Blog de Hugo Martínez Abarca

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Es la antipolítica, amigo

Cuando eclosionó el 15M y después con la irrupción de Podemos hubo muchos dirigentes políticos que no entendieron nada. Acusaban a lo que estaba sucediendo de ser la antipolítica, y por tanto la antidemocracia. Su denuncia de cómo funcionaban los partidos políticos realmente existentes entonces (unos como una máquina de podredumbre antidemocrática, otros como un aparato comprobadamente ineficaz para vencerlos) se quiso leer como un discurso general contra los partidos y contra la política.

Y se caricaturizó todo aquello como un discurso antidemocrático (joseantoniano), meritocrático («el gobierno de los mejores») y caudillista (recordemos las reacciones al er la papeleta europea de Podemos). Frente a ese diagnóstico, por supuesto, ofrecían los mecanismos democráticos de los partidos, fuera de los cuales está el infierno como demuestra la Constitución del 78 cuando explica (con estrechez democrática) que los partidos son el instrumento fundamental para la participación política. No prestaron atención a que la ciudadanía estaba yendo en masa a participar de eso que ellos denunciaban como caudillista y meritocrático mientras se quedaban solos con su gesto arisco explicando que la democracia se hacía como querían ellos. Son tics del pasado pero que reaparecen como si fueran otra ley de hierro de los partidos políticos.

Desde entonces el sistema de partidos español ha cambiado muchísimo y tiene pinta de no haber terminado su cambio aún. Empezó a cambiar, por cierto, cuando aquellos maestros de democracia retaron a los de la antipolítica a montar un partido y presentarse a las elecciones. Y si algo ha empapado retóricamente el cambio en los partidos es la exigencia de que sean organizaciones internamente democráticas hasta el punto de que organizaciones monolíticas y cupulares como PP y Ciudadanos simulan tener votaciones internas.

Parece intuitivo que quien cree que un partido es algo que una persona monta para que otros cumplan órdenes, quien quiere un colectivo uniforme y militarizado, quien premia a los sumisos con sobres y castiga a quien lo merezca con dosieres y vídeos en prensa, quien confunde la lealtad al colectivo con la sumisión a la cúpula, gobernará el país con una ética semejante. Uno puede entender que un partido demócrata se organice con una cultura militar cuando vive en la clandestinidad; cuando lo hace en democracia podemos sospechar que no es un partido para gobernar en democracia sino algo más parecido a una mafia que quiere mangonear un país: el ejemplo del PP es evidente.

La democracia interna es, sobre todo, una decisión práctica e inteligente en una organización política del siglo XXI que quiera ser grande, incluso gobernar.

Es imposible un partido importante sin unas bases grandes y movilizadas. Pero en el siglo XXI y en un país con un margen de libertades real, casi nadie quiere ser militante de un ejército o una secta; y quien quiera serlo aportará mucho esfuerzo pero muy poca cabeza. Uno milita para ser útil, para estar razonablemente informado de la vida del partido, para que sus posiciones se tengan en cuenta, para que los debates en los que participa sirvan para conformar las posiciones del partido no sólo cosméticamente.

Y además, un partido que quiera ser grande, incluso gobernar, tiene que ser muy diverso, tiene que abarcar un amplio abanico político. Por eso la democracia interna de un partido es válida si es un instrumento también para enriquecerse (incluso fomentar) el pluralismo. Ese pluralismo, además, puede ser una garantía de controles internos frente a los excesos y la corrupción. E incluso si se sabe gestionar fraternalmente, el pluralismo permite siempre pensar colectivamente mejor, es decir, ser mucho más inteligente y eficaz.

En un país la democracia es una cuestión moral: los ciudadanos tenemos derecho a gobernar el país en el que vivimos y los países no son propiedad de nadie más que de todos los ciudadanos. En los partidos es, sobre todo, una cuestión práctica y que no se mide sólo con instrumentos nominalmente democráticos (recordemos, por ejemplo, que el PSOE lleva muchos años haciendo primarias, compatibles con que el aparato se cargue al vencedor si no es apropiado) sino que sobre todo debe buscar la promoción real de la diversidad interna y la participación cotidiana y real de la gente que quiere militar. La democracia en la vida de un partido no la marcan tanto los formalismos reglamentistas como la cultura política fraternal. No es una cuestión moral sino sobre todo práctica.

Sin esos dos elementos (participación cotidiana y pluralismo razonablemente fraternal) un partido político se condena a una vida corta y a un techo electoral bajo. Los ciudadanos lo entienden pronto. En un país necesitado de democracia pero sobrado de quienes dan lecciones de democracia, la gente ya tiene bastante olfato para no dejarse engañar.

