Blog de Hugo Martínez Abarca

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Se ha quedado un buen día para defender nuestra soberanía

Según cuenta esta mañana El País, el gobierno de Donald Trump avisó a España y al resto de la Unión Europea de lo que iba a pasar en Venezuela y, sobre todo, dictó lo que tenían que hacer nuestros gobiernos.

Antes de que Guaidó se autoproclamase presidente venezolano en una manifestación, el gobierno de Trump ya lo había comunicado a España. En esto lo que ha pasado en Venezuela es idéntico a todos los golpes de Estado que impulsaron las embajadas de Estados Unidos en América Latina en el siglo XX. Eso, con todo, no puede sorprendernos: nadie pensó que Donald Trump fuera a extender la paz, la armonía y la convivencia por el mundo y Venezuela era un lugar especialmente propicio para que echara gasolina.

Cuenta El País que el gobierno de Trump exigió al español y a los demás gobiernos europeos que «rompan cualquier canal de diálogo con Nicolás Maduro. “Tenemos mucha presión, no les voy a decir de quién, pero se lo pueden imaginar, para que votemos en contra de la creación de este grupo”, admitió el ministro de Exteriores, José Borrell, en el Congreso. Aludía al grupo de la UE para propiciar el diálogo en Venezuela. «

La posición española, la europea, era la única sensata sobre Venezuela: buscar un diálogo que permita recuperar la convivencia y el marco democrático mediante elecciones reconocidas por la gran mayoría de venezolanos.

Pero por encima de todo: era la posición que había adoptado Europa (y España) desde su soberanía. Uno de los rasgos clave de la soberanía nacional es la política exterior. Y en las últimas semanas nuestros gobiernos (el español fundamentalmente) ha decidido renunciar a esa cuota de soberanía nacional y hacerlo no por un bien mayor, no por la paz, la democracia y la convivencia sino por el puro sometimiento al gobierno matón que se ha instalado en Washington.

Se ha quedado una buena mañana para comprobar quién defiende la soberanía española, quién defiende los valores europeos, que no son el golpe de pecho y la bravuconada incendiaria sino la fraternidad, la libertad y la igualdad.

Europa y España han recuperado uno de sus problemas más tristes: la renuncia a ser protagonistas de la escena internacional, algo que en América Latina es especialmente lamentable para España. Una buena razón para ser europeístas en el siglo XXI es que es la única forma de conseguir algo parecido a la soberanía, a una autonomía política y económica frente a los colosos de la geopolítica. En Venezuela nuestros gobiernos han decidido que de momento no, que de momento seguimos al servicio del matón del poblado.

Venezuela siempre vuelve

Igual que no hace falta compartir lo que dice un periodista para defender su libertad de expresión, no hace falta defender a un gobierno concreto para rechazar vías de acceso al poder que huyen de las urnas y lo apuestan todo al dictado de Donald Trump. Me resulta bastante estéril pelear sobre si es o no un golpe de Estado aunque cabrían pocas dudas, especialmente en un país cuyos opinadores han usado con tanta ligereza el concepto. La clave es si lo que está pasando en Venezuela ayuda a la convivencia, a la paz y a una solución democrática. Y resulta obvio que no, que a lo que más acerca es a un conflicto civil que podría estar demasiado cerca.

Desde hace tiempo en Venezuela no se han hecho las cosas bien. Por muchas razones, algunas muy comprensibles. Son obvias las carencias económicas, pero también las democráticas y las dificultades para una convivencia en la que las dos venezuelas se reconocieran mutuamente y sometieran las diferencias a las urnas en primer lugar y a la Constitución. Es absurdo denominar a Venezuela dictadura (con ese término en España sí somos más rígidos y apelamos al insulto a las víctimas de nuestra dictadura cuando se usa con ligereza ¿verdad?) pero es evidente que ha habido retrocesos graves que impiden hablar de una situación democrática en Venezuela: aunque casi nunca lo recordemos, entre la democracia y la dictadura existe toda una gama de grises, no sólo en Venezuela.

Pero los problemas de Venezuela, ni los de ningún país, se resolverán nunca mediante la decisión caprichosa de Donald Trump, convertido en un Calígula, que vaya nombrando cónsules por el mundo. Ni aunque Donald Trump designara un gobierno alternativo a la tiranía saudí (algo impensable porque todos los obsesionados con Venezuela apoyan a la dictadura más feroz que hay hoy en el mundo) debería ser apoyado porque eso no sirve para nada bueno.

