Blog de Hugo Martínez Abarca

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Qué raros son estos «constitucionalistas»

No tengo muy claro por qué la hidra aznarista se niega a condenar el franquismo. No pasaría nada. Condenar algo ya se ha convertido en un ritual que no exige coherencia alguna con esa condena. Y no creo que a estas alturas a los votantes del PP y Ciudadanos, los partidos que ayer se negaron a condenar la dictadura franquista en el Senado, fueran a castigar una condena de la que probablemente ni se enteraran. Si hasta Aznar en los años 90 se hacía pasar por admirador de Manuel Azaña…

Lo más revelador de la votación de ayer en el Senado fue la enmienda que propuso el Partido Popular: pedía ilegalizar las organizaciones que defiendan el «comunismo y todas aquellas ideologías populistas que fomenten el enfrentamiento entre ciudadanos«, eso sí, para «seguir protegiendo los valores fundamentales de nuestra democracia recogidos en nuestra Constitución española de 1978«.

Vamos a dejar a un lado la patochada de ilegalizar cualquier «populismo que fomente el enfrentamiento entre ciudadanos», dado que es una definición que permitiría ilegalizar a cualquier organización política que defienda algo que no defienda todo el mundo. Dejamos de lado, por supuesto, que prefieran ilegalizar a partidos por tener una ideología que no les gusta que a, pongamos, un partido que hubiera creado «un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional».

Más allá de eso, son muy raros estos constitucionalistas. Uno de los titulares ya olvidados que logró Pablo Casado fue anunciar que iba a proponer «una Ley de Concordia que reivindique la Transición» (con la que derogaría la Ley de Memoria Histórica). ¿Qué parte de la Transición quiere reivindicar Pablo Casado? El hito fundamental que hizo creíble para el mundo que España estaba recuperando la democracia fue la legalización del Partido Comunista de España. Y ahora el PP, para condenar la dictadura que asesinó a 150.000 españoles, exige revertir los principales avances democratizadores de la Transición.

Sería una forma muy rara de reivindicar la Transición; suena extraño condicionar la condena a una dictadura a que se reduzca caprichosamente el pluralismo político (condenar la dictadura para recortar la democracia). Pero ya sólo produce una sonrisa. Estamos ya demasiado acostumbrados a que la derecha española use la Constitución y la Transición no para referirse al texto constitucional que tenemos ni a los hechos que sucedieron en España a finales de los 70, sino como una religión política inquisitorial, un martillo de herejes, que sirve sólo para echar del campo de lo políticamente legítimo a quien no esté pegado a los salmos del PP.

Lo más curioso es que el relato que nos contaron de la Transición era justamente el contrario: que fue el momento en el que hubo apertura para que todo el que no fuera un fascista inadaptado o un terrorista tuviera cabida en la política española. Están cambiando el relato tanto que en la Transición que nos quieren defender ya sólo cabría esa Alianza Popular que no votó a favor de la Constitución.

Por fin: el «populismo» que se puede tocar

«Un presupuesto populista» titula esta mañana El Mundo. ABC habla del «proyecto de socialistas y comunistas». «Populismo presupuestario» es la expresión de moda entre los medios del entorno del PP. Pablo Casado pone, qué sorpresa, la guinda: «estos presupuestos traerán hambre, como en Venezuela«. A falta de un examen más exhaustivo, sorprende que no nos explique nadie que son los presupuestos de la ETA. A ver si mañana.

Tras años de populismo penal (¡prisión permanente revisable!), populismo nacionalista (¡pon tu bandera en el balcón!) y mil formas de demagogia que nunca se llamaban «populismo» en esos mismos diarios, lo que ahora llaman populismo se puede tocar, va a mejorar la vida diaria de los españoles: aumenta el salario mínimo, se garantiza el poder adquisitivo de las pensiones, se recupera la sanidad, la investigación, se acota la burbuja del alquiler… Tras hacer el ridículo diciendo que le suben los impuestos a «la clase media y trabajadora» (a las personas que ganan más de 130.000 euros, cuando el salario más común en España está en 16.500 euros), PP, Ciudadanos y sus mariachis mediáticos han tenido que recurrir a los adjetivos menos imaginativos para atacar unos presupuestos que ayudarán a vivir mejor a la infinita mayoría de los españoles y exigirán arrimar el hombro a las grandes fortunas, las multinacionales, las grandes empresas y a la economía especulativa. Mientras, los impuestos bajarán para las pequeñas empresas y baja el IVA a productos como los de higiene femenina, veterinarios…

Es difícil convencer a la infinita mayoría de los españoles de que eso no es positivo. Y más difícil es atacar medidas concretas sin que sea demasiado evidente que se está sirviendo a los intereses de una pequeñísima minoría de millonarios.