Cinco años después,Spanish  revolution

Hace casi cinco años miles de personas salieron (salimos) a la calle y se instalaron en ellas. Fue el 15M, en 2011. Se llenaron las plazas de todo el país, nos llamaron de todo: éramos cómplices de ETA, claro que sí, olíamos a porro y éramos totalitarios. Nada de todo eso tuvo efecto (acaso efecto bumerán) pero todo eso se dijo ya entonces. Hubo varios factores que ayudaron al éxito del 15M. Uno muy importante fue la lucidez que llevó a un movimiento nuevo que no perdiera un ápice de radicalidad democrática y que renunció a ser una protesta minoritaria estéril de tantas que habíamos vivido. El 15 de mayo de 2011 fuimos a la calle sin nuestras banderas, con lenguajes nuevos, apelando a un pueblo, a un 99% al que saqueaba un 1%, defendiendo la democracia usurpada por una élite de políticos y banqueros a la que aún no llamábamos casta ni ubicábamos en Panamá. Se hablaba de spanish revolution como disimulando en otro idioma la radicalidad de lo que se estaba proponiendo: una revolución democrática y popular que plantase cara al secuestro del país por una oligarquía. Íbamos despacio, pero íbamos lejos.

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No hemos llegado hasta aquí para entregarnos, artículo en CuartoPoder.es

Cuando se consideraba a la Transición un periodo acotado de nuestra Historia y no como un Régimen, uno de los debates bizantinos habituales era cuándo había terminado: si con las elecciones de 1977, con el referéndum constitucional del 78, el 23-F, la victoria normalizada  del PSOE en el 82… Con la perspectiva que dan ya estos cinco años no parece exagerado decir que lo que quiera que fuera la Transición terminó el 15 de mayo de 2011, el 15M. Se produjo un cambio de cultura política popular que las élites políticas, económicas y mediáticas no supieron interpretar ni mucho menos detener y que les ha arrebatado al menos por unos años la capacidad de determinar el sentido común político, económico y social. Es pronto aún para saber hasta dónde llevará la transformación que supone aquel hito pero ha pasado suficiente tiempo para que sea innegable que los cambios no son mera cosmética sino que han echado raíces en nuestra gente.

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Qué cambio

En su rueda de prensa de ayer, Pedro Sánchez apeló reiteradamente en primera persona del plural a las «fuerzas del cambio» que están «a izquierda y derecha». Se refería a cualquier fuerza que no fuera el PP aunque con la salvedad de que los partidos independentistas no están en su agenda de posibles aliados (a diferencia del anterior gobierno del PSOE, por cierto, que se apoyó sensatamente en la ERC de Carod Rovira). El «cambio» en palabras de Pedro Sánchez supone cualquier cosa que no sea un gobierno del PP. Esto es, lo que importa no es el qué sino el quién: en concreto quién no. Cabría preguntar si un PP sin Mariano Rajoy no sería también una «fuerza del cambio».

Pese a que su foco estaba claramente puesto en el quién insistió en que lo importante es el qué, el programa de gobierno. Y lleva razón.

Por eso vale la pena recordar algunos Qués de Ciudadanos. Ciudadanos propone ese contrato único que Pedro Sánchez equiparó a despido libre y que viene siendo la propuesta de los lobbys de pensamiento del IBEX35 desde hace años. Ciudadanos propone mantener la discriminación xenófoba en la Sanidad que introdujo el Partido Popular. Ciudadanos propone simular que la violencia machista no tiene un carácter de género y equiparar una reyerta entre vecinos con el goteo sistemático de asesinatos machistas.

Más allá de lo que propone, hemos visto los Qués de Ciudadanos en lo que hacen. Los madrileños tenemos un gobierno del PP de la Púnica porque Ciudadanos le dio la investidura y le apoya en todas las decisiones relevantes (Telemadrid, Presupuestos…). En Madrid inauguró Ciudadanos su «capacidad de diálogo» para acordar el reparto de la Mesa: aquí también avaló lo que fuera con tal de tener más cargos de los que le corresponde y dio la presidencia de la Asamblea al PP a cambio de tener (siendo la cuarta fuerza) la vicepresidencia primera, algo parecido a lo que pactó con PSOE y PP en San Jerónimo: una sobrerrepresentación de Ciudadanos que, además, regala una falsa mayoría a PP y Ciudadanos. Es decir: el diálogo del que Ciudadanos presume es un reparto de sillones sin contenido sustantivo alguno. Es legítimo pero no es nada más que eso.

