No es verdad que sólo podamos votar a nuestros representantes para que, tras la transubstanciación obra y gracia de la ley electoral, éstos hagan lo que les dé la gana (o lo que les salga más rentable sobres de constructores mediante). De vez en cuando nos dejan votar cosas. En casi todos los medios digitales podemos encontrar encuestas para que votemos si el ser humano llegará a Marte, si la crisis acabará en 2017 o si Neymar y Messi son compatibles.
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Como Obama es bueno, se puede permitir ciertas licencias. Ayer hizo un anuncio que suena bien: la intervención pública en la banca sin que sea para sregalarle nada sino para limitar su capacidad de hacer daño y de concentrar poder en pocas manos. Dice que prohibirá algunas operaciones arriesgadas y, sobre todo, limitará el crecimiento de los bancos evitando que ninguno de ellos supere una cuota de mercado (por especificar).
La idea que hay detrás es profundamente liberal: Si se limitan los riesgos que puede correr cada banco y el peso que pueden alcanzar individualmente en la economía, en la próxima crisis (que no tiene por qué ser lejana) o en los próximos coletazos de ésta el Estado podría abstenerse de socorrer a tal o cual banco. El sistema estará más seguro y será menos dependiente del socorro público.
No es eso lo importante sino que en el reino del capitalismo aparece por primera vez un discurso que se plantea imponer el poder político al económico y establecer límites desde lo público a la banca.
Hace pocas semanas la prensa encontraba nuevos motivos para señalar a Hugo Chávez como un autoritario: anunció que el ejército impediría que se produjera un gran aumento de precios. En Venezuela no tienen un problema con los agujeros bancarios sino con la inflación. Obama ha decidido también que el poder político tiene legitimidad para marcar los límites al mercado. Es un liberal y por tanto el problema que detecta es otro, pero (anuncia que) impone su política económica y también apela a la fuerza: “Si los bancos quieren pelea, estoy preparado para ella”. Si Chávez anunciara estar preparado para la pelea, estaríamos en ciernes de una convocatoria del Consejo de Seguridad de la ONU. Pero el anuncio de Obama sólo recibe elogios en nuestra prensa y, en el peor de los casos, silencios. ¿Qué diferencia hay entre la intervención en la economía apoyada por la fuerza del Estado en Venezuela y en EEUU?
Cada vez es más evidente que lo que molesta de Venezuela no son los modos, ni la forma de hacer política. La satanización de Chávez obedece exclusivamente a que, con el mismo estilo que muchos otros de los nuestros, no hace lo que los nuestros. En vez de garantizar la pervivencia del sistema (aunque sea imponiéndole límites para que el fracaso de un poderoso no haga que se derrumbe el poder), se ha puesto, con éxito, a revertir el sistema para poner la sociedad al servicio de los de abajo. Eso es lo imperdonable, eso es lo dictatorial. Lo accesorio es sólo una excusa.
Fernando Garea asegura que en el PSOE dan por hecho que Zapatero optará a un tercer mandato en 2012. Pese a lo bien informado que suele estar Fernando Garea, no me quiero ni imaginar que en España podamos sufrir la terrible losa de un caudillo que se quiere perpetuar en el poder más de dos legislaturas.
Las escuchas ilegales son algo normal, comparado con esta gravísima voluntad de perpetuarse en el poder. Va a ser cuestión de convocar una concentración de protesta en Facebook, que seguro que salimos en la SER.
Soy un firme defensor de la estricta limitación de mandatos para cargos políticos. Es un mecanismo que casi nadie defiende aquí, pero que acerca a los postulados de radicalismo democrático en los que me pretendo situar: dificulta la aparición (o el mantenimiento) de una casta política e impide los personalismos. No me hizo ninguna ilusión, por ello, que la Asamblea Nacional venezolana propusiera revocar la limitación de mandatos.
Venezuela tenía una legislación bastante radical en este aspecto, fruto, por cierto, de la Constitución bolivariana que se aprobó ya en tiempos de Chávez. Ni los diputados podían optar a la reelección tras su tercer mandato. Ahora ya tienen lo mismo en ese aspecto que en casi todos los países con la gran mayoría de los cargos: el único límite a la reelección es que el pueblo efectivamente elija al candidato que se vuelve a presentar. La revolución bolivariana pierde un punto de radicalismo y muestra su gran talón de Aquiles: descansa demasiado sobre la figura de un líder carismático, Hugo Chávez. Quien consiga acabar con Hugo Chávez habrá acabado con la revolución y ello sólo es una buena noticia para quienes pretenden que Venezuela vuelva a ser el pozo de corrupción, pobreza, analfabetismo y hambre que fue.
