Blog de Hugo Martínez Abarca

Etiqueta: Pablo Casado (Página 1 de 3)

Si Casado pudiera, los indultaría

Hoy conoceremos la sentencia, dicen. Conoceremos las penas a las que condenarán a los líderes políticos independentistas que no huyeron a otros países europeos. No habrá condena por rebelión como quería la derecha . Sí habrá, probablemente, penas duras para un delito sin violencia. No habrá, en ningún caso, una solución al problema político que tiene Cataluña y que tiene España en Cataluña.

Hay una razón evidente por la que los condenados no son equiparables en términos políticos a otros cargos públicos condenados por delitos más habituales. Éstos fueron votados por la mitad de los catalanes para que cometieran los delitos por los que se les condena. Los corruptos se esconden: les votan a pesar de sus robos. Los dirigentes independentistas fueron votados por la mitad de los catalanes para hacer más de lo que hicieron en septiembre y octubre de 2017 y esa mitad de los catalanes volvió a votarles tras los hechos conocidos. Y la otra mitad votó para impedirlo antes y para rechazarlo después. Ahí está el genuino conflicto político que la sentencia no resuelve y que nadie puede negar.

Sólo hay tres posibles soluciones al conflicto catalán.

La primera que la respuesta punitiva (condenas duras y cumplimiento íntegro, artículo 155 de la Constitución, imposibilidad del diálogo hasta llevar la situación política catalana al colapso) lleve a una drástica mengua política del independentismo. Es la que hasta hoy defienden PP y Ciudadanos, y a la que se ha asomado Pedro Sánchez y el PSOE en esta campaña electoral. Llevamos ya unos cuantos años como para evidenciar que esta vía sólo puede fracasar. Y el propio hecho de descartar el Tribunal Supremo la rebelión debilita la posición ultramontana: queda muy difícil hoy pedir el 155 sin más argumento jurídico que el hecho de que Torra sea un desastre (no el único que gobierna una Comunidad Autónoma, digámoslo de paso). ¿Dónde queda, por cierto, Edmundo Bal, el héroe que Ciudadanos lleva en su candidatura porque se opuso a la infamia de que la Abogacía del Estado hiciese la petición que los jueces consideran correcta en vez de enrocarse en el aparente error?

La segunda es que Cataluña consiga una independencia unilateral: no hace falta muchos argumentos más que un vistazo al desolador estado del campo de batalla para adivinar que esa solución no se va a producir. No creo que haya ningún independentista que piense aún que ese camino es transitable.

Y la tercera es la que menos votos dará a quien la proponga pero la que todos los partidos (incluido sin ninguna duda el PP-Cs) intentarían si estuvieran en el Gobierno. La única salida que tiene el conflicto catalán es algún tipo de acuerdo, tanto dentro de Cataluña como entre los partidos españoles y los exclusivamente catalanes. Tal acuerdo resulta dificilísimo, pero es la única salida posible. No haría falta ir a negociar con líneas rojas de antemano porque la única certeza que todo el mundo tiene es que un acuerdo así no alcanzaría las propuestas de máximos de ninguno de los dos bloques: sería imposible quedarnos simplemente en la situación política, territorial y penitenciaria actual; sería imposible que el acuerdo llevara a la independencia. Y una obviedad es que entre los problemas a resolver en un acuerdo así estaría la situación de los presos y los fugados.

Si Casado fuera presidente del Gobierno, no nos quepa ninguna duda, lo intentaría: la derecha más bocazas en la oposición trata de resolver los conflictos más enconados en el gobierno convencida de que nadie le atacará por ello. Lo intentaron Aznar y Mayor Oreja con una organización terrorista (e hicieron muy bien en intentarlo) y si estuviera en mano de Casado lo intentaría. Quiero pensar que los progresistas no le vamos a regalar a la derecha el monopolio de la búsqueda de soluciones, aunque esa solución pasa, también, por la participación en la medida de lo posible (y aunque hoy afirmen que es intolerable) de la derecha española aunque sea desde la oposición.

Hoy termina la vía judicial. No estamos, nadie, mejor que hace dos años. Dentro de un mes tiene que empezar, de una vez, la vía política. Porque el atasco que sufre España no está sólo en Moncloa, está también en Barcelona.

