Blog de Hugo Martínez Abarca

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Miedo a la democracia

Estos días se están celebrando en muchas universidades españolas consultas populares sobre monarquía o república. Y este domingo 2 de diciembre habrá más de cien mesas por todo Madrid donde la gente pueda votar en consultas análogas. Evidentemente el lunes nadie proclamará la república o asumirá la monarquía en función del resultado. Estas consultas son un ejercicio libre, pacífico y democrático de libertad de expresión de gente, fundamentalmente joven, que tiene una opinión legítima sobre su país y quiere expresarla. Y tienen un potencial inmenso de futuro porque las mueve gente común con una propuesta sensata de país al margen de ningún partido.

Hace un par de días el PP de Madrid organizó una charla con el asombroso título ‘Estado de derecho como garantía de libertad‘ en la que al parecer se explicó como saltarse el Estado de derecho para vulnerar la libertad. La oradora (Isabel Díaz Ayuso, la jefa de la comunicación del PP de Casado, viceconsejera de Presidencia de la Comunidad de Madrid, conocida por diferenciar entre musulmanas y españolas, por atacar el feminismo y acosar en público desde el gobierno a Telemadrid por informar sobre la inauguración de Gran Vía) anunció que emprenderían acciones legales contra estas consultas porque son «ilegales» y sirven «para alentar el odio».

Es evidente la legalidad de las consultas, que son un nítido ejercicio de libertad de expresión y además es un instrumento de manifestación de opiniones que se ha utilizado muchísimas veces (contra la privatización del Canal de Isabel II que intentó el PP, por ejemplo, votaron 167.000 personas). Y, para cualquier persona con mínima sensibilidad no ya democrática sino simplemente racional, es evidente que en absoluto significa alentar el odio algo tan legítimo como expresar la voluntad de un cambio político e institucional en clave democrática y modernizadora. Sólo los discursos que defienden dictaduras, porque la democracia divide al pueblo, puede encontrar odio en la expresión democrática y pacífica de una propuesta absolutamente legítima para su país.

Si el PP piensa que una expresión así debe ser ilegal y alienta el odio, el PP se está haciendo un retrato como un partido fanático y profundamente autoritario.

Lo verdaderamente interesante es la alergia que produce a las élites políticas y empresariales que han podrido nuestras instituciones (las instituciones del 78, por cierto) que haya movimientos populares que propongan un cambio sustancial para España vertebrado desde la democratización de la jefatura del Estado. Como es revelador el miedo del CIS a volver a preguntar sobre la cuestión tras el enésimo (pero primero con Felipe VI) suspenso de la monarquía en 2015. Hay toda una corte corrupta que ha vivido muy bien a la sombra de Zarzuela y que necesita la supervivencia del tinglado.

Si España es una democracia consolidada, si la Transición salió tan bien, si libertad sin ira libertad y si no la hay sin duda la habrá, si habla pueblo habla… ¿qué miedo tienen al pueblo? ¿Tan seguros están de que a poco que la gente debata, hable, opine, se exprese… pondremos en marcha un país distinto más difícil de parasitar por los corruptos? ¿Siguen manejando encuestas como aquella de Suárez que le llevó a no consultar sobre la monarquía porque igual los españoles querían otro futuro para su país?

El alma

Ando leyendo Reconstrucción, una estupenda novela de Antonio Orejudo de hace casi una década que aún no había leído. Es una novela que transcurre en el siglo XVI cuando el cristianismo andaba en guerras por reformas, contrarreformas y reformas de las reformas que ponían todo dogma en cuestión sustituyéndolos casi siempre por dogmas nuevos. En un diálogo con un sacerdote aparece una reflexión sobre el alma que viene aquí pintiparada, como el tema del libre albedrío en Amanece que no es poco:

«No niego ninguna dimensión espiritual«, dice el personaje de Orejudo «Ni siquiera niego el amor. El amor, como la sed, como el hambre o la melancolía, es una reacción fisiológica; cómo voy a negarlo. Hace tiempo que me di cuenta de que el alma es algo muy real; una parte de nuestro cuerpo«.

Los frickis somos así: leemos una novela sobre guerras de religión en el siglo XVI y pensamos en el PSOE. En el alma del PSOE.

