Blog de Hugo Martínez Abarca

El poder de lo imaginado

Filósofos como Giovanni Reale en Corpo, anima e salute («Cuerpo, alma y salud») han puesto en evidencia un aspecto sorprendente de la lengua homérica: el hecho de que ésta nunca hacía referencia al cuerpo  a la conciencia de manera unitaria e integrada y que sus vocablos se referían, en cambio, siempre y únicamente a miembros y voliciones desintegrados. Una observación confirmada por la pintura arcaica es que el cuerpo se pintaba por trozos separados y desprendidos entre sí

Piergiorgio Odifreddi, Elogio de la impertinencia, pág. 108

Pese a lo que pueda sugerir el título de este apunte, no es de autoayuda. Ando estos días leyéndome el último libro de Odifreddi. Odifreddi es un matemático italiano, un racionalista que combina maravillosamente la lucidez y el más hilarante sentido del humor. Posiblemente algunos lo conozcáis por el estupendo «Por qué no podemos ser cristianos (y mucho menos católicos)«. Cada pocas páginas da una serie de ideas interesantísimas, así que hoy y mañana (aprovechando el bajón de lectores del fin de semana) me detendré en dos de ellas, empezando hoy por la cita que tenéis arriba.

Cada vez que he escrito en este blog sobre identidades colectivas, y muy especialmente sobre el nacionalismo, he recordado el libro Comunidades Imaginadas de Benedict Anderson. Y he dicho que estoy de acuerdo con él en que la nación (cualquier nación) es una comunidad imaginada, en el sentido que él la explica, pero que cualquier otra identidad colectiva (la clase social, la raza, el género, la humanidad, la cristiandad, la umma…) son igualmente comunidades imaginadas en ese mismo sentido. Y he ido más lejos: el individuo también es una comunidad imaginada por mucho que su imaginación esté tan arraigada que nos parezca una intuición cuya existencia se prueba por sí misma por mucho que nos parezca que el individuo, ése sí, es uno, no es un invento, sino el sujeto político natural. El individuo sería una identidad colectiva más, aunque con un arraigo cultural asombroso.

Ello no es una simple disquisición metafísica, sino que tiene consecuencias políticas. Cada modelo político se basa en un sujeto político. El nacionalismo en la nación, el comunismo en la clase social, el racismo (pero también los movimientos de negros por los derechos civiles en USA y contra el Apartheid en Sudáfrica y el indigenismo en América Latina) en la raza, el feminismo (y el machismo) en el género, el pacifismo en la humanidad actual, el ecologismo en la humanidad presente y futura, los integrismos en su Dios y su respectiva comunidad de creyentes… y el capitalismo en el individuo.

La clave de reconocer que todos esos sujetos políticos son invenciones convencionales es que no hay una ideología natural, sino que habremos de apoyarnos en tal y/o cual identidad imaginada en función de qué queramos conseguir. Si queremos machacar a los más débiles, nos interesa apoyarnos en un colectivo dominante (la raza blanca, los hombres, la Iglesia…) o decir que el individuo es el sujeto natural y que por tanto toda asociación es anti-natura, determinando la dominación de unos individuos que parten de una situación de fortaleza sobre otros, que no podrán asociarse para combatir esa situación. Si por el contrario queremos evitar esa dominación, podemos combinar la defensa identitaria de los colectivos dominados (negros, moros, gitanos, mujeres, indígenas, homosexuales, inmigrantes…) junto con una interpretación del individuo que sitúe a todos los individuos como sujetos políticos (negando por ello que ninguno de ellos quede fuera de la posibilidad real de ejercer los derechos que tengan otros individuos) y todo ello asegurado por la identidad colectiva humanidad que sirve de antídoto para las matanzas y la destrucción del planeta.

Que las identidades colectivas son imaginadas era una obviedad. Hasta qué punto lo es el individuo, resulta absolutamente contraintuitivo e incluso peligroso, porque la constatación de que no existen sujetos políticos naturales puede llevar a algunos a la misma conclusión que la muerte de Dios: si no existen, todo está permitido. La respuesta es que no existen, pero nos viene muy bien llegar a la convención de tener en cuenta aquellos que garantizan la mejor supervivencia de todos los que no queremos perecer; y rechazar todos aquellos que permitan mantener dominación alguna.

De hecho, la toma de conciencia de la inexistencia real de esas identidades es la mejor vacuna contra el fanatismo. En otro capítulo del libro, Odifreddi cita a Harold Kroto, premio Nobel de química en 1996: «Puesto que soy ateo, para mí la ética se reduce a hacer el menor daño posible al prójimo». Con él, diría que, puesto que no creo que exista realmente ninguna identidad colectiva, para mí la política se reduce a evitar el uso de ninguna identidad para hacer daño a cualquiera de las otras identidades.

Me ha dado una alegría ver confirmado en el parrafito citado (y en las páginas siguientes) que la intuición del individuo no es ni mucho menos algo natural ni consustancial al ser humano como nos parece de tan arraigada que está. El hecho de que hubiera culturas incapaces de imaginar a la persona como un conjunto compacto muestra que el individuo es una de tantas unidades políticas en la que centrarse.

