Blog de Hugo Martínez Abarca

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Celebrar la flebitis del dictador

Es razonable que la derecha española tenga un trauma histórico con la dictadura. Pese a lo mucho que lo reiteran, no han cerrado esa herida, porque las heridas no se curan mirando para otro lado hasta que se infecten y la derecha española siempre ha presumido de que la forma de curar los crímenes de la dictadura era no hablar de ellos y silenciar a sus víctimas mientras se van muriendo. Ese trauma les lleva a hacer el ridículo como están haciendo estos días con sus argumentos para rechazar que 50 años después de la muerte de Franco, los demócratas aprovechemos para celebrar la democracia, recordar a las víctimas del mayor asesino de españoles de la Historia y agradecer a nuestros mayores que lo dieron todo por conseguir que sus hijos, sus nietos, sus bisnietos… recuperásemos la libertad y la democracia que a ellos les habían arrebatado.

La celebración de aniversarios redondos del fin de la dictadura no es ninguna novedad que se haya inventado este gobierno.

En los años 90 el tardofelipismo puso en marcha la operación de sacralización de la Transición. Sacaron del cajón unos documentales de Victoria Prego que llevaban un par de años terminados. Los emitieron en La2 en agosto (suponían que la Transición era una cosa que ya no le importaba a nadie) y con duras críticas de los medios de la derecha. Porque el sentido de aquella propaganda de la Transición por parte de los gobiernos de Felipe González era ensalzar el «consenso» en contraposición a la «crispación», esto es, a que la oposición de derecha e izquierda criticase los GAL, Filesa, Mariano Rubio, Luis Roldán… El PP de Aznar vio que esta religión de Estado le podía ser útil (en su manipulación nacionalista del patriotismo constitucional, que arrancó a Habermas para atacar entonces al PNV) e hizo suya la Buena Nueva de la Transición.

El caso es que la sacralización de la Transición triunfó. Triunfó como un mito religioso, con su Biblia (los documentales de Prego, que pronto se regalaron con todos los periódicos), con su santoral de hombres ilustres (el masculino no es genérico) y con sus fiestas de guardar. Las fiestas de guardar consistían en que todos los años eran el aniversario redondo de algún gran evento que teníamos que recordar todo el año.

Si era 1995, había que celebrar el 20º aniversario de la muerte del dictador (nadie discutía entonces la obviedad de que aquella muerte suponía el hito más importante del tránsito de su dictadura a esta democracia). Si era 1996, conmemorábamos el 15º aniversario del 23-F, que fusionaba democracia y monarquía. En 1997 celebrábamos el 20º aniversario de las primeras elecciones democráticas y el PSOE intentaba también colar el 15º aniversario de su victoria electoral en 1982, la primera victoria electoral de la izquierda desde el golpe del 18 de julio. En 1998, por supuesto, el 20º aniversario de la Constitución y, los más audaces, el 25º aniversario de la muerte de Carrero Blanco (hecho con el que arrancaba la Transición en el documental de Victoria Prego). En 1999 celebraríamos el 20º aniversario de los primeros ayuntamientos democráticos. Y en 2000 volvíamos a empezar el ciclo añadiendo cinco años a cada aniversario: 25 años de la muerte de Franco, 20 del 23-F…

Aquel ciclo de conmemoraciones perpetuas se reiteró ininterrumpidamente hasta que la crisis económica de 2008 y el 15M convirtieron la propaganda de la Transición en un bumerán muy poco eficaz para un bipartidismo que pretendiera sobrevivir.

Entre las respuestas ridículas que está dando el PP a la conmemoración del 50º aniversario de la muerte de Franco está que con la muerte del dictador no pasó nada (no hubo democracia al día siguiente: Juan Carlos empezó su reinado como dictador) y, en concreto, en enero el dictador tenía flebitis pero aún tenía fuerza para cometer sus últimos crímenes (las palabras ‘dictador’ y ‘crímenes’ no constan en el argumentario oficial del PP; ‘flebitis’, sí).