El alma es la que genera esas reacciones fisiológicas, sí, eso que nos obliga a hacer lo que racionalmente no querríamos, lo que sabemos que es un error, que nos va a traer consecuencias fatales, que contradice nuestras ideas racionales… pero lo hacemos. Cuando el escorpión picó a la rana que lo transportaba por el río condenando a ambos a la muerte, le dijo a la rana que «está en mi naturaleza» pero quería decir había sido cosa de su alma. Cuando Freud diferenció la sique en ego, superego e id, ubicó en el id, el ello, las pulsiones y deseos difícilmente refrenables (y para frenarlos puso al ego y al superego, que son los que molan y supermolan): dijo id porque si hubiera dicho alma se notaría mucho que era lo de siempre.

Volvamos al PSOE, que es de lo que se trata. ¿Alma republicana? Si el PSOE tuviera un alma republicana no ocurriría esto. Andaría el PSOE todo el día esforzándose en parecer monárquico, sabiendo que es lo decente, lo normal, lo racional, lo que le da votos y satisface a sus maltratadas bases. Pero de vez en cuando se le iría la mano controlada por el alma y votaría mal, lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir, no soy yo, es ello, el alma. Llegaría el día 11 y, aún sabiendo que supone su condena a la marginalidad electoral, a la quiebra interna, al desconcierto de sus bases, el PSOE reclamaría un referendum y se opondría a la sucesión dinástica por sangre. El alma, maldita sea, que nos juega malas pasadas en los momentos más importantes.

Ocurre que siempre sucede exactamente lo contrario: que el PSOE se esfuerza en parecer republicano, sabe que le toca dirigirse a la parte de sociedad que se ubica a este lado de la modernidad, sabe que es lo decente, lo normal, lo racional, lo que evitará una sangría de votos, lo que puede evitarle el tránsito hacia la UCD del siglo XXI. Pero siempre, siempre, siempre acaba triunfando el alma, que dirige el voto hacia la sumisión bajo el poderoso, a la inercia institucional, a tener que pedir perdón porque sí, somos republicanos de hondas raíces pero hicimos una vez un pacto, vendimos el alma republicana al Borbón como el pobre Fausto y santa Rita Rita lo que se da no se quita.

No, no hay alma republicana en ese cuerpo. El PSOE  sabe que es suicida, que está triturando su mensaje de que no son lo mismo, que está evidenciando que siempre estará del lado del poder negando al pueblo la voz, poniendo el país a las órdenes de quien manda. Lo hizo y lo seguirá haciendo y no perderá oportunidad de volverlo a hacer. Porque el alma, lo que se dice el alma, es desde hace décadas sumisa a los poderosos, entregada, conservadora. El PSOE tiene un alma profundamente monárquica encerrada en un cuerpo republicano. El cuerpo engaña a quienes lo ven pasear. Pero sus actos muestran esa alma, indomable por el cuerpo, entregada siempre al poder.

Artículo en Cuarto Poder: Felipe puede seguir esperando

Sería, pues, perfectamente constitucional exigir que entre el cese de Juan Carlos y la coronación de Felipe haya un plazo suficiente que permita a la ciudadanía en su conjunto decidir si mantiene la monarquía o prefiere una república. (Febrero de 2012, Felipe puede esperar: una propuesta para cuando el rey Juan Carlos se vaya)
Lo que sea España es una decisión que no le corresponde a ningún Gobierno, ni partido, ni ningún Parlamento. Corresponde a todos los españoles. (14 de diciembre de 2013, Mariano Rajoy).

Probablemente las élites políticas y financieras sean más conscientes de la profundidad de la crisis de régimen que vive la Transición. El 25M permitió asomar el calado de su quiebra. Una semana después el rey se tiene que ir. Hace una semana se refirió Esperanza Aguirre a los partidos que habían rebajado la suma del bipartidismo a menos de la mitad de los votantes: frente a los partidos “constitucionales” identificó la emergencia de partidos republicanos (así se refirió a Izquierda Unida y Podemos). Esos son los dos cimientos que usa el decadente régimen del 78 para ejercer de correa de transmisión de los poderes financieros. Ha quedado clara la función de la monarquía en estos meses en que Juan Carlos intentaba recuperar vitalidad haciendo viajes a dictaduras petroleras rodeado de grandes empresarios que hacían negocios allí. Si la crisis del bipartidismo supone el rechazo de la corrupción, los privilegios y la entrega de las instituciones a las élites económicas, la Corona es la quintaesencia de lo rechazado.

