Blog de Hugo Martínez Abarca

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Disculpas a la ciudadanía de Segovia, Cáceres, Tarragona…

Empecé a darme cuenta de que, si finalmente nos llevaban a unas nuevas, absurdas y evitables elecciones generales teníamos la obligación de presentarnos cuando pensé a quién votaría. No tiene sentido en esta entrada explicar las razones (sospecho que muy compartidas) pero me hubiera sido imposible votar este 10 de noviembre al PSOE, a Pedro Sánchez y también a la actual dirección de Podemos, especialmente cuando ninguno de ellos ha reconocido error propio alguno y por tanto el 11 de noviembre harán lo mismo que nos trajo hasta aquí. Y a ello se une que sigo creyendo tan dramática la necesidad de un gobierno progresista e impedir una alianza de la corrupción y el odio: como millones de españoles que sí estuvimos a la altura. Tenía que votar; no podía votar.

Los madrileños no somos una raza superior (quizás los de Chamberí un poco pero tampoco es cuestión de presumir). La orfandad electoral a la que me asomaba no era un hecho propio de los madrileños. En algunos lugares como en el País Valencià hubiera podido votar cómodo a Compromís, cuya autonomía política le había permitido jugar un papel intachable en la legislatura de la moción de censura y en los intentos de investidura de ésta pese a la arrogancia con la que le trató el PSOE y que Compromís decidió ignorar anteponiendo el bien general. Es cierto que también algunos partidos independentistas han sido mucho más sensatos, generosos e inteligentes en estos cinco meses que PSOE y UP pero, sin entrar en cómo tumbaron unos Presupuestos estupendos por no tener un par de meses antes esa inteligencia, votarles supondría avalar un proyecto político enormemente diferente al que uno defiende. El fracaso de estos meses por motivos mezquinos y cutres es muy importante, pero no es lo único muy importante.

Así pues, los mismos motivos por los que entendía que estábamos obligados a presentarnos por Madrid me llevaban a entender que nos teníamos que presentar por otras circunscripciones. Eso, por otra parte, ha sido hasta ahora norma universal. Salvo las fuerzas nacionalistas y regionalistas, los partidos que se presentan a las elecciones lo hacen por toda España. Más Madrid es un partido regional, sí, pero no regionalista. Así que lo normal era tener referentes electorales que defendieran cosas parecidas de forma parecida en toda España. No presentar candidatos madrileños como si fueran colonias, sino ayudar a que candidatas y candidatos locales contaran con nuestro apoyo dada la urgencia política y la falta de tiempo.

Lo que tenemos que explicar no es por qué nos presentamos donde nos presentamos sino por qué no nos presentamos donde no nos presentamos. Por qué un votante de Ciudad Real, Álava, Cantabria o Girona no va a poder votar una opción democrática, verde, feminista y europea cuyos escaños vayan a anteponer el interés general del país al de una cúpula de partido. Es, además, algo que nos perjudica enormemente pues no presentarnos en media España puede no repercutir en el reparto de escaños (aunque uno intuía sorpresas que al final no vamos a intentar dar) pero sí en el porcentaje de voto final, lo cual tiene cierta importancia y no sólo simbólica.

La ley electoral española está trucada porque sus diseñadores (el gobierno preconstitucional de 1976-77) quisieron potenciar el bipartidismo y, singularmente, sobrerrepresentar al partido de centro derecha, en ese caso UCD. Se argumenta para defender la manipulación que así los electores de las provincias menos pobladas tienen representación, pero es falso: tienen representación los electores de las dos (con muchísima suerte tres) fuerzas más votadas. Muchísimos electores de esas provincias no tienen representación porque esa ley electoral tira sus votos a la basura. Los madrileños, barceloneses, vizcaínos, malagueños, sevillanos… estamos mucho mejor representados y nuestro voto es más libre y eficaz.

Nada de lo que hemos hecho para estas elecciones es lo que nos convenía como partido. Necesitábamos tiempo para construir una estructura formal participativa y estable. Cuando estábamos comenzando a debatirla en barrios y pueblos se convocan elecciones y la decisión de presentarnos aplaza dos meses ese proceso. Pero había que presentarse. Nos suponía una gran dificultad logística y hasta económica presentarnos fuera de Madrid, pero teníamos la obligación de hacerlo. Al grupo autonómico nos viene mal prescindir de un liderazgo de la talla de Íñigo Errejón, pero teníamos que ir con todo. Y si hacíamos todo eso, nos venía mal (por muchos motivos) no presentar candidaturas por todas las circunscripciones de España. Pero si lo hacíamos, entonces sí, podíamos estar pidiendo un voto inútil que sólo facilitaría un gobierno de Casado, Rivera y Abascal, algo que sería responsabilidad de quienes nos han traído a la repetición de las elecciones. Y nosotros sí anteponemos los intereses generales a los de nuestro partido, pese a que necesita todo el mimo de un recién nacido con mucho futuro; nosotros sí estamos mirando al 11 de noviembre por encima de los intereses de partido, a veces con costes. Vaya si lo estamos haciendo.

La pregunta es por qué no nos presentamos en muchas circunscripciones y le pedimos a millones de españoles que voten a candidaturas que no merecen la confianza que ya se les dio. La única respuesta es que estas elecciones no son normales (además de ser imprevistas) y exigen hacer cosas que uno no querría tener que estar haciendo. Pasará el 10 de noviembre y tendremos que construir para que la próxima vez no tengamos que contestar por qué dejamos huérfana electoralmente a media España. Ahora, sintiéndolo mucho, no hay tiempo ni votos que perder.

