Blog de Hugo Martínez Abarca

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La Internacional Idiota: por qué Ayuso ataca a la Universidad

En la vieja Atenas se identificaba la palabra idiota (ἰδιώτης) con aquellas personas que no se meten en política, aquellos cuya única preocupación es su vida privada y que renuncian a tener iniciativa en los asuntos colectivos (la política) yendo contra su propia naturaleza como ζῷον πολῑτῐκόν, como animal político, como animal cívico.

Esta idea de “idiota” define, exactamente, el concepto de “libertad” que ha cacareado la nueva derecha, una libertad antisocial, una libertad exaltadamente individualista consistente en hacer lo que a uno le dé la gana…

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«Escépticos» del cambio climático

A nadie se le ocurriría definir a alguien que afirme que La Tierra es plana como «escéptico de la esfericidad terráquea»; ningún creacionista recibiría el título de «escéptico de la teoría de la evolución».

Un escéptico no es quien niega cualquier cosa sino quien exige evidencias empíricas antes de asegurar que sabe algo. Quien niega algo para lo que hay tal abundancia probatoria como la que hay de que el clima está cambiando a una velocidad sin precedentes fruto de la acción humana y que en caso de no detener tal cambio se destruirán muchos (más) modos de vida actuales no es «escéptico»: es o un chalado o un ignorante o alguien que miente a sabiendas para defender los intereses a corto plazo de una minoría privilegiada frente al futuro de toda la humanidad.

No niego que haya de los primeros (chalados e ignorantes) como los hay en cualquier otra materia: si hay Testigos de Jehova pasando días en la calle para intentar endosarnos una revistita que nos convenza de que es mejor dejarse morir que recibir tratamientos médicos eficaces, ¿cómo no va a haber quien se crea que efectivamente los paneles de datos científicos que evidencian la realidad no son más que montajes de Soros y el globalismo para que no cojamos aviones, desde los que veríamos los bordes de La Tierra?

Sin embargo, los voceros relevantes del negacionismo (cargos políticos, periodistas) saben que mienten con sus memeces. Decir, por ejemplo, que en otras épocas también hubo cambios climáticos es como negar que existan asesinatos porque de toda la vida de Dios la gente se ha muerto tarde o temprano; puede que haya quien se lo crea, pero nadie llega a presidente de los EEUU, de Brasil, dirige un partido con más de tres millones y medio de votos o se forra dirigiendo programas de radio y televisión siendo simplemente un imbécil.

Mienten a sabiendas. Y lo hacen como cuando los mismos niegan que exista una violencia específicamente machista, como cuando afirman que los extranjeros (de todos los países, sorprendentemente) delinquen más. Y como cuando tratan de convencernos de que las políticas sociales nos perjudican y que precisamente las políticas económicas que benefician a una pequeñísima minoría en realidad nos benefician a todos. Mienten, mienten a conciencia, mienten al servicio de una minoría que vive muy bien y mienten sin que les importa destrozar el futuro de la infinita mayoría de la población.

Ayer no faltaron menciones a los «escépticos» del cambio climático, que aprovecharon la inauguración de la COP25 para esparcir sus mantras. Maldito regalo que les hacen a estos jetas colocándolos en el sanísimo «escepticismo». No son escépticos ni sus mentiras merecen más respeto que cualquier chaladura de las que relegamos (o aupamos, según cómo lo miremos) a programas de entretenimiento friqui. Llévenselos a La Isla de los Famosos, pero no nos los pongan en los telediarios. Que no son escépticos, son estafadores.

En defensa de la educación en libertad; o Tus hijos no son tu juguete

Me contestaba hace un rato Rocío Monasterio con un tuit defendiendo su modelo pre-ilustrado de «libertad» aplicado a la educación:

Respondía a una entrevista en la que Monasterio defiende las barbaridades reaccionarias que propone Vox para la educación como el llamado «pin parental» que consistiría, según lo explican, en que los padres podamos decidir qué se enseña a nuestros hijos y qué no. Si pienso que mi hijo no debe estudiar matemáticas o biología (la teoría de la evolución puede ser algo jodido a veces), lo quito de ahí. Del mismo modo, si no quiero que le enseñen que todos somos iguales hayamos nacido donde hayamos nacido, amemos a quien amemos, o pensemos o creamos lo que pensemos o creamos, exijo que no se le enseñe eso para poder inculcarle «libremente» odio, fanatismo y sectarismo en casa.