Aunque los últimos cuarenta años hayan arrasado con un modelo más justo, el acuerdo se parece mucho a recuperar las políticas socialdemócratas que llevaron a Europa a sus mejores datos económicos y sociales en los años 50 y 60. No sólo son presupuestos viables, es que es el único camino viable: la política de recortes, las nuevas burbujas, la radicalización del modelo que nos había llevado a la crisis… vuelve a amenazar al mundo con otra crisis. España se acercó ayer a Portugal: el único país de Europa en el que se está logrando avanzar en bienestar material para todos y con ello saliendo de la crisis.

La política es esto. La política es pelear mucho por arrancar unas mejoras. Unas mejoras insuficientes, claro que sí, por supuesto que hay que seguir avanzando, pero también es evidente que no recordamos un giro presupuestario tan positivo como el que se plantea gracias a que tenemos el primer gobierno obligado a negociar con fuerzas que defienden mayores avances sociales y democráticos.

La política es lo que pedían las plazas, la política es lo que llaman populismo y comunismo quienes se creen que España está llena de salarios de 10.000 euros al mes. Esta sí es la política con la que da gusto arrimar el hombro. Recuperemos la política.

Quiénes faltan

De los imaginarios de lo popular frente a las élites dominantes seguramente no haya uno más eficaz que el que universalizó Occupy Wall Street: su «We are the 99%» es el equivalente a nuestro «los de arriba y los de abajo» pero dejando claro que los de arriba son una ínfima minoría, que los saqueados son la práctica totalidad de la sociedad. Que es un conflicto entre élite y pueblo y que la dignidad de éste no puede ser atacada si toma conciencia de sí como pueblo, como unidad política legitimada para ejercer como tal el poder en una democracia,.

Uno de los instrumentos para conseguir la unidad de los de abajo (los oprimidos) fue representarlo simbólicamente, generar identidades nuevas que permitieran recoger la necesidad de justicia social, de derechos humanos, de democracia. En la Asamblea Nacional francesa los representantes de los derechos de los de abajo se sentaron a la izquierda. Ya estaba.

Uno de los hallazgos del 15M y de Podemos desde su nacimiento fue identificar que vertebrar el conflicto en nuestra sociedad en torno a izquierda y derecha se había convertido dos siglos después en regalar la partida a las élites que habían logrado llevar esas identidades a una especie de contienda religioso-deportiva: uno es de izquierdas o de derechas en función de si su familia ha sido de izquierdas de toda la vida («de Felipe hasta la muerte», se decía en los 80) o de si uno es religioso o siente fervor por los símbolos nacionales… cosas que guardan escasísima relación con el origen de esas identidades.

Quienes me conocen saben que siempre me he ubicado en la izquierda la izquierda a la izquierda del PSOE» había que aclarar siempre).

Hubo dos conversaciones que me hicieron ver la luz. Una con un buen hombre de-derechas-de-toda-la vida; otra con mi amigo Jorge Caplan (un leninista de pro).

El buen hombre de derechas (que se sienta a mi lado en el fútbol) me enseñó la marca que tenía en la espalda por un porrazo de la policía (a las órdenes de Cristina Cifuentes, por cierto). Me explicó que el porrazo había sido en la concentración del 25 de septiembre de 2012 («Rodea el Congreso»). Pensé que estaría por allí dando un paseo y sería una víctima colateral. Pero me lo aclaró pronto: «Yo de esas cosas no entiendo mucho, pero ahí es donde estaba el pueblo y yo estoy donde está el pueblo». No se había hecho de izquierdas, no estaba pensando en eso: estaba con el pueblo, nada más. Nada menos.

Jorge Caplan me comentaba lo escasa que es la apelación a la izquierda en los textos de Lenin: sólo para criticar el infantilismo de las posiciones cuyas vísceras vencen al análisis material. «Yo, como soy leninista, nunca cito a Lenin ni digo que soy leninista: sé que hoy puede sumar mucho lo que escribió Lenin… con la condición de que no sea necesaria una suerte de conversión religiosa al leninismo o enterarse de que ese señor no es la caricatura que nos ha llegado. Qué más me da: yo no quiero que sean fans de un señor muerto ni que decidan que por fin son del equipo colorado. Lo que quiero es que se unan por abajo para que dejen de robarles«. Su conclusión fue: «Yo soy populista a fuer de leninista«.

