Blog de Hugo Martínez Abarca

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¿Lo volverían a hacer?

1.- A estas horas y con las últimas encuestas encima de la mesa sólo hay una cosa evidente. La convocatoria de elecciones no sólo fue una irresponsabilidad histórica y estratégica: incluso desde el tacticismo imperante fue un catastrófico error de cálculo. Pensaron en los intereses de partido en vez de en los intereses de país. Y aún así perjudicaron a los intereses de sus partidos.

2.- Primero fue Unidas Podemos. Tenía ganada una buena posición: aquella vicepresidencia y tres ministerios los consiguió con la hábil renuncia a que Pablo Iglesias ostentara personalmente uno de esos cargos tras el farol de Pedro Sánchez. Pero, como siempre, pensaron que era mejor tensar la cuerda porque nunca se rompe, porque al otro lado siempre hay alguien más responsable que prefiere soltar la cuerda antes de que se rompa. Y no lo hubo porque no entendieron que Pedro Sánchez juega con la misma agresividad suicida que ellos. La oferta que tenían en julio era tan buena que según Pablo Iglesias sólo faltaban las políticas activas de empleo y/o tres horas de conversación. Eso fue lo que les separó de aceptar una propuesta de gobierno que nos habría ahorrado a todos los españoles jugar a la ruleta rusa y a su propio partido a unas nuevas elecciones en las que volverán a perder diputados, por supuesto por culpa de los otros. Esa, probablemente, fue la última oportunidad de Unidas Podemos.

3.- Desde que Pablo Iglesias cometió aquel catastrófico error, Pedro Sánchez no disimuló que no aspiraba a nada más que a nuevas elecciones. Se creyó las encuestas según las cuales iba a subir decenas de escaños y podría gobernar sin los partidos independentistas (que fueron este verano mucho más responsables con España que los partidos parlamentarios nítidamente españoles) y decidió lanzarnos a nuevas elecciones. Supongo que tendría alguna garantía de que la sentencia de los EREs (anunciada para la semana pasada desde hace tiempo) se aplazaría; supongo que pensó que la sentencia de Cataluña le reforzaría (es posible que lo haya hecho). Pero a estas alturas no hay nadie del PSOE salvo Tezanos que no firmase repetir los 123 escaños y las posibles alianzas de entonces (excluido el agónico Ciudadanos, que no sumará en ninguna combinación). Si no fuera porque el 11 de noviembre habrá que buscar gobierno, lo normal sería que ese día rodaran las principales cabezas.

4.- Tras este monumental fracaso, ya innegable salvo por la fe religiosa, nadie ha dicho que tras el 10 de noviembre vaya a hacer nada distinto de lo que hizo tras el 28 de abril. Pablo Iglesias sigue insistiendo en que o coalición o nada sin que hayamos escuchado (desde el 28 de abril) una sola condición de acuerdo que afecte a los españoles y no al reparto de ministerios. Pedro Sánchez no sabemos qué propone: parece claro que está en un nuevo paso de la yenka renunciando a sus propuestas progresistas… pero lo que sabemos es que en ningún caso culpa más que a los otros de haberse cerrado en banda a un acuerdo de gobierno que era posible y sencillo y que sólo fracasó por el reparto de ministerios: porque unos exigían tener más y otros se plantaron hasta exigir quedárselos todos. Los dos creen que la culpa fue del otro; así que los dos volverían a hacer lo mismo.

5.- El 10N no va a operar el voto del miedo del 28A. Según todas las encuestas la irresponsabilidad de PSOE y UP sólo va a beneficiar a la extrema derecha más zafia de Europa. Pero no hay una sola encuesta que dé posibilidades de gobierno al PP con Vox: Ciudadanos va a aportar una minucia (posiblemente su última minucia) y con Vox al lado el PP sabe que no podrá sumar a ningún partido para gobernar salvo el tenaz Ciudadanos. Sólo una enorme abstención haría posible un viraje tal que permitiera el gobierno ultra conservador y corrupto que traería la alianza PP-Vox. Por eso era absolutamente necesaria una alternativa progresista en las urnas que permitiera que los votantes indignados con la irresponsabilidad de PSOE y UP fueran (fuéramos) al colegio electoral y sumemos nuestros votos para que haya futuro.

6.- Que el 10N no pueda haber una mayoría de PP-Vox que permita gobierno no supone que eso vaya a ser así para siempre. ¿Volverían el PSOE y UP a hacer lo mismo tras las elecciones del 10N? Si ninguno cree que ellos lo hicieron mal, si ambos creen que es el otro el que tiene que cambiar, ¿se enrocarían ambos en el reparto de ministerios llevándonos a unas terceras elecciones? En tal caso, sí, el resultado sería impredecible como siempre que colapsa un sistema político. Y un nuevo fracaso supondría un colapso intolerable de consecuencias impredecibles pero en ningún caso positivas para los demócratas y mucho menos, en concreto, para los progresistas.

7.- A diferencia del PSOE y UP (y de Ciudadanos, QEPD), el Partido Popular sí se ha sabido mover. Han escondido a Pablo Casado, hasta le han cambiado la cara, sólo Isabel Díaz Ayuso ha sido incapaz de callarse, y probablemente obtengan un resultado catastrófico en términos históricos pero bueno en comparación con el 28A. Si me tuviera que apostar una caña con pincho de tortilla diría que el PP ofrecerá a Pedro Sánchez su abstención en la investidura. Y sólo en la investidura. Y mantendría al PSOE en un gobierno frágil, aislado y paralizado, con los presupuestos de Montoro prorrogados sine die y teniendo que gestionar en esas condiciones la crisis catalana, el Brexit… y sobre todo los nubarrones económicos que asoman. Casado sólo tendría que esperar sentado a la descomposición del PSOE.

