Blog de Hugo Martínez Abarca

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La institución es mía

No hay nada menos liberal que la apropiación de las instituciones públicas por una parte. Un presidente de la Asamblea de Madrid, cuando ejerce de presidente, lo es de toda la Asamblea de Madrid y tiene que defender su dignidad y su correcto funcionamiento de acuerdo con la legalidad, no sometiéndola arbitrariamente a los intereses de su partido. Tan es así que incluso escénicamente los miembros de la Mesa no aplauden en los debates, como si fueran neutrales, y si va a intervenir en alguno, se baja antes al patio de butacas para diferenciar al diputado de partido del gobierno de toda la Asamblea.

El presidente de la Asamblea de Madrid, de Ciudadanos, ha hecho todo lo contrario. Ayer hizo una pirueta para retorcer el Reglamento de la Asamblea de Madrid convocó un pleno de investidura sin candidato pese a que era posible designar un candidato (de hecho, dos) por una única razón: era lo que le convenía a Ciudadanos, muy especialmente si son ciertas las informaciones de ayer de varias periodistas según las cuales hay una quiebra interna muy intensa en Ciudadanos Madrid por la oposición a convertirse en una corriente de PP-Vox.

El Reglamento de la Asamblea de Madrid permite un pleno sin candidato cuando no es posible nombrar un candidato para evitar que, si nadie quiere presentarse y dado que no se le puede obligar a nadie, empiece la cuenta atrás hasta nuevas elecciones. Es lo que sucedió cuando el tamayazo (como no existía esta modalidad de pleno la Asamblea y el Consejo de Estado retorcieron la legalidad pero esta vez en beneficio y con acuerdo de todos para evitar un colapso institucional).

Pero ayer había dos candidatos que querían someter su investidura al Pleno: el candidato del partido más votado el 26 de mayo, Ángel Gabilondo (que contaba de entrada con 64 votos a favor) y la segunda, Isabel Díaz Ayuso (con 56 votos, los del PP azul y los del PP naranja). Ahí sí cabe la discrecionalidad del presidente de la Asamblea que podría haber hecho una pirueta criticable pero seguramente legal y proponer como candidata a quien tiene menos apoyos haciendo el cálculo de que Ciudadanos y Vox mienten y se pondrán de acuerdo. Lo que no cabía era decir que el presidente no había podido presentar un candidato porque evidentemente sí podía.

La interpretación que hace imposible presentar la candidatura es casi peor. Lo que hace la ronda de contactos con portavoces de los grupos es tantear su opinión sobre qué votarán los diputados una semana después. Pero se supone que el parlamentarismo es vivo, que (según esa Constitución tan sagrada cuando hablamos de reyes y fronteras) los diputados no tenemos mandato imperativo (que el portavoz de un grupo exprese su opinión no determina qué van a votar cada uno de sus diputados, que votaremos lo que tengamos a bien) y que incluso los debates parlamentarios sirven para algo y podría haber cambios de opinión en función de ellos. Así que la ronda de contactos sirve para ver si hay alguien que se ofrezca como candidato y, si hay varios, para intuir cuál de ellos tiene más posibilidades de ganar una votación.

Lo que en ningún caso puede hacer el presidente de la Asamblea es decretar cuál va a ser el resultado del debate y votación parlamentaria. Eso es un desprecio a la Asamblea, a cada uno de los diputados y a la democracia representativa. Sólo es imposible presentar un candidato exitoso (condición que en ningún caso exige la ley pero que parece haberse inventado el presidente de la Asamblea) si anunciamos que el pleno es un mero paripé teatral para salir en la tele, que los diputados somos monigotes y que todo es una ficción porque el resultado de la investidura ya está decidido pero se juega al escondite para evitar fotos desagradables. Que no digo yo que no sea así, que seguramente el presidente de la Asamblea, siendo de Ciudadanos, sepa mejor que yo cómo está actuando su partido; pero que debería disimular un poco.