Uno de los debates que necesariamente tendrá que tener Podemos en esta fase es quiénes son los que faltan. Incluso en el caso de que haya terceras elecciones es necesario abordar ese debate y si realmente queremos un proyecto de largo alcance tendrá que trascender no sólo de las identidades previas (izquierda-derecha) sino también de los marcos electorales. Los que faltan no son quienes se abstuvieron o quienes votaron al PSOE: ese es un análisis imprescindible para un proceso electoral, pero si ponemos las luces largas no se trata de rascar votos de acá o de allá sino de conformar un sujeto político que supere a los sujetos políticos que han dado lugar al turnismo, al saqueo en nombre de la democracia.

Ese nuevo sujeto político (el pueblo, salvo que alguien piense uno más eficaz en términos democráticos y emancipadores) necesariamente tendrá consecuencias electorales positivas, pero ahora por fin nos podremos permitir que los bueyes vayan antes que el carro: si estamos diseñando un ejército regular es necesario evitar articularlo en torno a las categorías de la máquina electoral.

La fase en la que entra Podemos es la de poder poner en marcha su propuesta política original, incompatible en buena parte con las urgencias electorales en las que hemos vivido todos desde 2014 y pese a lo cual Podemos ha crecido y se ha implantado como el actor desde el que necesariamente se construirá el cambio. Ahora, por fin, podemos construir pueblo para que éste construya democracia. En ese pueblo cabrán ese buen hombre de derechas de toda la vida y mi leninista amigo Jorge Caplan. Y muchos más siempre que no se trate de convencer al buen hombre de que se ha vuelto de izquierdas y que se tiene que emocionar con los símbolos que nos han emocionado a muchos ni a Jorge Caplan de que ya no es leninista.

Esa será una de las bases del paso adelante que tiene que dar Podemos para ser la herramienta que vertebre el futuro de nuestros pueblos, el futuro de nuestro país. Adelante, pues.

Otegi, Colombia y el «populismo»

Hace una semana estuve en Telemadrid y una periodista (digamos que cercana al Partido Popular) me preguntó por mi posición sobre la candidatura de Otegi por EH Bildu. Contesté que obviamente no era la candidatura que yo votaría pero que como demócrata prefería que fueran los vascos quienes decidieran por fin con libertad y en igualdad de condiciones quién les representa. La periodista me contestó que si no me daba cuenta de que eso hacía perder votos a Podemos fuera de Euskadi y que «Podemos nunca termina de atreverse a…. [no explicó a qué no terminaba nunca de atreverse Podemos, no fuera a ser mentira] como cuando Pablo Iglesias dijo que Otegi era un hombre de paz«. Ayer volví a ver un mantra casi idéntico en twitter, esta vez de mano de Toño Fraguas:

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Una obligación moral

Ayer no cambió el país tanto como esperábamos. No creo que fuéramos ilusos quienes pensábamos que iba a cambiar mucho más; había razones para preverlo. Mi pronóstico (algún periodista que pidió ayer una porra lo tiene en su telegram) era que seguiría gobernando el PP con una persona distinta a Rajoy pero quedaría hecho añicos el sistema de partidos abriendo la puerta a un cambio político profundo en un tiempo más o menos cercano. No ha pasado lo que yo pensaba. Me equivoqué. Seguro que no sólo en el pronóstico sino también en pequeñas apuestas. Estoy convencido de que no en las grandes.

¿Qué ha pasado? No lo sé. Sé algunas cosas. Por ejemplo que no ha pasado una sola cosa sino varias de muy distinta índole que tienen que ver con el análisis del país y con el Partido. Quien crea que hay una causa, se equivoca. Quien encuentre un culpable, se equivoca. Merecemos un análisis sereno y racional, apoyado en datos y debates que no sean una mera confirmación de juicios previos al resultado (como, ay, va a ser parte de esta entrada). 

Ese análisis lo merece sobre todo nuestro pueblo. Podemos (Unidos Podemos) es una de las mejores cosas que le ha pasado políticamente a este país en michísimo tiempo. Tenemos la obligación moral de preservarlo de tentadoras guerras internas tras un resultado no satisfactorio, recordando que en Podemos no hay ni deberá haber corrientes ni facciones que compitan por el control de los aparatos pues eso nos convertiría en un partido más. Debemos seguir siendo una marea de voces plurales, donde se discute y debate de todo, pero sabiendo que la organización y sus órganos son instrumentos para cambiar las cosas, no campos de batalla. 