8.- Más País es el único partido que habría preferido seguir sin ningún escaño pero que hubiera un gobierno progresista. Incluso en términos de partido, lo que necesitábamos era tiempo para construir un partido verde y feminista, estructurado con democracia, participación y fraternidad y que frente a la política espasmódica se construya a fuego lento. Pero la irresponsabilidad de los partidos que podían haber formado gobierno nos hizo tomar una decisión que no nos convenía. Eso es lo que hay que hacer en política, eso es lo que tuvieron que haber hecho PSOE y UP: si los supuestos intereses de partido y los evidentes intereses de país chocan, hay que elegir los intereses de país. Y, a medio plazo, esos intereses suelen coincidir, como están comprobando PSOE y UP en las encuestas de estos días.

9.- Ante este panorama sigue siendo tan imprescindible como en abril votar. Un hundimiento de la participación es lo único que posibilitaría un gobierno del PP y Vox. Ya lo vimos en Andalucía. Puede que haya gente que piense que el PSOE lo hizo fenomenal negándose a todo acuerdo desde julio porque prefería elecciones. Quien lo piense, que vote al PSOE. Puede que haya gente que piense que Unidas Podemos volvió a acertar negándose a aceptar el gobierno de coalición que tenía en la mesa en julio. Quien lo piense, que vote a Unidas Podemos. Seguro que hay gente que piensa que ambos fueron unos irresponsables con su país y que tendrían ganas de quedarse en casa, que ya votaron pese a todo en abril… Quien lo piense, que vuelva a pensar qué pasará si todos somos tan irresponsables como fueron ellos. Si los mismos hacen lo mismo, no sucederá lo mismo, será mucho peor aún.

Al centro en coche

Genera hoy cierta sonrisa recordar que, a falta de argumentos sustantivos, los críticos con Madrid Central explicaron que había sido una medida improvisada. Daba igual que fuera el resultado de un proceso de dos años, de conversaciones, audiencias, alegaciones, reformas… Hoy, menos de un mes después de la elección de Almeida y su escolta, Begoña Villacís con los votos de Vox, el Ayuntamiento de Madrid vuelve a principios de siglo.

La chapuza que ponen en marcha PP, Ciudadanos y Vox es tal que desde hoy podemos ir en coche sin restricción alguna por la calle Huertas, por Embajadores, por la calle Mayor… Es decir, Almeida no sólo desmonta las medidas anti contaminación de Manuela Carmena sino incluso las de Ana Botella y Alberto Ruiz-Gallardón. La razón es comprensible: o bien se hacía una chapuza grosera como la barra libre al coche que comienza hoy o se tardaba bastantes meses en una nueva ordenanza elaborada según procedimiento, con alegaciones, debate, votación en pleno… Vamos, con los procedimientos de un ayuntamiento democrático.

¿Por qué Almeida y Villacís no se podían permitir eso? Porque habría sido imposible. Apenas unos meses de Madrid Central ya han convertido en absolutamente normal la lógica de que al centro de Madrid no se va en coche. De hecho la reducción del tráfico se ha expandido a toda la ciudad porque el efecto de la medida de Manuela Carmena es más pedagógico y cultural que normativo. ¿Se imagina alguien que hoy se quisiera quitar la norma que prohibe fumar en bares y restaurantes? Pues una chaladura parecida habría sido quitar Madrid Central tras un par de años de plena normalidad y mejora de la ciudad: han sido sólo unos meses y la movilización del sábado demuestra que los madrileños entendemos mucho mejor las medidas anti contaminación que la improvisación revanchista y sectaria de Almeida y Villacís. De hecho supongo que Almeida y Villacís cuentan con que, además de que en julio y agosto el tráfico es mucho menor, los madrileños estamos muy por delante de esta pareja y hemos incorporado ya a nuestra cultura de movilidad un mayor uso del transporte público pese al maltrato que sufre.

La aberración es tal que creo que la mejor movilización posible sería simular que nos tomamos en serio los disparates de PP, Ciudadanos y Vox. ¿Y si, en ejercicio de La Libertad (que es como nuestra derecha llama a la irracionalidad y a la ley de la selva), miles y miles de madrileños cogiéramos el coche un día concreto a las 19h y recorriéramos al tiempo la calle Mayor, la Gran Vía… o cualquiera de las calles que ahora se someterán al disparate aprobado?

Por supuesto que una movilización así no sería una alegre defensa de la «libertad» sino una constatación del colapso al que lleva la barbaridad que hoy comienza en Madrid. Pero igual lo mejor es, efectivamente, explicárselo con hechos.

En defensa de la educación en libertad; o Tus hijos no son tu juguete

Me contestaba hace un rato Rocío Monasterio con un tuit defendiendo su modelo pre-ilustrado de «libertad» aplicado a la educación:

Respondía a una entrevista en la que Monasterio defiende las barbaridades reaccionarias que propone Vox para la educación como el llamado «pin parental» que consistiría, según lo explican, en que los padres podamos decidir qué se enseña a nuestros hijos y qué no. Si pienso que mi hijo no debe estudiar matemáticas o biología (la teoría de la evolución puede ser algo jodido a veces), lo quito de ahí. Del mismo modo, si no quiero que le enseñen que todos somos iguales hayamos nacido donde hayamos nacido, amemos a quien amemos, o pensemos o creamos lo que pensemos o creamos, exijo que no se le enseñe eso para poder inculcarle «libremente» odio, fanatismo y sectarismo en casa.