Granjas de niños

Lo llamativo de la propuesta de Pablo Casado sobre los embarazos de las mujeres extranjeras sin papeles es que coincide con la visión mercantil del nacimiento que ya mostró cuando dijo que había que abortar menos para que hubiera más cotizantes a la Seguridad Social. Tener hijos porque es rentable: ya sea para que nos paguen las pensiones, ya para que no te echen del país en el que vives. No tengas hijos por amor, porque quieres construir una familia, porque quieres disfrutar con ellos. Tenlos porque es rentable. Como quien incrementa o reduce la producción de pollos en una granja.

En realidad esa concepción de la natalidad no es nueva. Uno de los triunfos de la modernidad ha sido su abandono. La natalidad de muchas sociedades agrícolas venía condicionada por la rentabilidad y se buscaba un número suficiente de descendientes (niños o niños y niñas en función del tipo de labores agrícolas al que estuvieran destinados) que pronto permitiera el sostenimiento de la familia.

En nuestras sociedades industriales complejas un niño nunca es rentable en términos mercantiles para la familia. Necesitamos conocimientos complejos hasta que nos ponemos a trabajar por lo que se tarda mucho (felizmente) en dejar de gastar y ponerse a trabajar: la prohibición del trabajo infantil es un desastre para el sueño de Pablo Casado de niños productores rentables. Un hijo no sale rentable para una familia nunca: más vale no llevar una libreta de gastos e ingresos. Y sin embargo muchísimas personas quieren seguir teniéndolos. Y lo hacen (lo hacemos) por deseos afectivos, emotivos, vitales… No por dinero ni por papeles. Por generosidad, por una forma (en absoluto la única) de amor a la vida. Por esas cosas tontas que hacemos los humanos.

Un hijo nunca es rentable y eso probablemente no sea una mala noticia. Pero el problema demográfico en España no es porque no sea rentable sino porque tener un hijo resulta imposible. En un país con altísimas tasas de paro, de precariedad laboral, en el que el acceso a la vivienda está absolutamente imposible… no hay quien pueda tener hijos salvo en entornos privilegiados.

España es el segundo país de Europa en el que tenemos menos hijos y donde las mujeres que tienen un primer hijo lo tienen más tarde. La única razón para ello es que no somos libres de tener hijos cuando nos da la gana. Los mismos que nos quieren impedir la libertad para no tener hijos si no queremos han hecho las políticas que nos impiden tener hijos si queremos.

Hace falta tener una visión del mundo muy inhumana y sanguinaria para querer fomentar la natalidad con técnicas de criadero de terneras.

Dejen libres a las familias, y muy especialmente a las mujeres. Permitan que sean (seamos) libres de tener hijos o no, sin ningún chantaje pero con todos los derechos. Que si una mujer no quiere tener un hijo pueda evitarlo con absoluta libertad. Pero que tenga exactamente la misma libertad para poder tenerlos cuando quieran. Es decir: que tengamos vivienda, sueldos previsiblemente estables y dignos, que haya escuelas infantiles asequibles… Si fuéramos realmente libres para tener los hijos que nos diera la gana si nos da la gana no sólo habría menos sufrimiento: habría también más niños.

Frente al modelo de granjas de niños que tiene Pablo Casado en la cabeza (sin que ningún dirigente del PP tenga la decencia moral de toserle) está la LIBERTAD. Y esa libertad para diseñar nuestro futuro familiar pasa por acabar con los dogmas morales y económicos que nos quiere seguir imponiendo gente como Pablo Casado.

Cifuentes viene a vernos

Dentro de dos semanas se cumple un año desde que Cristina Cifuentes se enteró de que la habían pillado en lo del máster. Los demás nos enteramos al día siguiente, el 21 de marzo de 2018. Cristina Cifuentes se agarró de forma patológica a una mentira que se caía a cachos pero sobre la que escalaba con nuevas mentiras cada vez más disparatadas.