 

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El 9N no es una amenaza: es una oportunidad. Una propuesta constituyente

Lo que sea España es una decisión que no le corresponde a ningún
Gobierno, ni partido, ni a ningún Parlamento
Corresponde a todos
los españoles
”.

Mariano Rajoy, 14 de diciembre de 2013

No se puede entender lo que está sucediendo en Cataluña sin partir de la quiebra del sistema institucional, político, social, cultural y económico vigente en España desde la Transición. Una quiebra que empezó antes de la crisis económica (el Estatut catalán y el cerrojazo judicial a la memoria democrática mostraron los límites de la Transición), pero que la crisis, el saqueo, el desnudo de la corrupción estructural han venido a profundizar quizás hasta un punto de no retorno. Las propias élites políticas y económicas están respondiendo a tal quiebra institucional con un giro profundamente antisocial y de tendencia autoritaria que rompe el marco del 78: la reforma del artículo 135 de la Constitución es el ejemplo más obsceno.

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¿Consensuamos la regulación del príncipe?

Quienes tenemos coche sabemos que hay que evitar a toda costa llevarlo al taller. Lo llevas porque la radio no sintoniza bien y te descubren que vas conduciendo sin frenos. La entrada en el taller siempre inaugura una racha interminable de visitas al taller que acaban desesperando a cualquiera y animando a buscar coches nuevos, baratos, quizás un seminuevo. Probablemente sea muy optimista creer que el príncipe está seminuevo, pero que tras tanta visita al taller están pensando en cambiar de coche es una obviedad que ya no disimulan ni con cortesana bonhomía: si el mismo día en que yo entrara al hospital escuchara a gente decir que hay que ir pensando en ver cómo sería lo de darme boleto igual me mosqueaba un poco.

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Otra memoria de España es posible

Hoy escribo en Cuarto Poder

Cada año, el 25 de agosto, París conmemora el aniversario de su liberación del fascismo. En los últimos años participa en los desfiles la bandera de la Segunda República Española, la bandera tricolor, en reconocimiento a La Nueve,  la 9ª Compañía de la 2ª División Blindada de Francia, compuesta por republicanos españoles que, tras perder la Guerra Civil siguieron combatiendo por la democracia y, esta vez en Francia, protagonizaron la derrota del fascismo.

Podéis seguir leyendo el artículo aquí.

El éxito de UPyD: apelando a la identidad

Junto a esa apariencia de renovación ética, el eje movilizador de UPyD es la identidad naciona:l el centro de su discurso es lo mal que están las cosas en las provincias desleales que forman el País Vasco y Cataluña, pero su relevancia cuantitativa no es vasca ni catalana, sino madrileña. No es un partido propositivo, sino meramente identitario.

¿Y a quién le sorprende que la identidad sea un gancho movilizador? Lo fue siempre. Lo fue para los nacionalistas, pero también lo ha sido para el movimiento obrero: ¿o es que la conciencia de clase no es una apelación a una identidad colectiva proletaria?

Las identidades no se dividen en falsas o verdaderas. Las identidades son míticas todas. Se dividen sólo en útiles para la emancipación o para el sometimiento. La raza fue una identidad colectiva que sirvió para el sometimiento a la Alemania nazi y para la emancipación a los movimientos por los derechos civiles de Estados Unidos en el 68. La nación fue un mito que sirvió para legitimar la democracia y también para cargársela.

Todas ellas son elaboraciones sociales. El color de la piel o la propiedad de los medios de producción son elementos observables, pero el hecho de que sean éstos los factores identitarios y no el color favorito o si se es zurdo o diestro es un constructo social. Eso no los hace malos ni buenos. Martin Luther King hizo bien al fomentar una identidad racial: gracias a ello muchos ciudadanos rompieron cadenas. El movimiento obrero hizo bien al apelar a la clase como elemento movilizador. En ambos casos la identidad colectiva es una forma de llamar a la transformación de la sociedad para la emancipación. Cuando los nacionales gritaban Arriba España apelaban a la cohesión identitaria naconal para mantener y agravar las injusticias más aberrantes: esa identidad colectiva merecía la confrontación de la izquierda.

