En los 80 los clubes de fútbol acumularon grandes deudas. Eran asociaciones supuestamente sin ánimo de lucro cuyos propietarios eran sus socios y que elegían cada cuatro años al presidente del club que los socios consideraran oportuno, pudiendo por tanto echar al que lo estuviera haciendo mal. De acuerdo con la filosofía neoliberal eso era un desastre pues al haber una propiedad muy diluida a nadie le importaba el despilfarro: del mismo modo que lo público siempre se gestiona mal, lo relativamente común era un foco de deuda. La prueba era que efectivamente estaban muy endeudados.

Así que el gobierno de Felipe González aplicó su ideología (neoliberal) a los clubs de fútbol. En 1990 aprobó una ley del deporte que imponía la conversión en Sociedad Anónima Deportiva de todos los clubs salvo aquellos que tuvieran una cierta salud económica (o lo simularan malamente, como hizo el Madrid: se trataba de que Madrid y Barça pudieran seguir siendo clubs y Osasuna y Athletic aprovecharon la grieta para escaparse de la conversión en SAD). Esos clubs tampoco escapaban del todo al postulado neoliberal: para poder presentarse a presidente de un club de fútbol hace falta avalar un 15% del presupuesto del club (algo que no se exige para presentarse a presidente del gobierno, afortunadamente). Así, es falso que los clubs sean de sus socios puesto que carecen prácticamente de control posible: en las últimas elecciones del Madrid sólo se presentó Florentino Pérez no porque todo el madridismo estuviera encantado con su mandato sino porque ni las grandes fortunas que buitrean sobre el club podían poner un aval de tantísimo dinero.

Como todos los dogmas de la religión neoliberal, la realidad vino pronto a desmentir el mito de que en manos privadas el fútbol estaría mejor gestionado. Desde el principio se adueñaron de sus clubs personajes como Jesús Gil o Lopera. Otros, como Del Nido, han simultaneado la presidencia de una SAD con las actividades corruptas en Marbella. Y en poco tiempo las deudas de una inmensa cantidad de SADs con los futbolistas, con la Seguridad Social y con Hacienda ha devorado a buena parte de ellos pese a las ayudas de los ayuntamientos y comunidades a la empresa dueña del equipo de fútbol local: del mismo modo que los sectores económicos que mejor han canalizado el neoliberalismo, también en el fútbol está estallando una burbuja. Y también es una burbuja trufada de corrupción, amaño de partidos, etc. La privatización de los equipos de fútbol trajo más endeudamiento y más corrupción.

Dentro de este modelo hay excepciones: y son precisamente los que se mantuvieron como clubs (aún con el lastre especificado de la exigencia de aval imposible y con la evidencia de la conversión del fútbol de élite en un espacio de poder, inmensos trapicheos y corrupción) los que parecen tener mayor estabilidad económica: aparentemente sólo el Athletic ha tenido problemas económicos y el equipo directivo causante perdió las elecciones, dado que al no ser propietario tampoco es inamovible.

Tanta estabilidad tienen que la Comisión Europea anda investigando si el hecho de ser un club y no una sociedad anónima no es un privilegio que les hace competir en situación de ventaja económica con respecto a las sociedades anónimas y podría obligarles a convertirse en sociedad anónima.

Es decir: el dogma neoliberal les hace creer que la mejor forma de organizar económicamente los equipos de fútbol es con sociedades anónimas; el dogma, como otros, fracasa; así que la curia de la Iglesia del Camino Neoliberal estudia obligar a quienes están relativamente liberados del dogma a someterse a él para que todos compitan igual de jodidos.

Decía el escritor Eduardo Sacheri (autor de la novela “La pregunta de sus ojos” en que se basó la película “El secreto de sus ojos“) que “hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol“. Pues sí.