Eso sí: Ciudadanos no tiene en su logo una gaviota, su color corporativo no es el azul sino el naranja (que el PP apenas utilizó) y su candidato no es Mariano Rajoy sino Albert Rivera. Si con eso basta para hablar de cambio, Ciudadanos es cambio.

¿Es imposible un acuerdo que incluya a Ciudadanos? Personalmente no lo creo. Lo que ocurre es que para ello Ciudadanos tendría que dejar de defender casi todo lo que defiende y dejar de operar para aquello para lo que auparon a Ciudadanos que es para frenar el cambio real. Es decir, Ciudadanos tendría que dejar de ser Ciudadanos. Y exigir eso sí que sería arrogante. Pero es una posibilidad dado que probablemente lo único que despierte auténtico pavor en Ciudadanos no sea la ruptura de España sino la repetición de elecciones en las que sería quien más tuviera que perder. Igual Ciudadanos decide apoyar un gobierno que introduzca cambios sustantivos sólo para evitar que las urnas redimensionen a Ciudadanos, pero realmente es poco previsible que traicione así su origen y desde luego le pasarían la factura de bastantes deudas.

Cuando hablamos de cambio no hablamos de una mera sustitución del PP. Eso ya lo teníamos, lo tuvimos desde el principio. Recuérdese que el 15M no nació con un gobierno del PP sino con aquel gobierno del PSOE que ya había empezado en mayo de 2010 los recortes sociales que le mandaba la troika pero que aún no había puesto en marcha la reforma del artículo 135 de la Constitución. La mera alternancia entre PP y PSOE no es cambio porque eso ya lo teníamos, la mayoría de los españoles no recordamos otra cosa.

Cuando hablamos de cambio lo que queremos es un nuevo país más libre, más igual y más fraternal. Hablamos de más democracia, de unas instituciones que ante las amenazas de los poderosos se pongan del lado de su ciudadanía, lo contrario de lo que hizo el PSOE cuando estalló la crisis, lo contrario de lo que ha hecho el PP y lo contrario de lo que originó la expansión de Ciudadanos.

La diferencia entre el PSOE y la dupla PP-Ciudadanos no es el Qué han hecho (salvo el nivel de cleptomanía del PP que sí parece estar fuera del alcance de ningún aspirante) sino el supuesto ADN: mientras que PP y Ciudadanos nacieron para defender las conquistas del poder el PSOE nació y es entendido por sus cinco millones de votantes como un partido para defender a la ciudadanía común, a los trabajadores, los pensionistas, la gente normal que no es consejera de Gas Natural. Por eso cabe pensar, con toda la desconfianza que aconseja la experiencia, que el PSOE pudiera volver a su ADN: en su mano está evidenciar si lo ha mutado definitivamente para encontrarse mucho más confortable con Ciudadanos y PP (como suplica el comando Corcuera al que Pedro Sánchez no parece atreverse a plantar cara) que con las «fuerzas del cambio que sirve para cambiar cosas».

Durante las próximas semanas habrá una ofensiva terrible contra quien no se rinda a los encantos de ese cambio que se limita a cambiar a Rajoy por cualquiera. Cambiar a Rajoy por cualquiera que no aparezca en la contabilidad de Bárcenas es una buena cosa, pero sólo para eso nos habría bastado el viejo bipartidismo turnista. Hoy mismo ya se recuerda la famosa pinza: en la próxima redada contra el PP veremos explicar que la culpa es de Pablo Iglesias por no investir ya mismo a Pedro Sánchez sin más.

Toca firmeza y serenidad. Al 15M también lo insultaron, también hacía el juego a la derecha, tampoco tenía propuestas sensatas, también olía a porro, a Venezuela, a la ETA y a Lenin. Y frente a ese país de los horrores el país real supo crecer sobre su inteligencia y firmeza. Ya no vamos tan despacio, pero seguimos yendo lejos.

El tablero y el terremoto

Desde hace mucho (al menos desde el 15M) España vive un terremoto. Los edificios más altos, los más feos, los edificios del poder… parecían no caer lo cual ayudaba a quienes no querían que cayeran a negar la evidencia: ¿ves? ¡No hay terremoto ninguno! Lo había pero los edificios más sólidos no caen solos mientras miramos: había que empujar, salir en pleno terremoto a jugársela y empujar su caída.

