal« esta legislatura. Quien dice que puede haberlo, miente. Las opciones de centro derecha liberal (siendo generosos en la definición de Ciudadanos y PP-Madrid) sumaron 56 escaños el 26 de mayo y para ellas también son necesarios 67.

En la Comunidad de Madrid puede haber un gobierno de la derecha y la extrema derecha homófoba, machista y xenófoba. Es lo que están intentando PP y Ciudadanos aunque Ciudadanos intente evitar la foto, como si lo grave fuera el teatro con el que se explican los hechos y no los hechos. Cuando Ciudadanos se negó a firmar el compromiso con el Orgullo de no gobernar con la extrema derecha sólo podía tener una razón: que querían gobernar con la extrema derecha. Salvo que Ciudadanos reconozca su identidad con los fanáticos del odio, sería un gobierno cuyos apoyos tendrían grandes dificultades para avanzar por sus grandes diferencias políticas. ¿O no?

En la Comunidad de Madrid puede haber un gobierno transversal de regeneración democrática tras 25 años de casos de corrupción, golpes a la democracia y campañas electorales adulteradas con financiación ilegal a manos del PP de Madrid. En la Comunidad de Madrid puede haber un gobierno transversal de defensa de las libertades y los derechos de los madrileños y de las madrileñas que ataca Vox. Sería un gobierno en el que se tendrían que encontrar fuerzas con enormes diferencias políticas, por lo que no cabe duda de que no se podría avanzar en aspectos esenciales (económicos, sociales…) pero al menos se podría sanear la Comunidad de Madrid y se defendería la democracia y las libertades.

Las leyes prevén la repetición de elecciones (o los plenos de investidura sin candidato) para situaciones excepcionales que hagan imposible alcanzar una investidura sin grandes cataclismos. Fue lo que sucedió en 2003, por ejemplo, cuando dos corruptos hicieron imposible una mayoría y unas nuevas elecciones darían una Asamblea de Madrid sin esos corruptos.

No es lo que sucede en 2019: en 2019 lo único que sucede es que Ciudadanos no acaba de entender que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Si Ciudadanos quiere un gobierno de derechas con la extrema derecha, los madrileños se darán cuenta por mucha retórica infantil que emplee Ignacio Aguado. Si Ciudadanos no quiere un gobierno de derechas con la extrema derecha, tendrá que sentarse a hablar con fuerzas democráticas aunque tenga grandes diferencias ideológicas con ellas.

Si Ciudadanos no quiere hacerse mayor, habrá elecciones de nuevo y los madrileños irán a votar por enésima vez por la sencilla razón de que dieron la llave a una fuerza inmadura e irresponsable que sigue queriendo estar en misa mientras presume de lo bien que repica las campanas.

La institución es mía

No hay nada menos liberal que la apropiación de las instituciones públicas por una parte. Un presidente de la Asamblea de Madrid, cuando ejerce de presidente, lo es de toda la Asamblea de Madrid y tiene que defender su dignidad y su correcto funcionamiento de acuerdo con la legalidad, no sometiéndola arbitrariamente a los intereses de su partido. Tan es así que incluso escénicamente los miembros de la Mesa no aplauden en los debates, como si fueran neutrales, y si va a intervenir en alguno, se baja antes al patio de butacas para diferenciar al diputado de partido del gobierno de toda la Asamblea.

El presidente de la Asamblea de Madrid, de Ciudadanos, ha hecho todo lo contrario. Ayer hizo una pirueta para retorcer el Reglamento de la Asamblea de Madrid convocó un pleno de investidura sin candidato pese a que era posible designar un candidato (de hecho, dos) por una única razón: era lo que le convenía a Ciudadanos, muy especialmente si son ciertas las informaciones de ayer de varias periodistas según las cuales hay una quiebra interna muy intensa en Ciudadanos Madrid por la oposición a convertirse en una corriente de PP-Vox.

El Reglamento de la Asamblea de Madrid permite un pleno sin candidato cuando no es posible nombrar un candidato para evitar que, si nadie quiere presentarse y dado que no se le puede obligar a nadie, empiece la cuenta atrás hasta nuevas elecciones. Es lo que sucedió cuando el tamayazo (como no existía esta modalidad de pleno la Asamblea y el Consejo de Estado retorcieron la legalidad pero esta vez en beneficio y con acuerdo de todos para evitar un colapso institucional).