Que en enero de 1975 el dictador no había muerto, es un hecho. De hecho, los últimos años y meses de la dictadura fueron de los más duros para la oposición democrática, sólo superados por los terribles años 40. Pero a quienes recordamos cómo se usaba cualquier aniversario para instalar el mito fundacional de la Transición… la exquisitez con la que el PP pretende celebrar la Navidad exclusivamente el 25 de diciembre, el Black Friday sólo un día y la muerte del dictador en la fecha exacta en la que se produjo nos saca una condescendiente sonrisa .

Pero la crítica más reveladora es la otra: la que pretende que la muerte del dictador no supuso ningún evento políticamente rescatable. Lo explican, además, rescatando que el dictador murió en la cama: lo hacen pretendiendo que eso ridiculiza a la oposición democrática. «No sería tan valiente la izquierda», dijo un diputado de Ayuso en diciembre, asumiendo que la derecha no combatía a Franco, que era legítima la violencia armada contra la dictadura -era reprochable que su muerte hubiera sido natural- y ninguneando la valentía de los hombres y mujeres que pagaron con cárcel, tortura, miedo y muerte la defensa de la democracia.

Y es reveladora porque evidencia que quienes vomitan estos argumentarios no han hablado en su vida con ningún demócrata que se opusiera entonces a la dictadura. Porque aquellos demócratas sabían muy bien que la muerte biológica del dictador no traía inmediatamente la democracia. Pero celebraron con cava, con discreción, con cierto miedo pero mucha más alegría que el tirano, el criminal, la figura que había encarnado el golpe de Estado, la alianza fascista contra España y la eterna dictadura… se iba a la mierda. Por supuesto que tenían enorme incertidumbre. Pero los miles de valientes demócratas a los que más agradecimiento y reconocimiento debemos los españoles de hoy sabían que la muerte de Franco era un hito que iba a cambiar su país y sus vidas, que estaba más cerca poder defender ideas sin tener que ser un héroe. Que, al menos, a esa figura criminal ya no iban a verla tanto, ya no iban a verla siempre en todos los segundos, en todas las visiones.

Hace 50 años miles de mujeres y hombres demócratas lloraban de alegría o de incertidumbre: ninguno negaba la grandeza del momento histórico. Lo hacían aún escondidas, igual que la derecha española querría que no hagan ruido hoy quienes quieren homenajearles. Muchos de ellos están entre nosotros: quien no quiera hacer el ridículo, haría bien en preguntarles cómo vivieron los demócratas de 1975 la muerte de Franco.

Le preocupa a la menguante derecha democrática que la memoria de la dictadura sea útil a la izquierda española. Lo tiene muy fácil: la derecha democrática alemana nunca duda en recordar el nazismo y ponerse del lado de sus víctimas y gracias a eso la memoria es un pilar del Estado, no un asunto electoral. Las heridas se curan limpiándolas. El día en que la derecha española deje de evidenciar su incomodidad al señalar como enemigo de España al criminal y como héroes a los demócratas que le enfrentaron habrá hecho un gran favor a España, a la democracia… y también se habrá hecho un gran favor a sí misma.

Qué raros son estos «constitucionalistas»

No tengo muy claro por qué la hidra aznarista se niega a condenar el franquismo. No pasaría nada. Condenar algo ya se ha convertido en un ritual que no exige coherencia alguna con esa condena. Y no creo que a estas alturas a los votantes del PP y Ciudadanos, los partidos que ayer se negaron a condenar la dictadura franquista en el Senado, fueran a castigar una condena de la que probablemente ni se enteraran. Si hasta Aznar en los años 90 se hacía pasar por admirador de Manuel Azaña…

Lo más revelador de la votación de ayer en el Senado fue la enmienda que propuso el Partido Popular: pedía ilegalizar las organizaciones que defiendan el «comunismo y todas aquellas ideologías populistas que fomenten el enfrentamiento entre ciudadanos«, eso sí, para «seguir protegiendo los valores fundamentales de nuestra democracia recogidos en nuestra Constitución española de 1978«.

Vamos a dejar a un lado la patochada de ilegalizar cualquier «populismo que fomente el enfrentamiento entre ciudadanos», dado que es una definición que permitiría ilegalizar a cualquier organización política que defienda algo que no defienda todo el mundo. Dejamos de lado, por supuesto, que prefieran ilegalizar a partidos por tener una ideología que no les gusta que a, pongamos, un partido que hubiera creado «un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional».