Ayer hubo una concentración en la Puerta del Sol de la oposición venezolana. Allá fue Pablo Casado y demostró lo que le importa Venezuela: cogió el micro y lo usó para decir  que había que votar a Martínez Almeida en las elecciones municipales de Madrid, seguramente porque Manuela Carmena se parece mucho a Nicolás Maduro: aproximadamente como Churchill a Casado.

Es obvio que no tienen ningún interés en la democracia, la paz ni la convivencia en otros países ni Albert Rivera ni Pablo Casado ni nadie de quienes ayer se apresuraron a vociferar la necesidad de que el gobierno español se adhiera a la política exterior de Trump y Bolsonaro. Por eso insultan tanto a Zapatero, que está siendo una de las personas que más ha intentado ayudar a solucionar la situación venezolana y precisamente por ello se ha llevado tantísimos golpes. El ejemplo saudí y su protección de cargos políticos españoles sobornados por aquella dictadura es tan obvio que oculta su silencio con todas las violaciones de derechos humanos que suceden en el mundo. ¿A qué otra concentración sobre política internacional ha ido Pablo Casado? ¿Alguna vez Rivera o Casado han protestado por Guantánamo, por el Sáhara, por Palestina, por Polonia? ¿Qué opinan sobre Bolsonaro?

Venezuela siempre vuelve, pero en realidad nunca hablan de Venezuela. Venezuela les da igual. Si mañana hay un reguero de sangre… beberán de él encantados.

El amigo saudí

No sabemos casi nada de Arabia Saudí. Muy de vez en cuando se filtra un vídeo de una persona recibiendo latigazos en plena calle o nos enteramos de pasada de que algún periodista está condenado a muerte sin tener muy claro si lo han matado ya o no. Arabia Saudí no tiene nada que envidiar a Corea del Norte en opacidad, la diferencia está en que de Arabia Saudí no nos enteramos siquiera de lo opaca que es. Pero lo poco que sabemos permite entender que no hay en el mundo un Estado más criminal y sanguinario, más antidemocrático, desigual y machista que Arabia Saudí sin que aparezca en nuestros informativos hasta que cometen uno de sus crímenes habituales en una embajada suya en Estambul: hay que tener una inmensa sensación de impunidad internacional para permitirse descuartizar vivo a un opositor en una embajada en el extranjero.

Sin embargo Arabia Saudí no está entre nuestras preocupaciones informativas. Si saliéramos a la calle a preguntar el nombre de alguna dictadura probablemente mucha gente diría Venezuela y muy poca o ninguna se acordaría de Arabia Saudí salvo, quizás, estos días por el impacto del asesinato de Kashoggi. No tuvo ninguna repercusión la ocupación de Barheim para reprimir a la población civil que se estaba manifestando por sus libertades como apenas se recuerda (salvo cuando a una ministra se le escapa que hay un conflicto moral con la venta de armas) que llevan tiempo bombardeando a la población yemení. Cuando ha sido conveniente hemos tenido alguna noticia sobre la discriminación contra las mujeres y los homosexuales en Afganistán, en Irán… en Arabia Saudí esa discriminación suele ser noticia sólo para comunicar algún timidísimo avance (¡han permitido a las mujeres conducir!). Hay disidentes famosos de varios de los países cuyos gobiernos no nos gustan. ¿Alguien sabe el nombre de algún opositor a la dictadura saudí? ¿Por qué no son habituales de nuestros medios? ¿Por qué ninguno tiene un blog ni tuitea en varios idiomas como otras famosas opositoras? ¿Por qué el gobierno autonómico madrileño puso una pancarta con la foto de un opositor venezolano detenido y ni se le ocurre hacer lo mismo con un periodista saudí descuartizado vivo? Más bien al revés: quienes se pasean por la costa malagueña no son los disidentes saudíes, son sus asesinos. Ante otras dictaduras ha habido discursos feroces que han pedido bombardear el país o incluso finalmente lo han hecho. ¿Por qué ninguno de quienes suelen solucionar las cosas a bombazos piensa siquiera en sanciones diplomáticas ni económicas contra Arabia Saudí?

Es obvio que el papel geopolítico de Arabia Saudí hace que «sea nuestro hijo de puta«. Además, es existe un legítimo conflicto moral cuya resolución no es simple cuando algunos de los acuerdos comerciales con Arabia Saudí generan empleo (el trabajo también es un derecho fundamental y no está nuestra industria especialmente vigorosa) aún sabiendo que ese acuerdo comercial supone la entrega de armas que servirán a la dictadura para sus crímenes.