En el mes y pico que pasó desde el 21 de marzo de 2018 hasta la dimisión de Cristina Cifuentes desarrollé una fascinación por el personaje. La interpretación de sus mentiras era absolutamente convincente. No las mentiras, que eran obvias y tardaban cinco minutos en desmontarse, no: lo convincente era su interpretación. Absolutamente fascinante: nunca he descartado del todo que ella realmente se creyera que había hecho el máster, los trabajos, que un día fue a leer un trabajo de fin de máster, que lo perdió en una mudanza… Aunque todo eso no llegara a suceder jamás ella lo contaba con la convicción de quien está segura de que se le aparece la virgen en El Escorial tras una hora mirando al Sol.

Una noche estaba hablando con unos amigos y les comentaba esta fascinación: cómo Cifuentes interpretaba con entusiasmo insuperable una historia fantástica, cómo forzaba a todos sus diputados y consejeros a hacer como que creían la nueva versión que sustituía a la del día anterior, desmontada inmediatamente. Y recordé esa vieja leyenda urbana que llevaba circulando por Madrid desde hacía muchos años. «Por primera vez, me creo eso de que es cleptómana: me recuerda a Chus Lampreave en Bajarse al moro, que explicaba absolutamente convencida que no había robado las decenas de baberos, mecheros, etc que llevaba en el bolso sino que los había comprado en una oferta buenísima porque los necesitaba». Recuerdo esa conversación porque a la mañana siguiente la cloacaweb, OKDiario, publicó el vídeo de las cremas que el PP había conservado durante años hasta que lo sacó para hacer dimitir a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, y machacar a la persona Cristina Cifuentes.

Al día siguiente ella dimitió y yo dejé de seguir a Cristina Cifuentes en redes sociales, algo irrelevante pero con lo que pretendía decirme que políticamente Cifuentes ya era irrelevante y personalmente ya sólo era una persona que necesitaba ayuda.

Cuando la semana pasada se supo que la fiscalía pide tres años y tres meses de cárcel por la falsificación del acta que exhibió (el resto de delitos ha quedado impune por culpa del Supremo), la actual candidata del PP a la Comunidad de Madrid usó el asesinato de un niño para mentir en una comparación asquerosa, pero dijo una cosa que era verdad: que Cifuentes había sufrido un ataque personal brutal. No puede calificarse de otra manera la conservación durante años de ese vídeo para sacarlo en el momento de hundir a la persona. Pero ese ataque mafioso lo hizo el partido por el que Isabel Díaz Ayuso es candidata a través de la web en la que ayer inició ella un video blog: extraña solidaridad con su amiga.

Hoy viene Cifuentes a la Asamblea de Madrid a responder sobre el Caso Máster. No era nuestra prioridad. Nosotros queríamos traer a Pablo Casado porque es el único de este grupo de jetas que no ha abandonado la política. Pero el chalaneo entre PP y PSOE nos ha impedido (algún día se sabrá a cambio de qué) investigar como merece un caso que ha hecho polvo el prestigio de nuestra Universidad, que exhibe el ataque desde la política a la autonomía universitaria y que es una faceta cutre de la corrupción y la sensación de impunidad que ha regido en la política madrileña. De ahí emerge Pablo Casado, a quien sólo su aforamiento, una interpretación jurídica sui generis del Supremo (que no ha desmentido el auto judicial que evidencia que él hizo trampas exactamente igual que Cifuentes salvo en la exhibición del acta) y la complicidad del PSOE, mantienen alejado de la responsabilidad por su fraude.

Al PP y al PSOE no les importaba traer sólo un juguete roto al que seguir sacudiendo, pero han decidido salvar al fraude con patas que preside el Partido Popular.

Cifuentes merecería solidaridad humana una vez se aclare y responda por el fraude en el que participó, del que se benefició. Pero se hace un poco cuesta arriba cuando a día de hoy no ha retirado su querella contra los periodistas que hicieron su trabajo destapando el fraude cometido por la presidenta autonómica. Cristina Cifuentes sigue pidiendo hoy la condena para los periodistas por delitos que suponen cinco años de cárcel.

La España jeta

Uno de los mantras más usados por nuestra derecha política y mediática es que representan a la España que madruga. Vendrían a sostener el mito de que la derecha defiende a las personas que trabajan y cuyo esfuerzo es usurpado mediante impuestos mientras la izquierda defiende a quienes viven de la subvención, de gorra, de lo público. La idea es baturra y parte de considerar un chollo los (aún insuficientes) derechos que conquistaron nuestros padres y abuelos y por los que además pagamos mientras trabajamos… pero la repiten tanto que casi diría que se la creen.

