Blog de Hugo Martínez Abarca

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El Caso EREs no les parece tan grave

Escuchaba ayer a uno de tantos tertulianos de derechas realizar, con solemne énfasis, piruetas retóricas para colocar el Caso EREs como una financiación ilegal del PSOE. «Decían que el PP iba dopado a las urnas, pero el PSOE también porque con los EREs intentaba comprar ‘paz social’, evitando despidos que podrían venirle mal al PSOE en las elecciones«. Lo peor del disparate es que al tertuliano lo que le parecía mal es lo que se tenía que haber hecho bien: usar los fondos públicos para evitar despidos, no para que se lo llevaran cargos del PSOE, familiares, amigos y demás aprovechados.

El Caso EREs es de una gravedad intolerable. Es lamentable que Pedro Sánchez no compareciera ayer como Secretario General del PSOE a pedir perdón en nombre de su partido. Van a tener muy difícil Susana Díaz en particular y la vieja guardia del PSOE en general salir airosos políticamente y más le vale al PSOE limpiarse a fondo de pasado y de caciquismo si quiere recuperarse singularmente en Andalucía. Tras varios días sentando cátedra sobre lo malo que va a ser el gobierno salido (por segunda vez) de las urnas, ayer callaron Felipe González, Alfonso Guerra, Rodríguez Ibarra… José Bono no: él estuvo en la tele a las 9:30 de la mañana denunciando el comunismo estalinista y el «odio social», pero después de una sentencia que condena el verdadero odio social (el robo a los trabajadores perpetrado por los compañeros de José Bono) calló.

Es intolerable pero parece que a nuestra derecha (política-mediática) no le parece tan grave. El empeño en identificar el Caso EREs con Gurtel, Púnica, Lezo, Taula, Bárcenas, Matas, Fabra, Castor, Espías, Funeraria, Máster, Noos, Palma Arena… evidencia que el Caso EREs no les parece suficientemente grave y necesitan impostarlo. El disparate de equiparar el papel de Pedro Sánchez durante los EREs con el de Mariano Rajoy cuando Bárcenas escribía ‘M. Rajoy’ en su contabilidad de sobresueldos demuestra que les parece poco lo que organizaron los gobiernos andaluces del PSOE. Que traten de deslegitimar la moción de censura de 2018 por el caso EREs (lo han hecho Albert Rivera, Pablo Casado y Santiago Abascal: lo que Colón unió que no lo separe la corrupción) revela que el saqueo del erario sólo les preocupa en cuanto les pueda ser útil partidistamente.

La necesidad de titular «el mayor caso de corrupción» como si la gravedad de un robo se midiera en el dinero robado evidencia uno de los lastres morales que arrastra la derecha (política-mediática) española: que no dicen que ellos no roben, lo único que dicen es que aquí hemos venido todos a robar.

El miedo a hacerlo bien

Según cuentan, anda ERC con miedo a ser consecuente con la campaña electoral que hizo. En estos meses Gabriel Rufián se ha mostrado como un tipo responsable, con altura política y visión estratégica. Era tan convincente en sus argumentos que uno piensa que el verdadero Gabriel Rufián es éste y no el que hacía numeritos retóricos estrafalarios o conducía a sus followers al insulto a quien poco antes le pidiera amablemente la misma responsabilidad, altura política y visión estratégica que él exigiría después a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Dicen que ERC tiene pánico a que los illuminati les llamen traidores apenas unas semanas antes de las muy probables elecciones catalanas. Y que por ello ha pedido a Junts per Catalunya unidad en la investidura de Pedro Sánchez y podría exigir al PSOE compromisos concretos para la puesta en marcha del diálogo en Cataluña. ERC lleva un par de años siendo la cara responsable del Procés: no es un ápice menos independentista que JxCat ni que las CUP, pero sí trata de ser independentista en el mundo real. Y, pese a tanto desprecio antidemocrático al populacho, los catalanes independentistas parecen sentirse mucho más cercanos en encuestas y elecciones al realismo de ERC que al histrionismo suicida. Si hay gobierno habrá diálogo; o al menos, seguro que si no hay gobierno seguirá el bloqueo. Se firme ante las cámaras el formato del diálogo o no; acompañe JxCat o no.

