Blog de Hugo Martínez Abarca

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El padrón ultra

La excusa para cualquier política xenófoba propuesta por partidos de orden siempre ha sido la misma: si no la hacemos nosotros, vendrá la extrema derecha a hacerlo. La última moda xenófoba es la manipulación ilegal del padrón: no se trata de expulsar a tantos o cuantos trabajadores, que de eso ya se ocupa Rubalcaba, sino de que los que hay no figuren, no existan y, por tanto, no puedan tener derecho a la sanidad, ni sus hijos a la escuela. Ello, además, garantiza la exclusión social a medio plazo (trabajadores cuyas enfermedades nadie atienda y a cuyos hijos nadie escolarice), lo que posiblemente generará conflictos que justificará nuevas vueltas de tuerca.

nullLos casos de Vic y Torrejón son los que han levantado la liebre. Inmediatamente el PP y CiU han decidido tomar esa bandera y apoyar a sus ayuntamientos vanguardia. Ni ERC ni PSC han mostrado contundencia alguna frente a sus concejales de Vic: la excusa se llama Anglada, un racista cuyo partido lleva varios años implantándose en ayuntamientos catalanes. Sin embargo, Anglada no parece demasiado inquieto por ser arrinconado ideológicamente: más bien lo está viviendo como un triunfo que garantiza la continuidad de su crecimiento. En Burgos, Democracia Nacional tampoco parece asustada y se dispone a presentar una proposición similar a la de Vic en un Ayuntamiento que gobierna junto al PP (lo cual, al menos, nos sirve para conocer que el PP gobierna con Democracia Nacional sin problemas).

En el caso de Torrejón de Ardoz la demagogia es máxima. Se niega el padrón a quienes no muestren que disponen de más de veinte metros cuadrados por persona en casa (supuestamente salvo en caso de parentesco, aunque ya ha habido denuncias de incumplimiento de esto). La excusa está servida: la lucha contra los pisos patera. Quizás sería ingenuo recordar que para que no haya pisos patera sólo hace falta una política pública de vivienda que garantice los derechos humanos: eso es lo que defendería la izquierda. Pero la ingenuidad se queda corta al lado de la imbecilidad que supone decir que impedir que se empadronen evitará el hacinamiento de personas en esos pisos patera: ¿acaso cree alguien que uno sólo de los inmigrantes que vino jugándose la vida y trabaja en condiciones de semi-esclavitud va a considerar insoportable no tener derecho a la sanidad pública ni a la escolarización de sus hijos? ¿Alguien cree que una sola de las personas que viven en esas condiciones se trasladará de municipio al enterarse de que no le dejan empadronarse? No, esa medida no busca solucionar problema alguno, sino fomentar un conflicto entre trabajadores en plena crisis económica.

Son medidas que no mejorarán la situación de absolutamente nadie (en la sanidad y educación públicas hay lista de espera porque la inversión es paupérrima, no porque haya exceso de demanda), no modificarán el comportamiento supuestamente molesto de algunos inmigrantes y avivarán un conflicto etnicista: a corto plazo al situarlo en el centro de la agenda; a largo plazo por condenar a la exclusión social a personas únicamente por su origen. Y eso tiene un nombre.

La palabra «fascismo»

Una de las consecuencias que tiene la conversión de los fascismos históricos en Mal Absoluto (dado que perdieron la guerra) es que el fascismo se ha convertido en inefable. A diferencia del otro Mal Absoluto (el terrorismo) nada es comparable con el fascismo. Incluso se creó una norma retórica, la ley de Godwin, según la cual en algún momento de toda discusión alguien compara lo que defiende el otro con Hitler y en ese momento ha perdido la discusión. Parecería que los fascismos hubieran sido hechos sobrenaturales cuya mera comparación con lo que hiciera o pensara cualquier humano actual es el síntoma más claro de haber perdido los papeles.

El fascismo lo crearon los humanos (por cierto, su expansión vino a raíz de una gran crisis económica) y fue más complejo que un Mal Absoluto y por eso aquellas sociedades (que no eran más estúpidas que las nuestras) se dejaron seducir por él. Desde la Segunda Guerra Mundial no hemos observado los valores fascistas vinculados a grandes movimientos sociales: en ese sentido es verdad que el fascismo hasta ahora no se ha repetido. Sin embargo, que no se repita tal cual no quiere decir que algunos de sus rasgos no estén muy presentes en algunos ciertos políticos e incluso sean hegemónicos estética o políticamente.

No sería difícil señalar a algún partido que usa el nacionalismo centralista (por oposición al internacionalismo entonces y a otros nacionalismos ahora), en medio de un partido laico (pero nunca anticlerical) y relativamente futurista, que renuncia a la dialéctica izquierda-derecha pues anuncia que su partido supera tal dinámica. Esos rasgos encandilaron a numerosos intelectuales de los años 20 y 30 y gustan también a algunos intelectuales españoles actuales. Si añadimos un cierto culto a la personalidad podemos lograr incluso el favor popular.

Pero no sólo es un partido.

Si la palabra fascismo no estuviera prohibida, sería la que estaríamos utilizando para explicar qué valores llevan a los concejales de CiU, PSC y ERC de Vic y a los del PP de Torrejón de Ardoz a tratar de excluir civilmente a la población extranjera, sin que sus partidos tengan urgencia en rechazar sus posiciones. Y ello en medio de la aprobación de la directiva de la vergüenza europea y del reciente endurecimiento de la Ley de Extranjería española. La conversión de una minoría étnica en el chivo expiatorio de los problemas económicos de los trabajadores patrios tampoco es nueva.

Como no podemos utilizar la palabra fascismo para explicarlo, habrá que evitar usarla. Pero tengámosla a mano.