Decía arriba que éste no iba a ser un apunte de autoayuda. La autoayuda parece dirigida a tener la máxima seguridad en uno mismo, a creerse que «si quieres, puedes» (¡valiente sandez!). Espero no haber ayudado a nadie que haya llegado a leer hasta aquí (hipótesis harto improbable) a que se sienta más seguro de sí. Frente a la ética de la seguridad, la política de la incertidumbre.

8 comentarios

  1. millares

    Entonces, el individuo es otra identidad colectiva imaginada. Vale. Pero, ¿imaginada por quién?
    Yo, que soy un cartesiano cansino, imaginaba mi individualidad y me quedaba tan pancho porque creía que era imaginado por alguien (yo) que tenía la capacidad indivisble de imaginar. Vamos, que salvo neurosis, mi imaginación es una, indivisible. O eso creía yo hasta que leí, maldita sea, tu sobrada del sábado por la mañana.
    Ahora, ¿me puedes decir qué otros individuos imaginados son los que me imaginan con tal unicidad de criterio que me han hecho pensar que yo era uno?

    P.D. ¿Por qué lo llaman ‘autoayuda’ si son libros escritos por ‘otro’?

  2. ceronegativo

    buffff ¡la identidad! menudo tema complejo, pero me ha interesado tu entrada, y he llegado al final!!

  3. Javi

    Buena reflexión, además estoy bastante de acuerdo. Al hilo de ésto, te voy a recomendar un libro por si no lo conoces (cuesta menos de 10 euros y se lee en unas horas, es cortito): se llama «El mono desnudo», de Desmond Morris. Es un estudio zoológico del hombre y, aunque no se comparta todo lo que dice, es la rehostia de interesante.

    Y te lo recomiendo porque trata un tema similar: el hombre cree que tiene tantas «capas de cultura» encima que no le queda nada de ese mono-sin-pelo, cuando sin embargo nuestra moderna civilización comparte algunos de los rasgos más fundamentales con nuestras vidas de mono cazador. El libro en definitiva trata, como tu entrada, no sólo de «la identidad inventada», sino un poco incluso de la «humanidad inventada».

  4. Javi

    @ millares: capto lo que dices. Y supongo que en el siglo XXI no hay quién te quite la razón: que el individuo es el «yo» primario…joder, hoy es incuestionable.

    Ahora bien, hace no tanto había gente que pasaba por la tierra pensando que su «yo» eran al menos un par: su cuerpo y su alma, perfectamente disociados. El cuerpo se limitaba a contener el alma, que supongo que era realmente la sustancia indivisible. Cuando ese tipo de hace no tanto se imaginaba a sí mismo, posiblemente se imaginaba dentro de ese recipiente que era su cuerpo, como Koji Kabuto y Mazinger-Z.

    Que el individuo es lo no-imaginado (por ser lo que imagina) es hoy una creencia (en el sentido orteguiano de la palabra: vivimos en ello). Como es una «doxa», supongo que el cuestionarlo (como lo hace ésta entrada) crea «para-doxas» (a mi desde luego la entrada de Hugo me resulta, precisamente por lo que comenta millares, de lo más «paradójica»).

    Somos hijos de nuestro tiempo, es normal que estas cosas suenen raro…es la misión del filósofo, supongo (del filósofo bueno, no de Savater y esa peña).

  5. ultimolunes

    Desde Cuba, algo te pondré cuando regrese.
    Un saludo

  6. hugo martínez abarca

    A ver. Lo que digo no es que vivamos en un mundo imaginado, ni nada de eso. Afortunadamente tenemos la capacidad de abstraer, porque si no, no seríamos capaces de tener la idea de manzana. Pero igual que hemos hecho de las «manzanas» un concepto importante en la división de frutas, podríamos haber hecho una división basada en colores y entender que es evidente que las manzanas rojas comparten grupo frutero con las fresas y las manzanas amarillas con los plátanos y que las manzanas de distintos colores no tienen nada que ver entre sí.
    Que situemos una abstracción y otra como primaria es una elección cultural. Que el indiciduo sea una abstracción y no una unidad básica implica que podríamos haber elegido cualquier otra unidad básica con la misma validez.
    Otra cosa, lo llaman autoayuda porque el escritor gana una pasta: cuando lo escribe, se autoayuda.
    Me han hablado muy bien de «El Hombre desnudo». A ver si le hecho un ojo. «La especie elegida» de Arsuaga. Pero entre la colección de Público y la maleta que me traje de Argentina, ¡tengo para rato!

  7. Hugo M.

    A mi me parece que el individuo es más el sujeto político del anarquismo que del capitalismo, en cuanto se trabaja desde, por y para los individuos. El sujeto político del capitalismo es el capital, y sus feligreses trabajan desde, por y para la pela, al margen de los individuos. Aunque debo reconocer que no he pensado demasiado en ello.

  8. Javi

    Pues sí, échale un ojo si puedes. Remember que es «el mono desnudo» y no «el hombre…» (precisamente por algo parecido a ésto que venimos hablando: el hombre se ha imaginado a sí mismo como algo super sustancial distinto a otros rollos, pero zoológicamente es un primate sin pelo -un mono desnudo-, sin más).

    El libro en general me está recordando un poco (por el rollo que sostiene) a cómo Santiago Alba Rico defenía al socialista del siglo XXI, que empezaba diciendo que era «conservador en lo antropológico» (lo seguía de «reformista en lo institucional, y revolucionario en lo económico).

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