Necesidad de Más

Hay dos síntomas claros de la necesidad de una candidatura como la que asumió ayer Íñigo Errejón.

El primero es el propio acto de ayer. Es difícil saber cuánta gente hubo. En el auditorio caben cerca de mil personas, pero hubo que cerrar las puertas y se quedaron varios cientos sin entrar. Esa mañana éramos unos pocos los asustados por haber convocado sólo el día anterior, en un día laborable, en un sitio tan grande, tras cuatro días en los que hemos pedido a nuestra gente reuniones compartidas, reuniones en el distrito, en el municipio, en el sector… y ayer les pedíamos un nuevo esfuerzo. Y fue el primer acto de desborde humano en unas elecciones que hace apenas una semana afrontaba todo el mundo con decepción, irritación, resignación… y mucha desmovilización. La recepción en redes sociales también fue descomunal, los entendidos no encuentran datos análogos desde hace algunos años. Hasta los ataques e insultos son un síntoma de haber puesto el dedo en la llaga, aunque en este caso (y dada la abundancia de anónimos) es difícil saber si los insultos los hacen varios o muy muy pocas personas.

El segundo síntoma relevante es la sensación por toda España de que las organizaciones y grupos que querían un gobierno progresista, que no entendieron los enrocamientos de julio y de septiembre que han conducido al fracaso de la legislatura… estén encontrando tan rápidamente en Más País la vía para el desbloqueo político,. Esto es, encuentran en Más País la vía eficaz y responsable para ayudar a que se ponga a funcionar la caja pública y permita atender las emergencias de todo tipo que tienen nuestros ciudadanos y que no son si un candidato no se lleva bien con otro, si se han llamado o no por teléfono o de qué partido sean o no los ministros. Cada día estamos sabiendo que un nuevo partido progresista quiere llegar a acuerdos para sumar más. No es una conspiración del IBEX ni de Venezuela e Irán, es un síntoma fabuloso de que no se podía seguir dando cabezazos a una pared, de que hay una salida tras el fracaso.

Hubo algún periodista que decía que estos movimientos son una huida del pasado, otro, más en positivo, que apostaban a «caballo ganador» (por Más País). Más bien diría que hay un acuerdo tácito pero evidente en que tras un rotundo e histórico fracaso sin que nadie reconozca un sólo error no se puede proponer que las mismas personas hagan otra vez lo mismo. Que hacía falta que alguien tire una piedra al estanque para que las aguas se pongan en movimiento.

En política, por supuesto, la actitud es importante: la política es una actividad colectiva y uno puede ser generoso, receptivo y fraternal o autoritario, cínico y despótico; en función de ello le será más o menos fácil encontrarse con otros sin necesidad de humillarlos o que lo humillen a uno sino con el firme propósito de trabajar por el común. Por supuesto que en política es importante preguntarse cuándo fue la última vez que votaste con ilusión; por supuesto que en política hay que evitar ser un pitufo gruñón, pero en vez de restregar el reproche es mejor sonreir y pensar que algo habremos hecho bien. Por supuesto que en política se defienden intereses: y hay que elegir si estos son los de una cúpula partidista o la de toda esa gente que fue a votar para parar al trío del odio y la corrupción y lograr avances progresistas, sociales, democráticos, ecológicos, feministas…

Va a ser una campaña corta, pero no fácil. Lo último que necesita nuestra gente es más fango, más mentiras, más ceño fruncido. Por nosotros no quedará: es normal que el PP y su pesebre político-mediático ataquen a quien puede recuperar la movilización democrática que impidió su asalto a la caja de caudales el 28A. Igual hay quien quiere desahogarse sumando sus ataques a los que vienen de Colón. Pero esto no es coaching, esto es política. Aquí estamos para solucionar los problemas de nuestro país, no para llevarlo al colapso porque primen nuestras fobias y nuestras vísceras.

Había ganas, había necesidad de Más. Va a ser difícil, nos lo van a intentar poner difícil, pero es necesario y estos días lo estamos comprobando.

Nuestras dos únicas alternativas

Escribía ayer sobre las tres únicas opciones que tiene Ignacio Aguado en la Comunidad de Madrid: o gobernar con Vox o sentarse a hablar con el PSOE y Más Madrid o llevarnos a los madrileños a nuevas elecciones como si eso solucionara algo. Después se reunieron Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón y propusieron a Ciudadanos sentarse a hablar para una posible investidura del candidato más votado y que suma más apoyos (salvo que PP y Ciudadanos ya sumen los votos de Vox como propios).

Quizás también cabría plantear, como con Ciudadanos, cuáles son las alternativas de las fuerzas progresistas. 

El 26 de mayo los madrileños repartieron las cartas de la partida. Con esas hay que jugar. A muchos nos gustaría poder hacer todo lo posible por un gobierno de transformación para la Comunidad de Madrid. Pero es que todo lo posible es nada. Hay 64 diputados para un gobierno progresista (no ya transformador) y 56 de derechas y 12 de extrema derecha (por resumir, aunque es evidente que entre los 56 de derechas alguno de extrema derecha también hay, como el ínclito David Pérez). 