Pero ayer había dos candidatos que querían someter su investidura al Pleno: el candidato del partido más votado el 26 de mayo, Ángel Gabilondo (que contaba de entrada con 64 votos a favor) y la segunda, Isabel Díaz Ayuso (con 56 votos, los del PP azul y los del PP naranja). Ahí sí cabe la discrecionalidad del presidente de la Asamblea que podría haber hecho una pirueta criticable pero seguramente legal y proponer como candidata a quien tiene menos apoyos haciendo el cálculo de que Ciudadanos y Vox mienten y se pondrán de acuerdo. Lo que no cabía era decir que el presidente no había podido presentar un candidato porque evidentemente sí podía.

La interpretación que hace imposible presentar la candidatura es casi peor. Lo que hace la ronda de contactos con portavoces de los grupos es tantear su opinión sobre qué votarán los diputados una semana después. Pero se supone que el parlamentarismo es vivo, que (según esa Constitución tan sagrada cuando hablamos de reyes y fronteras) los diputados no tenemos mandato imperativo (que el portavoz de un grupo exprese su opinión no determina qué van a votar cada uno de sus diputados, que votaremos lo que tengamos a bien) y que incluso los debates parlamentarios sirven para algo y podría haber cambios de opinión en función de ellos. Así que la ronda de contactos sirve para ver si hay alguien que se ofrezca como candidato y, si hay varios, para intuir cuál de ellos tiene más posibilidades de ganar una votación.

Lo que en ningún caso puede hacer el presidente de la Asamblea es decretar cuál va a ser el resultado del debate y votación parlamentaria. Eso es un desprecio a la Asamblea, a cada uno de los diputados y a la democracia representativa. Sólo es imposible presentar un candidato exitoso (condición que en ningún caso exige la ley pero que parece haberse inventado el presidente de la Asamblea) si anunciamos que el pleno es un mero paripé teatral para salir en la tele, que los diputados somos monigotes y que todo es una ficción porque el resultado de la investidura ya está decidido pero se juega al escondite para evitar fotos desagradables. Que no digo yo que no sea así, que seguramente el presidente de la Asamblea, siendo de Ciudadanos, sepa mejor que yo cómo está actuando su partido; pero que debería disimular un poco.

El colapso

No parece muy arriesgado dar por hecho que el día de hoy concluirá sin un candidato a la presidencia del gobierno que tenga garantizada su investidura. Los planes de Rajoy de ser investido la semana que viene ya no tienen sentido. Su amenaza, filtrada a varios medios, según la cual o esos planes se cumplían o provocaría terceras elecciones han pasado al olvido.

El contraste entre el resultado del 26J y lo que esperábamos nos hizo interiorizar que la profunda crisis política («crisis de régimen») que llevábamos tiempo diagnosticando o no era tan profunda o al menos estaba en vías de solucionarse sin los importantes cambios políticos y sociales que eran deseables. Hoy podemos constatar que no es del todo así, que más bien ocurre que pensábamos que lo viejo sí se estaba muriendo ya, que lo nuevo sí estaba ya naciendo y que lo único que nos dijo el 26J es que no había condiciones para el parto de lo nuevo. Pero lo viejo agoniza y de qué manera.

Que no hubiera gobierno tras el 20D ya fue una disfunción absoluta. Lo ordenado habría sido un gobierno de continuidad (uno infame presidido por Rajoy o el más aseadito de Pedro Sánchez con el programa de Ciudadanos que intentaron) que hoy estuviera aplicando ya los 10.000 millones de recortes que dicta Bruselas y los al menos 5.000 añadidos que tocarán para el año que viene. Lo ordenado habría sido que en plena crisis territorial España tuviera un gobierno regular que mantuviera la estabilidad sin arriesgarse a que apareciera la cloaca de Interior en una campaña electoral. Lo ordenado, desde luego, no era someterse al riesgo de que unas nuevas elecciones podrían haber traído un gobierno liderado por Unidos Podemos o que, como mínimo, hicieran añicos el sistema de partidos. Lo ordenado no les salió y desde luego no fue por un maléfico plan de El Poder (que contara con adelantos electorales distintos a los que tenía todo el mundo) sino porque los resortes del orden continuista fracasaron.

