Blog de Hugo Martínez Abarca

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30.000.000.000 euros

Con una inversión pública de 8.000 millones de euros el Estado ha generado un mínimo repunte del empleo. Antes de eso, el gobierno había inyectado liquidez en la banca, rebajado impuestos (léase «comprado el voto») mediante los famosos 400 € y otras medidas de carácter liberal: menos dinero en el Estado, más en manos privadas. Con ninguna de esas medidas se consiguió parar la sangría laboral; con un poquito de inversión pública se ha conseguido rápidamente.

En el pasado debate sobre el Estado de la nación (aquel que recordaremos todos por la cantidad de promesas que hizo Zapatero que no eran competencia suya) el presidente del Gobierno presumió de haber reducido la fiscalidad en 30.000 millones de euros para 2008 y 2009. El plan de desarrollo local ha costado la cuarta parte de eso. Y el gasto previsto de aquí a 2012 en la aplicación de la Ley de Dependencia es de 40.000 millones de euros.

El plan de desarrollo local sólo tuvo un objetivo: reactivar durante unos meses el sector de la construcción. Si el PSOE anunciaba un cambio en el modelo productivo ha empezado disimulando bastante bien. Si en vez de poner ese dinero al servicio de la construcción el Estado no hubiera renunciado a esos 30.000 millones de euros y los hubiera puesto junto con los 8.000 millones de las obras locales para acelerar la puesta en marcha de la Ley de Dependencia, nos encontraríamos a final de 2009 con el trabajo de cuatro años hecho en una materia social de máxima importancia y que genera un empleo potencialmente estable; eso sí hubiera sido un cambio de modelo productivo.

Incluso si se quieren seguir poniendo parches mientras se arregla el desaguisado generado en estos años, se podría haber mantenido la inversión en obras locales de 8.000 euros. Lo que no tiene ninguna excusa (y menos en un gobierno que hace una campaña presumiendo de defensa de los trabajadores y de los derechos sociales) es que el mayor esfuerzo que se ha hecho para combatir la crisis haya sido en reducción de ingresos públicos. Ya vimos el impacto de «los 400€ de Zapatero«: mucho ruido y ni un empleo. Esos 400€ han supuesto una reducción de ingresos del Estado del 75% del coste del plan de desarrollo local: podría haber salido casi gratis si a algún asesor electoral no se le hubiera ocurrido la gilipollez de los 400€ para rascar algunos votos en las generales del año pasado. Podrían incluso haberse puesto en marcha con ese dinero las 300.000 plazas en escuelas infantiles que prometió el PSOE en las generales del 2008 y de las que ya se ha olvidado, seguramente porque no hay dinero.

Posiblemente los tiempos en que se podía hacer política argumentando serenamente hayan acabado. Posiblemente hoy sea mejor sacar un vídeo con una señora solitaria en un autobús cuyos derechos sociales sólo protegen aquellos que bajan impuestos. No lo sé. Pero algún día esa señora se dará cuenta de que podría tener empleo, derechos sociales y un Estado de Bienestar digno de ese nombre, si el gobierno no hubiera renunciado a 30.000.000.000 euros para que se quedaran en bolsillos que en ningún caso generan derechos sociales y que ha quedado claro que tampoco generan empleo.

No tenemos más aspirinas, así que tendremos resaca

El beodo Pedro le explicó el drama a su amigo: «Sabes que cada noche me bebo tres botellas de whisky y que antes de acostarme y después de levantarme me tomo sendas aspirinas para paliar la resaca. Ahora tengo un problemón: me he quedado sin aspirinas, así que no va a quedar más remedio que tener una insoportable resaca cada mañana«. Evidentemente Pedro tiene más opciones: Pedro podría beber menos, por ejemplo, y sus mañanas serían más amables.

Otro Pedro, a quien nombraron ministro de Economía, explicó hace unos días que ya no hay margen de maniobra contra la crisis: ya se ha hecho todo el gasto público que se podía hacer, como el beodo Pedro no tenía margen de maniobra contra las resacas porque ya se había tomado todas las aspirinas de la que disponía.