Pero también estaría bien poder investigar los intereses espurios que puedan estar condicionando nuestra política exterior y económica. Cuando Jesús Cacho contó cómo Juan Carlos I cobraba comisiones por cada barril de petróleo importado de Arabia Saudí, explicaba que el gobierno tuvo que renunciar desde los años 70 a comprar petróleo más barato porque se anteponía el negocio corrupto de nuestro monarca a los intereses de todos los españoles en plena crisis del petróleo. Cuando Corinna Zu-Sayn Wittgenstein cuenta que Juan Carlos I se llevaba comisiones por la construcción del AVE en Arabia Saudí está contando que nuestra relación con la dictadura sigue condicionada por los negocios corruptos del monarca y de los mismos constructores que rellenaron los sobres del PP. Cuando nada más ser coronado Felipe VI se va de viaje con grandes empresarios a Arabia Saudí para que sigan haciendo allí negocio (sin que ello genere empleo relevante en España) da una pista de que la cosa no ha cambiado tanto.

No se puede ser ingenuo. Un país no puede romper relaciones internacionales con todos los Estados que incumplen los derechos humanos. Pero con Arabia Saudí hay algo más: hay un grado de hipocresía monumental que llega a ser complicidad con una dictadura a la que ningún país supera en criminalidad.

Huye de la boca del lobo, Pedro

Pese a la polarización evidente entre los dos modelos de país representados por Unidos Podemos y PP, no es ningún secreto que el próximo Congreso va a tener al menos cuatro grupos importantes. En buena medida el futuro gobierno dependerá tanto de quién queda primero como de qué fuerzas son capaces de aportar y a quién la aportan la tercera y cuarta fuerza. El Partido Popular (y amplios sectores de la oligarquía, incluidos los sectores más turbios de la órbita del PSOE) necesitan que el 26J arroje un resultado que permita gobernar al PP con el apoyo sólo de Ciudadanos. Por eso no es ninguna mala noticia que Ciudadanos caiga en las encuestas más rápido que lo que (dicen que) sube el PP ni que Albert Rivera parezca apostar por una campaña tabernaria y cañí en vez de por ofrecer un perfil moderado y solvente. Nada que objetar, que siga por ese camino Albert Rivera.

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Nuestro demócrata en América Latina

En el pequeño pueblo de La Macarena, región del Meta, 200 kilómetros al sur de Bogotá, una de las zonas más calientes del conflicto colombiano, se está descubriendo la mayor fosa común de la historia reciente de Latinoamérica, con una cifra de cadáveres «NN», enterrados sin identificar, que podría llegar a los 2.000, según diversas fuentes y los propios residentes. Desde 2005 el Ejército, cuyas fuerzas de élite están desplegadas en los alrededores, ha estado depositando detrás del cementerio local cientos de cadáveres con la orden de que fueran inhumados sin nombre.

Se trata del mayor enterramiento de víctimas de un conflicto de que se tenga noticia en el continente. Habría que trasladarse al Holocausto nazi o a la barbarie de Pol Pot en Camboya, para encontrar algo de esta dimensión.

Más en Público (en el resto de prensa, se callan, porque están más centrados en ocultar que la oposición golpista venezolana asesinó ayer a dos estudiantes chavistas)

Con ustedes, Obama el bueno

Como Obama es bueno, se puede permitir ciertas licencias. Ayer hizo un anuncio que suena bien: la intervención pública en la banca sin que sea para sregalarle nada sino para limitar su capacidad de hacer daño y de concentrar poder en pocas manos. Dice que prohibirá algunas operaciones arriesgadas y, sobre todo, limitará el crecimiento de los bancos evitando que ninguno de ellos supere una cuota de mercado (por especificar).

La idea que hay detrás es profundamente liberal: Si se limitan los riesgos que puede correr cada banco y el peso que pueden alcanzar individualmente en la economía, en la próxima crisis (que no tiene por qué ser lejana) o en los próximos coletazos de ésta el Estado podría abstenerse de socorrer a tal o cual banco. El sistema estará más seguro y será menos dependiente del socorro público.

No es eso lo importante sino que en el reino del capitalismo aparece por primera vez un discurso que se plantea imponer el poder político al económico y establecer límites desde lo público a la banca.

