Blog de Hugo Martínez Abarca

Categoría: Política Internacional (Página 1 de 18)

Cuando veas las barbas de Mineápolis cortar…

La única ventaja que tiene el trumpismo es que nos avisa con nitidez del proyecto que tienen para España y el resto de países europeos. Lo dejó por escrito en su Estrategia de Seguridad Nacional: Trump quiere dinamitar Europa a través de sus lacayos de las derechas radicalizadas, que en España representan Ayuso, Abascal… y el arrastrado de Feijóo.

No escucharéis una mala palabra de esos títeres locales de Trump contra la persecución de migrantes ilegales o legales, da igual, contra el asesinato de manifestantes inocentes, contra la hispanofobia de Trump o las continuas amenazas contra territorio europeo. Por supuesto, les veréis apoyando el genocidio de Netanyahu que patrocina Trump y el secuestro de presidentes extranjeros; es más, los veréis pidiendo que también secuestren al gobierno democrático de España.

En la campaña electoral estadounidense vimos muchos movimientos de hispanos apoyando a Trump. «Venezolanos por Trump«, «Latinos por Trump«… En realidad pensaban que Trump era un bocazas pero que perdería la fuerza por la boca (como pasó en la primera legislatura hasta el intento de golpe de Estado del Capitolio). Pensaban que podría echar migrantes pero no a ellos, que vivían legalmente en Estados Unidos hasta el punto de tener derecho al voto. Pensaban que el principal interés de un empresario tan poderoso sería simplemente estabilizar la economía y que las gilipolleces que pudiera decir en la Fox eran hasta divertidas; batalla cultural de esa.

Enseguida vimos que las gestapos de Trump también persiguieron a esos «venezolanos por Trump«. Que Trump iba a destrozar su país a una velocidad imprevisible incluso para los más avisados. Hoy la duda es cómo va a impedir Trump que haya unas elecciones democráticas que limiten o pongan fin a su escalada autoritaria.

Pero al menos tiene esa ventaja: Trump nos anuncia cómo quiere que sea la Europa que quiere destruir con gobiernos de las derechas vasallas, las derechas que ya hacen trumpismo en la oposición y quieren derrocar gobiernos democráticos como el de España para hacer trumpismo en el gobierno.

Ya hemos visto a Ayuso insultar a las víctimas de sus políticas más crueles («esas mierdas«, los 7291 muertos de residencias) y a todo el que no ría sus mamarrachadas (perdón, su batalla cultural). Hemos visto a Abascal anunciar 8 millones de deportaciones. Hemos visto a Feijóo balbucear lo mismo unas semanas después de que Ayuso y Abascal escriban su partitura.

Sabemos cuál es su proyecto para España porque, como hace décadas, la película se está estrenando en Estados Unidos meses antes de que la quieran estrenar en España.

La Internacional Idiota: por qué Ayuso ataca a la Universidad

En la vieja Atenas se identificaba la palabra idiota (ἰδιώτης) con aquellas personas que no se meten en política, aquellos cuya única preocupación es su vida privada y que renuncian a tener iniciativa en los asuntos colectivos (la política) yendo contra su propia naturaleza como ζῷον πολῑτῐκόν, como animal político, como animal cívico.

Esta idea de “idiota” define, exactamente, el concepto de “libertad” que ha cacareado la nueva derecha, una libertad antisocial, una libertad exaltadamente individualista consistente en hacer lo que a uno le dé la gana…

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La España jeta

Uno de los mantras más usados por nuestra derecha política y mediática es que representan a la España que madruga. Vendrían a sostener el mito de que la derecha defiende a las personas que trabajan y cuyo esfuerzo es usurpado mediante impuestos mientras la izquierda defiende a quienes viven de la subvención, de gorra, de lo público. La idea es baturra y parte de considerar un chollo los (aún insuficientes) derechos que conquistaron nuestros padres y abuelos y por los que además pagamos mientras trabajamos… pero la repiten tanto que casi diría que se la creen.

La ventaja de la hornada de delfines de Esperanza Aguirre (singularmente Pablo Casado y Santiago Abascal) es que ilustra sin matices que estamos precisamente ante lo contrario, ante una pequeña corte de sinvergüenzas y jetas que llevan toda la vida trampeando y obteniendo gigantescos sueldos públicos y títulos universitarios sin pegar un palo al agua.