La ventaja de la hornada de delfines de Esperanza Aguirre (singularmente Pablo Casado y Santiago Abascal) es que ilustra sin matices que estamos precisamente ante lo contrario, ante una pequeña corte de sinvergüenzas y jetas que llevan toda la vida trampeando y obteniendo gigantescos sueldos públicos y títulos universitarios sin pegar un palo al agua.

El currículo de Pablo Casado es evidente. Mientras insultaba a los familiares de víctimas del genocidio español, le regalaban una licenciatura de Derecho que nunca estudió. Pablo Casado compatibilizó su escaño en la Asamblea de Madrid con sacarse la mitad de la licenciatura en cuatro meses. Lo cual quiere decir que cobraba su sueldo de diputado pese a que no hacía absolutamente nada o que le regalaron la carrera o las dos cosas. Releyendo estos días los autos judiciales del caso Máster resulta absolutamente evidente que Pablo Casado no hizo absolutamente nada más que dejarse regalar el título universitario que otros obtenían con esfuerzo. Qué lástima que el PSOE impidiera retratar a este jeta. No se conoce actividad decente de Pablo Casado: ni laboral, ni política; ni intelectual, ni académica. Lo más eficaz que ha hecho Casado es hacer de intermediario entre Gadafi y Aznar para que el criminal de las Azores cobrara comisiones del dictador libio.

Santiago Abascal no anda a la zaga de Pablo Casado como jeta mayúsculo. Esperanza Aguirre creó para él carguetes sin ninguna actividad y siempre le ponía un sueldo superior al del Presidente del Gobierno: siempre el mismo, 93.855 euros al año. Primero en una Agencia de Protección de Datos autonómica, que era tan inútil que cerró nada más salir Abascal. Después en una Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social, en la que Abascal no hizo absolutamente nada, no se conoce actividad ni cuentas; y de nuevo, tras Abascal, cerró: porque los chiringuitos no tenían ninguna utilidad más que ponerle el enorme sueldo al jeta de Abascal. En ambos cargos Esperanza Aguirre hizo lo mismo: cambiar el sueldo del cargo justo para que Abascal cobrara la misma cantidad, al céntimo, en los dos puestos fantasma: 93.855 euros, la tarifa plana de Santiago Abascal por no hacer absolutamente nada mientras pagábamos los madrileños.

Son los dos ejemplos más notables de la España jeta, la España parásita, la España que hace creer que las instituciones están llenas de sinvergüenzas que no hacen nada cuando son sólo un puñado, pero muy mimados por nuestros tristes partidos de derechas: dos de los más evidente lideran sendos partidos cuya acción de gobierno podemos suponer coherente con la trayectoria de sus líderes: vivir como dios a costa de los españoles que trabajan y pagan impuestos mientras les recortan derechos sociales porque eso y no sus sueldos y títulos son privilegios.

Efectivamente hay una España que madruga, infinitamente mayoritaria. Y efectivamente esa España que madruga está amamantando a una corte de sinvergüenzas que se atreven a cacarear en nombre de España en vez de callar para que no les pillen. Hay millones de trabajadores, autónomos, pensionistas, parados, estudiantes… a los que les cuesta infinito trabajo sacar adelante sus vidas mientras esta caterva de estafadores se lo lleva crudo.

La España que madruga merecería gobernarse con gente que en vez de gritar trabaja, que en vez de mentir investiga, estudia, propone. Que dejen de gritar estos jetas y hagan algo decente por una vez en su vida: aunque sea callarse.

El pinchazo de Albert Rivera

Durante mucho tiempo Ciudadanos jugó a parecer un partido moderno, liberal y progresista. El nacionalismo catalán le daba la oportunidad de poder simular que su oposición a éste no era un férreo nacionalismo español. Su lejanía de todo poder electo le permitía no ubicarse en un espacio ideológico. La ensayada retórica hueca les permitía evitar posición política alguna. El favor mediático y la irrelevancia les ayudaba a que se olvidara si en el pasado se habían aliado con ultras, si habían rechazado el matrimonio homosexual y la nueva ley del aborto o aplaudido a Mario Conde.

Pero se acabó.