Sin embargo tenemos una ocasión de oro para hacer en España una reforma constitucional dado el sorprendente consenso que ha generado la reforma constitucional venezolana. Todo el mundo está aquí en contra de que se suprima el límite a las reelecciones. O sea, que todos estarán a favor de que se impongan tales límites en España.
Si aquí hubiera lo que pidendesde Luis Herrero al más rojo tertuliano de la SER, Zapatero habría abandonado el Congreso de los Diputados en 1996 y Rajoy en 2000, por no poder presentarse a una tercera reelección. ¿Qué decir de Alfonso Guerra? En 1982 se habría presentado por última vez a unas elecciones, con lo que los últimos 27 años habrían sido ilegales. En las próximas elecciones vascas no podrían aspirar al parlamento vasco ni Patxi López, que lleva en el mismo sillón 18 años, ni, por supuesto Ibarretxe. Mejor no citamos a Manuel Chaves, porque lo suyo es más chusco. Y de Juan Carlos Borbón ni hablar, que aparece Marlaska y la lía. Por supuesto, si Zapatero se vuelve a presentar en el 2012 le denunciaremos por dictador todos al unísono.
Si no se quiere hacer el ridículo uno tiene que ser coherente y no defender que es dictatorial allí lo que es natural aquí. Quienes atacan la reforma constitucional que aprobó el pueblo venezolano el domingo, son conscientes de que lo que ha hecho Venezuela es copiar el modelo español (salvo en lo de la monarquía, que no lo ha copiado nadie en estos 32 años). Si les parece nefasto, tendrán que promover los cambios que nos lleven al modelo de limitación de mandatos.
O si no, tendremos que entender como confesión de parte los calificativos de «dictadura» que el pasado fin de semana recibió una reforma que acerca a Venezuela al modelo de representación español, aunque evite nuestras extravagancias monárquicas
Si yo fuera columnista de El País, ante la previsible reforma constitucional en Venezuela para evitar la limitación de mandatos, me pondría a desmontar las críticas que vienen de la manipulación. Explicaría que no se pretende otra cosa que lo que ahora sucede en España con la jefatura de gobierno, que puede ser tan prolongada como las urnas decidan, como demostró reiteradamente Felipe González o hace ahora Manuel Chaves. También señalaría la paradoja de que quienes avalan una magistratura vitalicia, hereditaria y no electa, se pongan tan finos a la hora de analizar la reelección democrática del presidente de una república, por muy sudaca e indio que sea el presidente.
Ocurre que no soy columnista de El País, sino que escribo un blog en Tercera Información, cuyos lectores ya están avisados de todas estas evidencias. Hace un año Chávez se encontró por primera vez con una derrota en las urnas: el pueblo venezolano rechazó la reforma de la constitución bolivariana que se le proponía. Entonces hubo varios artículos (aunque no recuerdo que se publicaran en El País) señalando que tal derrota podría ser una oportunidad si el chavismo hacía de ella una lectura inteligente. Asimismo en algunos sitios se señalaba que quienes optaran por adular sistemáticamente al proceso revolucionario venezolano sin señalarle los posibles errores hacían un flaco favor a los venezolanos y a su revolución por una lealtad mal entendida.
Venezuela ha conseguido grandísimos logros económicos y políticos. Como en otros países con procesos similares, además de conseguir más justicia, más derechos sociales y más autonomía económica, Venezuela ha profundizado en su democracia dando al pueblo un poder real que antes sólo estaba en manos de corruptos y embajadores extranjeros.
Pero la revolución bolivariana tiene en Venezuela dos talones de aquiles por los que la podrán atacar quienes insistan en la vía del derrocamiento golpista.
Uno de esos talones de aquiles es la excesiva dependencia del petróleo, algo dificilísimo de evitar pues las urgencias y las carencias económicas dificultan sustituir un reequilibrio social por un cambio de modelo productivo. En este punto hay que ser completamente comprensivos, por más que una bajada de los precios del petróleo como la actual ponga en solfa tal comprensión.
