Hace unos días sucedió en la provincia de Madrid algo bastante curioso. El alcalde de Las Rozas, un señor pepino bastante reaccionario (valga la redundancia), explicó a unos niños de 8 y 9 años que él no cree en Papá Noel ni en los Reyes Magos. La historia debe de ser cierta, pues el alcalde se justificó diciendo que los niños tenían 10 años y que iban a un colegio laico. Después de que esta excusa sonara disparatada desmintió haber dicho lo que dicen que dijo.
Soy un ateo convencido de que la religión mayoritaria tiene tanto sustento como la creencia en Papá Noel, los Reyes Magos o la aparición repentina por las calles de Madrid del Pato Donald. Si por mí fuera en las escuelas se les enseñaría a los niños la verdad: que los dioses son un invento y que como tal invento tienen su magia, como la tienen Macondo, los unicornios y la máquina del tiempo. Ningún ser humano es patrimonio de nadie y por tanto no creo que los padres sean dueños de sus hijos y tengan por ello derecho a inculcarles historias ficticias como dogmas de los que difícilmente se despegarán. Ocurre que uno tiene que convivir con otra gente y aceptaría como opción transversal la laicidad de lo público: que no se les cuenten a los niños como verdaderas historias supersticiosas en la escuela a cambio de que tampoco se les aclare que algunos cuentos que les están contando son eso: cuentos. Ya digo que para mí no es el escenario ideal, pero es un avance.
No tengo hijos aún, pero sí la firme intención de no decirles cuando los tenga que es cierto nada que yo no sepa que es cierto, y en la medida de mis posibilidades intentaré que tengan como mínimo tantas dudas como su padre. ¿Eso les privará de la ilusión en estas fechas? ¡Qué va! Yo me enteré de muy pequeñito de que los regalos que recibía en Navidad los compraban mis padres. No perdí ni un ápice de ilusión por ello, pues aquellos regalos colmaban mis deseos, además eran una muestra del afecto de mis padres, de mi abuela… y podía agradecérselo con unos besos: ¡esos pobres niños que creían en seres ficticios no tenían a quién ofrecer cariño en muestra de gratitud!
Mantuve durante más años mi creencia en Adán y Eva que en reyes magos y papás noeles. Ya digo que este descrédito no me causó ninguna merma emocional. En cambio, la creencia en la realidad de los mitos cristianos sí generó con el tiempo una notable angustia. Mantuve durante dos o tres años de adolescencia una desconfianza con todo lo que me venía de la religión (la moral, los mitos concretos…) sin dejarme a mí mismo ser consciente de que no creía en la existencia de divinidad alguna. Por fin un día fui consciente de que sólo creía por si acaso y recuerdo aquella toma de conciencia como una inmensa liberación. Esa atadura es la única angustia vital que recuerdo de la adolescencia, más allá de episodios familiares que coincideron con esa época pero que no me sucedieron por ser adolescente.
No sé cómo fue el episodio de Las Rozas. Pero si es tal como lo cuentan lo único reprochable es la falta de pedagogía. A nadie le importa si él en concreto cree en los Reyes Magos y en Papá Noel: cree, por ejemplo, en la Mano Invisible, que es igual de mítica (y encima no sólo no deja regalos, sino que roba). No tendría nada que objetar si en vez de eso les hubiera explicado que en realidad esas figuras son un mito, una bonita tradición, pero que en realidad los regalos los colocan ahí sus padres, porque los quieren, que sacrifican una importante parte de lo que obtienen trabajando en generar ilusión a sus hijos y que más importante que los regalos es esa muestra de amor de sus padres.
El alcalde les habría dicho eso si en vez de ser un animal rencoroso fuese un humanista.
Yo también soy un ateo convencido a pesar de haber tenido una educación religiosa (eso sí, abierta y humanista). A los doce años dejé de creer y me convertí en agnóstico; a los veintitrés tuve una «crisis espiritual» y me convencí de la inexistencia de cualquier ser divino o trascendencia de los seres humanos más allá de la muerte.
Dicho eso, he disfrutado como un enano esta mañana cuando mi hija de tres años ha ido a encontrar los regalos junto a los zapatos limpios. Su emoción se me ha contagiado, porque sí creo en la magia de la niñez, que dura lo que dura.
efectivamente don Hugo. Yo soy ateo, sí, ateo pero mis dos hijos hoy han vivido la ilusión de los reyes magos ya que lo considero más un hecho cultural y tradicional que un hecho religioso. Lo del alcalde de Las Rozas: para cortarle las pelotillas.
En mi casa hoy somos monarquicos por un dia.
«… inculcarles historias ficticias como dogmas de los que difícilmente se despegarán…»
Como por ejemplo el marxismo.
Hola, sigo el sitio con mucho interés. Mis felicitaciones al autor.
Hoy me animo a comentar, porque tengo hijos y nunca les hemos metido el cuento de los reyes magos. Siempre les hemos dicho que existen en la imaginación como los demás personajes de los cuentos, pero no en la realidad. Tampoco me ha parecido muy deseable que pusieran su ilusión en regalos materiales, sino en jugar con sus amigos, aunque lo cierto es que ellos esperan los regalos que les vienen de los padres y abuelos.
Pero no conozco a nadie que haya hecho lo mismo. Aun así estoy contento de haberlo hecho.
Con l@s niñ@s funciona muy bien el personaje mágico, y les da igual que sean los tres reyes magos, el olentzero, el caga-tió, las tres presidentas de la república o lo que se le ocurra a cada un@. Les gusta la magia, l@s personajes fantásticos y en mi opinión no hay nada malo en ese «engaño» (hasta los 6-7 años), lo peor es que reciban 50 regalos en un día de los que se cansan en un mes.