El currículo de Pablo Casado es evidente. Mientras insultaba a los familiares de víctimas del genocidio español, le regalaban una licenciatura de Derecho que nunca estudió. Pablo Casado compatibilizó su escaño en la Asamblea de Madrid con sacarse la mitad de la licenciatura en cuatro meses. Lo cual quiere decir que cobraba su sueldo de diputado pese a que no hacía absolutamente nada o que le regalaron la carrera o las dos cosas. Releyendo estos días los autos judiciales del caso Máster resulta absolutamente evidente que Pablo Casado no hizo absolutamente nada más que dejarse regalar el título universitario que otros obtenían con esfuerzo. Qué lástima que el PSOE impidiera retratar a este jeta. No se conoce actividad decente de Pablo Casado: ni laboral, ni política; ni intelectual, ni académica. Lo más eficaz que ha hecho Casado es hacer de intermediario entre Gadafi y Aznar para que el criminal de las Azores cobrara comisiones del dictador libio.

Santiago Abascal no anda a la zaga de Pablo Casado como jeta mayúsculo. Esperanza Aguirre creó para él carguetes sin ninguna actividad y siempre le ponía un sueldo superior al del Presidente del Gobierno: siempre el mismo, 93.855 euros al año. Primero en una Agencia de Protección de Datos autonómica, que era tan inútil que cerró nada más salir Abascal. Después en una Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social, en la que Abascal no hizo absolutamente nada, no se conoce actividad ni cuentas; y de nuevo, tras Abascal, cerró: porque los chiringuitos no tenían ninguna utilidad más que ponerle el enorme sueldo al jeta de Abascal. En ambos cargos Esperanza Aguirre hizo lo mismo: cambiar el sueldo del cargo justo para que Abascal cobrara la misma cantidad, al céntimo, en los dos puestos fantasma: 93.855 euros, la tarifa plana de Santiago Abascal por no hacer absolutamente nada mientras pagábamos los madrileños.

Son los dos ejemplos más notables de la España jeta, la España parásita, la España que hace creer que las instituciones están llenas de sinvergüenzas que no hacen nada cuando son sólo un puñado, pero muy mimados por nuestros tristes partidos de derechas: dos de los más evidente lideran sendos partidos cuya acción de gobierno podemos suponer coherente con la trayectoria de sus líderes: vivir como dios a costa de los españoles que trabajan y pagan impuestos mientras les recortan derechos sociales porque eso y no sus sueldos y títulos son privilegios.

Efectivamente hay una España que madruga, infinitamente mayoritaria. Y efectivamente esa España que madruga está amamantando a una corte de sinvergüenzas que se atreven a cacarear en nombre de España en vez de callar para que no les pillen. Hay millones de trabajadores, autónomos, pensionistas, parados, estudiantes… a los que les cuesta infinito trabajo sacar adelante sus vidas mientras esta caterva de estafadores se lo lleva crudo.

La España que madruga merecería gobernarse con gente que en vez de gritar trabaja, que en vez de mentir investiga, estudia, propone. Que dejen de gritar estos jetas y hagan algo decente por una vez en su vida: aunque sea callarse.

Venezuela, Cataluña y la convivencia democrática

No hay muchos nexos entre la situación que viven Cataluña y la que vive Venezuela. Pero sí hay algo muy importante en común: son dos sociedades divididas prácticamente en dos mitades que no reconocen la legitimidad democrática en la posición de la otra mitad.

En Cataluña lo conocemos bastante bien: una mitad entiende que la legitimidad democrática exige que los catalanes voten si quieren ser un Estado independiente o no; otra mitad entiende que la legitimidad democrática sólo la tiene quien defiende el actual marco legal español y autonómico catalán. En Venezuela una mitad entiende que la legitimidad democrática descansa en la elección de Maduro en las recientes elecciones presidenciales; y otra mitad piensa que la Asamblea Nacional en la que dominaba por primera vez la oposición sigue siendo legítima porque su disolución para convocar unas supuestas elecciones constituyentes fue una burla a la Constitución.

Se puede discutir en ambos casos quién tiene razón y quién no. O incluso reconocer, en ambos casos, que a ninguna de las partes les faltan razones ni ninguna las tiene todas. Pero lo importante es la constatación de que ninguno de los dos conflictos se va a arreglar porque una de las partes imponga su razón sobre la otra. Ni siquiera aun suponiendo que esa parte tuviera toda la razón.

La democracia no necesita sólo de reglas democráticas. Necesita, sobre todo, de una asunción generalizada del juego. Las elecciones más democráticamente impolutas no sirven de nada si la mitad de la población no se siente concernida en el juego. Porque la democracia no consiste en hacer elecciones: la democracia consiste en que gobierna el pueblo y las elecciones son el principal instrumento que hemos inventado para traducir millones de voces en una «voz del pueblo«: si la mitad del pueblo ve (con o sin razón, da igual) su voz fuera de esa traducción, la democracia tiene una avería muy seria.