La foto de ayer es letal para ese primer Ciudadanos. Se ubica definitivamente en una derecha muy dura, que comparte modelo de país con la extrema derecha, que intenta huir de la foto en un patético esfuerzo por evitar que nos enteremos de con quién quiere gobernar el país.

El precio a cobrar por esa foto fue muy pequeño: la concentración de Colón fue muy nutrida… para ser una convocatoria de Vox; pero fue un evidente fiasco para partidos como PP y Ciudadanos, para sus pesebres mediáticos, que lo dieron todo (autobuses, portadas, gritos) para llenar Madrid y que se supone que aspiran a representar a medio país (a todo el país, a juzgar por su retórica: en su «España» sólo cabe el fanatismo, el odio y la crispación). A Pablo Casado es probable que no le preocupe porque no parece estar pensando en que el PP crezca sino en primero construir un PP a su imagen y semejanza y por tanto escorado al margen ultra y limpio de disidentes (aka derecha acomplejada).

La manifestación de ayer no era una cosa sectorial y pequeña. No se juntaron para pedir que funcione el Metro o que baje el precio del coñac. No. Era una manifestación sobre el modelo de país. Por eso es tan letal la foto. Porque Albert Rivera convocó una manifestación sobre su modelo de España y Vox, Falange y Hogar Social entendieron que era también el suyo.

Hizo bien Inés Arrimadas en huir del evento. No sé si calculaba el fracaso, pero era evidente que la movilización iba a ubicar definitivamente a los asistentes en el rincón ultra, del odio, del nacionalismo inmovilista y excluyente, de la España rancia y antigua, de quienes llaman feminazis a las personas que denuncian la violencia machista. Ay, si a Manuel Valls se le hubiera ocurrido la excusa del avión para poder disimular él también al menos hasta mayo. A cambio, Albert Rivera colocó a Begoña Villacís e Ignacio Aguado en la foto: para que los madrileños tengamos claro con quién gobernarán si pueden.

Un 30% de los votantes de Ciudadanos está a favor de alejarse rotundamente de Vox (están a favor del cordón sanitario): uno de cada tres votantes de Ciudadanos, que buscaban esa opción moderna, liberal y democrática ya sabe que ese no es su partido, aunque los votantes del PP y Vox constaten que puede ser el suyo.

Ciudadanos pasó ayer su Rubicón. Hay que agradecerles la claridad.

Venezuela siempre vuelve

Igual que no hace falta compartir lo que dice un periodista para defender su libertad de expresión, no hace falta defender a un gobierno concreto para rechazar vías de acceso al poder que huyen de las urnas y lo apuestan todo al dictado de Donald Trump. Me resulta bastante estéril pelear sobre si es o no un golpe de Estado aunque cabrían pocas dudas, especialmente en un país cuyos opinadores han usado con tanta ligereza el concepto. La clave es si lo que está pasando en Venezuela ayuda a la convivencia, a la paz y a una solución democrática. Y resulta obvio que no, que a lo que más acerca es a un conflicto civil que podría estar demasiado cerca.

Desde hace tiempo en Venezuela no se han hecho las cosas bien. Por muchas razones, algunas muy comprensibles. Son obvias las carencias económicas, pero también las democráticas y las dificultades para una convivencia en la que las dos venezuelas se reconocieran mutuamente y sometieran las diferencias a las urnas en primer lugar y a la Constitución. Es absurdo denominar a Venezuela dictadura (con ese término en España sí somos más rígidos y apelamos al insulto a las víctimas de nuestra dictadura cuando se usa con ligereza ¿verdad?) pero es evidente que ha habido retrocesos graves que impiden hablar de una situación democrática en Venezuela: aunque casi nunca lo recordemos, entre la democracia y la dictadura existe toda una gama de grises, no sólo en Venezuela.

Pero los problemas de Venezuela, ni los de ningún país, se resolverán nunca mediante la decisión caprichosa de Donald Trump, convertido en un Calígula, que vaya nombrando cónsules por el mundo. Ni aunque Donald Trump designara un gobierno alternativo a la tiranía saudí (algo impensable porque todos los obsesionados con Venezuela apoyan a la dictadura más feroz que hay hoy en el mundo) debería ser apoyado porque eso no sirve para nada bueno.