Las sumas posibles para conformar gobierno son las siguientes (no hay otra, aunque a cada una de estas sumas se pueden sumar más partidos, obviamente):

-PP+Ciudadanos+Vox (todos votando sí)

-Psoe+Ciudadanos+MM (podría abstenerse uno de los tres que no fuera el PSOE)

-PSOE+PP+Ciudadanos (podría abstenerse uno de los tres que no fuera el PSOE)

Unidas Podemos no da ni quita la mayoría a ninguna de las combinaciones posibles. Y en todas las combinaciones es necesario el voto favorable o abstención de Ciudadanos. Así que sólo Ciudadanos puede mandarnos a otras elecciones más en otoño y por tanto sólo a Ciudadanos cabría responsabilizar del fracaso de tener que ir a unas nuevas elecciones claramente evitables.

Todo lo que no sean esas tres combinaciones o una nueva convocatoria electoral no es que sea iluso, simplemente es imposible: como cantaban Mártires del Compás, las matemáticas no aman, pero tampoco fallan. Y no hace falta ser leninista para saber que en política se actúa sobre la realidad existente, no sobre la que nos gustaría que sucediese: es lo que diferencia la política de la vida contemplativa religiosa. Esas son las combinaciones por mucho que nadie se empeñe en que hará lo posible por construir otras.

Así pues podemos pensar qué objetivo tiene un partido progresista. Puede aspirar a echar cuentas electorales y crecer en las próximas elecciones. En ese caso estoy bastante convencido de que Más Madrid no saldría perjudicado de unas nuevas elecciones, aunque uno nunca sabe en qué se va a transformar la justa indignación ciudadana ante unos partidos incapaces. Pero si un partido se diferencia de una empresa que sólo busca balances contables es en que debería buscar mejorar la vida de la gente a la que representa. 

¿Cuál de las opciones realmente existentes es mejor para la vida de los madrileños y (sobre todo) de las madrileñas? 

Parece innegable que un gobierno acordado y condicionado por Vox sólo puede acarrear más sufrimiento, discriminaciones y recortes de derechos y libertades salvo para miembros de manadas y agresores de mujeres, homosexuales, bisexuales, trans, negros, moros… ¿Hay alguien progresista (o simplemente demócrata) que no prefiera que Vox sea lo más irrelevante posible?

Una opción sin Vox (probablemente la más difícil de todas) sería el PSOE con el PP y Ciudadanos. No parece una gran idea salvo para los corruptos amamantados por el PP durante 25 años de degradación institucional. Más allá de que se antoja imposible que el PP colaborase en su desalojo del tinglado (le interesa mucho más arriesgarse a elecciones que permitir que otros puedan abrir cajones) no creo que haya ningún progresista madrileño que crea que esa suma pueda suponer algo de limpieza institucional ni que fuera la mejor de las posibles. Pero igual alguien prefiere que el PP siga en el gobierno autonómico madrileño.

Por tanto queda la opción de intentar un gobierno en el que como mínimo Más Madrid, PSOE y Ciudadanos estemos de acuerdo. Esto presenta dos grandes dificultades. La primera es la resistencia de Ciudadanos, que sigue simulando que su acuerdo con el PP (56 diputados, uno menos que PSOE más Más Madrid) tiene alguna viabilidad sin más socios. O Ciudadanos ha decidido condenar a los madrileños a elecciones o tendrán que ser flexibles hacia algún lado: hacia el lado progresista o hacia la extrema derecha. La otra dificultad obvia es que un gobierno así no sería un gobierno que lograra los avances sociales, económicos y posiblemente medioambientales (si Ciudadanos mantiene la irresponsable posición que tiene en la ciudad de Madrid) que necesita Madrid. Sería un gobierno de higiene democrática, de regeneración de una Comunidad de Madrid torturada por la corrupción estructural y de defensa de la democracia y las libertades amenazadas por la extrema derecha. Pero de las opciones realmente existentes ¿hay algún progresista, algún demócrata, que no crea que es la que mejor vendría a los madrileños?

España está colapsada por la falta de ideas, de riesgos, de cintura ante las situaciones novedosas. La propuesta de hace semanas de Íñigo Errejón concretada ayer de acuerdo con Gabilondo es arriesgada, difícil y posiblemente menos rentable para Errejón y para Más Madrid que otras más conservadoras. Pero para los madrileños no parece dudoso que sea la mejor opción entre las posibles.

Hay dos opciones: intentar, por difícil que sea, el mejor gobierno posible para los madrileños, o resignarnos a que la extrema derecha aplique el programa que recitó el jueves Rocío Monasterio. No tengo dudas.

Las tres alternativas de Ignacio Aguado

Ayer fue especialmente contundente Ignacio Aguado tras las exigencias de Rocío Monasterio para una investidura de derechas. «Ciudadanos no va a llegar a ningún tipo de acuerdo con aquellos partidos que quieran hacer retroceder a la Comunidad de Madrid. No gobernaremos con partidos que frivolicen con la violencia machista, que estigmaticen a los inmigrantes, que ataquen al colectivo LGTB y a los derechos y libertades que con tanto tiempo y sacrificio se han ido conquistando en la Comunidad de Madrid. No habrá un Gobierno bajo esas condiciones. Mis principios y los de mi partido están por encima de un Gobierno. Queremos llegar a un acuerdo con aquellos partidos que quieran progresar.«

Es una buena noticia: esta declaración de Ignacio Aguado saca a Ciudadanos de su ambigüedad (seamos amables) en la Comunidad de Madrid tras haber pactado con Vox el reparto de la Mesa de la Asamblea y el Ayuntamiento de Madrid: Ciudadanos sabe perfectamente de la gravedad que tiene la Comunidad de Madrid en su crisis interna. Esa declaración (y el tono contundente que empleó) es irreversible. Con esa declaración es imposible que Ciudadanos sume sus votos a PP y Vox para gobernar la Comunidad de Madrid salvo que Aguado admita que el discurso de ayer le persiga machaconamente señalándolo como un mentiroso el resto de la legislatura. Fue, además, una comparecencia sin preguntas por lo que parece que dijo exactamente lo que quería decir sin improvisar ni una coma, sin arriesgarse a que una pregunta le pillase con la guardia baja y le llevara a salirse de un guion claro y contundente. Una buena noticia, insisto, para los demócratas de Madrid (y de España).