Las tres alternativas de Ignacio Aguado

Ayer fue especialmente contundente Ignacio Aguado tras las exigencias de Rocío Monasterio para una investidura de derechas. «Ciudadanos no va a llegar a ningún tipo de acuerdo con aquellos partidos que quieran hacer retroceder a la Comunidad de Madrid. No gobernaremos con partidos que frivolicen con la violencia machista, que estigmaticen a los inmigrantes, que ataquen al colectivo LGTB y a los derechos y libertades que con tanto tiempo y sacrificio se han ido conquistando en la Comunidad de Madrid. No habrá un Gobierno bajo esas condiciones. Mis principios y los de mi partido están por encima de un Gobierno. Queremos llegar a un acuerdo con aquellos partidos que quieran progresar.«

Es una buena noticia: esta declaración de Ignacio Aguado saca a Ciudadanos de su ambigüedad (seamos amables) en la Comunidad de Madrid tras haber pactado con Vox el reparto de la Mesa de la Asamblea y el Ayuntamiento de Madrid: Ciudadanos sabe perfectamente de la gravedad que tiene la Comunidad de Madrid en su crisis interna. Esa declaración (y el tono contundente que empleó) es irreversible. Con esa declaración es imposible que Ciudadanos sume sus votos a PP y Vox para gobernar la Comunidad de Madrid salvo que Aguado admita que el discurso de ayer le persiga machaconamente señalándolo como un mentiroso el resto de la legislatura. Fue, además, una comparecencia sin preguntas por lo que parece que dijo exactamente lo que quería decir sin improvisar ni una coma, sin arriesgarse a que una pregunta le pillase con la guardia baja y le llevara a salirse de un guion claro y contundente. Una buena noticia, insisto, para los demócratas de Madrid (y de España).

Tras esas declaraciones, Ignacio Aguado sólo tiene tres posibilidades echando números.

1- Quedar como un auténtico mentiroso, violando lo que él ha definido como «mis principios y los de mi partido» y acabar sumando los votos al PP de Madrid y Vox para un gobierno de continuidad a 25 años de saqueo con el lastre añadido de los acuerdos (escenificados de tal o cual forma, públicos u ocultos) con Vox. Es difícil explicar mejor que lo hizo ayer Aguado qué significaría para Madrid, para Ciudadanos y para él que eso sucediera.

2- Explorar la posibilidad de una alternativa de gobierno. Ángel Gabilondo fue el candidato más votado el 26 de mayo con cierta distancia. Nadie puede acusar a Gabilondo de extremista, histriónico, etc. Tampoco es probable que nadie que no sea muy fanático pueda tachar a Íñigo Errejón de peligroso radical que no defienda cada derecho y conquista democrática alcanzada. Entre Isabel Díaz Ayuso, David Pérez y Rocío Monasterio por un lado y Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón por otro (que son las dos posibilidades que suman escaños suficientes para que Ciudadanos decante una mayoría) creo que poca gente duda dónde está el extremismo, dónde la demagogia populista, donde el peligro para las instituciones y para las libertades e incluso dónde el nacionalismo más reaccionario. Evidentemente un acuerdo de gobierno de este tipo no podría ser lo ambicioso que nos gustaría a quienes no logramos una mayoría progresista el 26 de mayo pero permitiría preservar derechos y libertades, regenerar unas instituciones podridas por 25 años de aguirrismo y preservar la democracia frente al fanatismo y el odio. No es poca cosa si se piensa en el bienestar de la ciudadanía más que en los cálculos electorales del partido propio (probablemente a Más Madrid no le iría nada mal en unas nuevas elecciones) pero incluso pensando en esos cálculos, no creo que Ciudadanos pagara precio alguno por una opción que cada vez es más obvia.

-La tercera posibilidad es la repetición de elecciones. No hay más posibilidades de sumar una mayoría que con Ciudadanos habiendo mentido y atándose a PP y Vox o con Ciudadanos buscando ese acuerdo de regeneración y defensa de las libertades con Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón. O se da una de esas sumas o el 11 de septiembre se disuelve la Asamblea de Madrid y vamos a elecciones nuevas. No parece verosímil que esas elecciones dieran un resultado que beneficiara a Ciudadanos no ya por su posible caída sino por cómo quedaría, de nuevo, ante la necesidad de una investidura. Salvo un improbable vuelco electoral, las posibilidades son las que había el 26 de mayo (quizás alterando el equilibrio interno de cada bloque): o un reparto muy parecido al actual en el que Ciudadanos se encontraría de nuevo ante las mismas opciones ante las que hoy no habría sido capaz de decidir; o ante una mayoría progresista que permitiera un gobierno más ambicioso en políticas fiscales, medioambientales y económicas del que podríamos configurar hoy y en el que Ciudadanos e Ignacio Aguado serían completamente irrelevantes.

