Blog de Hugo Martínez Abarca

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En defensa de la educación en libertad; o Tus hijos no son tu juguete

Me contestaba hace un rato Rocío Monasterio con un tuit defendiendo su modelo pre-ilustrado de «libertad» aplicado a la educación:

Respondía a una entrevista en la que Monasterio defiende las barbaridades reaccionarias que propone Vox para la educación como el llamado «pin parental» que consistiría, según lo explican, en que los padres podamos decidir qué se enseña a nuestros hijos y qué no. Si pienso que mi hijo no debe estudiar matemáticas o biología (la teoría de la evolución puede ser algo jodido a veces), lo quito de ahí. Del mismo modo, si no quiero que le enseñen que todos somos iguales hayamos nacido donde hayamos nacido, amemos a quien amemos, o pensemos o creamos lo que pensemos o creamos, exijo que no se le enseñe eso para poder inculcarle «libremente» odio, fanatismo y sectarismo en casa.

Es un correlato de esa visión de la «libertad» tan propia de los autoritarios del último siglo que consiste en hacer lo que a uno le dé la gana independientemente de lo que suceda a sus congéneres. Una «libertad» que no ha llegado a la modernidad, a Kant, a la libertad guiada por la razón y, sobre todo, a entender que la libertad parte de la consideración de la persona como un fin en sí mismo: incluidos los niños, que no son un juguete con el que los padres y madres puedan jugar caprichosamente sino fines en sí mismos. La educación es el proceso que ayuda a los niños a ser libres, es decir, guiados por su propia razón para vivir con otras personas también libres e iguales.

Si un padre o una madre, en ejercicio de su «libertad» no quiere que su hijo reciba transfusiones, vacunas, trasplantes u operaciones que necesite para vivir porque lo impide su religión, no tiene derecho. Si un padre o una madre quiere dejar a su hijo en la calle a la intemperie o en su coche a cuarenta grados o quiere educarlo a base de palizas… no es «libre» para hacerlo.

Del mismo modo, si yo inculcara a mi hijo que Alá nos ordena asesinar infieles, que los españoles son inferiores a los vascos o que las personas que tienen ideas religiosas son inferiores… afortunadamente habría un sistema educativo que corrigiera la basura con la que estoy destrozando a mi hijo. Le enseñarían a respetar a los otros, a considerarlos iguales con derechos humanos inviolables bajo ninguna circunstancia, le enseñarían a ser un ciudadano libre en una sociedad democrática. Ese es, quizás, el objetivo más importante de un sistema educativo.

Los padres y madres, afortunadamente, no podemos hacer lo que nos dé la gana con nuestros hijos. Si no queremos escolarizarlo, nos fastidiamos: es obligatorio porque es un derecho del niño que no podemos violar, no tenemos derecho a destrozar a nuestros hijos. Si queremos evitar que se forme como ciudadano libre, culto y capaz de adquirir los conocimientos y destrezas ciudadanas e intelectuales propias de su siglo… nos jodemos. No tenemos «derecho» a impedir que un niño se forme como ciudadano libre y con derechos: eso no es una «libertad» de los padres, es una violación de la libertad de los niños.

Un niño no es un puto tamagochi de sus padres al que uno puede aplicar sus caprichos como si eso fuera «libertad»: un niño es una persona a la que tenemos la obligación, los padres y también la sociedad en su conjunto, de ayudar a lograr ser un ciudadano libre.

Es una conquista de la modernidad, de la democracia, de la civilización. Y los demócratas no vamos a permitir que se revierta.

Lo que a Vox le parece en este caso una intolerable intromisión en la «libertad» de los padres, por cierto, es que los colegios tengan que enseñar en la Comunidad de Madrid que todos somos iguales amemos a quien amemos. Llaman «libertad» a su defensa del adoctrinamiento en el odio. Y no, no tienen esa «libertad», no tienen derecho a destrozar así a los niños.