Es un correlato de esa visión de la «libertad» tan propia de los autoritarios del último siglo que consiste en hacer lo que a uno le dé la gana independientemente de lo que suceda a sus congéneres. Una «libertad» que no ha llegado a la modernidad, a Kant, a la libertad guiada por la razón y, sobre todo, a entender que la libertad parte de la consideración de la persona como un fin en sí mismo: incluidos los niños, que no son un juguete con el que los padres y madres puedan jugar caprichosamente sino fines en sí mismos. La educación es el proceso que ayuda a los niños a ser libres, es decir, guiados por su propia razón para vivir con otras personas también libres e iguales.

Si un padre o una madre, en ejercicio de su «libertad» no quiere que su hijo reciba transfusiones, vacunas, trasplantes u operaciones que necesite para vivir porque lo impide su religión, no tiene derecho. Si un padre o una madre quiere dejar a su hijo en la calle a la intemperie o en su coche a cuarenta grados o quiere educarlo a base de palizas… no es «libre» para hacerlo.

Del mismo modo, si yo inculcara a mi hijo que Alá nos ordena asesinar infieles, que los españoles son inferiores a los vascos o que las personas que tienen ideas religiosas son inferiores… afortunadamente habría un sistema educativo que corrigiera la basura con la que estoy destrozando a mi hijo. Le enseñarían a respetar a los otros, a considerarlos iguales con derechos humanos inviolables bajo ninguna circunstancia, le enseñarían a ser un ciudadano libre en una sociedad democrática. Ese es, quizás, el objetivo más importante de un sistema educativo.

Los padres y madres, afortunadamente, no podemos hacer lo que nos dé la gana con nuestros hijos. Si no queremos escolarizarlo, nos fastidiamos: es obligatorio porque es un derecho del niño que no podemos violar, no tenemos derecho a destrozar a nuestros hijos. Si queremos evitar que se forme como ciudadano libre, culto y capaz de adquirir los conocimientos y destrezas ciudadanas e intelectuales propias de su siglo… nos jodemos. No tenemos «derecho» a impedir que un niño se forme como ciudadano libre y con derechos: eso no es una «libertad» de los padres, es una violación de la libertad de los niños.

Un niño no es un puto tamagochi de sus padres al que uno puede aplicar sus caprichos como si eso fuera «libertad»: un niño es una persona a la que tenemos la obligación, los padres y también la sociedad en su conjunto, de ayudar a lograr ser un ciudadano libre.

Es una conquista de la modernidad, de la democracia, de la civilización. Y los demócratas no vamos a permitir que se revierta.

Lo que a Vox le parece en este caso una intolerable intromisión en la «libertad» de los padres, por cierto, es que los colegios tengan que enseñar en la Comunidad de Madrid que todos somos iguales amemos a quien amemos. Llaman «libertad» a su defensa del adoctrinamiento en el odio. Y no, no tienen esa «libertad», no tienen derecho a destrozar así a los niños.

¡Traidor!

Traidor. Pedro Sánchez es un traidor, dicen. Lo dice la retórica fanática con la que se convoca en Colón. Pero no lo es. Ojalá lo fuera. Porque necesitamos traidores. Muchos. En todas partes.

«Traidor» es la secularización de «hereje». Traidor es el desobediente, traidor quien no se somete, quien rompe los moldes, quien hoy piensa una cosa y mañana otra porque el mundo ha cambiado, porque uno ha cambiado, porque ha leído otras cosas, porque ha hablado con gente, escuchado argumentos diversos o por las mil razones que pueden llevar a un ser racional e histórico a no ser exactamente el mismo que fue, a cambiar de opinión, a pensar cosas nuevas y hacerlas.

Traidor es quien, en vez de trazar líneas rojas infranqueables, bucea en las razones de los otros e incluso duda, incurre en contradicciones, se mueve.

Desobedecer es traicionar. Lo es desde que dejó de ser herejía, desde que «hereje» pasó de ser un insulto a ser un cumplido. Quien exige obediencia divide el mundo entre leales y traidores.

«Traidor» es la acusación que siempre tiene en la boca el autoritario, el tiranillo patético y el fiero dictador, el fanático y el conservador agresivo. A la persona racional y libre que cumple el mandato ilustrado de la autodeterminación le persigue infatigable la acusación de traición.