Más allá de eso, son muy raros estos constitucionalistas. Uno de los titulares ya olvidados que logró Pablo Casado fue anunciar que iba a proponer «una Ley de Concordia que reivindique la Transición» (con la que derogaría la Ley de Memoria Histórica). ¿Qué parte de la Transición quiere reivindicar Pablo Casado? El hito fundamental que hizo creíble para el mundo que España estaba recuperando la democracia fue la legalización del Partido Comunista de España. Y ahora el PP, para condenar la dictadura que asesinó a 150.000 españoles, exige revertir los principales avances democratizadores de la Transición.

Sería una forma muy rara de reivindicar la Transición; suena extraño condicionar la condena a una dictadura a que se reduzca caprichosamente el pluralismo político (condenar la dictadura para recortar la democracia). Pero ya sólo produce una sonrisa. Estamos ya demasiado acostumbrados a que la derecha española use la Constitución y la Transición no para referirse al texto constitucional que tenemos ni a los hechos que sucedieron en España a finales de los 70, sino como una religión política inquisitorial, un martillo de herejes, que sirve sólo para echar del campo de lo políticamente legítimo a quien no esté pegado a los salmos del PP.

Lo más curioso es que el relato que nos contaron de la Transición era justamente el contrario: que fue el momento en el que hubo apertura para que todo el que no fuera un fascista inadaptado o un terrorista tuviera cabida en la política española. Están cambiando el relato tanto que en la Transición que nos quieren defender ya sólo cabría esa Alianza Popular que no votó a favor de la Constitución.

Si tomáramos a Casado en serio

Imagínate que tomáramos a Pablo Casado en serio. Que dejáramos de protegerlo de sí mismo, lo empezáramos a respetar intelectualmente y discutiésemos con sus astracanadas como si fueran posiciones intelectuales pensadas y por tanto coherentes entre sí. Sería raro, pero vamos a probar.

El sábado Pablo Casado volvió a explicarnos lo que hacía «España» en América hace 500 años. En América «España» no tenía colonias, en América había España: «Nosotros [sic] no colonizábamos, lo que hacíamos era tener una España más grande«. Es decir: Argentina, Perú, Cuba… no eran colonias, eran parte de la nación española.

Supongamos, insisto, que nos tomamos en serio a Casado.

¿Por qué Cataluña no tiene derecho a la autodeterminación? Hemos escuchado por activa y por pasiva que tal derecho no es la salida democrática y pacífica a cualquier conflicto territorial sino que es un derecho de los pueblos sometidos a la colonización. Es una gilipollez reservada a ignorantes, eso ya lo hemos aprendido, defender para Cataluña una votación porque al no ser colonia lo único que se aplica es el derecho a la integridad territorial. Por eso a quien actúe contra la integridad territorial, aunque sea de forma pacífica, se le acusa de delitos gravísimos que conllevan muchísimos años de cárcel.

¿Qué diferencia Cataluña de los países de América Latina? Para un nacionalista catalán, nada. Para Pablo Casado tampoco. Una nacionalista catalán piensa que Cataluña es una colonia como lo era Argentina. Pablo Casado piensa que Cataluña no es una colonia como no lo era Argentina. Son lo mismo.

Si los países de América Latina no eran colonias sino provincias españoles, ¿en qué se diferencia su independencia (que intuyo que hoy no cuestiona ningún español por nacionalista que sea) de la que pretenden los independentistas catalanes? ¿Deberíamos haber detenido al general San Martín y a Simón Bolívar porque, lejos de ser libertadores, eran sediciosos cuando no culpables de rebelión? Si nos tomamos a Pablo Casado en serio… sí.

¿Y qué pasa hoy con América Latina? Si nos tomamos en serio la idea de nación española que viene expresando a brochazos impresionistas Pablo Casado, España es una nación desde hace al menos 500 años, la unidad de la nación española es indisoluble e inmutable y de la nación española han formado parte (y por tanto forman parte si la unidad de la nación española es indisoluble e inmutable) los países latinoamericanos. Reconocer hoy que esas provincias españolas de ultramar (nunca colonias) ya no son provincias españolas sino naciones y Estados tan legítimos y reales como la nación española y el Estado español sería absolutamente incoherente con las cosas que ha venido diciendo Casado.