No está sola ERC. El PSOE ha perdido 750.000 votos entre abril y noviembre. No los ha perdido por ser blando con Cataluña sino por ser irresponsable con España. De hecho el 28 de abril se convocó en respuesta a la concentración de Colón en la que la derecha y la extrema derecha española arremetieron unidas contra el felón que rompía España por poner un relator en una mesa de diálogo. Una parte de aquellas elecciones presentaba el bloque de la dureza hipánica frente al bloque del diálogo democrático: y los españoles apostaron por el diálogo. En noviembre Pedro Sánchez viró para intentar atraerse el voto de la descomposición de Ciudadanos a un discurso mucho más duro y en el mejor de los casos no consiguió ni un solo voto así. Si el PSOE quiere gobernar (tener investidura, presupuestos, leyes) tendrá que dialogar. Si no, sólo habrá ganado tiempo.

El miedo al diálogo es, en ambos casos, un prejuicio elitista según el cual el pueblo español y la gente independentista catalana no entienden que no todo se puede hacer a garrotazos. Los datos desmienten este prejuicio: los electores se muestran mucho más sensatos que la imagen que tienen de ellos sus representantes. Y la evidencia es que mientras no haya diálogo y un camino más o menos armonioso no volverán a funcionar las instituciones catalanas ni las españolas (Cataluña aporta 48 diputados a España: que nadie sueñe en la estabilidad institucional si no puede llegar a acuerdos con la mayoría de ellos).

No hay salida para Cataluña ni para España sin diálogo, flexibilidad y renuncias. Todo el mundo lo sabe. Y nadie se atreve a ponerlo en marcha sin que parezca que el propio formato del diálogo es una humillante derrota para el otro.

¿Lo volverían a hacer?

1.- A estas horas y con las últimas encuestas encima de la mesa sólo hay una cosa evidente. La convocatoria de elecciones no sólo fue una irresponsabilidad histórica y estratégica: incluso desde el tacticismo imperante fue un catastrófico error de cálculo. Pensaron en los intereses de partido en vez de en los intereses de país. Y aún así perjudicaron a los intereses de sus partidos.

2.- Primero fue Unidas Podemos. Tenía ganada una buena posición: aquella vicepresidencia y tres ministerios los consiguió con la hábil renuncia a que Pablo Iglesias ostentara personalmente uno de esos cargos tras el farol de Pedro Sánchez. Pero, como siempre, pensaron que era mejor tensar la cuerda porque nunca se rompe, porque al otro lado siempre hay alguien más responsable que prefiere soltar la cuerda antes de que se rompa. Y no lo hubo porque no entendieron que Pedro Sánchez juega con la misma agresividad suicida que ellos. La oferta que tenían en julio era tan buena que según Pablo Iglesias sólo faltaban las políticas activas de empleo y/o tres horas de conversación. Eso fue lo que les separó de aceptar una propuesta de gobierno que nos habría ahorrado a todos los españoles jugar a la ruleta rusa y a su propio partido a unas nuevas elecciones en las que volverán a perder diputados, por supuesto por culpa de los otros. Esa, probablemente, fue la última oportunidad de Unidas Podemos.

3.- Desde que Pablo Iglesias cometió aquel catastrófico error, Pedro Sánchez no disimuló que no aspiraba a nada más que a nuevas elecciones. Se creyó las encuestas según las cuales iba a subir decenas de escaños y podría gobernar sin los partidos independentistas (que fueron este verano mucho más responsables con España que los partidos parlamentarios nítidamente españoles) y decidió lanzarnos a nuevas elecciones. Supongo que tendría alguna garantía de que la sentencia de los EREs (anunciada para la semana pasada desde hace tiempo) se aplazaría; supongo que pensó que la sentencia de Cataluña le reforzaría (es posible que lo haya hecho). Pero a estas alturas no hay nadie del PSOE salvo Tezanos que no firmase repetir los 123 escaños y las posibles alianzas de entonces (excluido el agónico Ciudadanos, que no sumará en ninguna combinación). Si no fuera porque el 11 de noviembre habrá que buscar gobierno, lo normal sería que ese día rodaran las principales cabezas.

4.- Tras este monumental fracaso, ya innegable salvo por la fe religiosa, nadie ha dicho que tras el 10 de noviembre vaya a hacer nada distinto de lo que hizo tras el 28 de abril. Pablo Iglesias sigue insistiendo en que o coalición o nada sin que hayamos escuchado (desde el 28 de abril) una sola condición de acuerdo que afecte a los españoles y no al reparto de ministerios. Pedro Sánchez no sabemos qué propone: parece claro que está en un nuevo paso de la yenka renunciando a sus propuestas progresistas… pero lo que sabemos es que en ningún caso culpa más que a los otros de haberse cerrado en banda a un acuerdo de gobierno que era posible y sencillo y que sólo fracasó por el reparto de ministerios: porque unos exigían tener más y otros se plantaron hasta exigir quedárselos todos. Los dos creen que la culpa fue del otro; así que los dos volverían a hacer lo mismo.