Hace pocas semanas la prensa encontraba nuevos motivos para señalar a Hugo Chávez como un autoritario: anunció que el ejército impediría que se produjera un gran aumento de precios. En Venezuela no tienen un problema con los agujeros bancarios sino con la inflación. Obama ha decidido también que el poder político tiene legitimidad para marcar los límites al mercado. Es un liberal y por tanto el problema que detecta es otro, pero (anuncia que) impone su política económica y también apela a la fuerza: “Si los bancos quieren pelea, estoy preparado para ella”. Si Chávez anunciara estar preparado para la pelea, estaríamos en ciernes de una convocatoria del Consejo de Seguridad de la ONU. Pero el anuncio de Obama sólo recibe elogios en nuestra prensa y, en el peor de los casos, silencios. ¿Qué diferencia hay entre la intervención en la economía apoyada por la fuerza del Estado en Venezuela y en EEUU?

Cada vez es más evidente que lo que molesta de Venezuela no son los modos, ni la forma de hacer política. La satanización de Chávez obedece exclusivamente a que, con el mismo estilo que muchos otros de los nuestros, no hace lo que los nuestros. En vez de garantizar la pervivencia del sistema (aunque sea imponiéndole límites para que el fracaso de un poderoso no haga que se derrumbe el poder), se ha puesto, con éxito, a revertir el sistema para poner la sociedad al servicio de los de abajo. Eso es lo imperdonable, eso es lo dictatorial. Lo accesorio es sólo una excusa.

Enhorabuena, compañeros

Enhorabuena a los compañeros de Tercera Información y especialmente a Gonzalo Sánchez que fue quien contrastó la divulgada mentira de que en la terrible Venezuela se censura Padre de familia y Los Simpsons.

Y enhorabuena a El Intermedio, por rectificar (creo que es la primera vez que alguien rectifica en España una mentira sobre Venezuela).

Sólo una cosa: es un grave error tomar una información sobre Venezuela de El País y darle credibilidad sin contrastarla. Equivale a dar por cierta una información de El Mundo sobre el 11-M. En las facultades de periodismo, supongo, uno intenta copiar al estudiante aplicado, no al que comete faltas de ortografía y cree que Portugal es una provincia de Alemania.

Un proyecto de ley no es una ley

Junto al cierre de unas cuantas emisoras por motivos administrativos, se está criticando mucho el Proyecto de Ley Especial de Delitos Mediáticos que ha presentado la Fiscal General de la República (aquí lo podéis consultar en pdf, a diferencia de otros). Se ha presentado como un todo (una ley que decreta cierre de medios por delitos y cuya ejecución supuso el cierre de las famosas emisoras) y no es así. El proyecto de ley es eso: un proyecto de ley que tendrá que pasar por la Asamblea Nacional que lo modificará todo lo que considere oportuno o incluso podría rechazar el proyecto. Parece muy discutible que un mero proyecto de ley sea noticia fuera del país donde se presenta. Salvo que sea Venezuela, claro, y se pueda vender el proyecto como un síntoma del camino hacia una dictadura.

Si el proyecto que se ha presentado se convirtiera tal cual en ley no sería un acercamiento a una dictadura, ni mucho menos, pero sí sería una profunda equivocación cercana al cierre de medios en Euskadi por motivos políticos aunque con un importantísimo matiz: el proyecto de ley no sanciona con el cierre de medios sino que se ajusta al principio de que sólo delinquen las personas, principio que en España fue enterrado hace más de una década.

El proyecto debe ser modificado radicalmente. En primer lugar porque algunos de los delitos son suficientemente abstractos como para que algo sea delito o deje de serlo en función de quién interprete la norma: ¿quién decide qué es una noticia manipulada o cuándo se perjudica a intereses del Estado? Algunos de esos delitos permiten la arbitrariedad judicial y quienes vivimos en un país con su Audiencia Nacional y sus grandes marlaskas sabemos que ello no es un buen camino para lograr la libertad y la emancipación popular, que es la dirección que debe tomar todo proceso que se defina como revolucionario.

Tampoco parece razonable en absoluto el artículo 10 que sanciona a quienes se «negaran a informar sobre hechos o situaciones cuya falta de divulgación constituya una lesión al derecho a la información«. De nuevo supone algo demasiado interpretable y pone en manos de los jueces la decisión sobre qué noticias son o no son relevantes, que es una de las decisiones claves del periodista. Lo que el Estado debe garantizar es que haya diversidad de medios y que los ciudadanos tengan capacidad real para elegir y acceder a la información, pero no castigar a quien no informe.