En realidad las patochadas de Casado que nadie (ni él, supongo) se toma en serio sólo vienen a demostrar la inconsistencia de todo nacionalismo primordialista: sea el que nos dice que España es la nación más antigua del mundo cuya unidad es indisoluble e inmutable, sea el que nos explica los derechos de los vascos porque los romanos no pudieron o sea el que pide recuperar Al Andalus para una gran nación musulmana. Es ridículo. Las naciones no son cosas rígidas, milenarias e inmutables. Ni siquiera la nuestra, mala suerte.

Imaginemos que tomamos la última chorrada de Pablo Casado en serio. ¿Qué hacemos? ¿Invadimos Argentina o intentamos solucionar el conflicto catalán sin más dogmas que la paz, el diálogo y la democracia?

Las memorias de España

No es cierto que la derecha autoritaria española no reivindique la memoria historia, que no mire atrás, que no se ocupe del pasado. Lo que no reivindica nuestra derecha más dura es una memoria democrática.

Ayer publicó el diario El Mundo un artículo de Rosa Díez (ex consejera del gobierno vasco con Ardanza -PNV-, ex eurodiputada del PSOE con Zapatero y ex portavoz de UPyD consigo misma) llamando a un alzamiento nacional (para defender la democracia, por supuesto, como todos los golpes de Estado) y para ello invocó los años 30: «Lo que ocurre en España se parece mucho a lo que se vivió en los años 30 del siglo pasado cuando la unión del radicalismo de izquierdas y los nacionalistas provocaron la destrucción del orden constitucional, la República.». En la memoria histórica que ha construido Rosa Díez fueron las izquierdas y los nacionalistas (catalanes y vascos, se entiende) los que provocaron la destrucción del orden constitucional. Ello le sirve para leer el momento presente de España y saber qué hay que hacer. Así que, ayudados por su memoria, tenemos que entender que el alzamiento que propone Rosa Díez para salvar la democracia debe de ser parecido a la operación quirúrgica del 18 de julio de 1936.

Ayer el artículo de Rosa Díez fue una de las cosas más comentadas en las redes sociales pero ninguno de los comentarios afeó que estuviese mirando 80 años atrás, anclada en el pasado, reabriendo heridas que han cicatrizado, que lo que toca es mirar al futuro. No.

Y es normal porque en las últimas semanas la competición en la que andan metidos en esos lares de Dios les ha llevado a ir mucho más atrás de 80 años. El famoso discurso de Pablo Casado sobre la Hispanidad se remonta más de 500 años para narrar una arcadia de la raza, un pasado feliz en el que España descubría un mundo en blanco y negro y lo pintaba de color, de cristianismo, de español y de felicidad. Y más allá, hace tres años, Santiago Abascal, el caudillito de Vox, empezó una gira por España en Covadonga. Vale mucho la pena leer este delirante artículo con el que explicaba por qué Covadonga con la misma lógica memorialística que Rosa Díez: recordar el pasado para saber qué hay que hacer en el presente. Así, en 711 los moros destrozaron España por culpa de los traidores (don Julián) y la cobardía de los políticos españoles (los nobles), pero don Pelayo se levantó entones contra el multiculturalismo como ahora el propio Santi, Santi, Santi Abascal. De una forma menos histriónica, esa misma memoria es a la que apela la monarquía actual cuando Felipe VI elige también Covadonga como primer acto público de la Princesa de Asturias, el mismo sitio en el que Juan Carlos I le dio la cruz de la victoria a Felipe cuarenta años antes: y como la virgen de Covadonga a don Pelayo a finales del siglo VIII.

La memoria construye país. No hay país sin memoria. Mirar al pasado, recordar hitos, homenajear héroes, señalar crímenes, traiciones y catástrofes es un acto imprescindible para construir futuro, para explicar en qué país está uno pensando: todo el mundo lo hace, no hay identidad política ni nacional sin memoria. No nos dicen que no miremos al pasado: lo que nos dicen es que no pensemos en democracia cuando miramos al futuro.