Podemos reúne a algunas de las más lúcidas cabezas políticas que hay en nuestro país, algunas de las personas con más coraje para poner en marcha análisis políticos. En primer lugar Pablo Iglesias, sin duda el tipo con más intuición política que he conocido. Sin la lucidez, coraje y fraternidad de estos imprescindibles nuestro pueblo hoy no tendría la herramienta de cambio político que más cerca de conseguir justicia, democracia y libertad hemos tenido en demasiadas décadas. Tenemos la obligación moral de poner a trabajar a pleno rendimiento toda esa lucidez, todo ese coraje y la máxima fraternidad, que es el valor revolucionario que siempre se nos olvida.

Creo firmemente en la apuesta que nos hemos marcado: construir un pueblo con el que cambiar el país en el rumbo de la emancipación. Ayer podríamos haber ganado un gobierno o haber avanzado mucho más. Pero un pueblo no se construye en un par de años de maratones electorales (aunque es cierto que esa construcción arranca el 15M, hace cinco años, pero la reflexión vale igual). Lo que hemos demostrado hasta ahora es una enorme capacidad para tomar posiciones: nadie hubiera apostado por en un periodo tan breve tener 71 diputados en el Congreso que plantearan que entre nuestro pueblo y las órdenes de Merkel éstas son irrelevantes. Nadie hubiera apostado por ello y habrían visto con asombro que lo recibiéramos con decepción.

Ya digo que no sé muchas cosas. Sólo tengo algunas intuiciones. Si me preguntaran, y quizás como provocación, aportaría como una de las causas de no haber avanzado tanto como esperábamos haber sido demasiado poco populistas. La tensión en la que estamos no es entre moderación y radicalidad como pretenden nuestros enemigos sino en cómo lograr ocupar la centralidad política (la hegemonía). Hubo un tiempo bastante largo en el que un 80% de la población se identificaba con el 15M sin que ello supusiera que el 15M quisiera ser amable y digerible; pero había roto los esquemas de la confrontación política de tal forma que sus propuestas radicales generaban un nuevo sentido común.

Digo que hemos sido demasiado poco populistas y no me refiero a esta campaña sino a bastante tiempo reciente (incluida también el tiempo que nos llevó al éxito del 20D, no pretendo ser oportunista). Necesitamos polarizar con algo que simboilice los ataques sociales y políticos que sufre nuestro pueblo. En el origen de Podemos (cuando yo no formaba parte de Podemos) esto fue la casta. Hoy polarizamos con el Partido Popular. Y eso nos ha remitido (mucho más que la confluencia con Izquierda Unida) al eje izquierda-derecha en el que cualquier cosa es aceptable con tal de que no sea el Partido Popular, la derecha. Afortunadamente tuvimos la firmeza de evitar la trampa que tendió el PSOE con su acuerdo de Ciudadanos y cuya asunción podría haber supuesto la definitiva entrega al eje izquierda-derecha en el papel de comparsas.

Necesitamos polarizar con poder real, no sólo con un instrumento concreto de ese poder. La polarización que necesitamos no es (sólo) entre partidos sino entre pueblo y élites, con el nombre que le demos para simbolizar a esas élites.

También necesitamos darle un nombre al cambio. En Cataluña ese nombre ha sido «Independencia». Más allá de que uno desee que Cataluña no se independice es obvio que ha funcionado como un catalizador transversal de esperanzas de cambio. El independentismo es, sin duda, un proyecto populista (no en el burdo sentido de «demagógico» sino en el que se sitúa en nuestros debates sobre populismo). Y ha sido bastante exitoso en la conformación de pueblo y transversalidad.

Quedarán muchas reflexiones que hacer, muchos debates que tener y mucha generosidad, escucha y fraternidad. Los medios del poder ya están situando ese conflicto en ejes faccionales soñando con una guerra interna que sería indiscutiblemente letal para Podemos. Tenemos la obligación moral, insisto, de sentarnos, examinarnos con honestidad y ponernos en marcha.

Por fin tenemos el tiempo y la tranquilidad para pensar a medio y largo plazo. Y tenemos unos mimbres fabulosos.

Que no se nos olvide una imagen impresionante: la plaza del Reina Sofía ayer abarrotada de gente pese a que todos tuviéramos la sensación de cierto fracaso. Esa gente exige que estemos a la altura. Y lo estaremos.

Historia y mito en nuestra lucha política (artículo en eldiario.es)

La Historia es nuestra y la hacen los pueblos

Hace unos días escribía un sugerente artículo en eldiario.es Sebastián Martín que, con su habitual inteligencia y honestidad intelectual, se cuestionaba sobre los riesgos de construir una representación de la Historia (esto es, una memoria) como instrumento político incluso como instrumento político emancipador. Lo hacía a partir de un apunte mío sobre la disputa del Dos de Mayo dentro de una reflexión más general sobre la que escribí hace algunos años bajo el título Otra memoria de España es posible.