5.- El 10N no va a operar el voto del miedo del 28A. Según todas las encuestas la irresponsabilidad de PSOE y UP sólo va a beneficiar a la extrema derecha más zafia de Europa. Pero no hay una sola encuesta que dé posibilidades de gobierno al PP con Vox: Ciudadanos va a aportar una minucia (posiblemente su última minucia) y con Vox al lado el PP sabe que no podrá sumar a ningún partido para gobernar salvo el tenaz Ciudadanos. Sólo una enorme abstención haría posible un viraje tal que permitiera el gobierno ultra conservador y corrupto que traería la alianza PP-Vox. Por eso era absolutamente necesaria una alternativa progresista en las urnas que permitiera que los votantes indignados con la irresponsabilidad de PSOE y UP fueran (fuéramos) al colegio electoral y sumemos nuestros votos para que haya futuro.

6.- Que el 10N no pueda haber una mayoría de PP-Vox que permita gobierno no supone que eso vaya a ser así para siempre. ¿Volverían el PSOE y UP a hacer lo mismo tras las elecciones del 10N? Si ninguno cree que ellos lo hicieron mal, si ambos creen que es el otro el que tiene que cambiar, ¿se enrocarían ambos en el reparto de ministerios llevándonos a unas terceras elecciones? En tal caso, sí, el resultado sería impredecible como siempre que colapsa un sistema político. Y un nuevo fracaso supondría un colapso intolerable de consecuencias impredecibles pero en ningún caso positivas para los demócratas y mucho menos, en concreto, para los progresistas.

7.- A diferencia del PSOE y UP (y de Ciudadanos, QEPD), el Partido Popular sí se ha sabido mover. Han escondido a Pablo Casado, hasta le han cambiado la cara, sólo Isabel Díaz Ayuso ha sido incapaz de callarse, y probablemente obtengan un resultado catastrófico en términos históricos pero bueno en comparación con el 28A. Si me tuviera que apostar una caña con pincho de tortilla diría que el PP ofrecerá a Pedro Sánchez su abstención en la investidura. Y sólo en la investidura. Y mantendría al PSOE en un gobierno frágil, aislado y paralizado, con los presupuestos de Montoro prorrogados sine die y teniendo que gestionar en esas condiciones la crisis catalana, el Brexit… y sobre todo los nubarrones económicos que asoman. Casado sólo tendría que esperar sentado a la descomposición del PSOE.

8.- Más País es el único partido que habría preferido seguir sin ningún escaño pero que hubiera un gobierno progresista. Incluso en términos de partido, lo que necesitábamos era tiempo para construir un partido verde y feminista, estructurado con democracia, participación y fraternidad y que frente a la política espasmódica se construya a fuego lento. Pero la irresponsabilidad de los partidos que podían haber formado gobierno nos hizo tomar una decisión que no nos convenía. Eso es lo que hay que hacer en política, eso es lo que tuvieron que haber hecho PSOE y UP: si los supuestos intereses de partido y los evidentes intereses de país chocan, hay que elegir los intereses de país. Y, a medio plazo, esos intereses suelen coincidir, como están comprobando PSOE y UP en las encuestas de estos días.

9.- Ante este panorama sigue siendo tan imprescindible como en abril votar. Un hundimiento de la participación es lo único que posibilitaría un gobierno del PP y Vox. Ya lo vimos en Andalucía. Puede que haya gente que piense que el PSOE lo hizo fenomenal negándose a todo acuerdo desde julio porque prefería elecciones. Quien lo piense, que vote al PSOE. Puede que haya gente que piense que Unidas Podemos volvió a acertar negándose a aceptar el gobierno de coalición que tenía en la mesa en julio. Quien lo piense, que vote a Unidas Podemos. Seguro que hay gente que piensa que ambos fueron unos irresponsables con su país y que tendrían ganas de quedarse en casa, que ya votaron pese a todo en abril… Quien lo piense, que vuelva a pensar qué pasará si todos somos tan irresponsables como fueron ellos. Si los mismos hacen lo mismo, no sucederá lo mismo, será mucho peor aún.