Pero da risa. Da mucha risa la acusación de «traición». Los exiliados, los clandestinos, los rebeldes… todos los traidores se reúnen y se carcajean viendo cómo van cayendo las acusaciones de traidor contra el último que se mueve, contra quien ayer era leal, quien era uno de los nuestros. Como cada traidor dio risa a los traidores precedentes.

Pedro ya es un traidor, pobrecito mío. Siente pánico como sólo lo sienten quienes no alcanzan la gloria del traidor. Como le pasó a Puigdemont en su fugaz momento de lucidez, de traición, en octubre de 2017 (¡155 monedas de plata! ¡Judas, traidor! Ojalá).

Ninguno de los dos lo ha sido. Ojalá. Porque Cataluña necesitaba un traidor, como lo necesita España. Como lo necesita cualquiera de los mil espacios que colapsan entre inercias teológizadas. Ojalá Pedro Sánchez fuera un traidor que rompe con el esquema inmovilista, autoritario y sectario que exige agrandar la brecha, bombardear los puentes, encarcelar, ilegalizar, silenciar. Pero a la primera de cambio, en cuanto le han acusado de traidor se ha vuelto a la madriguera alejando toda novedad, todo intento de ser valiente, de sustituir los salmos por las razones incluso con el riesgo de que sean razones erróneas.

Llaman traidor a quien hace lo que cree que hay que hacer en vez de lo que le gritan que haga. Benditos traidores. Necesitamos muchos traidores. Pero de verdad, no como el pobre Pedro. Traidores de verdad, firmes, alegres, decididos a que las cosas dejen de ser como dicten los Calígulas de turno.

La vieja Europa contra las crisis de Europa

No hace muchos años parecía que la Unión Europea iba a estallar de arriba abajo. La crisis económica ponía en jaque al euro; la burocraciá de Bruselas exprimía a los países con técnicas muy parecidas a golpes de Estado posmodernos; se forzaba una política económica suicida para todos menos para la banca alemana; y se usaba el eufemismo del rescate para la imposición de políticas económicas que sólo llevaban al empobrecimiento de los pueblos y al sometimiento de los gobiernos democráticos.

Hoy la situación es muy distinta. La crisis no es la de una Europa que la traslada a sus países. Más bien al revés.

Son muy llamativas las declaraciones de Jean-Claude Junker sobre Grecia: «No fuimos solidarios con Grecia, hemos insultado a Grecia«. No es creíble que estemos ante una confesión honesta de un hombre que sabe el daño que hizo. Lo que probablemente sea es la conciencia de que en este lustro ha cambiado mucho en Europa. Además del griego (más sólido que nunca), hoy en Europa hay dos gobiernos del sur haciendo políticas progresistas y revirtiendo las políticas de austeridad: Portugal y España. A diferencia de lo que hubiera ocurrido hace cinco años sus presupuestos han obtenido el nihil obstat europeo mientras Bruselas echaba (y vencía) un pulso al gobierno italiano y disputaba el Brexit con el gobierno conservador de Mae.

Hoy Europa es un conjunto de polvorines. Probablemente tenga muchísima responsabilidad en ello el tipo de políticas que se impusieron en la crisis de 2008 y el propio diseño del euro (aunque no sólo: Estados Unidos y Brasil no están en Europa; Reino Unido tiene moneda propia). Pero ahora los polvorines están en los países: Italia, Francia, Alemania, Reino Unido, España, Hungría, Polonia, … es prácticamente imposible encontrar un país europeo que no esté en una situación política e institucional crítica, con espacios de convivencia gravemente amenazados.

No es en absoluto banal la referencia a los años 30. Entonces, como consecuencia de una durísima crisis, cuajaron por toda Europa movimientos fascistas y autoritarios que terminaron por estallar en otra Gran Guerra. Hoy no parece realista esa posibilidad: cabe que estalle algún conflicto interno en algún país, contemplamos violaciones de derechos humanos en el Mediterráneo, no sería raro que fabricásemos alguna de esas guerras que tanto hemos exportado… pero nadie contempla la hipótesis de una nueva guerra europea.