Ayer hubo una concentración en la Puerta del Sol de la oposición venezolana. Allá fue Pablo Casado y demostró lo que le importa Venezuela: cogió el micro y lo usó para decir  que había que votar a Martínez Almeida en las elecciones municipales de Madrid, seguramente porque Manuela Carmena se parece mucho a Nicolás Maduro: aproximadamente como Churchill a Casado.

Es obvio que no tienen ningún interés en la democracia, la paz ni la convivencia en otros países ni Albert Rivera ni Pablo Casado ni nadie de quienes ayer se apresuraron a vociferar la necesidad de que el gobierno español se adhiera a la política exterior de Trump y Bolsonaro. Por eso insultan tanto a Zapatero, que está siendo una de las personas que más ha intentado ayudar a solucionar la situación venezolana y precisamente por ello se ha llevado tantísimos golpes. El ejemplo saudí y su protección de cargos políticos españoles sobornados por aquella dictadura es tan obvio que oculta su silencio con todas las violaciones de derechos humanos que suceden en el mundo. ¿A qué otra concentración sobre política internacional ha ido Pablo Casado? ¿Alguna vez Rivera o Casado han protestado por Guantánamo, por el Sáhara, por Palestina, por Polonia? ¿Qué opinan sobre Bolsonaro?

Venezuela siempre vuelve, pero en realidad nunca hablan de Venezuela. Venezuela les da igual. Si mañana hay un reguero de sangre… beberán de él encantados.

Laura Luelmo sin «ideología de género»

Normalmente tras cada crimen repugnante que protagoniza el dolor popular suele haber cierta prudencia de los dirigentes políticos. Conscientes de lo nauseabundo que es manosear el dolor en provecho propio, resultaba poco rentable sustituir la mera expresión de dolor y empatía por la búsqueda de carroña.

El secuestro, violación y asesinato de Laura Luelmo llega, en cambio, en un momento nuevo en el que hay una competición trágica (para el país) por las posiciones más reaccionarias. Y al oler el dolor de la sociedad han decidido arrastrarse para manosearlo y aprovecharlo sin someterse al menor escrúpulo. 

La exhibición de indecencia de los dirigentes de Vox y de Pablo Casado es repugnante. Pero además es de una ausencia de pudor muy llamativa. Tratan de aprovechar el crimen machista para su demagogia imbécil aprovechando que enfrente tienen la decencia que combate sus ideas sin exprimir el dolor reciente, con racionalidad y un poco de frialdad.

Porque si señala a alguien, el secuestro, la violación y el asesinato de Laura Luelmo no lo hace a quienes no defendemos la cadena perpetua (que no habría evitado este crimen). A quien señala es a quienes hasta que apareció el cadáver estaban denunciando con una sonrisa de oreja a oreja la ideología de género (es decir, el feminismo), «un colectivismo social que se tiene que combatir» según Pablo Casado, a quienes el lunes llamaban feminazis a gente como Laura Luelmo, cuyo último tuit fue su ilustración para el 8 de marzo, el mismo día en que Vox publicó un repugnante vídeo machista acusando a gente como Laura Luelmo de formar «un colectivo violento, revanchista, fomentador del odio, discriminador y opresivo«: eso decía Vox de gente como Laura Luelmo. 

Lo que Vox y Pablo Casado (por limitarnos a las alimañas que estos días han buscado carroña) defienden al rechazar la ideología de género es que si Santiago Abascal, Pablo Casado o yo mismo salimos a correr por el campo o nos vamos de marcha por la noche sentiremos el mismo miedo que cualquier mujer. Que también nos hubieran secuestrado, violado y asesinado como a Laura Luelmo. Que sí, que hay hombres que violan a las mujeres pero que también hay mujeres que violan a los hombres, que negarlo sería colectivismo social y discriminación.

Si no fuera tan repugnante sería patéticamente cómico. Pero ese es el discurso de quienes cinco minutos antes de encontrarse el cadáver de Laura Luelmo defendían la desprotección de las mujeres a las que se ataca por ser mujeres y cinco minutos después nos daban lecciones de cómo responder a estos crímenes con dos cojones y mucha cárcel.