Tras esas declaraciones, Ignacio Aguado sólo tiene tres posibilidades echando números.

1- Quedar como un auténtico mentiroso, violando lo que él ha definido como «mis principios y los de mi partido» y acabar sumando los votos al PP de Madrid y Vox para un gobierno de continuidad a 25 años de saqueo con el lastre añadido de los acuerdos (escenificados de tal o cual forma, públicos u ocultos) con Vox. Es difícil explicar mejor que lo hizo ayer Aguado qué significaría para Madrid, para Ciudadanos y para él que eso sucediera.

2- Explorar la posibilidad de una alternativa de gobierno. Ángel Gabilondo fue el candidato más votado el 26 de mayo con cierta distancia. Nadie puede acusar a Gabilondo de extremista, histriónico, etc. Tampoco es probable que nadie que no sea muy fanático pueda tachar a Íñigo Errejón de peligroso radical que no defienda cada derecho y conquista democrática alcanzada. Entre Isabel Díaz Ayuso, David Pérez y Rocío Monasterio por un lado y Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón por otro (que son las dos posibilidades que suman escaños suficientes para que Ciudadanos decante una mayoría) creo que poca gente duda dónde está el extremismo, dónde la demagogia populista, donde el peligro para las instituciones y para las libertades e incluso dónde el nacionalismo más reaccionario. Evidentemente un acuerdo de gobierno de este tipo no podría ser lo ambicioso que nos gustaría a quienes no logramos una mayoría progresista el 26 de mayo pero permitiría preservar derechos y libertades, regenerar unas instituciones podridas por 25 años de aguirrismo y preservar la democracia frente al fanatismo y el odio. No es poca cosa si se piensa en el bienestar de la ciudadanía más que en los cálculos electorales del partido propio (probablemente a Más Madrid no le iría nada mal en unas nuevas elecciones) pero incluso pensando en esos cálculos, no creo que Ciudadanos pagara precio alguno por una opción que cada vez es más obvia.

-La tercera posibilidad es la repetición de elecciones. No hay más posibilidades de sumar una mayoría que con Ciudadanos habiendo mentido y atándose a PP y Vox o con Ciudadanos buscando ese acuerdo de regeneración y defensa de las libertades con Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón. O se da una de esas sumas o el 11 de septiembre se disuelve la Asamblea de Madrid y vamos a elecciones nuevas. No parece verosímil que esas elecciones dieran un resultado que beneficiara a Ciudadanos no ya por su posible caída sino por cómo quedaría, de nuevo, ante la necesidad de una investidura. Salvo un improbable vuelco electoral, las posibilidades son las que había el 26 de mayo (quizás alterando el equilibrio interno de cada bloque): o un reparto muy parecido al actual en el que Ciudadanos se encontraría de nuevo ante las mismas opciones ante las que hoy no habría sido capaz de decidir; o ante una mayoría progresista que permitiera un gobierno más ambicioso en políticas fiscales, medioambientales y económicas del que podríamos configurar hoy y en el que Ciudadanos e Ignacio Aguado serían completamente irrelevantes.

En su mano está. Ignacio Aguado puede rescatar a la Comunidad de Madrid de años de parálisis, reacción, corrupción y desmantelamiento de derechos y conducirla hacia la normalidad democrática (que no es poco avance) o pegarse un tiro en el pie de los madrileños.

Ciudadanos. Próxima estación: Madrid

«¿Cómo vamos a superar la dinámica de confrontación de rojos y azules que vinimos a combatir si nos convertimos en azules? ¿Cómo vamos a ser creíbles en nuestro compromiso con la regeneración si vamos a apoyar a gobiernos que llevan mas de 20 años en el poder? ¿Cómo vamos a construir un proyecto liberal en España si no somos capaces de enfrentarnos a la  extrema derecha que esta en las antípodas de todo lo que pensamos?«

Ayer Ciudadanos demostró una cosa positiva para ellos: que, contra las apariencias, en su interior hay vida política, debate e incluso enfado. Es una buena noticia para ellos: es mejor que haya una tensión entre quienes apuestan por el suicidio (convertirse en una mera corriente subalterna del peor PP) y quienes parecen creer aún en ese supuesto centro liberal que Ciudadanos decía ser. La alternativa sería la aquiescencia acrítica en el camino hacia la inmolación ordenada por el líder de una secta milenarista.

Visceralmente uno podría desea la (probable) victoria de Albert Rivera que conduzca a Ciudadanos a la irrelevancia cuando no a la expresa absorción por parte del PP. Sin embargo, ocurre que en su rendición al PP Ciudadanos puede causar mucho sufrimiento y deterioro democrático.

El próximo hito al que se enfrenta Ciudadanos es la investidura en Madrid. En los próximos días el presidente de la Asamblea de Madrid debe consultar a los portavoces y proponer una candidatura a la presidencia de la Comunidad.