Con todos sus errores, sus fracasos, la Unión Europea ha sido tremendamente exitosa en uno de sus objetivos: generar una interdependencia entre los países de Europa que los vacunase frente a las guerras con las que había sacrificado al mundo en la primera mitad del siglo XX. Cinco años después la Unión Europea ya no aparece como el monstruo que condena a los países al suicidio sino más bien como una (frágil) red que contiene la posibilidad de otro trágico suicidio europeo

Desde Maastricht hasta la crisis hemos visto (con razón) cómo la UE se convertía en un instrumento poco o nada democrático al servicio de una política económica anti social e ineficaz. Esa Unión Europea no ha cambiado en lo institucional, pero sería suicida no ver en la recuperación de los valores de la vieja Europa (como denominaban desdeñosos los criminales de las Azores a la Europa pacifista) la principal tabla de salvación de nuestros países, de nuestros puelos.

La Europa que sólo era la Europa del euro fracasó y ya no es referente ni para sus principales capos, como Junker. Un mínimo de prudencia conservadora nos recomendaría abrazarnos a Europa como instrumento para humedecer los polvorines. Pero incluso la esperanza emancipadora no tiene hoy muchos más referentes que los viejos valores republicanos de Europa: la modernidad, la Ilustración, la democracia, la libertad, igualdad y fraternidad… que están en el sustrato de la identidad europea y que son los únicos sobre los que cabe construir una respuesta de futuro.

Es la antipolítica, amigo

Cuando eclosionó el 15M y después con la irrupción de Podemos hubo muchos dirigentes políticos que no entendieron nada. Acusaban a lo que estaba sucediendo de ser la antipolítica, y por tanto la antidemocracia. Su denuncia de cómo funcionaban los partidos políticos realmente existentes entonces (unos como una máquina de podredumbre antidemocrática, otros como un aparato comprobadamente ineficaz para vencerlos) se quiso leer como un discurso general contra los partidos y contra la política.

Y se caricaturizó todo aquello como un discurso antidemocrático (joseantoniano), meritocrático («el gobierno de los mejores») y caudillista (recordemos las reacciones al er la papeleta europea de Podemos). Frente a ese diagnóstico, por supuesto, ofrecían los mecanismos democráticos de los partidos, fuera de los cuales está el infierno como demuestra la Constitución del 78 cuando explica (con estrechez democrática) que los partidos son el instrumento fundamental para la participación política. No prestaron atención a que la ciudadanía estaba yendo en masa a participar de eso que ellos denunciaban como caudillista y meritocrático mientras se quedaban solos con su gesto arisco explicando que la democracia se hacía como querían ellos. Son tics del pasado pero que reaparecen como si fueran otra ley de hierro de los partidos políticos.

Desde entonces el sistema de partidos español ha cambiado muchísimo y tiene pinta de no haber terminado su cambio aún. Empezó a cambiar, por cierto, cuando aquellos maestros de democracia retaron a los de la antipolítica a montar un partido y presentarse a las elecciones. Y si algo ha empapado retóricamente el cambio en los partidos es la exigencia de que sean organizaciones internamente democráticas hasta el punto de que organizaciones monolíticas y cupulares como PP y Ciudadanos simulan tener votaciones internas.

Parece intuitivo que quien cree que un partido es algo que una persona monta para que otros cumplan órdenes, quien quiere un colectivo uniforme y militarizado, quien premia a los sumisos con sobres y castiga a quien lo merezca con dosieres y vídeos en prensa, quien confunde la lealtad al colectivo con la sumisión a la cúpula, gobernará el país con una ética semejante. Uno puede entender que un partido demócrata se organice con una cultura militar cuando vive en la clandestinidad; cuando lo hace en democracia podemos sospechar que no es un partido para gobernar en democracia sino algo más parecido a una mafia que quiere mangonear un país: el ejemplo del PP es evidente.

La democracia interna es, sobre todo, una decisión práctica e inteligente en una organización política del siglo XXI que quiera ser grande, incluso gobernar.

Es imposible un partido importante sin unas bases grandes y movilizadas. Pero en el siglo XXI y en un país con un margen de libertades real, casi nadie quiere ser militante de un ejército o una secta; y quien quiera serlo aportará mucho esfuerzo pero muy poca cabeza. Uno milita para ser útil, para estar razonablemente informado de la vida del partido, para que sus posiciones se tengan en cuenta, para que los debates en los que participa sirvan para conformar las posiciones del partido no sólo cosméticamente.