Las curvas peligrosas del verano

Ayer publicó Pedro Vallín en La Vanguardia un estupendo artículo («Gramática parda para la galaxia Podemos«) analizando apasionadamente pero con rigor en vez de vísceras las dos polémicas que han centrado los debates de este verano en el espacio heredero del 15M; son polémicas, por cierto, cuya forma muestran cierta ansiedad colectiva que recuerdan demasiado al desasosiego por el vacío político previo al 15M. La primera polémica la generó el libro de Daniel Bernabé, «La Trampa de la diversidad» fundamentalmente sobre qué identidad o identidades son útiles para la emancipación. La segunda la han generado los artículos de Manolo Monereo, Julio Anguita y Héctor Illueca sobre el gobierno italiano, sus políticas económicas y su relación con la Unión Europea.

No he leído el libro de Bernabé, por lo que no sería sensato que opinara sobre la polémica. Sin embargo por lo que he leído (y creo que esto es importante para matizar el artículo de Vallín de ayer) entiendo que su centro es el debate sobre la identidad (que es el tema de la política) lamentando que la multiplicación de identidades desdibuje a la identidad de clase, que sería una identidad objetiva, la de verdad. Creo que, a diferencia de lo que empapa el artículo de Vallín ese no es el tema que mueve a Monereo, Anguita e Illueca, que no se centran en la identidad de clase sino en la popular en búsqueda, precisamente, del principio democrático. Y que el problema no es en este caso el tipo de identidad sino su escala (la europea o la nacional).

Esa brecha diría que tiene más que ver con otros de los elementos que señala Vallín: la oposición política entre el principio liberal y la política neoliberal. España es de los pocos países de Europa en los que la derecha incluso cuando se endurece (como en estos meses) es profundamente neoliberal; y además el principio liberal (la defensa de los derechos humanos colectivos e individuales) está nítidamente ubicado en lo que imaginamos como la izquierda. De ahí la dificultad con la que miramos a Marine Le Pen o el llamado Decreto de la Dignidad, que proponen cosas que en España no tendrían quien las defendiera. Y probablemente también tenga que ver con que la oposición a las políticas antisociales de la Unión Europea nunca haya ido de la mano de una oposición a la Unión Europea, contemplada (razonablemente o no, es irrelevante) como garante del principio político liberal.

Las propuestas de Monereo, Anguita e Illueca no habrían generado tanto ruido hace pocos años. El porqué lo generan ahora seguramente tiene que ver con que la emergencia de esa extrema derecha moderna, inteligente y compleja hoy claramente es un riesgo real en Europa y fuera de ella, mucho más que un sorprendente espacio político en parte exótico y hasta parcialmente atractivo.

Europa, más que la democracia, es la línea de fractura: de ahí que en realidad el centro de discusión sea la afirmación de  Monereo, Anguita e Illueca que no comentan la cuestión de la inmigración porque en ella no se diferencia el gobierno italiano de la Unión Europea: en la vulneración de derechos no se diferenciaría Bruselas de Roma.

Probablemente sea un error mirar a Europa con el mismo ojo que hace cuatro o cinco años. Por la fortaleza de los bloques de extrema derecha y por la sensación de debilidad de los espacios emancipadores.

Que la emancipación sólo puede ir de la mano de la democracia (y la democracia sólo es posible con soberanía popular, sea de ámbito geográfico mayor o menor) y del pleno cumplimiento de todos los derechos humanos para todas las personas debe estar fuera de la discusión y diría que lo está. Lo que tocaría debatir con cierta profundidad y cabeza es si en 2018 podemos reivindicar un soberanismo frente a Europa o si no sería mucho más eficaz la aspiración a frentes democráticos más europeístas que Europa. Porque el fascismo nunca fue imbécil; y casi nunca se mostró abiertamente antisocial sino más bien al contrario. Si lo que emerge en varios países de Europa (y EEUU) es fascismo o no es un debate bizantino; no lo es, en cambio, que es lo contrario al cambio emancipador al que aspiramos.

Cataluña: El desafío democrático (artículo en Cuarto Poder)

Afortunadamente, ante un conflicto político ya nadie discute que hay que resolverlo votando: lo que se discute es quién tiene derecho a votar, con qué límites, etc. Nadie se atreve a decir, por ejemplo, que Cataluña no puede votar o incluso independizarse porque la unidad de España sea perpetua ni, desde luego, que para la independencia de Cataluña no haga falta votar porque, merced a alguna revelación divina o metafísico-nacional, Cataluña no sea España y eso lleva a un Estado propio quiera o no la gente que vive en Cataluña.