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La clase, la casta y la antipolítica (artículo en Cuarto Poder)

Durante el siglo XIX los socialistas y los demócratas iban de la mano e incluso muchas veces eran los mismos. Se oponían a la “democracia” censitaria por la cual sólo una élite propietaria podía votar y exigían el sufragio universal (primero masculino; luego real). La lógica de ambos bandos no era moral sino materialista, de clase: la élite económica pretendía quedarse para sí los derechos políticos pues si sólo votaban los propietarios (con la excusa de que eran quienes pagaban impuestos) elegirían representantes de sus intereses; por su parte los partidos obreros suponían que el sufragio universal daría a la mayoría social la mayoría política. La democracia era una cuestión de clase.

Sigue en CuartoPoder.

El programa imposible del profesor Sánchez

Como desde el 25M todo posicionamiento político pasa por responder preguntas sobre Podemos, Pedro Sánchez se ha pronunciado. Y lo ha hecho refiriéndose a algunos de los aspectos que Podemos comparte con muchas otras organizaciones políticas, singularmente con IU. «Plantear cuestiones como el impago de la deuda o plantear que no se rescaten a las cajas y bancos y que se dejen quebrar es llevarnos directamente a la Gran Depresión de 1929«.

En primer lugar, no sabemos si Pedro Sánchez es ignorante o un mentiroso. Ni Podemos ni IU plantean que las cajas y bancos en vez de ser rescatados «se dejen quebrar«: la propuesta de Izquierda Unida es transformar en Banca Pública las cajas (la puede ver Sánchez en este documento «Izquierda Unida reclama la intervención de las Cajas de Ahorro y su transformación en Banca Pública« o en cualquiera de los 47.000 resultados que arroja esta búsqueda en google). Podemos, como en casi todo, propone lo mismo: «Creación de una banca pública con gestión democrática bajo control social efectivo, a partir de las antiguas cajas de ahorros convertidas hoy en entidades bancarias y recapitalizadas con dinero público» (página 4 de su programa electoral a las europeas). Así que Pedro Sánchez o no sabe de qué habla o miente (sin descartar que compatibilice ambas). A ver si la próxima vez algún periodista le pregunta si fue la creación de una banca pública lo que trajo el crack del 29.

Sobre la deuda, la cuestión del impago es una evidencia: la deuda no se va a pagar. Lo que hay que hacer es decidir cuánta y cuál no se va a pagar, cómo se va a pagar el resto y si esa decisión la toma el pueblo español o la banca alemana. En función de eso seremos un pueblo soberano que rija su economía con más o menos dificultades o seguiremos sometidos. Pero como Pedro Sánchez sabrá (no en vano es profesor de economía por la prestigiosa universidad privada Camilo José Cela, por la que también obtuvo su doctorado un año después de dejar de ser diputado la primera vez) no hay un sólo país que haya ido a la quiebra por auditar la deuda pública, declarar el impago de la deuda odiosa y negociar una quita del resto de la deuda: todos los países que lo han hecho son casos exitosos. Hay, en cambio, múltiples ejemplos de países quebrados cuyos pueblos han sufrido mucho por el sometimiento a una deuda insoportable: ha sido la política constante del FMI y el Banco Mundial por todo el mundo, la que ahora traen a Europa. A la Gran Depresión nos conduce (más) el artículo 135 de la Constitución (propuesto por el PSOE y votado por Pedro Sánchez) que afrontar la realidad: que la deuda es impagable y que su función hoy es más política (nuestro sometimiento) que meramente mercantil.

Más allá de estos detallitos lo que llama la atención es que los dirigentes del PP y PSOE, que nos han traído a esta quiebra, anden dando lecciones de políticas económicas realistas. Son sus políticas económicas (las del PSOE y PP y las de los PP y los PSOE del resto del mundo) las que nos han traído a esta Gran Depresión, que no es la del 29 sino la de ahora. ¿No estaría mal al menos un poquito de humildad y no dar lecciones tan altivas a quienes no somos responsables de tanto sufrimiento?

¿Nos están diciendo que lo que proponemos es tan terrible que nos conduciría a un punto parecido al que nos han traído estos impresentables? No sé, supongamos que el profesor Sánchez tiene razón. Igual, para llegar a este mismo punto, sería mejor hacerlo con un poco de dignidad. Con populismo, que es como ellos llaman a la dignidad.