En medio del terremoto había jugadores de ajedrez. Andaban sujetando el tablero como podían, durante una turbulencia creciente, intentando evitar que se movieran las piezas más importantes e intentar jugar como si nada para sacar el provecho que se pudiera del terremoto pero sin interrumpir la partida: con las mismas piezas, con las mismas posiciones, las tácticas, las salidas, los ataques, las defensas (sobre todo las defensas) de tantos años… sujetando el tablero por un lado mientras el rival lo sujeta por el otro para, entre los dos, evitar que el terremoto obligue a jugar de otra forma o incluso a otra cosa. La partida debía continuar, la misma partida que cuando no había terremoto e interrumpir la partida era aventurerismo, adanismo y mil adjetivos que se nos fueran ocurriendo: todos para demostrar que había quien sabía de qué iba el juego y quien no tenía ni idea; y si alguien tenía idea y jugaba a cambiarlo podía ser desde un oportunista a un fascista pasando, cómo no, por un traidor. Siempre un jugador sin principios ni valores.

El 15M fue el primer paso para arrebatar el tablero. El 15M y el entorno del 15M (Juventud Sin Futuro, las PAH, los rodea el congreso, las asambleas de barrio, los laboratorios de ideas, las actividades de centros sociales, proyectos de comunicación) vinieron a trabajar en el terremoto sin competir con esos jugadores que sostenían un tablero sino al margen de ellos, echando cimientos. Pero ya entonces fueron criticados por no hablar como esos jugadores de ajedrez y (¡qué temeridad!) por no intentar ganar esa partida.

El principal valor de Podemos no ha sido saber jugar, pensar tácticas nuevas, nuevas jugadas… Ni siquiera tener una brillantez táctica que hace salir exitosamente de encerronas infernales. El principal valor de Podemos es, además de saber pensar las jugadas, atreverse a hacerlas, atreverse a tirar el tablero al suelo una y otra vez cada vez que la partida obligara a ser defensivos o a comerse un par de peones o incluso un alfil cuando todos sabemos que al ajedrez se gana comiéndote el rey del poder y lo demás son cuentos más o menos vistosos. No han caído pocos de esos edificios que pensábamos eternos desde que estos chicos empezaron a jugar.

En medio de los terremotos si uno no se esconde, da saltos que nunca pensaba hacer e incluso anunció que nunca haría: no saltos que vulneren principio alguno sino movimientos que serían impensables… si jugáramos a mantener esa partida en pie con los movimientos por inercia de siempre. Todos atesoramos una colección de jugadas de ese tipo porque estamos jugando en serio, en un terremoto en serio, para cambiar el país en serio. La avestruz cuando mete la cabeza en el agujero se garantiza que nadie le podrá criticar por no hacer exactamente lo que se preveía y si se la zampa un león habrá sido porque el león es muy mala gente.

Ayer Pablo Iglesias volvió a tirar el tablero al suelo. Desde el 20D ha habido múltiples ruedas de prensa de distintos partidos hablando de buscar un gobierno de cambio, de progreso, de izquierdas, alternativo… cada uno con sus adjetivos pero ninguno con sustancia. La diferencia fue que ayer Pablo Iglesias puso sobre la mesa una propuesta en serio: la parte importante para un hipotético gobierno fueron los contenidos políticos que anunció, empezando por la respuesta inmediata a las emergencias sociales y llegando a la ley electoral; la parte importante para volver a tirar al suelo el tablero y repartir fichas fue su tangibilidad: una propuesta con un diseño, una exigencia de compromisos incluso personales con el potencial gobierno, la propia puesta sobre la mesa de nombres (aunque fueran evidentes) y la llamada a contar con los partidos en proporción a sus votos. Fue una propuesta que se podía tocar y era la primera propuesta de ese tipo que hace líder alguno salvo la abstención masiva para que gobernaran Rajoy y su partido imputado por destruir pruebas de sus robos que propuso Albert Rivera