La apuesta inicial de Ciudadanos en la Comunidad de Madrid reúne todos los síntomas que señalaba Toni Roldán: un bloque de (muy) azules tras más de 20 años de gobiernos del PP y de la mano imprescindible de la extrema derecha. Pero además en la Comunidad de Madrid se añaden tres factores que hacen aún más sangrante la entrega de Ciudadanos:

-No es sólo que el PP lleve gobernando más de 20 años; es que estas dos décadas y media han estado regadas de podredumbre corrupta (Gurtel, Púnica, Lezo, máster, Fundescam…) y golpes a la democracia (tamayazo, financiación ilegal) en una decadencia institucional que el propio Ciudadanos ha señalado durante la legislatura pasada;

-No es sólo que necesiten a Vox para gobernar; es que Vox tiene paralizado el diálogo para formar gobierno en Madrid por su exigencia de cargos, chiringuitos y sueldos. Vox en Madrid tiene su cantera más parásita: donde Abascal se forró con sueldazos sin trabajo en dos chiringuitos;

-En la Comunidad de Madrid, además, existe la posibilidad de entenderse con Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón con los que se podría formar una alternativa que suma una clara mayoría absoluta. ¿Creen Ignacio Aguado y Albert Rivera que encontrarán a alguien que considere que entre Isabel Díaz Ayuso, David Pérez y Rocío Monasterio o Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón, la sensatez y la moderación están en el lado del PP-Madrid y Vox? Se añade que Ángel Gabilondo fue el candidato más votado tras el desplome electoral del PP, al que sus votantes han castigado más que Ciudadanos por la corrupción y la pésima gestión.

Si Ciudadanos quiere simular que conserva un ápice de ese supuesto centrismo moderado, sensato y liberal, si pretende parecer algo así como una fuerza europea, moderna y del siglo XXI… en Madrid tiene su última oportunidad. Es probable que prefieran renunciar a ella y consolidarse como una triste muleta de la corrupción y el odio. La ciudadanía madrileña lo pagaría con cuatro años más de colapso institucional y decadencia de nuestros servicios públicos. Sería, sin duda, el último servicio (porque no habría más) de Ciudadanos a un PP corrupto y fanatizado enterrado por los españoles y resucitado por Albert Rivera.

Dadme un prejuicio y moveré el mundo

«Dadme un prejuicio y moveré el mundo.» La frase la pone García Marquez en la pluma del juez instructor de su Crónica de una muerte anunciada.

Me ha venido a la cabeza al leer el titular de la última diatriba de Juan Carlos Monedero contra Íñigo Errejón en forma de entrevista:»Errejón quiere un Gobierno en Madrid con PSOE y Ciudadanos. Que lo asuma y lo diga«, dice Juan Carlos Monedero. Nada ha dicho Íñigo Errejón sobre ese deseo. No lo ha dicho (como reconoce Monedero), así que la frase no obedece más que a un nuevo invento en una ofensiva que no por reiterada deja de ser irresponsable. En este caso, lo es especialmente (aunque no dañe a Más Madrid) porque lo que hace es beneficiar a Ciudadanos.

Íñigo Errejón nolo ha dicho probablemente porque es tan consciente como todos los madrileños (acaso menos Monedero) de que en ningún caso Ciudadanos tiene otra apuesta para Madrid que repetir el pacto de la vergüenza andaluz con Vox y el PP. Lo explicó Begoña Villacís y lo ha dejado aún más claro hoy mismo Ignacio Aguado: «Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que Errejón no sea presidente de la Comunidad de Madrid«.

Monedero tiene pleno derecho a hacer daño a las opciones políticas del cambio dado que no es dirigente ni cargo público de ningún partido y por tanto sólo se representa a sí mismo.

En todo caso, parece evidente que Juan Carlos Monedero no está excesivamente atento a la política madrileña. También porque evidencia que no es consciente de lo que Podemos ha hecho esta misma legislatura, hace menos de un año, en la Comunidad de Madrid.

Cuando se destapó el fraude universitario de Cristina Cifuentes, Ciudadanos hacía lo imposible por mantenerla en el poder. Y Ángel Gabilondo presentó una moción de censura que necesitaba, para prosperar, que Podemos y Ciudadanos la apoyasen. Y, obviamente, Podemos de la Comunidad de Madrid (cuyo secretario general era Ramón Espinar, a quien Monedero había defendido con el agresivo entusiasmo que ha cultivado en los últimos años; y cuya portavoz parlamentaria era la anticapitalista Lorena Ruiz-Huerta) anunció que Podemos apoyaría la moción de censura sin condiciones con la voluntad de que Ciudadanos apoyase el mismo gobierno (condición indispensable para que prosperase la moción de censura).

Lo que denuncia Monedero que haría Errejón, es lo mismo que ha hecho Podemos en la Comunidad de Madrid con (lógico) apoyo de Monedero.

Y se hizo, por cierto, con toda la razón del mundo, porque Madrid vive desde hace un cuarto de siglo en manos de la mafia. Un cuarto de siglo robándonos el agua, los hospitales, los colegios, las carreteras. Robando incluso las elecciones cuando las perdieron en 2003 y cuando las financiaron ilegalmente en todas las campañas posteriores. Ojalá hubiera sido posible acordar con Ciudadanos y el PSOE un gobierno insuficiente pero decente. Lo que plantea Monedero no puede ser una denuncia salvo para gente de Vox, del PP y de la dirección de Ciudadanos.