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Historia y mito en nuestra lucha política (artículo en eldiario.es)

La Historia es nuestra y la hacen los pueblos

Hace unos días escribía un sugerente artículo en eldiario.es Sebastián Martín que, con su habitual inteligencia y honestidad intelectual, se cuestionaba sobre los riesgos de construir una representación de la Historia (esto es, una memoria) como instrumento político incluso como instrumento político emancipador. Lo hacía a partir de un apunte mío sobre la disputa del Dos de Mayo dentro de una reflexión más general sobre la que escribí hace algunos años bajo el título Otra memoria de España es posible.

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Manuela y las ratas

Entre la noche de ayer y esta mañana la noticia en Madrid no ha sido las decenas de contratos púnicos que el PP siguió haciendo en 2015 desde la Comunidad y varios ayuntamientos (encuestas electorales para ganar las elecciones y seguir haciendo contratos con las empresas «donantes») con Granados en la cárcel, haciéndonos pensar (¡malpensados!) que no es una trama de una manzana podrida sino de un partido podrido. El tema del día ha sido una frase sacada del libro de conversaciones entre Maruja Torres y Manuela Carmena. La frase viene a decir que si pudiera volver al pasado mantendría su «no» a ser candidata por lo que le está condicionando la vida privada. Ha añadido que pese a eso vale la pena por mejorar las condiciones de vida de la gente de Madrid, pero eso da igual. Lo importante es cuándo dijo eso: lo dijo tal y como hoy han aclarado las dos partícipes del diálogo este verano tras los ataques por haberse ido de vacaciones con su familia una semana a Zahara de los atunes, Cádiz.

A mí me parece noticia. Lo reconozco: es importante, define una situación política y explica por qué mucha gente sana y normal no quiere dar el paso a la política, no por los «bajos» sueldos (como dicen algunos que no sé qué nómina tendrán) sino por la cloaca en que quieren convertir la política quienes no contemplan las instituciones más que como su chiringuito. La noticia no es Manuela: cualquier ser humano decente habría estado abrumado ante la injusticia de los ataques, las mentiras (¡aquella flor protegida que tanto les preocupó!) y sobre todo la invasión de la privacidad familiar, el ataque a los suyos.

Había noticia pero a quien había que preguntar no es a Manuela como si fuera ilegítimo estar hasta las narices.

Al primero que había que haberle puesto hoy el foco es a Francisco Maruhenda, ese fariseo que aparece hasta en la sopa con soniquete bonachón, que firma como director en sus ratos libres de la famosa portada que montaba un escándalo porque la familia de la alcaldesa de Madrid se tomaba unos días en Cádiz alquilando una casa. E inmediatamente después poner el foco en esa oposición del partido púnico que se subió a la farsa para atacar personalmente: desde Cristina Cifuentes a Pércival Manglano capitaneados por la madre de La Trama de Madrid, Esperanza Aguirre.

Si Manuela Carmena hubiera estado desanimada por las críticas a su gestión (aunque fueran desmesuradas o injustas), por la complejidad de liderar un gobierno sin partido detrás (o con un partido extraño, como es Ahora Madrid), si su cansancio fuera por la ingente tarea que supone gestionar una ciudad como Madrid agujereada por años de despilfarro y pasteleo con constructoras… la respuesta sería que, señora alcaldesa, va en el cargo. De eso no se ha quejado más que poniendo soluciones.

Pero los ataques personales y mentirosos, las intromisiones en la vida familiar (no por haber robado, ni por haber convertido una boda en un asunto público para un desfile de ladrones sino por irse de vacaciones alquilando una casa en la playa para toda la familia y pagarlo) no son legítimos y no debemos acostumbrarnos NUNCA a ellos. Si queremos que participe en las instituciones gente normal, no podemos aceptar que el acoso personal sea la reacción orquestada contra quien participa legítima y honestamente.