Si Pablo Iglesias sólo hubiera anunciado que quiere negociar con Pedro Sánchez, sin más, no habría pasado del movimiento de un peón sin mayor peso, uno más acaso significativo pero con más aspecto de rendición de Podemos que de ninguna otra cosa. Si Pablo Iglesias hubiera pedido un gobierno sobre las mismas líneas políticas que anunció le habrían criticado por pedir algo imposible, una impostura, no nos quepa duda. Si Pablo Iglesias no hubiera definido líneas políticas sino sólo propuesto un gobierno en el que él fuera vicepresidente y alguna otra persona obtuviera un ministerio de relumbrón los jugadores de la partida eterna habrían visto los cielos abiertos al permitir incorporar a la partida a quien parecía amenazar su juego: así lo hicieron siempre, nunca fue complicado negociar cargos, lo difícil fue cambiar el juego. Si Pablo Iglesias hubiera comunicado antes de esa rueda de prensa la propuesta que iba a hacer la maquinaria del poder habría estado haciendo la propaganda (un poco menos ridícula que la de estos días) y diseñando estrategias para responder. Ayer quienes se empeñan en que se siga jugando a lo de siempre sólo pudieron responder primero con sus insultos habituales (de diestra y de siniestra) y luego con los regates en corto que se pudiera incluida la renuncia de Rajoy.

El golpe sobre la mesa de ayer de Pablo Iglesias y la dirección de Podemos es probablemente el movimiento político más audaz e inteligente en mucho tiempo. Por supuesto abre riesgos: de eso se trata, jugar sin arriesgar ya sabíamos y siempre ganaban las blancas. Pueden suceder dos cosas: que el PSOE se vea obligado a buscar un gobierno como el propuesto por Podemos, en cuyo caso se transformarán buena parte de los cimientos del país (incluido el propio PSOE incluso en el caso de que pudiera dar ese paso sin romperse) o el PSOE se entregue una vez más (y probablemente la última) a los mandatos del poder y se niegue a un gobierno de cambio posible o incluso enjuague un gobierno conservador. Esto sería, sin duda, tras el golpe sobre la mesa de ayer, la tumba del PSOE, generando una polarización nítida entre PP y Podemos, entre saqueo inmovilista y cambio democrático: una virtud del gesto de ayer es que el PSOE ya no podrá entregar el país a los poderosos haciendo como que no tiene otra alternativa. La tiene, la estamos tocando con los dedos.

No sabemos cómo acabará la partida: pero no podremos arrepentirnos de no haber puesto toda la audacia en que de este terremoto salgamos con edificios más decentes, más justos, más populares. El país, de hecho, está cambiando desde hace tiempo: que nadie se ponga una venda en los ojos, que así sólo saben jugar las avestruces. Y queda mucha partida.

Desde el 15M todo va mal (artículo en La Marea)

Desde el 15 de mayo de 2011 todo va mal. Aquel día hubo una manifestación que fue completamente irrelevante para todos los periódicos impresos de pago (sólo 20minutos llevó en portada el acontecimiento que ha marcado la política española del último lustro). Un par de días después, con la Puerta del Sol y cientos de plazas de toda España rebosantes de gente cada tarde, supimos que aquello se disolvería como un azucarillo ese domingo, el 22 de mayo, tras las elecciones municipales y autonómicas. En el otro lado también hubo quien nos explicó que el 15M era una farsa reformista y antipolítica que no iba a los cimientos de la crisis sino al “todos los políticos son iguales”, que por eso aquel 22 de mayo arrasaría el PP.

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Vuelven los fantasmas a Europa (artículo en Cuarto Poder)

A toda propuesta de avance democrático, ya sea hacia modelos de democracia participativa, hacia aspectos de democracia directa, el conservadurismo ha opuesto siempre una farisea defensa de la representación política. En nuestro país ocurrió especialmente desde el 15-M. Se hacían propuestas de avances democráticos tales como referéndums vinculantes, posibilidad de revocación de cargos públicos, facilidades para la iniciativa legislativa popular… y la respuesta siempre fue que eso era “anti-política”, que la democracia es un sistema de representación parlamentaria y que todo lo que tienda a mayor implicación del pueblo en la toma de decisiones políticas son peligrosos pasos hacia el totalitarismo. Fue lo que llevó a Esperanza Aguirre a calificar de totalitario al 15-M y de soviets de distrito a las propuestas de participación descentralizada de Ahora Madrid. Frente al populismo, nos decían, los demócratas creemos en la representación política, en las mayorías parlamentarias.

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¿Y si no estábamos tan indignados?

Ando algo mareado por las encuestas. Pocas veces como en estas elecciones han sido tan dispares. Uno no sabe si PP y PSOE están casi igualados y manteniendo el bipartidismo, si IU va a subir modestamente o va a pegar un petardazo, si van a entrar múltiples partidos nuevos a diestra y siniestra o si los votos que vayan a esas opciones no tendrán concreción parlamentaria… En alguna otra ocasión las encuestas han tenido muy poco que ver con el resultado final pero no recuerdo un momento en que fueran entre sí tan dispares. Yo en estos casos llamo a mi sociólogo de cabecera, mi amigo Jorge Caplan.