Desgraciadamente sabemos que Ciudadanos intentará un gobierno de la corrupción y del odio. Lo han hecho en la Comunidad esta legislatura (con dos investiduras y mil escándalos que obligarían Ciudadanos a expulsar al PP de Madrid de la Puerta del Sol); y no dieron el Ayuntamiento a Esperanza Aguirre gracias a que los madrileños dejaron al PP y Cs en minoría y optaron por Manuela Carmena.

Y sabemos también que Ciudadanos intentará que sus votantes centristas o liberales sigan engañados pensando que puede ser que, igual que se giraron hacia la extrema derecha en Andalucía, cabe como hipótesis que Ciudadanos en Madrid no intente un gobierno con Vox y PP. Eso no va a pasar, pero Ciudadanos necesita que un porcentaje alto de sus votantes (el 30% de los cuales defiende un cordón sanitario contra Vox) lo crea posible. Para desalojar a la mafia y el odio de la Puerta del Sol hace falta que Más Madrid y PSOE dejen en minoría al PP, Ciudadanos y Vox, esa es la alternativa real.

Por eso la nueva diatriva de Monedero vuelve a faltar a la verdad, pero lo grave de este caso es que, intentando consolidar una falsa imagen contra Más Madrid, lo único que hace es defender a Ciudadanos.

En marcha

Con el morbo que caracteriza todo lo que rodea los debates internos, ayer se esperaba el Consejo Ciudadano de Podemos como si fuera la boda roja de Juego de Tronos. Cámaras de todas las televisiones esperaban a ver sacar cadáveres descuartizados, promesas eternas de venganza y mil escenas trágicas más fruto del odio personal que de la propuesta política. Es una expectativa que se ha alimentado con mensajes viscerales y zafios muy concretos pero que finalmente no se dio.

Es evidente que ha habido bastante gente que estos días ha antepuesto el análisis político audaz a la conversión de la política en ese feudalismo cortesano y cínico que confunde la lealtad con mentir diciendo que el emperador va vestido con el traje más bello que se ha visto nunca. En el cuento de El traje nuevo del emperador, el más leal y valiente es el niño que denuncia la impostura, no los aduladores que permiten al emperador pasear desnudo y arruinarse estafado por los supuestos sastres. Tiene pinta de que, tanto en los días previos como ayer mismo, la razón política ha ganado fuerza frente a las espectaculares bodas rojas.

Estos días no nos hemos encontrado con lo mejor de la política. Causa bochorno que haya quienes apoyaban a Manuela Carmena hace un mes y ahora la coloquen al servicio del Mal y del Capital por la simple razón de no que no parecen haber conseguido que tal o cual persona vaya en su lista electoral. Es política muy pequeña (y ciertamente mezquina) apoyar operaciones municipales o atacarlas en función de si tu amigo va o no en la siguiente lista electoral. Y, desde luego, choca frontalmente con los impostados aspavientos contra los personalismos.

Esta mañana eldiario.es publica la primera encuesta tras el acuerdo entre Manuela e Íñigo suponiendo que Más Madrid presenta una candidatura, Podemos otra e IU-Madrid otra. Hace sólo dos semanas, justo antes del acuerdo, Telemadrid hacía otra encuesta. En estas dos semanas tan hostiles y pese a la confrontación ensimismada, ya hay una subida del espacio del cambio y un notable acercamiento de la posibilidad de un gobierno progresista en Madrid que detenga a la corrupción y el odio. Lejos del melodrama de estos días, desde el acuerdo entre Manuela e Íñigo estamos más cerca. Y es evidente que podemos(debemos) mejorar esas posibilidades.

Ayer no hubo boda roja. Tampoco hubo fumata blanca: por lo que dice hoy la prensa se debió de apostar por ir andando camino propio aplazando la decisión del encuentro con diferentes; eso, supongo, debemos hacer todos: ponernos a caminar hacia delante ya mismo, dejando de mirar al lado y mucho menos para dar codazos. El día de ayer debe ser el punto de inflexión para acabar con las telenovelas dramáticas y volver a la política.

Es hora de ponernos en marcha,  claramente dirigidos a cambiar por fin la Comunidad de Madrid y a seguir mejorando la ciudad de Madrid: una de las consecuencias claras de la encuesta de eldiario.es es que lo que tenga que suceder entre las distintas posiciones actuales es mucho menos importante que lo que tenemos ahí fuera. Tenemos que encontrarnos fundamentalmente con la ciudadanía que no puede entrar en la Paz porque está colapsada, que llega tarde al trabajo porque Metro no funciona, que tiene que llevar a sus hijos a colegios cuyas obras se retrasan un año más. Ni un drama interno más, que bastantes hay ahí fuera.

En marcha, sin perder un minuto.

Madrid, en serio

El lunes publicó Telemadrid una encuesta para el Ayuntamiento de Madrid previa al acuerdo entre Manuela Carmena e Íñigo Errejón. En ella Manuela Carmena sería la más votada pero la irrupción de Vox haría posible otro pacto de la vergüenza a la andaluza con Villacís y PP dado el flojo resultado del PSOE.

Una semana antes Telemadrid había publicado una encuesta realizada en las mismas fechas que arrojaba una suerte de cuádruple empate (cuatro puntos de diferencia entre los cuatro grandes partidos) que daba a Vox la posibilidad, de nuevo, de que el pacto de la vergüenza diera a Madrid cuatro años más de corrupción y odio.