La llamada

En general es bastante absurdo dejarse arrastrar por la tentación electoralista cuando llevamos cinco años en campaña electoral permanente. La mejor baza electoral de Pedro Sánchez es la autoridad presidencial pero a golpe de frivolidad da mucha más impresión de permanente candidato electoral que de Presidente del Gobierno.

En general no le sería aconsejable el electoralismo, pero en particular es absolutamente intolerable que el Presidente del Gobierno no actúe como tal sino como candidato electoral ante lo que está pasando en Cataluña. Si actuar con cabeza, con sentido de Estado y con responsabilidad le quita votos, mala suerte: haber evitado unas elecciones sabiendo que justo antes tendríamos sentencia sobre el procés. Ya ha sido una gravísima irresponsabilidad llevarnos caprichosamente a ubicar esta crisis en medio de una campaña electoral como para encima cometer la segunda irresponsabilidad de jugar a la captación de votos en vez de ejercer de Presidente del Gobierno en busca de parches primero y soluciones cuanto antes.

No existe ninguna justificación razonable al paripé de Pedro Sánchez negándose a coger el teléfono a Torra. Da igual la opinión que uno tenga sobre Torra. Si el presidente legal de la Comunidad Autónoma en la que España tiene el principal conflicto político, institucional y de orden público actual llama al Presidente del Gobierno, éste tiene la obligación de coger el teléfono como mínimo para saber qué quiere. Como mínimo.

No cabe siquiera el recurso a una impostada dignidad. Uno comparte que Torra está siendo un presidente calamitoso; no es en ningún caso un disparate pedirle responsabilidad ante el camino suicida por el que van las movilizaciones catalanas. Pero ¿alguien se imagina que Moncloa rechazara, por ejemplo, una llamada de Donald Trump, Boris Johnson o Vladimir Putin (por no mencionar a la familia real saudí, por ejemplo) con cualquiera de los múltiples argumentos dignos que habría para rechazarla? Evidentemente el Presidente del Gobierno se pondría al habla y haría muy bien porque es su obligación. Rechazar la llamada de Torra no es un gesto de dignidad sino una muestra de arrogancia que nunca se habría hecho ante un poderoso mandatario internacional.

El gesto aznarizante de Pedro Sánchez cortando la vía de diálogo con Torra para poder aparecer firme y digno en campaña electoral es un símbolo perfecto de la irresponsabilidad en la que estamos inmersos. No tienen derecho, nadie, a dejar que arda el país por mucho que en elecciones cueste más llamar a los bomberos. Y mucho menos si estamos en elecciones porque decidieron que a ellos les venía muy bien.

Por una (carísima) investidura gratuita

No quedan demasiadas esperanzas en que impere la razón y de la ronda de consultas de hoy y mañana salga un candidato con la investidura garantizada. Si alguien tuviera que apostar dinero, evidentemente lo haría pensando que el 10N habrá elecciones. Si alguien tuviera que hacer planes, también. Unas nuevas elecciones pueden resultar incluso tentadoras para no pocos partidos. Pero para el país puede ser un desastre no sólo por el riesgo de que gane el trío aznarista sino por la sensación no tanto de Estado fallido como de izquierda fallida, de estar en manos de unos irresponsables con los que es imposible ninguna solución sensata hasta que Casado, Rivera y Abascal se repartan nuestros derechos y libertades.

El PSOE ha demostrado querer elecciones. O, al menos, que desde julio le parece menos grave repetir elecciones que compartir gobierno con otros. Unidas Podemos seguramente no quiera elecciones, pero cometió un grave error de cálculo rechazando la propuesta de julio dando por hecho que así obtendría más: en todo caso también está supeditando los intereses generales al reparto de ministerios. Puede no ser el único cálculo en el que se equivoquen.

Según cuentan los medios no existen negociaciones hoy entre el PSOE y Unidas Podemos. Debe de ser una información veraz porque si existieran tendríamos tuits y fotos detallando los encuentros.

En esta situación Unidas Podemos debería hacer una jugada que, por una vez, conciliaría sus intereses de partido con (¡por fin!) los intereses generales: explicar que han intentado hasta el último momento un acuerdo de progreso que dé un gobierno estable al país pero que, ante la cerrazón del PSOE, anteponen los intereses de los españoles y darán la investidura a Pedro Sánchez sin acuerdo, esto es, pasando a la oposición inmediatamente después.