En su mano está. Ignacio Aguado puede rescatar a la Comunidad de Madrid de años de parálisis, reacción, corrupción y desmantelamiento de derechos y conducirla hacia la normalidad democrática (que no es poco avance) o pegarse un tiro en el pie de los madrileños.

Ciudadanos. Próxima estación: Madrid

«¿Cómo vamos a superar la dinámica de confrontación de rojos y azules que vinimos a combatir si nos convertimos en azules? ¿Cómo vamos a ser creíbles en nuestro compromiso con la regeneración si vamos a apoyar a gobiernos que llevan mas de 20 años en el poder? ¿Cómo vamos a construir un proyecto liberal en España si no somos capaces de enfrentarnos a la  extrema derecha que esta en las antípodas de todo lo que pensamos?«

Ayer Ciudadanos demostró una cosa positiva para ellos: que, contra las apariencias, en su interior hay vida política, debate e incluso enfado. Es una buena noticia para ellos: es mejor que haya una tensión entre quienes apuestan por el suicidio (convertirse en una mera corriente subalterna del peor PP) y quienes parecen creer aún en ese supuesto centro liberal que Ciudadanos decía ser. La alternativa sería la aquiescencia acrítica en el camino hacia la inmolación ordenada por el líder de una secta milenarista.

Visceralmente uno podría desea la (probable) victoria de Albert Rivera que conduzca a Ciudadanos a la irrelevancia cuando no a la expresa absorción por parte del PP. Sin embargo, ocurre que en su rendición al PP Ciudadanos puede causar mucho sufrimiento y deterioro democrático.

El próximo hito al que se enfrenta Ciudadanos es la investidura en Madrid. En los próximos días el presidente de la Asamblea de Madrid debe consultar a los portavoces y proponer una candidatura a la presidencia de la Comunidad.

La apuesta inicial de Ciudadanos en la Comunidad de Madrid reúne todos los síntomas que señalaba Toni Roldán: un bloque de (muy) azules tras más de 20 años de gobiernos del PP y de la mano imprescindible de la extrema derecha. Pero además en la Comunidad de Madrid se añaden tres factores que hacen aún más sangrante la entrega de Ciudadanos:

-No es sólo que el PP lleve gobernando más de 20 años; es que estas dos décadas y media han estado regadas de podredumbre corrupta (Gurtel, Púnica, Lezo, máster, Fundescam…) y golpes a la democracia (tamayazo, financiación ilegal) en una decadencia institucional que el propio Ciudadanos ha señalado durante la legislatura pasada;

-No es sólo que necesiten a Vox para gobernar; es que Vox tiene paralizado el diálogo para formar gobierno en Madrid por su exigencia de cargos, chiringuitos y sueldos. Vox en Madrid tiene su cantera más parásita: donde Abascal se forró con sueldazos sin trabajo en dos chiringuitos;

-En la Comunidad de Madrid, además, existe la posibilidad de entenderse con Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón con los que se podría formar una alternativa que suma una clara mayoría absoluta. ¿Creen Ignacio Aguado y Albert Rivera que encontrarán a alguien que considere que entre Isabel Díaz Ayuso, David Pérez y Rocío Monasterio o Ángel Gabilondo e Íñigo Errejón, la sensatez y la moderación están en el lado del PP-Madrid y Vox? Se añade que Ángel Gabilondo fue el candidato más votado tras el desplome electoral del PP, al que sus votantes han castigado más que Ciudadanos por la corrupción y la pésima gestión.

Si Ciudadanos quiere simular que conserva un ápice de ese supuesto centrismo moderado, sensato y liberal, si pretende parecer algo así como una fuerza europea, moderna y del siglo XXI… en Madrid tiene su última oportunidad. Es probable que prefieran renunciar a ella y consolidarse como una triste muleta de la corrupción y el odio. La ciudadanía madrileña lo pagaría con cuatro años más de colapso institucional y decadencia de nuestros servicios públicos. Sería, sin duda, el último servicio (porque no habría más) de Ciudadanos a un PP corrupto y fanatizado enterrado por los españoles y resucitado por Albert Rivera.

Madrid, en serio

El lunes publicó Telemadrid una encuesta para el Ayuntamiento de Madrid previa al acuerdo entre Manuela Carmena e Íñigo Errejón. En ella Manuela Carmena sería la más votada pero la irrupción de Vox haría posible otro pacto de la vergüenza a la andaluza con Villacís y PP dado el flojo resultado del PSOE.