Uno puede comprender que un país en el que hay una importantísima concentración de medios de comunicación en manos golpistas pueda tener reacciones como este proyecto. Uno sabe que muchas de las críticas vienen de hipócritas a los que no les preocupa que en su país se cierren periódicos y no se juzgue a los asesinos de periodistas. Pero la amistad a un proceso admirable como son las revoluciones bolivarians de América Latina exige también la crítica leal que las fortalezcan. Háganse cuantas leyes hagan falta para la desconcentración de medios, siempre en la búsqueda de la democratización de la información, la defensa del pluralismo y la garantía de la libertad de expresión. Una ley como la propuesta por la fiscalía venezolana cambia el control de la información: de las oligarquías golpistas al poder judicial. Eso no es revolucionario: lo revolucionario es atomizar la información para que la ciudadanía sea más libre, para que nunca más un juez ni un empresario puedan decidir a quién callar ni qué deben saber y pensar los ciudadanos.

Un pronóstico: la ley de delitos mediáticos, si ve la luz, no va a tener nada que ver con el proyecto presentado por la Fiscal General.

Treinta y cuatro emisoras «opositoras»

Hace ya varios días, antes de que España fuera una dictadura, nos informaron los medios de que en Venezuela ya se estaban cerrando radios «opositoras» lo que, convenientemente vinculado con el Proyecto de Ley de Delitos Mediáticos dan el resultado: en Venezuela no hay libertad de expresión. El País, que ayer mismo se escandalizaban por la reiteración en las mentiras del PP para denunciar nuestra dictadura (la actual: el franquismo no fue una dictadura, sino la antesala de la Transición), no cejan en la reiteración de mentiras para denunciar la dictadura en aquellos países en los que sus intereses empresariales no están suficientemente mimados.

Tan acostumbrados como estamos a estas mentiras, cuando oímos noticias sobre la terrible dictadura venezolana las ponemos en solfa. En el caso del cierre de las emisoras, la cosa no parece tener muchos dobleces. Según el Ministro de Obras Públicas venezolanolos criterios que han llevado a estos cierres son «el vencimiento o anulación de sus concesiones, ya sea por el fallecimiento o la renuncia del anterior titular, por el vencimiento de la fecha de concesión, porque los titulares de la misma no se presentaron en Conatel durante el período indicado o donde se declaró improcedente el cambio de título, lo que lleva a la extinción de la concesión«. Si esto es así, no sé qué razones habría no ya para criticarlo sino para hacer de esto una noticia.

El gobierno de Zapatero intentó cancelar las emisiones en analógico del segundo canal de Telemadrid (La otra) por operar sin licencia. Tampoco concedió licencia para emitir en analógico a los canales digitales de Vocento y Unidad Editorial. Madrid y Valencia han concedido licencias televisivas sólo a medios de derechas y especialmente de extrema derecha. Sin necesidad de recordar el cierre ilegal de Egin, parece difícil dar lecciones desde España de pluralidad mediática, especialmente en un país en el que la inmensa mayoría de los medios se mueven entre márgenes ideológicos bastante más cercanos que los que separan a los medios venezolanos.

Sería sencillo mostrar que alguna de las emisoras cerradas sí cumplía los términos administrativos y que la razón es meramente política. No la he conseguido encontrar a pesar de que habría sido portada en casi todos nuestros pluralísimos medios. Mientras no consigamos que alguien muestre que se han cumplido las exigencias administrativas o que éstas son distintas en función del color político de cada  medio no parece que se hayan cerrado emisoras opositoras, sino que se  ha exigido estrictamente el cumplimiento de la norma administrativa. Lo cual puede ser criticable, no digo que no, pero es un asunto infinitamente menor.

Tiene que ser divertido vivir en un país en el que se puede cantar en las manis «lo llaman dictadura y no lo es».

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NOTA: Con la excusa venezolana comienzo aquí una serie sobre la libertad de expresión que me va a llevar unos días. Mañana, si no pasa nada, escribiré sobre el proyecto de ley de delitos mediáticos y los siguientes días escribiré dos o tres apuntes sobre algunas ideas que he estado pensando al respecto de la libertad de prensa. Es lo bueno del verano. Permite salirse del día a día politiquero porque en verano nunca pasa nada. La única noticia que hay en verano son las declaraciónes de una tipa que se pasa con el carajillo y luego graba un vídeo en Marbella. En verano nunca pasa nada salvo eventos de escasa relevancia como la revolución francesa, la independencia de las colonias británicas en América, el alzamiento militar fascista del 36, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagashaki, el asalto del cuartel Moncada, el golpe de Estado contra Gorbachov y la invasión de Kuwait. Ah, y el embarazo y aborto de Borja Thyssen. Por lo demás en verano, repito, no pasa nada.

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