Tanto en Cataluña como en Venezuela la solución al conflicto es dificilísima pero sólo tiene un camino: el diálogo entre enemigos y un pacto para encontrar un camino democrático cuyo resultado (el que sea) reconozca una y otra parte. En Venezuela probablemente ello sean elecciones presidenciales y legislativas pactadas y en las que concurran gobierno y oposición y se respete el resultado por ambas; en Cataluña no parece haber mucha más posibilidad que un nuevo (e imaginativo) marco institucional para Cataluña, acordado entre distintos, votado por los catalanes y respetado por España.

Lo insólito de ambos casos no es la deslegitimación del otro, algo que es muy común, sino que sea la mitad de la población la que considere ilegítima y antidemocrática (dictadura, golpismo, fascismo…) la victoria de la otra parte. Porque ambas partes tienen victorias (electorales, internacionales, judiciales) y ambas partes tienen a prácticamente media población negando la legitimidad de las victorias de los otros.

Otro elemento común es que en ambos casos es muchísimo más agradecido darse golpes de pecho reconociendo sólo las razones de una de las partes evitando, al menos, la mitad de los insultos del fuego cruzado. Pero también tienen en común que sólo existe un camino posible desde esa distancia que busque el acuerdo entre distintos. Sólo desde ahí, aunque suponga duplicar la recepción de ataques e insultos, existen posibilidades de evitar que ambas situaciones se enquisten o incluso empeoren.

Se ha quedado un buen día para defender nuestra soberanía

Según cuenta esta mañana El País, el gobierno de Donald Trump avisó a España y al resto de la Unión Europea de lo que iba a pasar en Venezuela y, sobre todo, dictó lo que tenían que hacer nuestros gobiernos.

Antes de que Guaidó se autoproclamase presidente venezolano en una manifestación, el gobierno de Trump ya lo había comunicado a España. En esto lo que ha pasado en Venezuela es idéntico a todos los golpes de Estado que impulsaron las embajadas de Estados Unidos en América Latina en el siglo XX. Eso, con todo, no puede sorprendernos: nadie pensó que Donald Trump fuera a extender la paz, la armonía y la convivencia por el mundo y Venezuela era un lugar especialmente propicio para que echara gasolina.

Cuenta El País que el gobierno de Trump exigió al español y a los demás gobiernos europeos que «rompan cualquier canal de diálogo con Nicolás Maduro. “Tenemos mucha presión, no les voy a decir de quién, pero se lo pueden imaginar, para que votemos en contra de la creación de este grupo”, admitió el ministro de Exteriores, José Borrell, en el Congreso. Aludía al grupo de la UE para propiciar el diálogo en Venezuela. «

La posición española, la europea, era la única sensata sobre Venezuela: buscar un diálogo que permita recuperar la convivencia y el marco democrático mediante elecciones reconocidas por la gran mayoría de venezolanos.

Pero por encima de todo: era la posición que había adoptado Europa (y España) desde su soberanía. Uno de los rasgos clave de la soberanía nacional es la política exterior. Y en las últimas semanas nuestros gobiernos (el español fundamentalmente) ha decidido renunciar a esa cuota de soberanía nacional y hacerlo no por un bien mayor, no por la paz, la democracia y la convivencia sino por el puro sometimiento al gobierno matón que se ha instalado en Washington.

Se ha quedado una buena mañana para comprobar quién defiende la soberanía española, quién defiende los valores europeos, que no son el golpe de pecho y la bravuconada incendiaria sino la fraternidad, la libertad y la igualdad.

Europa y España han recuperado uno de sus problemas más tristes: la renuncia a ser protagonistas de la escena internacional, algo que en América Latina es especialmente lamentable para España. Una buena razón para ser europeístas en el siglo XXI es que es la única forma de conseguir algo parecido a la soberanía, a una autonomía política y económica frente a los colosos de la geopolítica. En Venezuela nuestros gobiernos han decidido que de momento no, que de momento seguimos al servicio del matón del poblado.

Venezuela siempre vuelve

Igual que no hace falta compartir lo que dice un periodista para defender su libertad de expresión, no hace falta defender a un gobierno concreto para rechazar vías de acceso al poder que huyen de las urnas y lo apuestan todo al dictado de Donald Trump. Me resulta bastante estéril pelear sobre si es o no un golpe de Estado aunque cabrían pocas dudas, especialmente en un país cuyos opinadores han usado con tanta ligereza el concepto. La clave es si lo que está pasando en Venezuela ayuda a la convivencia, a la paz y a una solución democrática. Y resulta obvio que no, que a lo que más acerca es a un conflicto civil que podría estar demasiado cerca.