Una semana antes Telemadrid había publicado una encuesta realizada en las mismas fechas que arrojaba una suerte de cuádruple empate (cuatro puntos de diferencia entre los cuatro grandes partidos) que daba a Vox la posibilidad, de nuevo, de que el pacto de la vergüenza diera a Madrid cuatro años más de corrupción y odio.

Las dos encuestas dan una conclusión similar: es posible darle la vuelta a la partida si queremos que Madrid funcione, avance y no se ancle en ese pasado ruinoso y grasiento. Pero algo hay que hacer. Algo había que hacer. Tradicionalmente las fuerzas progresistas en Madrid se han dejado caer. No es que no ganaran, es que apenas competían y no pocas veces incluso llegaban a tener jugadores compitiendo en el equipo rival.

En las dos semanas posteriores a las encuestas ha habido dos golpes en la mesa que explican que sí, que hay partida, que esta vez se va a jugar a pleno rendimiento. El acuerdo entre Manuela Carmena e Íñigo Errejón pone la batalla electoral por Madrid en primera línea con una foto que cualquier analista electoral identificaría como un enorme acierto político. Y ayer por la noche el PSOE anunció que Pepu Hernández es su candidato al Ayuntamiento de Madrid.

Causa cierto pudor poner en un lado a Manuela Carmena, Íñigo Errejón, Ángel Gabilondo y Pepu Hernández y en el otro a Ayuso, Almeida, Villacís y Aguado. Y a estos últimos falta por unírseles algún Ortega Smith, o el matón con que nos quieran castigar a los madrileños. En todo caso es la diferencia entre un bloque que ha comprobado en el Ayuntamiento que Madrid puede avanzar y que merece la pena apostar muy fuerte y quienes siguen en la inercia de la chapuza, el mangoneo y la bendición del camión de la basura.

Hay los mimbres para ganar Madrid, para que nunca más se nos ponga como ejemplo de cutrez, saqueo y decrepitud. Sólo es necesario ponernos ya mismo a hablar de Madrid, a hacer propuestas para Madrid y a convencer a la ciudadanía madrileña de que no falte ni un voto en la urna, que nos estamos jugando el futuro.

Tenemos mimbres, lo que no tenemos es tiempo.

Nosotros los perseguiditos

Soy hombre, heterosexual, blanco, nacido en España, en Madrid. Si me hubiera conservado católico creo que pertenecería a todos los colectivos que gozan de ciertos privilegios (frente a quienes son otra cosa) por razones no directamente materiales.

La primera vez que fui consciente de que alguien estaba intentando convencernos de que no sólo no vivíamos con una comodidad injustificablemente superior sino que nos estaban persiguiendo fue cuando se eliminó la discriminación en el matrimonio (cuando se aprobó el matrimonio homosexual, como decíamos en 2005).

La campaña de odio (manifestaciones, recursos judiciales, propaganda) lanzadas por el PP y la Conferencia Episcopal intentaron convencernos de que la familia (el único modelo de familia aceptable: el matrimonio entre un hombre y una mujer, preferiblemente por la Iglesia) estaba en peligro y que estaban convirtiéndonos a los heterosexuales en una especie perseguida y en extinción. Era una gilipollez notable, pero lo insistían machaconamente. Era difícil que nadie que no estuviera cegado por el odio sintiera que le quitaban nada por que le dieran a otros el mismo derecho que ella a ser feliz, que no le negaran los mismos derechos que teníamos los heterosexuales. Tan insostenible era la memez que hoy hasta Vox trata de ocultar tras eufemismos (¡la familia natural!) qué haría con el matrimonio si gobernara, porque probablemente ni los jóvenes más ultras conciben una vuelta atrás. Pero entonces ya nos lo contaron: los heterosexuales estábamos perseguidos.

Nos han contado que en España estábamos discriminados los españoles porque a los inmigrantes se le daban ayudas (subvenciones, trabajos, plazas en escuelas infantiles…) que los españoles no teníamos, que los castellanoparlantes estábamos discriminados, que los católicos sufren una persecución (no en Irak tras la invasión de las Azores, donde sí se ha dado de forma terrible, sino aquí, en España), que a los gitanos no se les puede regañar en el cole ni encarcelar porque te buscas un lío, pero si tú hicieras lo que hacen ellos, yo no soy racista pero ya verías tú.