Tiene mucha suerte la gentuza machista de que enfrente no haya gente como ellos que les ponga ante sus vergüenzas cada vez que hay un asesinato machista (por cierto, formalmente el asesinato de Laura Luelmo no es un asesinato machista, en una grave carencia del Pacto de Estado contra la violencia de género). Porque estos días se les debería caer la cara de vergüenza a quienes han hecho de la lucha contra el feminismo, contra la igualdad, contra el derecho de las mujeres a vivir con la misma ausencia de miedo que vivimos los hombres, la última batalla mezquina por una sociedad peor. Y en vez de avergonzarse, están envalentonados.

Casado y el desequilibrado

El último titular lo ha conseguido Pablo Casado exigiendo que Pedro Sánchez no dialogue con Torra, presidente constitucional de la Comunidad Autónoma de Cataluña, porque es un desequilibrado. Es decir, un loco.

Casado es un chico hábil con la lengua, tanto que se casca discursos bastante largos sin papeles. Es imposible llevar todos los cabos atados cuando se va sin al menos un guion que seguir. Aunque se lleve estudiado el discurso, uno se calienta y dice cosas según le salen: llama carcas a quienes buscan el cuerpo abandonado de su abuelo asesinado o usa la salud mental como insulto personal para abordar problemas políticos. Podría haber llamado a Torra cojo, gafotas, calvo, gordo… pero prefirió usar como insulto una inventada enfermedad mental: seguramente a estas alturas no se haya dado cuenta de que sólo un canalla insulta así igual que tardó años en hacer como que entendía que había demostrado ser un impresentable con su mención a las cunetas del abuelo de los carcas.

Muchas veces se achacan este tipo de miserias morales al calor del mitin: ayer mismo, en Salvados, dirigentes políticos del PP explicaron las mentiras xenófobas de Pablo Casado achacándolo a que en un mitin uno dice cosas que no diría con un poco de sosiego. No es así. Hay condiciones en las que uno se revela tal cual es. No es cierto que la gente borracha se pone violenta: la gente violenta cuando se emborracha pierde el control y se muestra tan violenta como es. Así sucede en los mítines, en las situaciones extremas, en cualquiera de esas situaciones en las que se justifican ciertas barbaridades porque se pierde el control.

Ese es el Casado real, sin tabúes, el que muestra lo que hay en su cabeza, aunque sea capaz de ser extremadamente amable en el mano a mano personal.

Casado usa la enfermedad mental como insulto, insulta a quienes buscan el cadáver de un familiar asesinado y miente contra los inmigrantes porque es como piensa. Y lo suelta porque en la improvisación y la emoción del discurso pierde la autocensura (sin complejos). La otra opción es peor: que sepa que es una mezquindad pero la vomite igual porque la considera electoralmente rentable. Es menos defendible un calculador que sabe que está siendo un canalla que el imbécil que ni se da cuenta.

Es probable que Casado sea bastante hábil con la lengua. El problema no lo tiene como orador sino como persona: es un buen orador pero ni es una buena persona ni demasiado inteligente (ya digo: en el supuesto más favorable a él). Más les valdría ser un poco más prudentes y llevar bien atados los discursos de Casado: no parece muy recomendable que para presumir de lo bien que habla nos dejen ver cómo piensa.

Casado y el desequilibrado

El último titular lo ha conseguido Pablo Casado exigiendo que Pedro Sánchez no dialogue con Torra, presidente constitucional de la Comunidad Autónoma de Cataluña, porque es un desequilibrado. Es decir, un loco.

Casado es un chico hábil con la lengua, tanto que se casca discursos bastante largos sin papeles. Es imposible llevar todos los cabos atados cuando se va sin al menos un guion que seguir. Aunque se lleve estudiado el discurso, uno se calienta y dice cosas según le salen: llama carcas a quienes buscan el cuerpo abandonado de su abuelo asesinado o usa la salud mental como insulto personal para abordar problemas políticos. Podría haber llamado a Torra cojo, gafotas, calvo, gordo… pero prefirió usar como insulto una inventada enfermedad mental: seguramente a estas alturas no se haya dado cuenta de que sólo un canalla insulta así igual que tardó años en hacer como que entendía que había demostrado ser un impresentable con su mención a las cunetas del abuelo de los carcas.