Y además, un partido que quiera ser grande, incluso gobernar, tiene que ser muy diverso, tiene que abarcar un amplio abanico político. Por eso la democracia interna de un partido es válida si es un instrumento también para enriquecerse (incluso fomentar) el pluralismo. Ese pluralismo, además, puede ser una garantía de controles internos frente a los excesos y la corrupción. E incluso si se sabe gestionar fraternalmente, el pluralismo permite siempre pensar colectivamente mejor, es decir, ser mucho más inteligente y eficaz.

En un país la democracia es una cuestión moral: los ciudadanos tenemos derecho a gobernar el país en el que vivimos y los países no son propiedad de nadie más que de todos los ciudadanos. En los partidos es, sobre todo, una cuestión práctica y que no se mide sólo con instrumentos nominalmente democráticos (recordemos, por ejemplo, que el PSOE lleva muchos años haciendo primarias, compatibles con que el aparato se cargue al vencedor si no es apropiado) sino que sobre todo debe buscar la promoción real de la diversidad interna y la participación cotidiana y real de la gente que quiere militar. La democracia en la vida de un partido no la marcan tanto los formalismos reglamentistas como la cultura política fraternal. No es una cuestión moral sino sobre todo práctica.

Sin esos dos elementos (participación cotidiana y pluralismo razonablemente fraternal) un partido político se condena a una vida corta y a un techo electoral bajo. Los ciudadanos lo entienden pronto. En un país necesitado de democracia pero sobrado de quienes dan lecciones de democracia, la gente ya tiene bastante olfato para no dejarse engañar.

Las memorias de España

No es cierto que la derecha autoritaria española no reivindique la memoria historia, que no mire atrás, que no se ocupe del pasado. Lo que no reivindica nuestra derecha más dura es una memoria democrática.

Ayer publicó el diario El Mundo un artículo de Rosa Díez (ex consejera del gobierno vasco con Ardanza -PNV-, ex eurodiputada del PSOE con Zapatero y ex portavoz de UPyD consigo misma) llamando a un alzamiento nacional (para defender la democracia, por supuesto, como todos los golpes de Estado) y para ello invocó los años 30: «Lo que ocurre en España se parece mucho a lo que se vivió en los años 30 del siglo pasado cuando la unión del radicalismo de izquierdas y los nacionalistas provocaron la destrucción del orden constitucional, la República.». En la memoria histórica que ha construido Rosa Díez fueron las izquierdas y los nacionalistas (catalanes y vascos, se entiende) los que provocaron la destrucción del orden constitucional. Ello le sirve para leer el momento presente de España y saber qué hay que hacer. Así que, ayudados por su memoria, tenemos que entender que el alzamiento que propone Rosa Díez para salvar la democracia debe de ser parecido a la operación quirúrgica del 18 de julio de 1936.

Ayer el artículo de Rosa Díez fue una de las cosas más comentadas en las redes sociales pero ninguno de los comentarios afeó que estuviese mirando 80 años atrás, anclada en el pasado, reabriendo heridas que han cicatrizado, que lo que toca es mirar al futuro. No.

Y es normal porque en las últimas semanas la competición en la que andan metidos en esos lares de Dios les ha llevado a ir mucho más atrás de 80 años. El famoso discurso de Pablo Casado sobre la Hispanidad se remonta más de 500 años para narrar una arcadia de la raza, un pasado feliz en el que España descubría un mundo en blanco y negro y lo pintaba de color, de cristianismo, de español y de felicidad. Y más allá, hace tres años, Santiago Abascal, el caudillito de Vox, empezó una gira por España en Covadonga. Vale mucho la pena leer este delirante artículo con el que explicaba por qué Covadonga con la misma lógica memorialística que Rosa Díez: recordar el pasado para saber qué hay que hacer en el presente. Así, en 711 los moros destrozaron España por culpa de los traidores (don Julián) y la cobardía de los políticos españoles (los nobles), pero don Pelayo se levantó entones contra el multiculturalismo como ahora el propio Santi, Santi, Santi Abascal. De una forma menos histriónica, esa misma memoria es a la que apela la monarquía actual cuando Felipe VI elige también Covadonga como primer acto público de la Princesa de Asturias, el mismo sitio en el que Juan Carlos I le dio la cruz de la victoria a Felipe cuarenta años antes: y como la virgen de Covadonga a don Pelayo a finales del siglo VIII.

