Probablemente la foto que mejor permite interpretar las motivaciones de cualquier acción política de Trump sea una de las difundidas por la propia Casa Blanca de esa supuesta «sala de crisis» («Situation Room«) en la que Trump y unos cuantos hombres más (no sale una mujer ni por casualidad) están supuestamente siguiendo las operaciones en Caracas. Las imágenes intentan colocar a Trump en su momento histórico: darle su «Barack Obama deteniendo a Bin Laden«.

En esa extraña habitación, delimitada por telas negras, sólo hay un ordenador que está observando el secretario de Guerra de Trump, no hay papeles, ni siquiera miran teléfonos móviles, pero hay una pantalla. No está emitiendo videollamadas, ni imágenes de Caracas ni de ningún centro militar. Lo que se ve en la pantalla es Twitter.

¿Cuál es el sentido de la operación de Trump en Caracas? De las decenas de declaraciones que ha dado el entorno de Trump se puede extraer la conclusión que uno quiera: puede ser por petróleo, puede ser por cocaína, puede ser por falta de democracia (algo de lo que básicamente no ha hablado el trumpismo, pero que usan quienes quieren defender la agresión estadounidense y seguir simulando ser civilizados)… Del mismo modo que el siguiente paso puede ser cualquiera: Groenlandia, Cuba, México, Colombia… Hay verborrea suficiente como para que quien quiera pueda sostener el análisis que decida.

El trumpismo (no sólo el trumpismo de Trump: también el de Ayuso, el de Milei…) no sólo no necesita argumentaciones sólidas sino que precisamente ha decidido llamar batalla cultural a sostener las estupideces más irracionales contra viento y marea: no rectificar ningún disparate, gestionar las meteduras de pata diciendo una barbaridad aún mayor y atacar con la mayor virulencia posible a cualquiera que ose cuestionar el irracionalismo, quien no adule de forma rastrera la última estupidez del (de la) líder es un enemigo al cual hay que derribar.

Es lógica nuestra tendencia a racionalizar las cosas. A veces nos lleva incluso a ser irracionales: casi todas las supercherías vienen del impulso a buscar causas de lo que resulta incomprensible. Pero precisamente la base intelectual de la nueva derecha mundial es la confrontación con la racionalidad: por eso niegan el conocimiento (desde el cambio climático a las vacunas) y atacan a la universidad, por eso la gilipollez no es un accidente, sino la esencia intelectual de este movimiento ultra.

Trump necesitaba exhibir que tiene cojones para lo que haga falta. Porque hasta ahora ha sido muy gallito pero ni Groenlandia es de Estados Unidos ni el Premio Nóbel de la Paz es suyo (¡jódete, Maria Corina, que yo sí me he cargado a Maduro, pero ahora dejo a Delcy ahí!).

Ni la droga, ni el petróleo, ni mucho menos los derechos humanos ni la democracia. Estamos pasando del «No más guerras por petróleo» al «No más guerras por cojones». En la pantalla de la sala de crisis a lo que estaban atentos es a los likes en twitter.