Probablemente nos hayan contado mil razones más por las que colectivos injustamente privilegiados en realidad deben (debemos) sentirse perseguidos porque los discriminados están consiguiendo conquistar cierta igualdad o simplemente para justificarnos la permanencia de la injusticia. Probablemente me hayan pasado desapercibidos por lo naturalizados que llegamos a tener ciertos privilegios.

La última razón para sentirnos perseguiditos es ser varón. Sería absurdo enumerar las razones por las que los varones vivimos con más comodidad. Desde la ausencia de miedos a agresiones a la exhibición de atención preferente cuando hablamos, pasando por los innegables mejores salarios en términos estadísticos o… Hay mil rincones en los que vivimos mejor y de esos mil seguramente yo no haya percibido novecientos de puro interiorizados. Que las mujeres las que sufren innumerables discriminaciones por su género es una obviedad para cualquier bípedo.

Y sin embargo llevamos un mes de bombardeo propagandístico sobre que estamos perseguidos, que nos matan como a ellas pero hay una conspiración para ocultarlo, que hemos perdido la presunción de inocencia, que el feminismo nos arrincona, nos criminaliza. Que tenemos indefensión en los juzgados cuando nos acusan caprichosamente de violencia machista (¿a qué hombre no le han acusado de matar a una mujer o de violación? Mira la pobre Manada), que con ese feminismo politizado parece que los hombres seamos culpables de algo por el hecho de ser hombres.

Los argumentos por los que los hombres estamos perseguiditos son tan gilipollas como aquellos de hace una década que nos convencía de que los heterosexuales estábamos perseguiditos. Probablemente estemos ante el canto del cisne de un machismo asustado por la velocidad a la que el feminismo ha decidido que la igualdad entre hombres y mujeres es inaplazable; o quizás, como escribía ayer Santiago Alba Rico, que «lo normal, tras varios milenios de patriarcado, es ser machista«.

No sé. Puede haber mil razones para que aparezcan de golpe estos alaridos machistas. Pero no nos cuenten que estamos perseguidos, que los discriminados somos nosotros. Que podemos tener privilegios, pero no somos gilipollas.

El PP da Madrid por perdida

Son muy reveladoras las portadas del entorno mediático del PP para entender el desánimo de la derecha con los candidatos señalados por el dedo de Pablo Casado para Madrid. La Razón explica que «Casado desoye a los que pedían un golpe de efecto y apuesta por leales«; ABC define a Díaz Ayuso como «figura del partido» cuyo objetivo es «retener la Comunidad» y a Martínez Almeida como «el líder de la oposición municipal para frenar el efecto Carmena».

No tienen mucho entusiasmo que ofrecer. Retener el poder que se les escapa, frenar el apoyo popular a una alcaldesa, y para ello dos personas de partido cuyo gran mérito político, ético e intelectual es la adhesión inquebrantable al Jefe, Jefe, Jefe.

La designación de Almeida, un hombre que sigue siendo desconocido para casi todos los madrileños tras haber sustituido a la fugada Esperanza Aguirre durante media legislatura, revela probablemente un aluvión de negativas a enfrentarse a Manuela Carmena en el Ayuntamiento de Madrid. No tienen más: más allá de su histriónica oposición a Manuela Carmena, son conscientes de que sólo pueden volver a destrozar la capital si la gente no va a votar (como en Andalucía). No han encontrado nada mejor frente al asumido «efecto Carmena» (ABC dixit).

La candidatura de Díaz Ayuso es una muestra del fracaso del PP en la Comunidad de Madrid. En los últimos ocho años el PP de Madrid ha tenido que poner cuatro presidentes distintos. El PP nos pide que asumamos a una quinta tras Esperanza Aguirre, Ignacio González, Cristina Cifuentes y el purgado Ángel Garrido. Los tres primeros acosados por la corrupción, el fraude, la mentira y los juzgados. El único que no ha tenido problemas conocidos de corrupción (y a quien siempre he reconocido públicamente que hizo cambios positivos -no tenía el listón alto- cuando presidió el Canal de Isabel II) no era suficientemente ultra para Pablo Casado y tenía el pecado de haber apoyado a Cospedal antes que a Casado.