Tras el 26J el camino ordenado parecía despejado tanto por la terquedad y el hastío del electorado (que hacen suponer que tantas veces como sea convocado dejará un puzzle parecido) como por la urgencia con la que nos tienen que asestar los recortes vitales que conllevarán esos 15.000 millones de euros. Que Rajoy pusiera una ministra al frente del Congreso cuando ya perdió a Soria y no tiene capacidad de nombrar nuevos ministros evidencia que ese plan de lograr una investidura en breve era sincero.

Pero de nuevo fracasan. No ayuda, desde luego, que el PP tenga cada día un escándalo mayor, cualquiera de los cuales conduciría a una asociación ordinaria a la disolución: no ponen fácil que les dé el gobierno nadie que pretenda volver a pedir el voto a ciudadanos mínimamente escrupulosos. El parche Ciudadanos a duras penas se mantiene en juego pero desde la irrelevancia real. Su concurso es meramente estético pues si pasa de la abstención al sí hará más sencilla la rendición del PSOE, pero nada más: la utilidad de Ciudadanos ha sido mantener a los partidos más corruptos en el poder autonómico, recoger una parte de la sangría de votos del PP y del PSOE para evitar que cayera en malos lugares y esperar que cuando suceda la upeydización esos votos vuelvan a casa.

El PP y Ciudadanos no están funcionando bien, pero el colapso real del continuismo está en otro lado. El PSOE sufre una parálisis absoluta. Más pendiente de su crisis interna, de su inminente Congreso y de la batalla por mandar a Sánchez a la Historia, nadie del PSOE (salvo quienes ya están fuera del juego) puede impulsar la vía de orden: dar el gobierno a Rajoy y su partido procesado.

El otro motivo del colapso es que tres de las cuatro mayores fuerzas políticas habían decidido proscribir todo diálogo con el artista antes conocido como CDC y ERC, lo cual obligaba a conseguir 175 diputados sobre 350 pero excluyendo a 17 de los posibles 175. Felizmente la falta de escrúpulos del PP, Ciudadanos y CDC han roto este bloqueo: el único avance de todos estos meses es que ya se puede hablar con ellos sin ser un rompeEspañas.

Sólo hay tres alternativas y las consecuencias de dos de ellas son un previsible desastre. Las terceras elecciones serían un disparate y la permanencia en el gobierno del partido procesado, estructuralmente corrupto y que nos ha asestado tantos recortes sociales y democráticos en tan poco tiempo sería un suicidio para el país. Queda la posibilidad de un gobierno liderado por el PSOE que sería más precario por su situación orgánica como partido que por los apoyos parlamentarios que podría tener para la investidura y al que las exigencias de los otros partidos para poder sacar adelante leyes y presupuestos ayudarían a no ser el PSOE rendido a poderes ilegítimos que tantas veces hemos sufrido.

No sería una gran noticia un gobierno del PSOE ni de Pedro Sánchez: intentamos un gobierno de cambio real, que apostara valiente y sinceramente por la democracia, sin más ataduras la soberanía popular y el cumplimiento efectivo de todos los derechos humanos. Pero más allá de las razonables aspiraciones,  las cartas que se repartieron el 26J dan sólo esas tres opciones. Falta que, tras el fracaso reincidente de Rajoy hoy, Pedro Sánchez tenga el coraje, esta vez sincero, de intentar apoyarse en la mayoría parlamentaria que quiere mejorar este país.

No atreverse sería entregar a nuestro país a opciones desastrosas y evitables, sería traicionar a nuestro país. Lo nuevo no ha acabado de nacer, pero hay que ir enterrando lo más putrefacto de lo viejo  para evitar que surjan monstruos. Y para eso sí tenemos cartas.

Ciudadanos-PSOE: La agotada escena del poli bueno y el poli malo (artículo en Cuarto Poder)

A la salida de la reunión a tres, José Manuel Villegas, en nombre de Ciudadanos, explicó la situación: “Con las actuales propuestas de Podemos, un acuerdo es inviable e imposible a día de hoy. Vamos a llamar a Podemos a rectificar y la única posibilidad es que apoyen el pacto de PSOE y Ciudadanos porque creemos que mejora la vida de los españoles”. Por el PSOE comparecía Antonio Hernando y confirmaba que el pacto PSOE y Ciudadanos seguía vigente. El PSOE proponía un acuerdo a tres siempre de la mano de quien acababa de dejar claro que el acuerdo a tres era imposible.

Sigue leyendo en CuartoPoder.es

« Entradas anteriores