Esta opción ya ha sido rechazada públicamente por Pedro Sánchez y por Adriana Lastra, pero lo ha sido cuando era una hipótesis negada también por Unidas Podemos. Pero es exactamente lo que han pedido a PP y Ciudadanos que hicieran: si quien lo hace es Unidas Podemos no tendrían ningún argumento para, encima, quejarse. Si el PSOE rechazara ir a una investidura que tiene garantizada y prefiriera ir a elecciones, la dichosa batalla del relato estaría definitivamente decantada; si el PSOE aceptara una investidura en esas circunstancias, Unidas Podemos evitaría unas elecciones que podrían serle muy duras y tendría al PSOE en la necesidad de elegir si llegar a acuerdos legislativos y presupuestarios con UP o con la derecha: ahí, sí, UP tendría la posición de fuerza de la que carece por completo hoy y ninguna hipótesis hace que el resultado del 10N les fuera más favorable que una situación así.

Uno no se mete en política para defender los intereses de un partido como si fuera una iglesia de la religión verdadera sino para defender lo que considera que son los intereses generales. A la infinita mayoría de los españoles les dan igual los intereses de partido y quién pone o no ministerios en el Gobierno. Sin embargo las direcciones de PSOE y UP han decidido ni siquiera disimular que anteponen los intereses privados al clamor general. A estas alturas uno no va a pensar que va a cambiar nada, pero sí cabe una (escasa) esperanza de que, si en el alto mando de Unidas Podemos se unen la racionalidad a esos intereses privados, evitarán la repetición de unas elecciones en las que se pueden llevar sorpresas y ninguna favorable a esos intereses propios (ni a los intereses generales, aunque no cuenten en la decisión).

Si no lo hacen por el evidente interés general, que lo hagan por la pequeñita miopía particular. Una investidura gratis para Pedro Sánchez supondría un gobierno carísimo para el PSOE que se cobrarían las propuestas políticas y el protagonismo parlamentario de Unidas Podemos. Es el único salto con red que pueden dar.

Cierren la puerta (y twitter)

Cuando en julio se reunían las delegaciones del PSOE y Unidas Podemos la abrumadora mayoría de quienes en abril les votamos estábamos atentos con una mezcla de esperanza e incredulidad ante el posible fracaso. Hoy la cosa es muy distinta: ha sido tal el desastre veraniego (con reproches cercanos al insulto y acusaciones graves) que parece reinar una cierta resignación a que la reunión de hoy no sea más que una escenificación compartida de los relatos contrapuestos.

Podría no ser así: las direcciones de Unidas Podemos y del PSOE tienen acreditada experiencia en una forma de negociar agresiva, que tiene más que ver con la compraventa de un inmueble que con la búsqueda de un acuerdo político. Se corre muy rápido hacia el barranco pensando siempre que es el otro el que va a frenar responsablemente para evitar la caída al abismo de los dos. Hasta que no pare nadie. La gran dificultad que uno intuye no es tanto política como escénica: el tipo de guion con el que se conducen PSOE y UP lleva a que hacer las cosas bien (renunciar a posturas inamovibles, moverse, aceptar propuestas y dificultades del otro) se confunda con ser humillado, con la derrota, con pasar por debajo del futbolín.

Doy por hecho que Cebrián (los cebrianes del mundo) tiene razones no escritas para defender un gobierno de coalición. Pero las escritas son perfectamente comprensibles desde su posición política. Si uno quisiera un gobierno del PSOE estable, con una izquierda sin capacidad de confrontar con él al borde de una nueva crisis económica (y política) porque fuera cómplice de sus carencias y errores (que habrá de ambos, como en cualquier gobierno), querría a Unidas Podemos en el Gobierno. Por contra, a Unidas Podemos le podría resultar mucho más eficaz condicionar con eficacia al Gobierno, pero conservar la autonomía y la distancia. Parecería que la dirección de Unidas Podemos no es consciente de que la gestión parlamentaria de los diez meses que fueron de la moción de censura a las elecciones de abril han sido los que más le han ayudado a ser percibidos como una fuerza adulta y, sobre todo, útil. Unidas Podemos no cayó en abril por esos diez meses, sino que esos diez meses le ayudaron muchísimo a amortiguar la caída prevista.