Podemos discutir si apelar a la identidad nacional española es emancipador o sometedor. No creo que haya muchos lectores de este blog que duden sobre mi posición al respecto: no conozco el caso en el que haya sido emancipador, pero si la identidad de raza pudo ser utilizada para la liberación, acaso en algún momento o lugar la identidad española pueda llegar a serlo (es un supuesto meramente teórico hoy por hoy). La estrategia de UPyD es muy inteligente al presentarse como emancipador frente a otros nacionalismos a pesar de que su nicho electoral está donde no hay más referente nacional que el español: genera las simpatías identitarias de la reacción utilizando un discurso supuestamente emancipador (no es la primera vez que se hace en la historia, pero no quiero apelar a Godwin).

El asunto no es UPyD, sino la posibilidad de que encontremos las izquierdas alternativas identidades que funcionen para cohesionar en torno a un proyecto político que movilice hacia la emancipación social. ¿Somos capaces de impulsar una identidad colectiva que esté al servicio de la transformación de la sociedad como siempre hizo la izquierda?

Una de las evidencias que muestran los resultados electorales es la incapacidad para movilizar en torno a la clase obrera siquiera en un momento de máxima tensión social con la mayor crisis del capitalismo desde hace ocho décadas: el proletariado europeo, por desgracia, ha perdido casi absolutamente su conciencia de clase. Hay muchas causas posibles, pero la consecuencia es difícilmente rebatible: la clase obrera no se moviliza como tal, no responde cuando se la llama por su nombre.

En toda Europa faltan instrumentos cohesionadores que apelen a la identidad y que permitan el fomento de cambios políticos de calado: habría que pensar en la generación de tales instrumentos a medio plazo. Pero en España tenemos un chollo que no nos hemos decidido a utilizar en los últimos treinta años pese a que ha habido signos clarísimos de que hay una buena porción de la sociedad (especialmente joven) que se sentiría apelada por esa identidad: la republicana. Los colores de la tricolor, el himno, la memoria, las tradiciones políticas, familiares, heroicas y cívicas republicanas… Tenemos todos los elementos para apelar a unos factores emocionales que movilizarían claramente en torno a los valores emancipadores que siempre supusieron las identidades impulsadas por la izquierda.

Nadie en Europa tiene tan fácil apelar a una identidad diferenciada para la izquierda y cuyo contenido político es evidente para todo el mundo: cuando uno ve a alguien con la tricolor sabe que los cambios que demanda no se limitan a sustituir al rey por un jefe de estado elegido democráticamente.

La izquierda alternativa española podría seguir haciendo propuestas de confrontación frente a las injusticia mientras apela a sentimientos identitarios que generen la adhesión imprescindible para la movilización social. Tenemos la suerte de disponer de unos símbolos, que apelan a una identidad que se sustenta sobre la Razón. Incluso tenemos las encuestas: el 22% de los españoles se define republicano; por cada votante de IU hay seis republicanos más que no nos votan.

Podemos seguir mirando cómo crece la reacción apelando a sus identidades y preguntando qué carajo pasa. O podemos darnos cuenta de que pasa lo de siempre y tratar de hacer lo que siempre hicimos entendiendo el aquí y ahora para enfrentarnos al poder con instrumentos propios para aglutinar, cohesionar, emocionar y movilizar a la ciudadanía sometida.

Zarandajas

Desde las posiciones de poder siempre se ha luchado con fiereza contra la discrepancia ideológica. Para ello se ridiculizaba todo debate de proyectos políticos, pues si no se debate sobre política siempre queda en pie la forma de hacer política vigente, la del poder (permitidme la obviedad). Hemos asistido a Fukuyamas del mundo reclamando la unidad porque habíamos llegado al fin de las ideologías, al fin de la Historia y, por cierto, al fin de los ciclos económicos, como la evidencia demuestra. Incluso dentro de la supuesta izquierda se nos ridiculiza a quienes planteamos enmiendas a la totalidad (aunque a veces sea simplemente enmiendas de devolución) al régimen político y económico vigente: al capitalismo. Es lógico que, por ejemplo, las distintas direcciones del PSOE hayan hecho lo posible por minusvalorar todo posible debate de fondo: pues si a su izquierda nadie se opone al modelo existente esa izquierda deja de ser útil.