El escándalo no es que Manuela estuviera hastiada en verano ni mucho menos que se tomara unas vacaciones: el escándalo es la basura en la que quieren convertir la política y el conflicto democrático el Partido Popular y su pesebre mediático. Y hoy quien tendría que haber respondido son todos ellos. ¿Les parece normal la mierda que producen? ¿Qué siniestros objetivos hacen que merezca la pena haberse convertido en eso?

El cambio político en el país no sólo pasa por que no nos roben los recursos, que también. Pasa, sobre todo, por que no nos roben la razón democrática.

Vuelven los fantasmas a Europa (artículo en Cuarto Poder)

A toda propuesta de avance democrático, ya sea hacia modelos de democracia participativa, hacia aspectos de democracia directa, el conservadurismo ha opuesto siempre una farisea defensa de la representación política. En nuestro país ocurrió especialmente desde el 15-M. Se hacían propuestas de avances democráticos tales como referéndums vinculantes, posibilidad de revocación de cargos públicos, facilidades para la iniciativa legislativa popular… y la respuesta siempre fue que eso era “anti-política”, que la democracia es un sistema de representación parlamentaria y que todo lo que tienda a mayor implicación del pueblo en la toma de decisiones políticas son peligrosos pasos hacia el totalitarismo. Fue lo que llevó a Esperanza Aguirre a calificar de totalitario al 15-M y de soviets de distrito a las propuestas de participación descentralizada de Ahora Madrid. Frente al populismo, nos decían, los demócratas creemos en la representación política, en las mayorías parlamentarias.

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La Cara B del pucherazo municipal

El pucherazo que pretende dar el PP en los municipios (solo o en compañía de otros) es evidente. No hace falta explicar mucho: como las encuestas dicen que la gente va a mandar al guano a los saqueadores, corruptos y despilfarradores que han arruinado sus ciudades sin beneficio social, se cambia la forma de interpretar a la gente y santas pascuas. Es en buena forma una prolongación de las correcciones de la proporcionalidad que en los años 70 idearon para conseguir un bipartidismo creciente que arrojara a la basura los votos a cualquier alternativa en la mayoría de España. De hecho además del pucherazo, la segunda consecuencia puede ser una agrupación bipolar de los votos por aquello de que si sólo se puede influir ganando se estimula el supuesto voto útil, algo que tradicionalmente ha servido al bipartidismo pero que igual en esta ocasión podría permitir elevar el voto de candidaturas de unidad rupturista (Ganemos). Ya se vería.

Pero hay otra derivada del pucherazo que apenas se está comentando y que es otro hachazo a la débil calidad de la democracia española. En España apenas existen sistemas de control a los gobiernos (centrales, autonómicos y municipales). Lo único efectivo que existe es la moción de censura y ya está limitadísima. En España una moción de censura exige la presentación de una candidatura alternativa y que ésta no sólo sea más votada que el gobierno censurado, sino que obtenga la mayoría absoluta. Esta rigidez es la que ha mantenido en el poder navarro a UPN-PP, pues el PSOE decía estar de acuerdo con que Barcina se tenía que ir pero prefirió apuntalar a una derecha corrupta y opusina que conformar un gobierno apoyado por Izquierda-Ezkerra y por la izquierda abertzale. En España hay pocos y difíciles mecanismos por los que un gobierno responda de su actuación sin que su investidura sea un cheque en blanco de cuatro años y allí donde hay mayorías absolutas el control de gobierno en las instituciones no pasa de ser una pantomima institucional.

Y eso también se restringe. La propuesta de pucherazo no ha pasado de un tuit. No sabemos cómo la imagina el PP. Sabemos que al principio les valía con que un partido obtuviera un voto más que el siguiente para que obtuviera la mayoría absoluta. Después reculó un poco hasta pedir un mínimo del 40%. Hoy filtran la posibilidad de que haya doble vuelta en la elección de alcalde. En todo caso se trata de que con la elección del alcalde se otorgue un poder incuestionable hasta cuatro años después. El alcalde o alcaldesa sería del todo irresponsable. Algo que de facto ya viene ocurriendo en buena parte en nuestras instituciones por el diseño de la Transición (se querían gobiernos fuertes precisamente por la fragilidad de las nuevas instituciones).