El otro punto flaco es la gigantesca personalización del proceso. La revolución bolivariana en Venezuela es Hugo Chávez. Si en un próximo intento golpista consiguieran matar a Hugo Chávez se habría acabado la revolución al instante. Esa es una doble debilidad. Una debilidad política por la excesiva dependencia de una sóla persona y una debilidad táctica por la escasa diversificación de riesgos. Estoy convencido de que en Venezuela hay más de una veintena de cuadros perfectamente aptos para reemplazar en su día a Hugo Chávez y para entusiasmar al pueblo venezolano en la vía del socialismo. Ello puede traer complejidades e incluso enfrentamientos, pero es mucho más arriesgada y la monarquización de Venezuela.
Se hace un triste análisis si se piensa que ante la dependencia política de una sola persona, el problema está en la norma que evita la reelección. Tanto empeño y movilización como se va a poner en la reforma constitucional se podría poner en un proceso de sucesión que fuera democráticamente ejemplar y que mostrara al mundo que lo que ocurre en Venezuela es realmente indestructible porque sus raíces no están en tal o cual líder, sino en el pueblo venezolano.
Con motivo del aniversario del golpe de Estado de Pinochet, Quentin señalaba en un comentario de este blog lo recientes que parecen algunas de las últimas palabras de Salvador Allende:
Porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos.
Estas eran palabras de Allende en septiembre de 1973 en su lúcida despedida del pueblo chileno. A Quentin, con toda la razón, le recordaba a la descripción de los sucesos que está padeciendo Bolivia en sus regiones ricas. Añadamos la participación de la embajada de Estados Unidos (no señalada por Allende en su discurso), que también concurre en ambas situaciones y veremos el cuadro completo de dos gobiernos latinoamericanos democráticos que ponen las riquezas de su país al servicio de su pueblo frente al poder económico y las respuestas de éstel (empujado desde su sede central) alentando motines violentos, el caos y la parálisis económica.
Evo Morales ha expulsado al embajador estadounidense, que se ha marchado diciendo que esto tendrá «efectos». En nuestro país ya estaría encarcelado por amenazas, habida cuenta del historial golpista de las embajadas estadounidenses en América Latina. Hace pocos años ya vimos algo parecido en Venezuela, con la exótica ayuda al golpe de 2002 de la madre patria española. Transcurridas más de tres décadas desde el golpe chileno, el poder económico sigue utilizando técnicas parecidas contra los pueblos que quieren dejar de estar sometidos. (Me decía un amigo hace unos días: «¡Qué suerte tiene El País de no haber existido en 1973! Si se hubiera publicado entonces, igual ahora podríamos recordar que apoyó el golpe de Pinochet como apoyó el de Venezuela).
Sin embargo hay algo que ha cambiado profundamente desde 1973. Nadie apoyó a Chile frente a Pinochet y Kissinger. Más bien al contrario, el golpe chileno se produjo en un contexto de dictaduras militares títeres de Washington en gran parte de América Latina. Hoy la situación es la inversa. Ningún país occidental está apoyando a Bolivia, como nadie apoyó a Venezuela hace seis años. Pero América Latina es otra. La reacción de Hugo Chávez expulsando al embajador estadounidense y avisando de que no se quedará de brazos cruzados si en Bolivia triunfa la reacción es mucho más importante que la estridencia de las palabras mitineras con las que lo anunció. ¡Ojalá Chile hubiera tenido en 1973 vecinos como la Venezuela actual!
América Latina se encuentra hoy en una situación posiblemente única en la historia de la humanidad. Nunca fue tan cercana la consolidación de un socialismo democrático (valga la redundancia) con pilares en distintos pueblos soberanos solidarios entre sí. El antecedente de la derrota golpista hispano-estadounidense en Venezuela ha retrasado el intento por paralizar la democratización económica de Bolivia mucho más de lo que lo habría hecho en otras ocasiones.
No estaría de más que un gobierno como el español (que se sigue diciendo de izquierdas) mostrase que apoya a Evo Morales como hubiera apoyado a Salvador Allende cuando bombardearon el Palacio de la Moneda. Porque le hubiera apoyado, ¿verdad?