Tengo bastante claro que si mi discrepancia del PSOE se basara únicamente en la necesidad de más (y/o mejores) colegios y hospitales públicos, lo normal sería afiliarme al PSOE y constituirme en una especie de ala izquierda del mismo. Es lógico que quienes hacen llamamientos a ‘la unidad‘ sin mirar debajo de la alfombra reniegen como de la peste del debate político. Las continuas llamadas en torno a la ‘unidad de la izquierda‘, la ‘causa común‘, etc… pretendían situar el debate en sólo matices numéricos: ‘nosotros planteamos que se hagan 150.000 escuelas infantiles y tenemos posibilidad de gobernar; ellos plantean que se hagan 200.000, pero como mucho serán un grupito pequeño de moscas genitales: venid con papá oso, todos juntos, a hacer escuelas infantiles y dejaos de zarandajas‘. Sólo desde la consideración de que debatir el modelo en el que vivimos son zarandajas se puede llamar ‘voto útil’ a la abdicación de las ideas propias para atarse a tal o cual proyecto concreto sin mayores contemplaciones: siempre en nombre de la ‘unidad de la izquierda‘.

Incluso el PP se basa en esa supuesta renuncia a la ideología (que siempre es un apoyo al sistema existente) para apoyar su modelo: ‘Los madrileños no se preocupan de si la gestión es pública o privada, sino de tener un hospital gratuito cerca de casa‘, nos dicen sistemáticamente la lideresa y sus mariachis.

Sin embargo hoy ya no es posible mirar al mundo real y eludir las zarandajas políticas. Si lo fue para algunos mientras el capitalismo sólo provocaba millones de muertos de hambre, desplazados, explotación…, hoy  ya no lo es, pues no estamos hablando de cuatro negros, sino de los banqueros. Hasta la derecha llama a ‘refundar el capitalismo‘ (Sarkozy dixit), mientras por aquí hay quien pasa por la derecha a Sarkozy pretendiendo que una fuerza política de la izquierda alternativa no se posicione claramente al respecto: ¡vamos a ser los únicos del mundo que no se enteren de lo que le está pasando al capitalismo!.

La izquierda alternativa, izquierda crítica, tiene la suerte de llevar mucho tiempo diciendo que el capitalismo era un régimen inhumano, insostenible y criminal. Tiene, por tanto la suerte de poder decir que teníamos razón. Ello se plasma en cositas muy concretas: es la crisis del capitalismo la que paraliza en Madrid la construcción de escuelas infantiles. ¿Por qué soltamos pasta para sanear bancos, pero se congela el gasto público porque no hay dinero? Por estas zarandajas: es una consecuencia muy concretita que afecta a nuestra vida de la sumisión de una política no democratizada al poder económico. Los muertos en el estrecho, el hambre en África, el cambio climático y los cientos de muertes en accidentes laborales son consecuencias también directas, pero obviamente menos importantes, más etéreas, según parece.

Quienes planteamos una crítica radical al capitalismo tenemos una suerte inmensa: un simple vistazo al mundo nos da la razón. Nuestra crítica al capitalismo presenta una alternativa: la democracia. Sólo el pueblo gobernado tiene legitimidad para gobernar. Pero tiene legitimidad para gobernar todos los asuntos colectivos: desde una jefatura del Estado a la economía y los medios de comunicación. La economía al servicio de la ciudadanía no es una zarandaja, sino la única alternativa democrática. Y no todo anticapitalismo es democrático: por eso la crítica que hace la izquierda al capitalismo lleva desde que uno tiene memoria reivindicando el radicalismo democrático como forma de gestionar legítimamente los asuntos públicos. En España tenemos la suerte de que podemos poner un nombre a ese radicalismo democrático: se llama Tercera República y sólo quien no haya ido a una manifestación de la izquierda en los últimos diez años no es consciente del incremento en los apoyos que vive el proyecto republicano. Y sólo quien no haya querido leer y escuchar ignora en qué consiste la reivindicación por la Tercera República.

Sólo desde la alternativa tiene sentido que existamos como alternativa (insisto en ser redundante, pero a veces hay que explicar lo obvio). De los proyectos generales deben emanar propuestas y consecuencias concretas. Pero si no tenemos un proyecto político diferenciado no tiene ningún sentido que mantengamos un proyecto autónomo: sería más cómodo para todos reivindicar la unidad a lo bestia, a la casa común. La democracia como forma de organizarse ya es un proyecto político quimérico para algunos: efectivamente, reivindicar la renuncia a determinados proyectos para la sociedad tiene como correlato interno en una organización política la renuncia a la democracia y transparencia para someternos sólo a los cálculos electorales inmediatos (que tanto éxito han supuesto, por cierto).

Se le puede llamar ‘unidad‘, pero sin política sólo estamos hablando de entregarse al poder.