«Estas elecciones van a ser un termómentro de muchas cosas«, me dice Caplan. «También van a servir para afinar la cocina de las encuestas. Nadie tiene ni puñetera idea de cómo se cocina bien en estos momentos una encuesta. Mucha gente que dice que no votó al PP ni al PSOE sí votó por uno de los dos. Pero no sabemos si esta vez el rechazo al bipartidismo es tan importante como para que no sólo nieguen haberlo votado en el pasado sino que de hecho no lo voten en el futuro. »

«Así sucede con IU«, continúa mi amigo Jorge Caplan. «En situaciones de desprestigio del PSOE y PP IU solía estar sobrerrepresentada en las encuestas: eso hizo que en el 96 pareciera un mal resultado sacar 21 escaños, pues las encuestas daban más de 30. Desde entonces a IU siempre se le cocina a la baja (incluso con la mejor honestidad sociológica) dando por hecho que mucha gente que dice que votará a IU acabará votando al PSOE como siempre. Pero esta vez sucede con IU lo mismo (pero al revés) que con PP y PSOE ¿Y si ya no sucede «lo de siempre»? ¿Y si realmente la gente esta vez no se ha hartado del PSOE y del PP de boquilla sino de verdad y no se resigna a votar lo mismo el día de la verdad? Nadie lo sabe: es la primera vez que hay elecciones en todo el Estado desde 2011 y en estos años han sucedido demasiadas cosas como para suponer que el comportamiento de los encuestados responderán al patrón de toda la vida. Las elecciones europeas van a ser las primeras en medir si realmente estábamos tan indignados con el PP y el PSOE como decimos o si sólo es pataleta de barra de bar pero llegado el momento dejamos (por activa o por pasiva) que se mantenga ahí el bipartidismo como si fuera eterno».

Las elecciones europeas siempre fueron las más políticas de todas, las que permiten una foto más clara. Vemos tan (justamente) lejos el Parlamento Europeo de nuestras vidas que no suponen el mero aval de una gestión u otra, no cabe llamada a ese voto supuestamente útil por miedo a que vengan unos peores que los que ya son bastante malos (la Comisión Europea siempre fue un reparto entre conservadores y socialdemócratas, una Gran Coalición, y volverá a serlo esta vez), el voto es estrictamente proporcional en todo el Estado… En este caso además hay dos factores temporales que convierten en muy revelador el resultado. Por un lado es la primera vez desde 2011 en que votamos y podemos decirle al PP y al PSOE también en las urnas lo que les llevamos diciendo en la calle al menos desde entonces. Por otro lado son las elecciones que abren un intenso ciclo electoral: el año que viene hay municipales, autonómicas en la mayoría de los sitios y finalmente elecciones generales. Y a ese ciclo se acudirá con la foto fija que den las elecciones del domingo.

Por eso servirán de retrato del país: nos permitirán medir si realmente estamos tan indignados con PP y PSOE como decimos y si nuestra indignación se transforma en alternativa que amenace los cimientos de su país o si, al menos en uno de los frentes de lucha, el electoral, es una indignación cínica que se enfada y no respira mientras regala al aparato político del saqueo la foto que más necesita: que aquí no ha pasado nada y que, sobre todo, nada va a pasar.

Rosalía Mera, la izquierda, los de abajo y el 99%

Ha llamado mucho la atención cómo muchos medios de comunicación están calificando a Rosalía Mera como multimillonaria de izquierdas. La mayoría de las cosas que sé de esta persona las he sabido tras su muerte y son muy pocas cosas, así que lejos de mí la voluntad de hacerle un juicio a favor ni en contra. Pero una de las cosas que está clara es que esta mujer era una de las propietarias de Inditex, empresa que trabaja con mano de obra esclava por medio mundo, que evade impuestos, etc. Se conoce la aportación de la señora Mera a varias organizaciones que podríamos calificar como filántropas y al parecer protestó contra los recortes en sanidad y educación, cosas, todas ellas, que son positivas por mucho que la defensa de la sanidad y la educación pública y de calidad es algo que no debería ser exclusiva de la defensa de los trabajadores: a los grandes empresarios con un poco de luces también les interesa trabajadores formados y sanos como al granjero le interesa que sus cerdos estén bien alimentados (con la salvedad de que a muchos les interese un sector productivo sin necesidad de formación con trabajadores poco cualificados y peor pagados; pero al menos les vendrá bien que estén sanos).

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