Muchas veces se achacan este tipo de miserias morales al calor del mitin: ayer mismo, en Salvados, dirigentes políticos del PP explicaron las mentiras xenófobas de Pablo Casado achacándolo a que en un mitin uno dice cosas que no diría con un poco de sosiego. No es así. Hay condiciones en las que uno se revela tal cual es. No es cierto que la gente borracha se pone violenta: la gente violenta cuando se emborracha pierde el control y se muestra tan violenta como es. Así sucede en los mítines, en las situaciones extremas, en cualquiera de esas situaciones en las que se justifican ciertas barbaridades porque se pierde el control.

Ese es el Casado real, sin tabúes, el que muestra lo que hay en su cabeza, aunque sea capaz de ser extremadamente amable en el mano a mano personal.

Casado usa la enfermedad mental como insulto, insulta a quienes buscan el cadáver de un familiar asesinado y miente contra los inmigrantes porque es como piensa. Y lo suelta porque en la improvisación y la emoción del discurso pierde la autocensura (sin complejos). La otra opción es peor: que sepa que es una mezquindad pero la vomite igual porque la considera electoralmente rentable. Es menos defendible un calculador que sabe que está siendo un canalla que el imbécil que ni se da cuenta.

Es probable que Casado sea bastante hábil con la lengua. El problema no lo tiene como orador sino como persona: es un buen orador pero ni es una buena persona ni demasiado inteligente (ya digo: en el supuesto más favorable a él). Más les valdría ser un poco más prudentes y llevar bien atados los discursos de Casado: no parece muy recomendable que para presumir de lo bien que habla nos dejen ver cómo piensa.

La vía bocazas

Es difícil encontrar declaraciones estridentes de Artur Mas o Carles Puigdemont antes del 1-O.  Las polémicas entonces se centraban en los pasos que se anunciaban. «En seis meses haremos una consulta», «A la vuelta del verano aprobaremos leyes de desconexión«. No recordamos charlotadas sobre la vía eslovena, o que se retiraran los canapés de los actos oficiales en solidaridad con nadie o que alguien pidiera que España saliera de la Unión Europea.

Tras el 1 de octubre y la reacción del Estado a la simulación de declaración de independencia que hizo el Parlament el movimiento independentista quedó gravemente derrotado al menos en el itinerario que se había trazado hasta entonces. Ello no quiere decir que haya ganado el Estado (cuyos cimientos democráticos están maltrechos sobre todo por unos encarcelamientos indefendibles y que además comprobó hace un año que el independentismo sigue siendo el bloque mayoritario en las urnas catalanas), pero sí que el rumbo que tenían los partidos independentistas catalanes ya sólo les lleva a encallar una y otra vez.

Se diría que en Cataluña hay dos tipos de independentistas. Los que tienen el coraje de entender que la situación ha cambiado y que necesitan remangarse, dialogar, explorar las zonas grises y los matices (un ejemplo evidente fue Joan Tardá en el Congreso ayer); y quienes deciden estrellar a Cataluña contra un muro elevando la retórica pero sin nada que ofrecer a Cataluña más que esas estridencias.

La derecha española decretó que había que volver a aplicar el artículo 155 de la Constitución a Cataluña el día siguiente de que perdieran el gobierno de España. Ahora se agarran a las declaraciones de Torra para explicar que es imposible seguir sin aplicar el 155. Pero lo cierto es que ni Torra ni su gobierno están haciendo nada (nada de nada: ni ejercen de gobierno autonómico ni de gobierno secesionista) y que precisamente los alaridos histriónicos son la evidencia de que tampoco tienen previsto hacer nada concreto.

Las declaraciones de Torra, como las de Casado, Rivera o cuantos irresponsables estén echando gasolina al fuego pueden elevar la crispación popular: ese es el único (y peligroso) efecto de esta vía bocazas compartida. No es un efecto menor, es peligroso. Pero uno de los inconvenientes de la democracia es que se puede ser un bocazas sin que le sancionen a uno por ello. Ni a Torra, ni a Casado, ni a Rivera. Ni a los socios andaluces de estos últimos.

La vía bocazas es, simplemente, la escenificación del fin del Procés. Pero con el Procés acabado, hay quienes necesitan seguir haciendo como que sigue habiendo Procés.

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