Es un correlato de esa visión de la «libertad» tan propia de los autoritarios del último siglo que consiste en hacer lo que a uno le dé la gana independientemente de lo que suceda a sus congéneres. Una «libertad» que no ha llegado a la modernidad, a Kant, a la libertad guiada por la razón y, sobre todo, a entender que la libertad parte de la consideración de la persona como un fin en sí mismo: incluidos los niños, que no son un juguete con el que los padres y madres puedan jugar caprichosamente sino fines en sí mismos. La educación es el proceso que ayuda a los niños a ser libres, es decir, guiados por su propia razón para vivir con otras personas también libres e iguales.

Si un padre o una madre, en ejercicio de su «libertad» no quiere que su hijo reciba transfusiones, vacunas, trasplantes u operaciones que necesite para vivir porque lo impide su religión, no tiene derecho. Si un padre o una madre quiere dejar a su hijo en la calle a la intemperie o en su coche a cuarenta grados o quiere educarlo a base de palizas… no es «libre» para hacerlo.

Del mismo modo, si yo inculcara a mi hijo que Alá nos ordena asesinar infieles, que los españoles son inferiores a los vascos o que las personas que tienen ideas religiosas son inferiores… afortunadamente habría un sistema educativo que corrigiera la basura con la que estoy destrozando a mi hijo. Le enseñarían a respetar a los otros, a considerarlos iguales con derechos humanos inviolables bajo ninguna circunstancia, le enseñarían a ser un ciudadano libre en una sociedad democrática. Ese es, quizás, el objetivo más importante de un sistema educativo.

Los padres y madres, afortunadamente, no podemos hacer lo que nos dé la gana con nuestros hijos. Si no queremos escolarizarlo, nos fastidiamos: es obligatorio porque es un derecho del niño que no podemos violar, no tenemos derecho a destrozar a nuestros hijos. Si queremos evitar que se forme como ciudadano libre, culto y capaz de adquirir los conocimientos y destrezas ciudadanas e intelectuales propias de su siglo… nos jodemos. No tenemos «derecho» a impedir que un niño se forme como ciudadano libre y con derechos: eso no es una «libertad» de los padres, es una violación de la libertad de los niños.

Un niño no es un puto tamagochi de sus padres al que uno puede aplicar sus caprichos como si eso fuera «libertad»: un niño es una persona a la que tenemos la obligación, los padres y también la sociedad en su conjunto, de ayudar a lograr ser un ciudadano libre.

Es una conquista de la modernidad, de la democracia, de la civilización. Y los demócratas no vamos a permitir que se revierta.

Lo que a Vox le parece en este caso una intolerable intromisión en la «libertad» de los padres, por cierto, es que los colegios tengan que enseñar en la Comunidad de Madrid que todos somos iguales amemos a quien amemos. Llaman «libertad» a su defensa del adoctrinamiento en el odio. Y no, no tienen esa «libertad», no tienen derecho a destrozar así a los niños.

Nuestras dos únicas alternativas

Escribía ayer sobre las tres únicas opciones que tiene Ignacio Aguado en la Comunidad de Madrid: o gobernar con Vox o sentarse a hablar con el PSOE y Más Madrid o llevarnos a los madrileños a nuevas elecciones como si eso solucionara algo. Después se reunieron Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón y propusieron a Ciudadanos sentarse a hablar para una posible investidura del candidato más votado y que suma más apoyos (salvo que PP y Ciudadanos ya sumen los votos de Vox como propios).

Quizás también cabría plantear, como con Ciudadanos, cuáles son las alternativas de las fuerzas progresistas. 

El 26 de mayo los madrileños repartieron las cartas de la partida. Con esas hay que jugar. A muchos nos gustaría poder hacer todo lo posible por un gobierno de transformación para la Comunidad de Madrid. Pero es que todo lo posible es nada. Hay 64 diputados para un gobierno progresista (no ya transformador) y 56 de derechas y 12 de extrema derecha (por resumir, aunque es evidente que entre los 56 de derechas alguno de extrema derecha también hay, como el ínclito David Pérez). 

Las sumas posibles para conformar gobierno son las siguientes (no hay otra, aunque a cada una de estas sumas se pueden sumar más partidos, obviamente):

-PP+Ciudadanos+Vox (todos votando sí)

-Psoe+Ciudadanos+MM (podría abstenerse uno de los tres que no fuera el PSOE)

-PSOE+PP+Ciudadanos (podría abstenerse uno de los tres que no fuera el PSOE)

Unidas Podemos no da ni quita la mayoría a ninguna de las combinaciones posibles. Y en todas las combinaciones es necesario el voto favorable o abstención de Ciudadanos. Así que sólo Ciudadanos puede mandarnos a otras elecciones más en otoño y por tanto sólo a Ciudadanos cabría responsabilizar del fracaso de tener que ir a unas nuevas elecciones claramente evitables.

Todo lo que no sean esas tres combinaciones o una nueva convocatoria electoral no es que sea iluso, simplemente es imposible: como cantaban Mártires del Compás, las matemáticas no aman, pero tampoco fallan. Y no hace falta ser leninista para saber que en política se actúa sobre la realidad existente, no sobre la que nos gustaría que sucediese: es lo que diferencia la política de la vida contemplativa religiosa. Esas son las combinaciones por mucho que nadie se empeñe en que hará lo posible por construir otras.

Así pues podemos pensar qué objetivo tiene un partido progresista. Puede aspirar a echar cuentas electorales y crecer en las próximas elecciones. En ese caso estoy bastante convencido de que Más Madrid no saldría perjudicado de unas nuevas elecciones, aunque uno nunca sabe en qué se va a transformar la justa indignación ciudadana ante unos partidos incapaces. Pero si un partido se diferencia de una empresa que sólo busca balances contables es en que debería buscar mejorar la vida de la gente a la que representa. 