En eso Ayuso ha sido mucho más lista: su oportunismo le llevó a ser la más aguirrista de la clase, la mano de Cifuentes en la Asamblea de Madrid y ahora la más casadista del PP. Del mismo modo que en los años del tamayazo fue la estudiante de la Complutense más afín a Dionisio Ramos. En estas semanas navideñas las televisiones dieron a conocer a Ayuso como la portavoz fanática de este PP ultra, sin complejos. Pero su biografía política muestra que no es fanática sino mercenaria, de lo que carece no es de complejos sino de principios.

Casado da por perdida Madrid. Sus designaciones sólo son comprensibles en clave de política interna de partido: leales al Jefe que reconstruyan una organización corrupta y atraigan a votantes de extrema derecha. No son designaciones para gobernar Madrid sino para gobernar el PP de Madrid.

Le toca a la ciudadanía madrileña, nos toca a todos, recuperar la Comunidad para que junto con el Ayuntamiento demos la espalda a ocho años de sectarismo, mangoneo y desgobierno y pongamos nuestra sanidad, nuestra educación, nuestro metro… nuestra Comunidad a funcionar de la mano de los ayuntamientos.

Miedo a la democracia

Estos días se están celebrando en muchas universidades españolas consultas populares sobre monarquía o república. Y este domingo 2 de diciembre habrá más de cien mesas por todo Madrid donde la gente pueda votar en consultas análogas. Evidentemente el lunes nadie proclamará la república o asumirá la monarquía en función del resultado. Estas consultas son un ejercicio libre, pacífico y democrático de libertad de expresión de gente, fundamentalmente joven, que tiene una opinión legítima sobre su país y quiere expresarla. Y tienen un potencial inmenso de futuro porque las mueve gente común con una propuesta sensata de país al margen de ningún partido.

Hace un par de días el PP de Madrid organizó una charla con el asombroso título ‘Estado de derecho como garantía de libertad‘ en la que al parecer se explicó como saltarse el Estado de derecho para vulnerar la libertad. La oradora (Isabel Díaz Ayuso, la jefa de la comunicación del PP de Casado, viceconsejera de Presidencia de la Comunidad de Madrid, conocida por diferenciar entre musulmanas y españolas, por atacar el feminismo y acosar en público desde el gobierno a Telemadrid por informar sobre la inauguración de Gran Vía) anunció que emprenderían acciones legales contra estas consultas porque son «ilegales» y sirven «para alentar el odio».

Es evidente la legalidad de las consultas, que son un nítido ejercicio de libertad de expresión y además es un instrumento de manifestación de opiniones que se ha utilizado muchísimas veces (contra la privatización del Canal de Isabel II que intentó el PP, por ejemplo, votaron 167.000 personas). Y, para cualquier persona con mínima sensibilidad no ya democrática sino simplemente racional, es evidente que en absoluto significa alentar el odio algo tan legítimo como expresar la voluntad de un cambio político e institucional en clave democrática y modernizadora. Sólo los discursos que defienden dictaduras, porque la democracia divide al pueblo, puede encontrar odio en la expresión democrática y pacífica de una propuesta absolutamente legítima para su país.

Si el PP piensa que una expresión así debe ser ilegal y alienta el odio, el PP se está haciendo un retrato como un partido fanático y profundamente autoritario.

Lo verdaderamente interesante es la alergia que produce a las élites políticas y empresariales que han podrido nuestras instituciones (las instituciones del 78, por cierto) que haya movimientos populares que propongan un cambio sustancial para España vertebrado desde la democratización de la jefatura del Estado. Como es revelador el miedo del CIS a volver a preguntar sobre la cuestión tras el enésimo (pero primero con Felipe VI) suspenso de la monarquía en 2015. Hay toda una corte corrupta que ha vivido muy bien a la sombra de Zarzuela y que necesita la supervivencia del tinglado.

Si España es una democracia consolidada, si la Transición salió tan bien, si libertad sin ira libertad y si no la hay sin duda la habrá, si habla pueblo habla… ¿qué miedo tienen al pueblo? ¿Tan seguros están de que a poco que la gente debata, hable, opine, se exprese… pondremos en marcha un país distinto más difícil de parasitar por los corruptos? ¿Siguen manejando encuestas como aquella de Suárez que le llevó a no consultar sobre la monarquía porque igual los españoles querían otro futuro para su país?