Se puede hablar bien de España sin parecer gilipollas

«No somos conscientes a veces de que un pueblo milenario y una nación centenaria ha hecho tanto por toda la humanidad. ¿Qué otro país puede decir que un nuevo mundo fue descubierto por ellos? (…)La Hispanidad es el momento (sic) más brillante de la humanidad porque nunca antes había conseguido trasladar la cultura, la historia, la religión a tantos sitios a la vez«.

Se supone que Pablo Casado quería hacer un discurso de enaltecimiento patriótico, ahora que hay una disputa en la derecha española por liderar el torrentismo. Y le salió así de anacrónico, de ridículo, de infantil e iletrado a partir de «la Hispanidad», a la que resignificó hasta el punto de hablar de ella como de un hito o un momento (¿?): probablemente se refería al Descubrimiento de América pero le salió así para añadir comicidad.

Hay mimbres de sobra para hablar bien de España. De su Historia, de la Historia de los pueblos que habitaron lo que hoy es España y de muchos aspectos presentes de nuestro pueblo sin necesidad de caer en un patetismo sonrojante.

Sería muy constructivo reivindicar a filósofos, científicos y sabios musulmanes, judíos y cristianos y tomar como ejemplo oportunísimo la convivencia simbolizada en Toledo que hubo a veces entre las distintas culturas y religiones en los reinos ibéricos medievales.

Tenemos en nuestra Historia un «siglo de oro» que conocer y del que presumir, un Cervantes del que empaparse más allá que como marca comercial, una generación del 27, un Lorca, un Machado, un Juan Gris, un Picasso… Tenemos científicos que se rebelaron contra la miopía histórica de nuestras élites, tenemos al tipo que ganó un Nobel de Medicina por descubrir las neuronas. Tenemos hasta políticos que hace siglo y medio prefirieron dimitir antes que firmar una pena de muerte. Somos uno de los primeros países en el que se reconoció el derecho al voto universal, también a las mujeres. Hemos sido vanguardia de la expansión de los derechos de la comunidad LGTB cuando nos contaban que en nuestro ADN nacional estaba el machismo y el odio. Nuestro pueblo ha estado numerosas veces en la calle en defensa de la paz, en contra de las guerras.

Podemos recordar la dignidad exhibida en varios levantamientos populares, desde la revuelta de los comuneros al 2 de mayo, llegando a la resistencia antifascista tras el golpe de Estado de 1936 y durante toda la dictadura. Somos el país que protagonizó el mayor ejemplo de solidaridad internacional que se recuerda cuando miles de ciudadanos de todo el mundo vinieron a España a defender un régimen constitucional frente a los fascismos europeos. Eran españoles los primeros héroes que entraron en París en su liberación de la ocupación nazi y todos los años Francia lo agradece emocionada.

Podemos presumir también de nuestro presente, de la dignidad del 15M, cuando catalanes, madrileños, castellanos, andaluces, vascos… nos pusimos en pie para defender nuestra democracia y nuestros derechos; podemos presumir de cómo el Orgullo Gay fue en España un movimiento absolutamente masivo hace ya varios lustros y del vigor del movimiento feminista cuyas movilizaciones están en primera línea mundial. Nuestro pueblo ha conseguido, pese a los intentos actuales de los canallas, que no haya una respuesta xenófoba e intransigente a la crisis económica, los recortes y el saqueo sino que, a diferencia de tantos países, la respuesta ha sido un movimiento en defensa de la democracia, la decencia, los derechos sociales… la libertad, la igualdad y la fraternidad, vaya. Hay miles de científicos y jóvenes (y no tan jóvenes) participando en investigaciones punteras en todo el mundo y evidenciando que la España de cerrado y sacristía ya sólo existe en las ensoñaciones de Pablo Casado.

Claro que se puede hablar bien de España sin parecer gilipollas. Pero para eso habría que hablar de una España emancipada, libre, demócrata, honesta, inteligente, rebelde, fraterna, exigente… y esa es exactamente la España contra la que siempre han luchado los Pablo Casado de nuestra Historia.