Si hablamos de regeneración democrática (que es en el ámbito en el que con todo su santo morro el PP quiere ubicar su pucherazo) se trata de todo lo contrario: no sólo tener unas instituciones que reflejen con la mayor fidelidad posible el pueblo del que dependen (al que representan) sino que sean controladas, que haya mecanismos para evitar el poder absoluto. De eso iba también aquella vieja separación de poderes.

Avanzar hacia la democracia pasaría hoy por ampliar esos controles para evitar gobiernos absolutos y extenderlos para que no sólo se puedan ejercer en las instituciones sino también desde el pueblo: introducir instrumentos de participación democrática en la toma de decisiones, pero también, por ejemplo, permitir la posibilidad de que el pueblo revoque el mandato de un electo si deja de confiar en él: una especie de moción de censura popular, democrática. No es ningún drama: en Venezuela se introdujo en la Constitución, la oposición lo puso en marcha contra Hugo Chávez, el pueblo decidió libre y democráticamente mantener a Chávez y punto; si hubiera decidido que no continuara, tampoco habría habido problema institucional, se habrían convocado elecciones para un nuevo presidente. Ese es un camino hacia más democracia.

La entrega de un poder absoluto a quien sea aunque haya ganado las elecciones por mayoría absoluta de los votos es menos democracia; si encima no ha obtenido la mayoría absoluta de los votos el camino se anda en la dirección contraria a la democracia; el nombre que se le ponga a ese camino es lo de menos. Y esto también habrá que plantearlo si la concreción final supone una elección presidencialista del alcalde a doble vuelta: en tal caso también habría un retroceso democrático porque se trataría de elegir un rey municipal al que dar un poder absoluto todo el año. El PP (ni el PSOE) propondrá introducir la posibilidad de que el pueblo participe con capacidad de decisión en el ayuntamiento ni que pueda revocar el mandato de un cargo público en quien sus electores ya no confían. Lo suyo es la regeneración democrática, no el populismo.

La clase, la casta y la antipolítica (artículo en Cuarto Poder)

Durante el siglo XIX los socialistas y los demócratas iban de la mano e incluso muchas veces eran los mismos. Se oponían a la “democracia” censitaria por la cual sólo una élite propietaria podía votar y exigían el sufragio universal (primero masculino; luego real). La lógica de ambos bandos no era moral sino materialista, de clase: la élite económica pretendía quedarse para sí los derechos políticos pues si sólo votaban los propietarios (con la excusa de que eran quienes pagaban impuestos) elegirían representantes de sus intereses; por su parte los partidos obreros suponían que el sufragio universal daría a la mayoría social la mayoría política. La democracia era una cuestión de clase.

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Artículo en La Marea: «Robespierre en 2014: ¡Arriba el pueblo!»

La constitución establece que la soberanía reside en el pueblo, en todos los individuos del pueblo. Cada individuo tiene, pues, el derecho de contribuir a la ley por la cual él está obligado y a la administración de la cosa pública, que es suya. Si no, no es verdad que los hombres son iguales en derechos, que todo hombre es ciudadano.

Maximilien Robespierre,
Debate sobre el sufragio censitario o universal
en la Asamblea Constituyente, 22 de octubre de 1789

Hace unos días escribía Toño Fraguas en La Marea un artículo sugerente de título especialmente provocador ¡Abajo el pueblo! centrado en la inexistencia de algo así como un pueblo (o varios pueblos) sino como “constructo artificial. Como lo es la nación”. Viene a reconocer que el pueblo fue un hallazgo del siglo XVIII (esto es, del siglo que los ilustrados consiguieron que culminara en la Revolución Francesa) para arrebatar a la aristocracia el poder. Pero hoy, viene a decirnos Toño Fraguas, lo que fue un hallazgo deviene en un lastre: “Usando y abusando de ese fósil, vive hoy una casta de aprovechados, políticos, oligarcas, explotadores, todos perfectamente conscientes de su hipocresía. Son los herederos del Antiguo Régimen, líderes peligrosos, guías iluminados, portavoces del ‘pueblo’ que en realidad sólo sirven a las clases dominantes.”

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