Que PSOE y UP se enroquen en las posiciones aparentemente contrarias a lo que les interesaría estratégicamente como partido con mirada a medio y largo plazo va de la mano de una obstinación indefendible: frente a los urgentes problemas de los españoles, se está imponiendo una dificultad absolutamente secundaria se mire por donde se mire como es quién pone los ministros. Las dos direcciones están corriendo hacia el barranco, pensando que va a parar el otro a tiempo, arriesgándose a caer ambos con lo que nos llevaría al abismo a todos los españoles, especialmente a la mayoría progresista, por una cuestión que, en general (y citando a uno de los contendientes), «nos la bufa».

En julio escribí que deberían tomarse la negociación como un cónclave vaticano: encerrarse con llave y no salir hasta que no haya fumata blanca. Hoy añadiría que además de cerrar la habitación con llave, los negociadores deberían apagar las redes sociales. Porque lo único que puede hacerles creer que sus votantes tienen más interés en si hay o no coalición que en desatascar de una vez el país, ponerlo a funcionar y a avanzar, es que confundan el pequeño enjambre de aduladores (existentes o no) que elevan a cuestión teocrática cualquier argumentario faccional: más les vale no confundir ese ruido con una opinión generalizada o se toparán con ésta de bruces el próximo 10 de noviembre.

PSOE y Podemos juegan con fuego

Se suele decir que en unas elecciones lo más importante es qué pregunta están contestando los votantes al introducir su papeleta. El 28 de abril la pregunta fue evidente: ¿Quieres que en España haya un gobierno controlado por la extrema derecha? Esa pregunta movilizó a millones de españoles, reduciendo la abstención al mínimo. Esa pregunta llevó al PSOE a la victoria y a Podemos a un resultado menos malo del previsible porque muchísimos votamos recordando el riesgo que teníamos y olvidando los motivos para no votarlos.

Si vamos a elecciones en noviembre, la pregunta será distinta. El fracaso de las negociaciones entre PSOE y Podemos es un disparate: nadie el 28 de abril por la noche dudaba de que se alcanzaría un acuerdo de gobierno; y quien intuyera dificultades las veía más por un posible ensimismamiento de los partidos independentistas que por un desencuentro entre PSOE y Podemos. Realmente hay muy poca gente a quien le importe lo más mínimo si vamos a un gobierno de coalición o no, que parece ser el motivo de los enroques. Nunca como en estas negociaciones había habido una exhibición de lucha por el cargo como prioridad absoluta; no sólo en las nacionales, también en las autonómicas y municipales, como evidencia el acuerdo entre PP y Vox con sólo tres puntos: el gran sillón para el PP, los sillones de Vox y el compromiso de ambos de guardar en secreto el acuerdo.

La pregunta que responderán millones de españoles si se repiten elecciones es «¿Estás harto de éstos?«. Y esa pregunta tiene respuestas mucho más complicadas que la del 28 de abril. Primero porque lo que generará es una altísima abstención y es absolutamente impredecible qué votantes se abstendrán. Y segundo porque los votantes menos incondicionales (la mayoría) del PSOE y también de Podemos tienen razones para estar muy enfadados con la irresponsabilidad absoluta que habría malbaratado el alivio democrático con el que toda España respiró el 28 de abril por la noche.

En enero de este mismo año, tras las elecciones andaluzas, parecíamos condenados a un gobierno de la derecha con la extrema derecha (o incluso viceversa). Hoy parecemos tener asegurada una mayoría demócrata y progresista. Y no es así en absoluto. Que no jueguen con fuego, que puede arder todo.

Nuestras dos únicas alternativas

Escribía ayer sobre las tres únicas opciones que tiene Ignacio Aguado en la Comunidad de Madrid: o gobernar con Vox o sentarse a hablar con el PSOE y Más Madrid o llevarnos a los madrileños a nuevas elecciones como si eso solucionara algo. Después se reunieron Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón y propusieron a Ciudadanos sentarse a hablar para una posible investidura del candidato más votado y que suma más apoyos (salvo que PP y Ciudadanos ya sumen los votos de Vox como propios).

Quizás también cabría plantear, como con Ciudadanos, cuáles son las alternativas de las fuerzas progresistas. 

El 26 de mayo los madrileños repartieron las cartas de la partida. Con esas hay que jugar. A muchos nos gustaría poder hacer todo lo posible por un gobierno de transformación para la Comunidad de Madrid. Pero es que todo lo posible es nada. Hay 64 diputados para un gobierno progresista (no ya transformador) y 56 de derechas y 12 de extrema derecha (por resumir, aunque es evidente que entre los 56 de derechas alguno de extrema derecha también hay, como el ínclito David Pérez). 