Las dos encuestas dan una conclusión similar: es posible darle la vuelta a la partida si queremos que Madrid funcione, avance y no se ancle en ese pasado ruinoso y grasiento. Pero algo hay que hacer. Algo había que hacer. Tradicionalmente las fuerzas progresistas en Madrid se han dejado caer. No es que no ganaran, es que apenas competían y no pocas veces incluso llegaban a tener jugadores compitiendo en el equipo rival.

En las dos semanas posteriores a las encuestas ha habido dos golpes en la mesa que explican que sí, que hay partida, que esta vez se va a jugar a pleno rendimiento. El acuerdo entre Manuela Carmena e Íñigo Errejón pone la batalla electoral por Madrid en primera línea con una foto que cualquier analista electoral identificaría como un enorme acierto político. Y ayer por la noche el PSOE anunció que Pepu Hernández es su candidato al Ayuntamiento de Madrid.

Causa cierto pudor poner en un lado a Manuela Carmena, Íñigo Errejón, Ángel Gabilondo y Pepu Hernández y en el otro a Ayuso, Almeida, Villacís y Aguado. Y a estos últimos falta por unírseles algún Ortega Smith, o el matón con que nos quieran castigar a los madrileños. En todo caso es la diferencia entre un bloque que ha comprobado en el Ayuntamiento que Madrid puede avanzar y que merece la pena apostar muy fuerte y quienes siguen en la inercia de la chapuza, el mangoneo y la bendición del camión de la basura.

Hay los mimbres para ganar Madrid, para que nunca más se nos ponga como ejemplo de cutrez, saqueo y decrepitud. Sólo es necesario ponernos ya mismo a hablar de Madrid, a hacer propuestas para Madrid y a convencer a la ciudadanía madrileña de que no falte ni un voto en la urna, que nos estamos jugando el futuro.

Tenemos mimbres, lo que no tenemos es tiempo.

Hacer lo que hay que hacer

Mariano Rajoy hizo de la obviedad un arte. Su “no es cosa menor o dicho de otra forma: es cosa mayor”, su inolvidable “un vaso es un vaso y un plato es un plato” formarán para siempre parte de nuestra formación intelectual como expresiones tardías de la teoría de la verdad de Tarski (esa que nos explica que la frase “la nieve es blanca” es verdad si la nieve es blanca).

A veces las aparentes obviedades no son tales: sucede con Tarski pero también con Mariano Rajoy. Cuando Rajoy dijo que en política “hay que hacer lo que hay que hacer” no dijo ninguna obviedad, porque es rarísimo que en política se haga lo que hay que hacer. En política somos hijos de mil presiones, algunas sin duda ilegítimas, otras perfectamente normales como el qué dirán, los sentimientos personales, la presión de compañeros y amigos, o muchas veces la mera inercia que pesa como una losa.

Cuando en 2014 nació Podemos muchos sabíamos que eso era lo que había que hacer. No había poca gente que venía debatiendo desde hace tiempo cómo refundar el espacio político que encarnaba el 15M. Pero lo hicieron unos pocos que pronto se convirtieron en muchos. Fundaron Podemos. Rompieron todas las inercias de la izquierda de la que ellos mismos venían, se enfrentaron a críticas e insultos, eran títeres de los medios de comunicación que los aupaban porque eran inofensivos, un invento del IBEX, lo hacían por pillar un escaño, en realidad eran de derechas. Se dijeron muchas barbaridades. Y todas eran falsas. Y además el ruido que generaban en los espacios militantes era proporcional al sopor que generaban en la infinita mayoría de la ciudadanía.

Hicieron lo que había que hacer y eso en política a veces es heroico. Entonces, sin duda, lo fue.

El miércoles pasado cualquier analista o dirigente de Podemos que hubiera debatido sobre qué hay que hacer en la Comunidad de Madrid para evitar que siga gobernando el partido orgánico de la Púnica, la Lezo, el Tamayazo con los fanáticos amamantados en los chiringuitos de Esperanza Aguirre hubiera dado una receta evidente: hacer un tándem entre Manuela Carmena e Íñigo Errejón y proponer para la Comunidad de Madrid un espacio de encuentro entre muchos, como en la Comunidad de Madrid; y, de paso, si se podía facilitar la vida a los votantes (muchísimos de los cuales llegan a los colegios electorales confusos, como sabemos quienes hemos sido interventores o apoderados) explicitando ese tándem con un mismo nombre de candidatura, mucho mejor. De hecho, cuando se anunció el jueves todo fueron sorpresas y aplausos, pero no hubo críticas relevantes hasta el comunicado de última hora de la tarde. Porque no había mucho que reprochar fuera de las lógicas de aparato interno de partido político.

Eso era lo que había que hacer. Pero en política hacer lo que hay que hacer no siempre es fácil porque siempre hay enormes resistencias (unas legítimas y honestas; otras no tanto) a girar el timón cuando es necesario. Y ahora era más que necesario. Cualquier analista es consciente del camino hacia el que nos hubiera conducido la comodidad de la inercia.

Ayer Íñigo Errejón tuvo mucho tiempo para explicar su propuesta, la que hace a la ciudadanía madrileña de la mano de Manuela Carmena. Estuvo cerca de dos horas respondiendo a preguntas (algunas muy incómodas, por supuesto) en La Sexta. Estoy convencido de que supuso un punto de inflexión porque resultó demasiado obvio que esto era lo que había que hacer y que frente al politiqueo está la Política, que quien en vez de pensar en la lógica de un aparato partidista preocupado por el poder interno piense en cómo evitar entregar Madrid al tripartito de la corrupción, el odio y el saqueo tiene razones sobradas para sentarse a sumar y dejar de fabricar artificialmente un incendio, otro más. Estos días ha habido quien ha exhibido obscenamente su desinterés por el éxito político del Madrid democrático y honesto y con esa exhibición también responden a por qué un acuerdo objetivamente positivo tuvo que gestionarse con tanta discreción.