Por qué el vídeo del 40º aniversario de la Constitución es un insulto a la Constitución

Ayer se presentó un vídeo en el Congreso sobre el 40º aniversario de la Constitución vigente. Y es infame.

-Lo primero es suponer que lo que había en España hace 40 años era un enfrentamiento civil entre españoles de a pie, entre esos dos ancianos. Claro que ellos pueden hablar y entenderse. En la Guerra Civil hubo una porción del ejército que se levantó contra una democracia con la intención de instaurar una dictadura análoga a las fascistas europeas, que le ayudaron a ganar la guerra. Lo cual no quiere decir que todas las personas que combatieran en ese bando fueran unos fascistas y mucho menos que lo siguieran siendo toda la vida. En el bando golpista se podía estar por múltiples razones: desde meramente geográficas (que la guerra «le pillara en bando nacional») a que creyera equivocadamente que un católico, un conservador, un monárquico… tuviera que estar en ese bando… Del mismo modo que nunca se critica a las personas que participaron en el 23F sin saber en muchos casos adónde estaban yendo. Sobre todo es fácil que alguien que en 1936 se sumara a un golpe contra la democracia porque habían ganado las elecciones los otros comprendiese con el tiempo que con los otros hay que convivir. El conflicto en los años 70 no era entre españoles; era entre España y un grupo que amputaba las libertades, los derechos y el autogobierno a los españoles y que de paso les robó a manos llenas. No había conflicto entre dos viejos anónimos; había conflicto entre pueblo español y dictadura.

-Por supuesto que no hubo un «bando nacional». Y si hubo un bando nacional fue el que defendió la República, pues defendía la soberanía nacional, esto es, que los españoles se autogobernasen. El bando golpista, franquista, fascista o, incluso asumiendo su retórica, el bando alzado no era un bando nacional.

-Tampoco es decente equiparar ambos bandos. En España había una República, una democracia con carencias, por supuesto, que los historiadores han analizado: esos historiadores a los que Pablo Casado acusa de haber hecho una «relectura sectaria de la Historia» evidenciando sus carencias intelectuales. A ningún demócrata se le ocurre que las carencias de la democracia actual, que no son pocas, justificara un golpe de Estado militar. Si hubiera un golpe de Estado militar hoy (tan justificado como en julio de 1936) a ningún demócrata se le ocurriría equiparar a los golpistas con el gobierno democrático.

-«Por fortuna, hace 40 años aprendimos a hablar entre nosotros». No, majos, no. Los españoles sabíamos hablar entre nosotros. Los españoles no somos gilipollas ni menores de edad. Que no sabíamos hablar entre nosotros es la justificación de la dictadura: el pueblo español no está preparado. Sabemos hablar entre nosotros desde hace siglos. Lo que pasa es que a algunos con poder financiero, militar y eclesiástico no les gustaba lo que decían los españoles entre ellos. Por eso nuestros siglos XIX y XX están plagados de intentos por callar a los españoles: no porque no sepamos hablar, sino porque no querían que habláramos, precisamente porque sabíamos hacerlo. ¿A Marcelino Camacho lo metieron en la cárcel porque no sabía hablar con otros? ¿A los abogados de Atocha los asesinaron porque no sabían hablar con otros? ¿Billy el Niño torturaba porque ni él ni los torturados sabían hablar? ¿Robaban niños a sus madres por la incapacidad (de las madres o de los bebés, no sabemos) de entablar una conversación relajada? La infinita mayoría españoles sabían hablar entre ellos: en 1975, en 1936, en 1873, en… pero antes de 1978 un grupito de delincuentes que habían secuestrado el Estado no les dejaba.