¿Cuál de las opciones realmente existentes es mejor para la vida de los madrileños y (sobre todo) de las madrileñas? 

Parece innegable que un gobierno acordado y condicionado por Vox sólo puede acarrear más sufrimiento, discriminaciones y recortes de derechos y libertades salvo para miembros de manadas y agresores de mujeres, homosexuales, bisexuales, trans, negros, moros… ¿Hay alguien progresista (o simplemente demócrata) que no prefiera que Vox sea lo más irrelevante posible?

Una opción sin Vox (probablemente la más difícil de todas) sería el PSOE con el PP y Ciudadanos. No parece una gran idea salvo para los corruptos amamantados por el PP durante 25 años de degradación institucional. Más allá de que se antoja imposible que el PP colaborase en su desalojo del tinglado (le interesa mucho más arriesgarse a elecciones que permitir que otros puedan abrir cajones) no creo que haya ningún progresista madrileño que crea que esa suma pueda suponer algo de limpieza institucional ni que fuera la mejor de las posibles. Pero igual alguien prefiere que el PP siga en el gobierno autonómico madrileño.

Por tanto queda la opción de intentar un gobierno en el que como mínimo Más Madrid, PSOE y Ciudadanos estemos de acuerdo. Esto presenta dos grandes dificultades. La primera es la resistencia de Ciudadanos, que sigue simulando que su acuerdo con el PP (56 diputados, uno menos que PSOE más Más Madrid) tiene alguna viabilidad sin más socios. O Ciudadanos ha decidido condenar a los madrileños a elecciones o tendrán que ser flexibles hacia algún lado: hacia el lado progresista o hacia la extrema derecha. La otra dificultad obvia es que un gobierno así no sería un gobierno que lograra los avances sociales, económicos y posiblemente medioambientales (si Ciudadanos mantiene la irresponsable posición que tiene en la ciudad de Madrid) que necesita Madrid. Sería un gobierno de higiene democrática, de regeneración de una Comunidad de Madrid torturada por la corrupción estructural y de defensa de la democracia y las libertades amenazadas por la extrema derecha. Pero de las opciones realmente existentes ¿hay algún progresista, algún demócrata, que no crea que es la que mejor vendría a los madrileños?

España está colapsada por la falta de ideas, de riesgos, de cintura ante las situaciones novedosas. La propuesta de hace semanas de Íñigo Errejón concretada ayer de acuerdo con Gabilondo es arriesgada, difícil y posiblemente menos rentable para Errejón y para Más Madrid que otras más conservadoras. Pero para los madrileños no parece dudoso que sea la mejor opción entre las posibles.

Hay dos opciones: intentar, por difícil que sea, el mejor gobierno posible para los madrileños, o resignarnos a que la extrema derecha aplique el programa que recitó el jueves Rocío Monasterio. No tengo dudas.

Las tres alternativas de Ignacio Aguado

Ayer fue especialmente contundente Ignacio Aguado tras las exigencias de Rocío Monasterio para una investidura de derechas. «Ciudadanos no va a llegar a ningún tipo de acuerdo con aquellos partidos que quieran hacer retroceder a la Comunidad de Madrid. No gobernaremos con partidos que frivolicen con la violencia machista, que estigmaticen a los inmigrantes, que ataquen al colectivo LGTB y a los derechos y libertades que con tanto tiempo y sacrificio se han ido conquistando en la Comunidad de Madrid. No habrá un Gobierno bajo esas condiciones. Mis principios y los de mi partido están por encima de un Gobierno. Queremos llegar a un acuerdo con aquellos partidos que quieran progresar.«

Es una buena noticia: esta declaración de Ignacio Aguado saca a Ciudadanos de su ambigüedad (seamos amables) en la Comunidad de Madrid tras haber pactado con Vox el reparto de la Mesa de la Asamblea y el Ayuntamiento de Madrid: Ciudadanos sabe perfectamente de la gravedad que tiene la Comunidad de Madrid en su crisis interna. Esa declaración (y el tono contundente que empleó) es irreversible. Con esa declaración es imposible que Ciudadanos sume sus votos a PP y Vox para gobernar la Comunidad de Madrid salvo que Aguado admita que el discurso de ayer le persiga machaconamente señalándolo como un mentiroso el resto de la legislatura. Fue, además, una comparecencia sin preguntas por lo que parece que dijo exactamente lo que quería decir sin improvisar ni una coma, sin arriesgarse a que una pregunta le pillase con la guardia baja y le llevara a salirse de un guion claro y contundente. Una buena noticia, insisto, para los demócratas de Madrid (y de España).

Tras esas declaraciones, Ignacio Aguado sólo tiene tres posibilidades echando números.

1- Quedar como un auténtico mentiroso, violando lo que él ha definido como «mis principios y los de mi partido» y acabar sumando los votos al PP de Madrid y Vox para un gobierno de continuidad a 25 años de saqueo con el lastre añadido de los acuerdos (escenificados de tal o cual forma, públicos u ocultos) con Vox. Es difícil explicar mejor que lo hizo ayer Aguado qué significaría para Madrid, para Ciudadanos y para él que eso sucediera.