Manuela Carmena e Íñigo Errejón han sido, de nuevo, valientes y generosos con la ciudadanía de Madrid haciendo lo que había que hacer. Hay varios indicadores alejados del ruido politiquero que nos prueban que desde el jueves Más Madrid se ha convertido en la esperanza de muchos madrileños menos interesados en los vodeviles palaciegos que en echar a quienes han robado de sus hospitales, de los colegios de sus hijos, de su recibo del agua… y poner la Comunidad de Madrid a funcionar de una vez.

Pasados los días de la sorpresa la situación se tendrá que aclarar rápidamente. Es importante sumar, juntarnos, hablar de política, de cómo desalojar a la mafia de la Comunidad y seguir modernizando la ciudad de Madrid y tantas otras ciudades y pueblos. Y, sobre todo, urge dejar de hacer un ruido tan antiguo cargado de adjetivos triviales y rancios que dicen mucho de quien los usa y muy poco de sus destinatarios. El enemigo es quien quiere robarnos los servicios públicos, los derechos sociales, las libertades civiles. Y contra ellos vamos.

Los renglones torcidos

Ayer dimitió Lorena Ruiz-Huerta, la portavoz de nuestro grupo parlamentario desde diciembre de 2016. Es sin duda un gesto de coherencia: desde su cargo de portavoz del grupo ha expuesto desde hace tiempo su discrepancia con la línea política de Podemos y ha sido crítica con nuestros referentes políticos más evidentes: parece normal que en esas condiciones no representaba una voz coral y por tanto su marcha como portavoz era razonable.

Como explicó ayer, desde pocas semanas después de su nombramiento la mayoría del Grupo Parlamentario del que era portavoz tenía posiciones políticas muy distintas de las que expresaba como portavoz. Si las diferencias políticas de quienes mantienen las posiciones políticas de Lorena Ruiz-Huerta son incompatibles con el escaño, es coherente dejar el escaño como hizo ayer Lorena.

El  Grupo Parlamentario que llegó a la Asamblea de Madrid en 2015 reunía a mucha gente valiosísima, habíamos logrado un grupo con un potencial político muy alto (y con la capacidad de ayudarnos a mejorar a quienes no teníamos tanta brillantez). Ese grupo, encabezado por José Manuel López, fue diseñado en unas primarias en las que votaron los inscritos y a las que pudo presentarse, obviamente, quien quiso.

Aunque casi siempre lo que han trascendido han sido disensos o conflictos, creo que hemos hecho un trabajo estupendo, liderando una oposición eficaz, contundente y rigurosa y que en ese trabajo la pluralidad no ha sido casi nunca un obstáculo, todo lo contrario: un factor enriquecedor hacia dentro y hacia fuera. Ayer habló Lorena en su despedida de “puñaladas” y “tremenda lucha por el poder” y creo que es excesivo la retórica, sin negar que ha habido errores que hemos acarreado, como cuando por un acuerdo de reparto de cargos para los órganos internos del partido se destituyó, por sorpresa y en plenas navidades, al portavoz que había ganado las primarias de 2015, José Manuel López.

Muchos hemos intentado colaborar cotidianamente, en cada pregunta, en cada debate al margen de diferencias internas . Seguro que habrá quien perciba que cada uno podríamos haber colaborado más, no sé; quizás sí se pueda mirar quién ha podido hacer más. Lo que nadie encontrará son críticas en público ni cuando discrepábamos rotundamente de que en la voz del grupo parlamentario se pusieran críticas a compañeros y compañeras o que la opinión que se expresara fuera la de una corriente minoritaria.

Lorena Ruiz-Huerta es una persona de enorme valía. Una diputada a la que han perseguido por decir lo que pensaba y defender los derechos humanos. Conozco a Lorena desde que hace más de 20 años nos conocimos en el movimiento universitario y tengo claro que es un activo enorme en la lucha por una sociedad mejor. Para ello no hace falta compartir todo: al cambio en España contribuiremos mucha gente que no pensamos lo mismo. E igual que me he reencontrado tantas veces con Lorena estoy seguro de que nos volveremos a reencontrar, quizás en momentos menos complejos de gestionar.

Antes del verano Podemos de la Comunidad de Madrid celebró sus primarias para las elecciones de 2019. En ellas pudo presentarse quien quisiera: como en 2015. Íñigo Errejón fue respaldado en unas primarias con más de 20.000 votantes. La persona a la que más inscritos votaron tras Íñigo Errejón fue Clara Serra, una compañera estupenda, inteligente, valiente, feminista… y amiga. Así que ayer por unanimidad, el grupo decidió que fuera nuestra portavoz en lo que queda de legislatura. Sé que lo hará de maravilla: ya ha demostrado en estos años que lo hará. Y tengo la certeza de que su trabajo estará al servicio de que tras  las elecciones de mayo de 2019 ni Íñigo, ni Clara sean portavoces de un grupo de oposición porque, además del respaldo de las inscritas en Podemos, tendrán el apoyo de la ciudadania madrileña para gobernar la Comunidad de Madrid.

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