Las sumas posibles para conformar gobierno son las siguientes (no hay otra, aunque a cada una de estas sumas se pueden sumar más partidos, obviamente):

-PP+Ciudadanos+Vox (todos votando sí)

-Psoe+Ciudadanos+MM (podría abstenerse uno de los tres que no fuera el PSOE)

-PSOE+PP+Ciudadanos (podría abstenerse uno de los tres que no fuera el PSOE)

Unidas Podemos no da ni quita la mayoría a ninguna de las combinaciones posibles. Y en todas las combinaciones es necesario el voto favorable o abstención de Ciudadanos. Así que sólo Ciudadanos puede mandarnos a otras elecciones más en otoño y por tanto sólo a Ciudadanos cabría responsabilizar del fracaso de tener que ir a unas nuevas elecciones claramente evitables.

Todo lo que no sean esas tres combinaciones o una nueva convocatoria electoral no es que sea iluso, simplemente es imposible: como cantaban Mártires del Compás, las matemáticas no aman, pero tampoco fallan. Y no hace falta ser leninista para saber que en política se actúa sobre la realidad existente, no sobre la que nos gustaría que sucediese: es lo que diferencia la política de la vida contemplativa religiosa. Esas son las combinaciones por mucho que nadie se empeñe en que hará lo posible por construir otras.

Así pues podemos pensar qué objetivo tiene un partido progresista. Puede aspirar a echar cuentas electorales y crecer en las próximas elecciones. En ese caso estoy bastante convencido de que Más Madrid no saldría perjudicado de unas nuevas elecciones, aunque uno nunca sabe en qué se va a transformar la justa indignación ciudadana ante unos partidos incapaces. Pero si un partido se diferencia de una empresa que sólo busca balances contables es en que debería buscar mejorar la vida de la gente a la que representa. 

¿Cuál de las opciones realmente existentes es mejor para la vida de los madrileños y (sobre todo) de las madrileñas? 

Parece innegable que un gobierno acordado y condicionado por Vox sólo puede acarrear más sufrimiento, discriminaciones y recortes de derechos y libertades salvo para miembros de manadas y agresores de mujeres, homosexuales, bisexuales, trans, negros, moros… ¿Hay alguien progresista (o simplemente demócrata) que no prefiera que Vox sea lo más irrelevante posible?

Una opción sin Vox (probablemente la más difícil de todas) sería el PSOE con el PP y Ciudadanos. No parece una gran idea salvo para los corruptos amamantados por el PP durante 25 años de degradación institucional. Más allá de que se antoja imposible que el PP colaborase en su desalojo del tinglado (le interesa mucho más arriesgarse a elecciones que permitir que otros puedan abrir cajones) no creo que haya ningún progresista madrileño que crea que esa suma pueda suponer algo de limpieza institucional ni que fuera la mejor de las posibles. Pero igual alguien prefiere que el PP siga en el gobierno autonómico madrileño.

Por tanto queda la opción de intentar un gobierno en el que como mínimo Más Madrid, PSOE y Ciudadanos estemos de acuerdo. Esto presenta dos grandes dificultades. La primera es la resistencia de Ciudadanos, que sigue simulando que su acuerdo con el PP (56 diputados, uno menos que PSOE más Más Madrid) tiene alguna viabilidad sin más socios. O Ciudadanos ha decidido condenar a los madrileños a elecciones o tendrán que ser flexibles hacia algún lado: hacia el lado progresista o hacia la extrema derecha. La otra dificultad obvia es que un gobierno así no sería un gobierno que lograra los avances sociales, económicos y posiblemente medioambientales (si Ciudadanos mantiene la irresponsable posición que tiene en la ciudad de Madrid) que necesita Madrid. Sería un gobierno de higiene democrática, de regeneración de una Comunidad de Madrid torturada por la corrupción estructural y de defensa de la democracia y las libertades amenazadas por la extrema derecha. Pero de las opciones realmente existentes ¿hay algún progresista, algún demócrata, que no crea que es la que mejor vendría a los madrileños?

España está colapsada por la falta de ideas, de riesgos, de cintura ante las situaciones novedosas. La propuesta de hace semanas de Íñigo Errejón concretada ayer de acuerdo con Gabilondo es arriesgada, difícil y posiblemente menos rentable para Errejón y para Más Madrid que otras más conservadoras. Pero para los madrileños no parece dudoso que sea la mejor opción entre las posibles.