2- Explorar la posibilidad de una alternativa de gobierno. Ángel Gabilondo fue el candidato más votado el 26 de mayo con cierta distancia. Nadie puede acusar a Gabilondo de extremista, histriónico, etc. Tampoco es probable que nadie que no sea muy fanático pueda tachar a Íñigo Errejón de peligroso radical que no defienda cada derecho y conquista democrática alcanzada. Entre Isabel Díaz Ayuso, David Pérez y Rocío Monasterio por un lado y Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón por otro (que son las dos posibilidades que suman escaños suficientes para que Ciudadanos decante una mayoría) creo que poca gente duda dónde está el extremismo, dónde la demagogia populista, donde el peligro para las instituciones y para las libertades e incluso dónde el nacionalismo más reaccionario. Evidentemente un acuerdo de gobierno de este tipo no podría ser lo ambicioso que nos gustaría a quienes no logramos una mayoría progresista el 26 de mayo pero permitiría preservar derechos y libertades, regenerar unas instituciones podridas por 25 años de aguirrismo y preservar la democracia frente al fanatismo y el odio. No es poca cosa si se piensa en el bienestar de la ciudadanía más que en los cálculos electorales del partido propio (probablemente a Más Madrid no le iría nada mal en unas nuevas elecciones) pero incluso pensando en esos cálculos, no creo que Ciudadanos pagara precio alguno por una opción que cada vez es más obvia.

-La tercera posibilidad es la repetición de elecciones. No hay más posibilidades de sumar una mayoría que con Ciudadanos habiendo mentido y atándose a PP y Vox o con Ciudadanos buscando ese acuerdo de regeneración y defensa de las libertades con Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón. O se da una de esas sumas o el 11 de septiembre se disuelve la Asamblea de Madrid y vamos a elecciones nuevas. No parece verosímil que esas elecciones dieran un resultado que beneficiara a Ciudadanos no ya por su posible caída sino por cómo quedaría, de nuevo, ante la necesidad de una investidura. Salvo un improbable vuelco electoral, las posibilidades son las que había el 26 de mayo (quizás alterando el equilibrio interno de cada bloque): o un reparto muy parecido al actual en el que Ciudadanos se encontraría de nuevo ante las mismas opciones ante las que hoy no habría sido capaz de decidir; o ante una mayoría progresista que permitiera un gobierno más ambicioso en políticas fiscales, medioambientales y económicas del que podríamos configurar hoy y en el que Ciudadanos e Ignacio Aguado serían completamente irrelevantes.

En su mano está. Ignacio Aguado puede rescatar a la Comunidad de Madrid de años de parálisis, reacción, corrupción y desmantelamiento de derechos y conducirla hacia la normalidad democrática (que no es poco avance) o pegarse un tiro en el pie de los madrileños.

De la «nueva política» al chalaneo más obsceno

No hace tanto la política española estaba empapada de lo que se llamó la nueva política, una suerte de cultura política ascética en la que se presumía de la renuncia a todo cargo, de la fugacidad de los pocos cargos que fueran imprescindibles, los sueldos moderados y a un simulacro exagerado de voto casi de pobreza. Tenía todo el sentido: veníamos de años de podredumbre en los que la corrupción había cooptado a muchos cargos políticos y sindicales y para ello se había servido de sobres, regalos, invitaciones y privilegios inaccesibles al común de los mortales. Los cargos políticos vivían en unas alturas desde las que se veía muy lejos al pueblo al que tenían que representar y servir.

De los consejos de administración de Cajamadrid a la universalización del coche oficial (el Ayuntamiento de Madrid llegó a poner un coche con su conductor para cada uno de sus concejales de gobierno y oposición) pasando por el palco del Bernabéu, los cargos públicos tenían difícil no sentirse una élite separada por un infranquable foso de la ciudadanía común. Había más complicidad muchas veces entre los miembros de esa élite (aunque aparentemente fueran adversarios) que con los representados. Eso fomentaba unas políticas en las que el interés general se convertía en una anécdota secundaria y una sensación de impunidad que ayudó a naturalizar una corrupción absolutamente extendida (desde el regalo de áticos hasta el regalo de títulos universitarios).

Las exigencias de la nueva política tenían todo el sentido como anticuerpos frente a una degradación absoluta de la política española.

No hace demasiado de esto. Apenas unos meses. Y sin embargo lo que estamos viendo desde el 28A y el 26M ha supuesto un giro radical que marea incluso al observador menos atento. No hay una sola exigencia o negociación de gobierno municipal, autonómico o nacional en la que el foco no esté en el reparto de cargos. No se conoce una línea roja programática, una conquista irrenunciable. Sólo sabemos que unos quieren entrar en consejos de gobierno, que otros quieren que los unos no entren aunque se hagan sus políticas, que Ciudadanos quiere trincar buenos sillones con los votos de Vox haciendo contorsionismos para devolvérselos y que al PP le da igual cómo se arregle lo de los sillones de los otros mientras se le garantice el suyo.

Uno recuerda casi con nostalgia cómo las negociaciones de Pujol y Arzalluz con Felipe González y Aznar nos parecían irritantes pasteleos sin escrúpulos porque la investidura dependía abiertamente de la entrega de competencias y presupuesto a sus Comunidades Autónomas. Hoy esto parecería un ejercicio de transparencia y altruismo enternecedor.

¿Alguien conoce alguna diferencia política insalvable para formar gobierno en España que no sea quién será ministro y quién no o si en vez de compartir ministerios se comparten direcciones generales? ¿Tiene alguna queja Vox de los primeros diez días de sectarismo, prohibiciones y censuras del Ayuntamiento de Madrid o sólo le preocupa qué concejalías, consejerías y chiringuitos va a trincar? ¿Sabemos qué le parece a Ciudadanos que los gobiernos de los que forma parte adopten las políticas de Vox o lo único que le preocupa es que no salgan en la foto compartiendo los sillones que con tanta renuncia política han logrado apañarse?