La memoria construye país. No hay país sin memoria. Mirar al pasado, recordar hitos, homenajear héroes, señalar crímenes, traiciones y catástrofes es un acto imprescindible para construir futuro, para explicar en qué país está uno pensando: todo el mundo lo hace, no hay identidad política ni nacional sin memoria. No nos dicen que no miremos al pasado: lo que nos dicen es que no pensemos en democracia cuando miramos al futuro.

La adulta juventud de la generación del 78

Forma parte del relato de «La Transición» un endiosamiento generacional tan llamativo como torpe. Este verano descubrí con cierta gracia que a mis (entonces) casi 42 años, estaba justo en la mediana de edad de España, esto es, que la mitad de los españoles son mayores y la mitad menores que yo. Hay una abrumadora mayoría de españoles que no vivimos La Transición, muchos millones son incluso demasiado jóvenes para haberse aprendido el credo de La Transición que locutó Victoria Prego en los 90. Ese endiosamiento generacional nos explica que hubo una generación inteligente y generosa que diseñó en un despacho sin influencia popular un régimen democrático y que aquí estamos. Y que los jóvenes (los menores de 50 o 60 años, que con la juventud se es generoso) somos tan mezquinos e ignorantes que vamos a echarlo todo por la borda.

Cayetana Álvarez de Toledo es una de las mujeres de FAES, de Aznar, vaya. Fue diputada del PP, tuvo distintos cargos en FAES y ahora escribe en El Mundo y opina en la Ser. Es la autora del «No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena» con el que tuiteaba una anécdota familiar, suponemos que inventada, a raíz del más grave error del Ayuntamiento de Madrid en cuatro años, Ayer escribió muy molesta con Lucía Méndez por haber escrito que la generación de Felipe González y Aznar no es ni mejor que la actual generación de políticos y periodistas.

Por edad, a Álvarez  de Toledo le podría haber molestado que le equipararan con Aznar y González (a mí, ciertamente, no me gustaría que me equipararan al menos moralmente con esos dos personajes). Pero no: «sin caspa en la mirada y modernamente anti-identitarios, lo tercero que une a Aznar y González es su adulta juventud frente a la mayoría de los políticos y periodistas de nuestro parvulario nacional. Tan pueriles y tan viejos a la vez.» La patrona de FAES traza una línea generacional (los menores de 50 años) y muestra a las claras que quienes en los 70 y 80 protagonizaban la política española eran brillantes y los actuales son unos memos. No le hace falta ni argumentarlo: simplemente enumera a los grandes líderes de la Transición (olvidando, casualmente, a Carrillo, Marcelino Camacho, Dolores Ibárruri…) y a los pequeños personajes que habitan hoy nuestra política (donde también hay olvidos: Pablo Casado, Albert Rivera… y cualquiera de los suyos, quizás por prudencia: quien falsifica los estudios también puede haber falsificado la edad). Lo único que debe de unir a ambas generaciones es que están compuestas sólo por hombres. Pero a Álvarez de Toledo no le hace falta explicar por qué unos son mejores y otros son peores: simplemente salta a la vista. Es curioso, por cierto, que se incluya a Aznar como parte de la generación del 78, cuando era un desconocido que estaba en La Rioja escribiendo artículos joseantonianos.

La idea no puede ser más boba. A muchas personas de la generación de nuestros padres y abuelos sí que hay que reconocerles una generosidad con su país inmensa: quienes se jugaban la libertad, la salud y la vida por la democracia frente a la dictadura. Afortunadamente nosotros no hemos tenido que demostrar que, en circunstancias parecidas, también habría unos cuantos miles de personas jugándoselas por su país. No hay nada más mágico (y menos liberal, por cierto) que pensar que hay generaciones mejores que otras. Es un colectivismo tan ridículo como pensar que hay razas, naciones o sexos mejores que otros.

Pero además es un relato suicida. ¿Le están diciendo a la grandísima mayoría de españoles que su generación (sus generaciones) es una porquería que está hundiendo España? ¿Pretenden así ganarse el afecto a su obra? ¿Diciéndonos que la admiremos porque somos unos mierdas que nunca llegaremos a hacer nada inteligente? Brillante idea, Cayetana, brillante idea.