Posiblemente ya no puedan encargar obritas con las que mantener ocupados a unos cuantos parados durante medio año. Esas son las aspirinas, que combaten los terribles síntomas, pero no suponen solución alguna. La única solución posible es una profunda revisión del modelo económico que nos ha llevado a una monumental resaca. Y de eso no se escucha ni una palabra ni a Pedro, el ministro, ni a Zapatero, que no había engañado, pero se equivocó, cuando dijo que podíamos seguir bebiendo whisky a discreción sin miedo a la resaca. De las pocas personas a las que se ha escuchado pensar en cambiar de hábitos económicos es al borrachín Aznar: «No es de ninguna manera el fracaso del liberalismo sino el fracaso de los mecanismos actuales de regulación y de intervención del Estado en un sector que está ya muy regulado, el sistema bancario«. Lo que Aznar quiere es combatir la resaca tomándose una cuarta botella de whisky.

Si ser vicepresidente económico del Gobierno fuera algo importante, Solbes estaría ya en su casita. El Real Madrid, que como vemos es mucho más serio, despidió fulminantemente a su entrenador por decir que no tenían ningún margen de maniobra para ganar al Barça. Tras el entrenador, por cierto, cayó el presidente.

Las huelgas ya no son de quien eran

Hemos superado ya los tres millones de parados. Hace un año teníamos dos millones y nadie niega que a finales de 2009 vayamos a tener cuatro. No hay ninguna de las viejas excusas: ni tenemos un mercado de trabajo excesivamente rígido ni se puede pedir moderación a los sueldos que suspirarían por ser mileuristas. Autónomos ‘de dedicación exclusiva’ y trabajadores por cuenta de Empresas de Trabajo Temporal conviven con quienes ya han sufrido o tienen sobre la cabeza la amenaza de un ERE, mientras alguna comunidad autónoma se plantea regalar a la empresa privada de los amigos hasta el agua que bebe su ciudadanía. Vista la situación, un sociólogo no demasiado audaz pensaría que España vive un momento de profunda conflictividad social con los trabajadores en huelga y peligrosos brotes cercanos al estallido social.

Ni mucho menos. Ya se han encargado los sindicatos de clase de rechazar la hipótesis de defender los derechos de los trabajadores poniendo sobre la mesa los conflictos latentes. La receta, ya lo sabemos, es el diálogo social única y exclusivamente. Incluso en la ultramontana Comunidad de Madrid no se plantea el camino hacia la huelga, sino que se demanda simplemente a la lideresa que convoque el diálogo social. Todo parece tranquilo, como si viviéramos en una situación de opulencia de los trabajadores y estabilidad a la vista.

¿Todo parece tranquilo? No. Precisamente allí donde efectivamente hay opulencia de los trabajadores y estabilidad a la vista aparece la conflictividad social. Hoy sólo aparecen dos sectores profesionales dispuestos a luchar conflictivamente por sus derechos: los jueces y los pilotos y controladores aéreos. La huelga, disimulada o no, se ha convertido en un instrumento de presión colectiva que sólo usan los trabajadores más ricos, entre otras cosas porque hemos permitido que la gran mayoría de los trabajadores tengan pánico a perder lo poco que tienen (sueldos bajos, contratos basura) sin estar amparados por el grupo, por la acción colectiva, por lo que fue el sindicalismo de clase.

No se entiendan estas líneas como una crítica a jueces, pilotos ni controladores aéreos: desconozco sus conflictos y por tanto no tengo posición al respecto, salvo que todos los trabajadores tienen derecho a la acción colectiva para la defensa de lo que consideren sus derechos laborales: y si son los del conjunto de los trabajadores (oh, antigualla), mejor. Pero es un síntoma terrible de hasta dónde hemos permitido llegar al neoliberalismo: hemos conseguido arrebatar la huelga como instrumento de presión a los trabajadores más necesitados para que sea un instrumento exclusivamente en manos de los trabajadores intocables.

Es lo que tiene la vocación individualista. Casi nadie ha intentado evitar estar en un mundo que sólo contemple una instrucción: «sálvese quien pueda». Y eso es lo que ha terminado sucediendo: que sólo se salva quien puede.