El culmen de la degradación fue el documento exhibido ayer por Vox. Primero por su carácter secreto, algo absolutamente intolerable y que debería ser ilegal. Y en segundo lugar por su obsceno contenido con sólo tres puntos: el primero, los sillones del PP; el segundo, los sillones de Vox; el tercero, la opacidad del acuerdo. Hasta los futbolistas que fichan por un equipo nuevo que les ofrece más dinero tratan de disimular diciendo que éste era su equipo desde niño o que buscaban nuevos retos.

No nos hemos curado todavía de tantos años de saqueo e indecencia como para dejar de tomar la medicación tan abruptamente. Disimulen un poco, que abriendo tanto la puerta va a pasar mucho frío.

De cinturones sanitarios y búsquedas de acuerdos difíciles

Uno llega a acuerdos con quien no piensa como uno. Es algo que hacemos continuamente: la vida en sociedad exige acuerdos, expresos o no, porque pensamos cosas distintas a todos los demás e incluso a lo que pensaba uno mismo hace un rato. Afortunadamente.

Es evidente que necesitamos acuerdos. La pluralidad política es una bendición que hay que mimar, el fin de las mayorías absolutas y de la España sin matices del bipartidismo es una oportunidad democrática. Pero si no lo fuera, daría igual: es un hecho, el acuerdo entre distintos es una necesidad inevitable. Todo el mundo sabe que en Cataluña no va a haber solución que no sea fruto del acuerdo entre gente que pensamos cosas radicalmente distintas: no sólo sobre las fronteras, también sobre economía, libertades… Otra cosa es que haya quien no quiera que haya solución.

Encontrar soluciones compartidas es dificilísimo cuando venimos de sobre escenificar las diferencias, pero es indispensable.

En el conjunto de España pasa exactamente lo mismo: no vamos a poder desbloquear las instituciones sin abrirnos a dialogar y a negociar con otros de quienes nos separa un abismo, pero un abismo legítimo. Y esa negociación (si quiere desbloquear el país y sus partes) tiene que pasar por huir de la satanización de quien no sea Satán. Sólo debería haber dos líneas rojas: no se puede abrir la puerta de las instituciones a quienes no respetan los derechos humanos y los principios básicos de la democracia (incluidos los principios de libertad, de igualdad, la no discriminación por género, raza, orientación sexual…) ni a quienes quieren las instituciones para robar. Quienes odian y quienes roban, sí, son Satán. Entre el resto hay discrepancias, en ocasiones enormes, pero llegar a acuerdos entre gente muy distante puede ser criticable o no según el acuerdo concreto (que debe ser público, perdón por la obviedad); puede ser criticable si el contenido es malo para la ciudadanía, pero intentando que no lo sea es legítimo… y conviene entender que en muchos sitios es imprescindible.

Es más que razonable intentar alcanzar gobiernos entre los partidos cuyos proyectos son similares. Descartados los partidos que quieren recortar derechos y libertades y los que está acreditado que son instrumentos de corrupción tiene todo el sentido que se busquen mayorías entre partidos con proyectos políticos más o menos cercanos. Si hay una mayoría de partidos de derecha democrática en un lugar es lógico que formen gobierno, si la hay progresista deben intentar llegar a acuerdos, donde haya conflictos territoriales es razonable que se prime el entendimiento entre quienes tienen un mismo proyecto nacional como una de las variables para formar gobierno.

Pero en España va a pasar mucho tiempo sin que haya mayorías de este tenor. No va a haber mayorías absolutas de partidos de derecha democrática durante un tiempo; la izquierda defensora de la unidad de España está lejos de poder gobernar sin el apoyo de otros.

Recordemos lo que pasaba en Euskadi y Navarra cuando ETA mataba. Se firmó un Pacto de Ajuria Enea (cuyo texto hoy resultaría escandaloso para tantos) que hacía que, mientras no se consiguiera que dejara de haber asesinatos, los partidos facilitaran gobiernos de sus adversarios si así conseguían evitar que tuvieran poder institucional quienes compadreaban con los crímenes.

Pese a los golpes de pecho de quienes exigen aislamientos, no hay nada más valiente que cruzar fronteras. La izquierda defensora de la unidad de España tiene que atreverse a hablar y llegar a acuerdos con las izquierdas independentistas vascas y catalanas porque no pasa nada, porque son acuerdos legítimos, porque tienen proyectos de país profundamente distintos pero legítimos mientras no quieran recortar derechos y libertades ni discriminar a nadie. Pero también hay que intentar hablar y si se puede acordar donde sea necesario con derechas democráticas no corruptas. Como tiene que haber una derecha democrática no corrupta que entienda que no se puede gobernar con quienes compadrean con la violencia machista (negando incluso su existencia), quienes quieren recortar derechos a quienes no son hombres, blancos, heterosexuales y católicos y con quienes usan las instituciones para robar, para destrozar las instituciones; y que la única alternativa a eso es llegar a acuerdos con otros partidos democráticos por muchas diferencias políticas que haya, por poco ambiciosos que puedan ser esos acuerdos.

Basta echar una ojeada a los pactos municipales, a los post pactos, al atasco de tantas comunidades autónomas, la imposibilidad de formar mayoría en España, la entrada del odio en gobiernos municipales y autonómicos… para tener claro que hay que optar. Los acuerdos entre partidos muy distintos necesariamente serán poco ambiciosos: si Ciudadanos llega a acuerdos con fuerzas progresistas tendrá que renunciar a bajar impuestos a las grandes fortunas; si las fuerzas progresistas logran un acuerdo con Ciudadanos en algún lugar saben que los avances sociales serán mucho menores que lo serían si gobernaran sin Ciudadanos (algo imposible tras los resultados electorales donde esos acuerdos fueran posibles). Si en Navarra se quiere alcanzar un gobierno progresista decente, es obvio que se tienen que entender fuerzas que tienen proyectos nacionales muy distintos y que por tanto ninguna logrará grandes avances en ese frente. Pedro Sánchez no debería asustarse de hablar con ERC sobre la investidura de España: precisamente una de las razones por las que ganó las elecciones fue que los españoles dieron la espalda a quienes criminalizan los puentes.