Lo peor que le pueden hacer a la Constitución de 1978 es presentarla como una síntesis superadora del conflicto entre franquismo y antifranquismo, es decir, entre dictadura y luchadores por la democracia. Si se quiere defender a la Constitución de 1978 en tanto que Constitución democrática debe presentarse como la superación de la dictadura, su derrota (una derrota amable, si se quiere), la devolución de la voz a todo el pueblo español. Las derrotas, las carencias, los límites del 78 se pueden hasta comprender en el marco de un proceso extremadamente difícil, lleno de miedo y amenazas. Lo que nunca se puede presentar es como conquistas: qué bien que renunciamos a la justicia, a poder votar la jefatura del Estado, a un Estado más democrático, laico y moderno. El propio editorial de El País en defensa de la Constitución el 24 de febrero de 1981 es muy crítico con el hecho de que no se hubiera limpiado de golpistas las fuerzas armadas: eso no fue un acuerdo a celebrar sino una insuficiencia a diagnosticar, entender… y corregir: vale mucho la pena leerlo para comprobar que la idealización de aquellos años es una construcción muy posterior.

Hace unos días Pedro Sánchez soltó una enigmática frase explicando que el Valle de los Caídos no se podía resignificar, que no podía ser un lugar de reconciliación. Lo impresionante es que el vídeo del 40º aniversario de la Constitución usa una retórica extraordinariamente cercana a la que emplean los franquistas para explicar el Valle de los Caídos: un lugar de reconciliación entre las dos Españas de una guerra que hemos sabido olvidar («Hemos olvidado la Guerra, lo que ni hemos olvidado ni vamos a olvidar es la Victoria», dijo Torcuato Fernández Miranda en 1973). La cruz, cuentan aún los benedictinos que custodian a Franco en el Valle de los Caídos, es símbolo de reconciliación universal porque es el encuentro entre dos líneas con direcciones opuestas. Parece que no vamos a resignificar el Valle de los Caídos para que tenga cabida en una democracia. Vamos a resignificar la democracia para que tenga cabida en el Valle de los Caídos.

La democracia es un bien absoluto, entre democracia y dictadura la virtud no está en el término medio. Nunca se ha logrado una democracia plena y en el 78 se estuvo mucho más lejos de conseguirla de lo que estaríamos ahora, sin amenaza golpista ni resortes dictatoriales, incluso sin violencia de ETA, GRAPO, sin los constantes crímenes de extrema derecha, si se elaborara ahora una nueva constitución. Eso se puede y se debe entender, pero presumir de eso es un insulto a la Constitución del 78: ellos sabrán.

Historia y mito en nuestra lucha política (artículo en eldiario.es)

La Historia es nuestra y la hacen los pueblos

Hace unos días escribía un sugerente artículo en eldiario.es Sebastián Martín que, con su habitual inteligencia y honestidad intelectual, se cuestionaba sobre los riesgos de construir una representación de la Historia (esto es, una memoria) como instrumento político incluso como instrumento político emancipador. Lo hacía a partir de un apunte mío sobre la disputa del Dos de Mayo dentro de una reflexión más general sobre la que escribí hace algunos años bajo el título Otra memoria de España es posible.

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Disputar la Historia de España

Probablemente este haya sido el primer Dos de Mayo en mucho tiempo en que haya estado en disputa su sentido popular. Como desde hace mucho tiempo el Partido Popular usó las fiestas de la Comunidad de Madrid para soltar un mitin de su partido y contar un Dos de Mayo metido en una camisa de fuerza imposible. Esta vez Cifuentes hizo un triple mortal con tirabuzón asegurando que «el espíritu del 2 de mayo fue el que permitió una transición pacífica a la Democracia en España«: por supuesto ese espíritu del 2 de mayo estaba tan inventado como el carácter pacífico de la transición (con minúscula) a la Democracia (con mayúscula). Eso no es novedad: desde hace lustros el PP de Aguirre (que es este mismo PP) viene manoseando el Dos de Mayo como origen de esa oscura caverna suya auoproclamada liberal: su cénit fue los 15 millones regalados a Garci para hacer una película de propaganda al respecto.

La novedad este año ha sido la disputa del significado del Dos de Mayo. Por fin desde la oposición se defendió su significado de defensa de la soberanía popular y puesta en marcha de un país avanzado, soberano y digno empujado por los sectores ilustrados más avanzados del país. Lo pudimos ver, como máximos exponentes en un vídeo de Pablo Iglesias y en varios tuits de Íñigo Errejón mientras Manuela Carmena participaba en una lectura pública de El 19 de marzo y el 2 de mayo de Galdós. Todo ello recuerda el sentido que siempre tuvo en nuestro país celebrar el dos de mayo y que en un momento de crisis, de conflicto entre pueblo y élites entregadas a poderes ilegítimos cuyos intereses están fuera del país real cobra todo el sentido.