Hay dos opciones: intentar, por difícil que sea, el mejor gobierno posible para los madrileños, o resignarnos a que la extrema derecha aplique el programa que recitó el jueves Rocío Monasterio. No tengo dudas.

¡Lex Luthor, candidato!

Este fin de semana PP, Vox, PSOE y Ciudadanos han ido anunciando algunos detalles de las que serán sus listas a las generales de 2019. Las claves comunes han sido la laminación de la pluralidad interna (donde la hubiere) y, en el caso de PP, Vox y Ciudadanos, algunos fichajes que dicen mucho del partido.

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Sala Segunda – Poder Judicial – Régimen

En los últimos años se han dejado descansar los aspectos centrales de la política española en el Poder Judicial. El fenomenal problema político que tiene España con Cataluña se decidió no afrontar políticamente sino sólo judicialmente. Y ante un problema de corrupción monstruoso no hemos tomado medidas contra la corrupción sino que hemos puesto un listón judicial (bastante absurdo, por cierto): la imputación. Así, todos sabemos que Pablo Casado ha falsificado básicamente todo su currículo universitario, pero como el Tribunal Supremo decidió que él no debía ser imputado/investigado por esa falsificación, no pasa nada. En cambio, cuando otros cargos políticos evidentemente honrados son acusados (a veces precisamente por los corruptos) y un juez decide tramitar la investigación… los ponemos en la picota.

La política española descansa en su Poder Judicial. Y más concretamente en la Sala Segunda del Tribunal Supremo, la encargada de juzgar a los aforados acusados de delitos: es decir, a los principales corruptos de España y a los políticos catalanes independentistas; y en ausencia de aforados, es la sala a la que llegarán los recursos de todos los casos de corrupción. Cuando Cosidó presumía de que el pasteleo con el PSOE le permitía mangonear la Sala Segunda del Tribunal Supremo lo que estaba diciendo era que el PP iba a controlar la parte del Tribunal Supremo que le interesa: la que juzga los robos del PP y la que juzga a los políticos catalanes. Lo cual reduce la legitimidad de sus sentencias en esos casos a la nada. Es posible que Cosidó tenga que abandonar su cargo por lo mismo por lo que lo abandonó Cospedal: porque esas cosas no se dicen, se hacen, se saben, se cuentan en un reservado sin cobertura, pero no se mandan a un chat de ciento y pico personas, que pareces nuevo.

En las últimas semanas nuestro Poder Judicial ha ido recolectando razones para merecer la máxima desconfianza. Aún está caliente el escándalo de la sentencia sobre el impuesto de las hipotecas, que dejó en ridículo al Tribunal Supremo rectificando por métodos sorprendentes una sentencia que pudiera beneficiar a la ciudadanía frente a la banca. A la luz de los mensajes de Cosidó es más fácil entender por qué es tan frecuente que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condene a España por no haber dado un juicio justo a los casos relacionados con la política: el último fue (de nuevo) Arnaldo Otegi; el próximo podría ser cualquiera. Y después hemos visto cómo PP y PSOE pactaban cómo iba a ser el Tribunal Supremo y cómo iban a votar los jueces que ellos acordaran. Finalmente hemos visto el mensaje bochornoso e idiota de Cosidó y, tras tantísimo bochorno (nunca antes) el propio Marchena ha tenido que apartarse y renunciar a ser votado por los jueces al dictado de PP y PSOE. El propio archivo del caso Casado, simplemente por el privilegio estar aforado ante el Supremo, echó unas cuantas paletadas de tierra sobre la tumba de Montesquieu y con los mensajes de Cosidó se entiende aún mejor.

La crisis de legitimidad del Poder Judicial es monumental y es muchísimo más importante que el colapso funcional al que ha conducido la renuncia de Marchena y el patético teatrito del PP para acusar a los otros de su mangoneo y su torpeza y registrar como gran novedad una ley de 1980 (que, por cierto, en nada hace al Poder Judicial más democrático que el actual sistema). Lo peor no es que se rompa el acuerdo del chalaneo: lo peor es el desnudo integral del edificio judicial español.

La crisis de legitimidad del Poder Judicial sería siempre una crisis de Régimen, pero muchísimo más cuando por incompetencia hemos dejado caer en el Poder Judicial el principal peso del rumbo político del país. Y aún más cuando el resto de las instituciones (empezando por la Jefatura del Estado) están lejísimos de haber superado la crisis de Régimen que acarrean desde hace años.

Poco a poco, gota a gota vuelve la crisis de Régimen.

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