Hubo quien criticó a Más Madrid por tener la osadía de ofrecer un diálogo al PSOE y Ciudadanos para explorar posibilidades para Madrid que no pasaran por gobernar con Vox. Transcurridos apenas unos días de la investidura municipal, visto el circo, comprobados los primeros pasos… ¿alguien duda de que esa posibilidad era mejor para Madrid, para los demócratas, para los derechos de los madrileños y el funcionamiento de la ciudad que lo que ha sucedido?

En la mayoría de los sitios hay que optar. Las alternativas en muchísimos sitios son acuerdos legítimos entre adversarios con muchísimas discrepancias o bien colapso institucional o entrada de fuerzas no democráticas que van a usar las instituciones para el odio y la discriminación: la retirada de las pancartas contra la violencia machista en Madrid es sólo un primer aviso.

Puede que haya quienes prefieran la entrada del fanatismo antidemocrático en nuestros gobiernos; quizás haya quien opte por el colapso sine die como si repitiendo una y otra vez elecciones los votantes por fin fueran a dar los resultados con los que los electos se sienten cómodos. Pero así, a primera vista, no parece la mejor de las opciones.

No es un ayuntamiento Frankenstein: es un ayuntamiento machista

Ayer fuimos conscientes de cuál ha sido la primera medida del Ayuntamiento de Madrid del PP, Ciudadanos y Vox. Han retirado de muchas Juntas de Distrito las pancartas contra la violencia machista con lemas tan partidistas como «Vivas nos queremos» o «Ni una menos«.

La acción es muy grave: el Ayuntamiento de Madrid está lanzando el mensaje de que la preocupación por la violencia machista (más de mil mujeres asesinadas en una década y media) es una cuestión ideológica, de partido. Que no es una prioridad absoluta de toda la sociedad independientemente del partido político; y que lo más urgente que tenía el Ayuntamiento era hacer saber que es así, que eso ya no es una prioridad. El mensaje del Ayuntamiento es letal, es intolerable. Y tiene consecuencias reales en la renaturalización de la violencia machista.

En España se ha ilegalizado a partidos políticos por su indiferencia activa con asesinatos al considerar que esa indiferencia activa era complicidad. ¿Alguien imagina qué diríamos a día de hoy si en algún Ayuntamiento vasco llegara la izquierda abertzale y lo primero que hiciera fuera retirar carteles de rechazo a los crímenes terroristas? ¿Qué estarían haciendo ya los jueces y fiscales? Afortunadamente eso ya no pasa: ya no nadie que relativice la gravedad de esos crímenes que felizmente se terminaron. Desgraciadamente no ocurre lo mismo con los crímenes machistas.

En el Ayuntamiento de Madrid gobiernan PP y Ciudadanos con el apoyo de Vox (hasta que en unos días les den los ansiados carguetes y gobiernen los tres de la mano). Ciudadanos, además, se ha cogido la responsabilidad de igualdad. Sin embargo ayer atacó a quienes informaban sobre la retirada de las pancartas diciendo que ellos no tenían nada que ver, que eso era en las juntas del PP. A quien no criticaron, por cierto, fue al PP por retirar las pancartas: de nuevo no les importaba lo que está pasando sino cómo queda la foto de lo que pasa. No les parece grave que el Ayuntamiento renuncie a rechazar los crímenes, les parece grave salir feos en la foto.

Madrid no tiene dos ayuntamientos, uno del PP y otro de Ciudadanos. Madrid tiene un Ayuntamiento que gobiernan juntos PP y Ciudadanos. Ni en breve tendrá tres ayuntamientos sino uno con PP, Ciudadanos y Vox. Ciudadanos es muy escrupuloso a la hora de señalar complicidades: la excusa para no sentarse a hablar con Ángel Gabilondo en Madrid es que es del mismo partido que Pedro Sánchez al que en España votó una vez ERC y ERC en Cataluña ha participado en el intento independentista. ¿Puede un partido que usa tales argumentos decir que ellos no tienen nada que ver con lo que hace el gobierno municipal del que ellos mismos son parte?

Van a ser cuatro años muy duros. Pero a Ciudadanos le convendría dejar de tomar a la gente por imbécil. El Ayuntamiento de Madrid ha optado como prioridad por arrancar la lucha contra la violencia machista. Podía haber otro Ayuntamiento, nadie obligó a Ciudadanos a ser los responsables de igualdad del Ayuntamiento de Madrid. Nadie obligó a Ciudadanos a gobernar con la mugre, la corrupción y el odio. Nadie le obligó ni nadie lo olvidará.

Un pacto secreto

«¿No sería el momento de hacer público el documento pactado? No lo vamos a hacer por consideración a Almeida.» La respuesta de Ortega Smith en una entrevista en La Razón de esta mañana es la guinda de una actuación política bochornosa y profundamente antidemocrática.