Los que hace dos siglos llamaban afrancesado a Goya hoy le aplicarían la ley mordaza por retratar a la autoridad sin su consentimiento.

Más allá de la complejidad historiográfica de lo que pasó entre 1808 y 1814, si por algo vale la pena recordar esas fechas es por la primera reivindicación de la soberanía nacional (importada paradójicamente de la Revolución Francesa) en Cádiz, y por los fenómenos por un lado de levantamiento popular y por otro de traición de las élites felonas que gobernaban el país. Durante buena parte del siglo XIX el Dos de Mayo fue la fiesta nacional que reivindicaban los sectores progresistas y revolucionarios españoles para la construcción de una idea nacional, esto es, para fundamentar en nuestra Historia la defensa de la soberanía de nuestro pueblo y de principios irrenunciables que fundamentarían los pensamientos democráticos y emancipadores. Los sectores reaccionarios que buscaron una idea de España anclada en Torquemada, Isabel la Católica y Trento optaban por el Doce de Octubre como fiesta nacional, nunca por el Dos de Mayo.

Lo interesante de la disputa es sobre todo la negativa a entregar la Historia de España a quienes quieren convencernos de que nuestro país es un país trágicamente encerrado en sí mismo, un país de tinieblas, inquisidores y melancolía. No se trata aquí de interpretar académicamente qué pasó entre 1808 y 1814 que bien sabe cualquiera que pasaron muchas cosas incluso contradictorias entre sí. Se trata de construir país y el país se construye haciendo memoria, con un andamiaje y unos cimientos en cuyo ADN no está rendirse ni entregarse a la oscuridad y la irracionalidad.

Nuestros poderosos han vivido demasiado tiempo sobre una construcción de la memoria del país que sitúa en nuestra normalidad la derrota del pueblo, de la libertad y de la razón. La leyenda negra que nos construyeron desde fuera y que alimentó terriblemente Montesquieu en sus Cartas Persas fue también para nuestras peores élites el alimento con el que anclar a nuestro país: no discutían que nuestro ser como país fuera el atraso y la superstición sino que eso estuviera mal.

Si queremos cambiar el país construyendo pueblo tenemos que disputar la Historia. El enemigo de nuestro pueblo lo entendió hace mucho y le ha ido muy bien gracias a ello. Convenzámonos de que nuestro pueblo tiene mil momentos de lucha contra las élites, de combate digno contra la imposición, de avances emancipatorios. Y celebrémoslo.

Son ellos quienes van contra la esencia de nuestro país. Es la única forma de vencerlos. A ver si va a resultar encima que los patriotas son ellos.

Otra memoria de España es posible

Hoy escribo en Cuarto Poder

Cada año, el 25 de agosto, París conmemora el aniversario de su liberación del fascismo. En los últimos años participa en los desfiles la bandera de la Segunda República Española, la bandera tricolor, en reconocimiento a La Nueve,  la 9ª Compañía de la 2ª División Blindada de Francia, compuesta por republicanos españoles que, tras perder la Guerra Civil siguieron combatiendo por la democracia y, esta vez en Francia, protagonizaron la derrota del fascismo.

Podéis seguir leyendo el artículo aquí.

Equidistancias

No siempre es rechazable la equidistancia. Entre Bárcenas y sus cómplices hasta hace medio año, los dirigentes del Partido Popular, no hay por qué elegir quién es el bueno, por ejemplo; uno podía estar radicalmente en contra de los crímenes de ETA y de los GAL, de hecho, lo razonable era una equidistancia que admitiera matices pero no complicidades.  En un supuesto conflicto entre PP y CiU uno puede ser perfectamente equidistante sin que ello suponga ser nacionalista español o catalán según quién le pida a uno que rompa su equidistancia en su favor. La equidistancia no necesariamente es indiferencia. A veces puede ser una muestra de rechazo ante dos monstruos homologables: en esos casos la equidistancia, que no indiferencia, suele ser sanísima.

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