Impusturas liberales

Hace un par de décadas dos físicos (Alan Sokal y Jean Bricmont) publicaron un libro muy conocido titulado «Imposturas intelectuales». En él trataban de denunciar el uso espurio de metáforas científicas complejas por parte de filósofos, sociólogos… El problema, decían Sokal y Bricmont, no es usar metáforas científicas o del tipo que sean; el problema es que una metáfora se usa para hacer más sencillo y comprensible algo difícil de explicar, pero cuando la metáfora es mucho más compleja que lo que pretende explicar y además no tiene nada que ver con lo que se está contando, muchas veces no se trata más que de enmarañar la explicación para que no se entienda nada. El problema, decían, es cuando la apelación a la ciencia no es más que una pedantería que, lejos de explicar, intenta desviar la atención sobre el argumento de fondo.

A raíz del interrogatorio a José María Aznar, uno de tantos intelectuales fundadores de Ciudadanos y agitadores del odio fanático y simplista escribió: «Aznar se equivocó con Rufián. A Rufián hay que contestarle en sede parlamentaria diciéndole: «La polla, mariconazo, cómo prefieres comérmela: ¿de un golpe o por tiempos?»». La viril memez era marca de la casa con un tono algo elevado quizás por la querencia visceral del caballero a defender a corruptos o quizás porque últimamente recibía menos casito que otros bravos pensadores de su entorno.

El caso es que en la propia redacción de su periódico mucha gente protestó por esta profunda reflexión de nuestro intelectual liberal. Así que ayer nos explicó que no hemos entendido nada: «Ayer llegó a casa el último libro de Julian Baggini Breve historia de la verdad. Empecé a hojearlo y en sus primeras páginas venía la célebre sentencia de Alfred Tarski: «Toda proposición ‘P’ es verdad si y solo si P es verdad». Baggini continua, aclarándola con el propio ejemplo de Tarski: «Por ejemplo: ‘La nieve es blanca’ si y solo si la nieve es blanca. (…) ‘P’ entre comillas es un afirmación lingüística, mientras que P sin comillas es una verdad sobre el mundo». 

Esto lo usaba para explicar lo del mariconazo y la comida de polla en uno o varios tiempos. El intelectual explicaba que no es lo mismo decir que Aznar tenía que haber dicho que Rufián es un mariconazo que decir «Rufián es un mariconazo». Esto no tiene nada que ver con Tarski, lógico polaco que reflexionó sobre la relación entre la verdad en el mundo real y el valor de verdad lógico. Doy por hecho que la infinita mayoría de lectores de este señor no habían oído hablar de Tarski en su vida (no tienen por qué) y tampoco habrán reflexionado demasiado sobre el sentido de la verdad en la lógica de enunciados; como casi ninguno hemos reflexionado sobre el número de tacos que debe tener una bota de fútbol para césped artificial. Así que no faltaría quien confiara en el intelectual liberal y pensara: ah, joder, lo que escribió este tipo no es una mamarrachada infame propia de un imbécil homófobo que busca casito entre sus sostres y sus dragós, sino que yo no lo entiendo porque no leo textos filosóficos sobre la verdad.

Nuestro intelectual no quería explicarse: lo que quería era decir que el emperador no está desnudo, que él no está simplemente intentando provocar por provocar: algo muy distinto de pensar libremente y exponer las ideas aunque éstas vayan a ser incómodas. Decir o escribir algo no porque uno lo piense sino porque sabe que así va a escandalizar es tan imbécil como decir o escribir algo no porque uno lo piense sino porque sabe que eso es lo que hay que decir. Eso sí, en ambos casos puede ser imbécil pero muy rentable.

No hace falta comprender que Tarski no estaba invitado a la fiesta de Arcadi para ser muy consciente de que las imbecilidades que cacarea una recua de librepensadores políticamente incorrectos sin complejos no tienen ningún contenido intelectualmente rescatable más allá del uso generoso de palabras esdrújulas. Nuestros autoproclamados liberales son mucho más pedantes que inteligentes. Los sastres que dijeron a aquel emperador que quien no viera su traje era imbécil no eran unos genios, eran unos estafadores; quien sí era inteligente y pensaba con libertad era la niña que alertó sin complejos de que el emperador estaba desnudo.

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