No se recuerda en una democracia que dos partidos alcancen un acuerdo de gobierno y que sea secreto: que los ciudadanos no puedan saber a qué acuerdos han llegado quienes van a gobernar sus instituciones, que los partidos de la oposición no puedan controlar el contenido y el cumplimiento de los compromisos a los que hayan llegado los partidos de gobierno… es algo absolutamente ilegítimo en una democracia. Puedes (debes) tener negociaciones en privado, pero una vez firmado y sobre todo ejecutado (ya se han votado las investiduras fruto de ese acuerdo) no cabe guardar en secreto los acuerdos de gobierno. Y sin embargo PP y Vox no hacen el menor esfuerzo en, al menos, disimular el bochorno, presumen de ese pacto secreto y hasta se amenazan con difundirlo sin que sus pesebres mediáticos les alerten sobre la vergüenza que supone.

La escena teatral de los acuerdos y desacuerdos municipales y autonómicos es tan patética que a veces el ridículo eclipsa la agresión democrática. En este caso, el papelón de Ciudadanos haciendo como que desconoce ese pacto secreto entre Vox y PP que condiciona los gobiernos en los que Ciudadanos es protagonista mueve casi a una mezcla de risa y pena aún mayor que la indignación que debería generar la opacidad de los compromisos que se han alcanzado para nuestras instituciones a nuestras espaldas. En el colmo de la indignidad Ciudadanos no hace ni el simulacro de exigir a sus socios que le enseñen qué han pactado sobre los gobiernos en los que ellos están.

No se recuerda en política (democrática) que dos partidos convoquen a la prensa para que difundan cómo firman un papel… y escondan ese papel para que no lo conozca nadie. ¿Qué contendrán esos pactos para que PP, Vox y Ciudadanos piensen que lo mejor es que no sepa nadie qué tienen firmado hacer con nuestras ciudades? Los partidos políticos suelen presumir de sus intenciones de gobierno porque al menos antes de empezar suelen ser buenas para sus votantes; es después, con los fracasos, las prácticas y las mentiras cuando algunos tienen que maquillar lo que realmente han hecho. Que antes de empezar a gobernar ya nos estén ocultando lo que tienen pensado no sólo es democráticamente ilegítimo, es que además permite hacernos una idea de la agresión que tienen prevista contra los madrileños.

En los tiras y aflojas para repartirse cargos y presupuesto público, es probable que estos días PP y Vox vayan filtrando en los medios de que disponen los contenidos de ese acuerdo que les interesen para debilitar la posición del otro. Eso, espero, llevará a que tarde o temprano conozcamos el documento que han firmado sobre nuestras instituciones. Pero ya habrán dejado clara su categoría democrática: ese pacto secreto que llevó la semana pasada al reparto de ciudades entre las derechas y los ultras empieza con toda una exhibición de lo que es intolerable en democracia.

Ciudadanos: una muerte ridícula

Ciudadanos debería asumir el triste papel que han decidido libremente jugar en vez de hacer el ridículo con un teatro tan malo. En serio: nadie va a creerse que mantener al PP en todos los gobiernos autonómicos en los que el PP lleva más de 20 años tenga algo que ver con cambio; nadie va a entender que quien pacta con Vox está combatiendo el populismo ni el nacionalismo (tampoco nadie se va a tragar los tristes juegos retóricos y escénicos para decir que no están pactando con Vox); nadie mirará a quien resucita al PP de Madrid, de Murcia o de Castilla y León como a un regenerador.

Ciudadanos hizo una apuesta en campaña electoral: adelantar al PP en el conjunto de España o al menos en lugares relevantes y disputar la hegemonía de la derecha. Fracasó. Fracasó rotundamente. Ni siquiera lo consiguió con Begoña Villacís, tan exageradamente promocionada en su campaña de disparates y mentiras contra Manuela Carmena: quedó por detrás de un desconocido de virtudes por descubrir, que ha sacado los peores resultados del PP en el Ayuntamiento de Madrid y aún así son mejores que los de Ciudadanos.

Ciudadanos se queda en la derecha, en la derecha más dura, demagoga, antisocial, antiliberal y antigua. Pero ya para siempre como fuerza subalterna, ni siquiera como bisagra: está siendo humillado cada día por PP y Vox y cada día acepta la humillación con cara de seriedad como si estuvieran exhibiendo una gran dignidad: la dignidad nueva del emperador.

Ayer Ciudadanos aceptó incorporar a los presupuestos andaluces la visión cómplice con la violencia machista de Vox y su política xenófoba. En la Comunidad de Madrid excluyó a dos fuerzas democráticas de la Mesa de la Asamblea (algo que no había hecho ni Esperanza Aguirre con su sectarismo y sus mayorías absolutísimas) para conseguir ellos su sillón de presidente de la Asamblea de Madrid (¿alguien recuerda el nombre de alguna presidenta o presidente de la Asamblea de Madrid?) y convertir la exigua mayoría de las derechas madrileñas en un rodillo (5-2) con sillón para los ultras.

Se comerán los carguetes que el PP le prometa a Vox, se comerán los escándalos que vayamos conociendo del PP, se comerán las políticas más reaccionarias que hayan impulsado nuestras administraciones públicas desde la restauración de la democracia.

Durante unas semanas es posible que sigan haciendo el ridículo pidiendo hacerse fotos en el Orgullo o poniendo nuevos y sugerentes adjetivos a su impostado feminismo. Pero ya nadie, nadie les hará caso más que para reírse de ellos.

Se han entregado, se han rendido. Los tiranillos más patéticos de la Historia siempre que han perdido guerras se han pasado unos días haciendo encendidos discursos proclamando su victoria, discursos muy solemnes que desde lejos causan sólo entre risa y pena. Pocas semanas después sus vencedores los ahorcan sin necesidad de grandes discursos.

Si Def Con Dos escribiera ahora su «Pánico a una muerte ridícula« incluiría, sin duda, lo que le está haciendo Albert Rivera a su Ciudadanos.

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