Desde hace tiempo en Venezuela no se han hecho las cosas bien. Por muchas razones, algunas muy comprensibles. Son obvias las carencias económicas, pero también las democráticas y las dificultades para una convivencia en la que las dos venezuelas se reconocieran mutuamente y sometieran las diferencias a las urnas en primer lugar y a la Constitución. Es absurdo denominar a Venezuela dictadura (con ese término en España sí somos más rígidos y apelamos al insulto a las víctimas de nuestra dictadura cuando se usa con ligereza ¿verdad?) pero es evidente que ha habido retrocesos graves que impiden hablar de una situación democrática en Venezuela: aunque casi nunca lo recordemos, entre la democracia y la dictadura existe toda una gama de grises, no sólo en Venezuela.

Pero los problemas de Venezuela, ni los de ningún país, se resolverán nunca mediante la decisión caprichosa de Donald Trump, convertido en un Calígula, que vaya nombrando cónsules por el mundo. Ni aunque Donald Trump designara un gobierno alternativo a la tiranía saudí (algo impensable porque todos los obsesionados con Venezuela apoyan a la dictadura más feroz que hay hoy en el mundo) debería ser apoyado porque eso no sirve para nada bueno.

Ayer hubo una concentración en la Puerta del Sol de la oposición venezolana. Allá fue Pablo Casado y demostró lo que le importa Venezuela: cogió el micro y lo usó para decir  que había que votar a Martínez Almeida en las elecciones municipales de Madrid, seguramente porque Manuela Carmena se parece mucho a Nicolás Maduro: aproximadamente como Churchill a Casado.

Es obvio que no tienen ningún interés en la democracia, la paz ni la convivencia en otros países ni Albert Rivera ni Pablo Casado ni nadie de quienes ayer se apresuraron a vociferar la necesidad de que el gobierno español se adhiera a la política exterior de Trump y Bolsonaro. Por eso insultan tanto a Zapatero, que está siendo una de las personas que más ha intentado ayudar a solucionar la situación venezolana y precisamente por ello se ha llevado tantísimos golpes. El ejemplo saudí y su protección de cargos políticos españoles sobornados por aquella dictadura es tan obvio que oculta su silencio con todas las violaciones de derechos humanos que suceden en el mundo. ¿A qué otra concentración sobre política internacional ha ido Pablo Casado? ¿Alguna vez Rivera o Casado han protestado por Guantánamo, por el Sáhara, por Palestina, por Polonia? ¿Qué opinan sobre Bolsonaro?

Venezuela siempre vuelve, pero en realidad nunca hablan de Venezuela. Venezuela les da igual. Si mañana hay un reguero de sangre… beberán de él encantados.

La vieja Europa contra las crisis de Europa

No hace muchos años parecía que la Unión Europea iba a estallar de arriba abajo. La crisis económica ponía en jaque al euro; la burocraciá de Bruselas exprimía a los países con técnicas muy parecidas a golpes de Estado posmodernos; se forzaba una política económica suicida para todos menos para la banca alemana; y se usaba el eufemismo del rescate para la imposición de políticas económicas que sólo llevaban al empobrecimiento de los pueblos y al sometimiento de los gobiernos democráticos.

Hoy la situación es muy distinta. La crisis no es la de una Europa que la traslada a sus países. Más bien al revés.

Son muy llamativas las declaraciones de Jean-Claude Junker sobre Grecia: «No fuimos solidarios con Grecia, hemos insultado a Grecia«. No es creíble que estemos ante una confesión honesta de un hombre que sabe el daño que hizo. Lo que probablemente sea es la conciencia de que en este lustro ha cambiado mucho en Europa. Además del griego (más sólido que nunca), hoy en Europa hay dos gobiernos del sur haciendo políticas progresistas y revirtiendo las políticas de austeridad: Portugal y España. A diferencia de lo que hubiera ocurrido hace cinco años sus presupuestos han obtenido el nihil obstat europeo mientras Bruselas echaba (y vencía) un pulso al gobierno italiano y disputaba el Brexit con el gobierno conservador de Mae.

Hoy Europa es un conjunto de polvorines. Probablemente tenga muchísima responsabilidad en ello el tipo de políticas que se impusieron en la crisis de 2008 y el propio diseño del euro (aunque no sólo: Estados Unidos y Brasil no están en Europa; Reino Unido tiene moneda propia). Pero ahora los polvorines están en los países: Italia, Francia, Alemania, Reino Unido, España, Hungría, Polonia, … es prácticamente imposible encontrar un país europeo que no esté en una situación política e institucional crítica, con espacios de convivencia gravemente amenazados.

No es en absoluto banal la referencia a los años 30. Entonces, como consecuencia de una durísima crisis, cuajaron por toda Europa movimientos fascistas y autoritarios que terminaron por estallar en otra Gran Guerra. Hoy no parece realista esa posibilidad: cabe que estalle algún conflicto interno en algún país, contemplamos violaciones de derechos humanos en el Mediterráneo, no sería raro que fabricásemos alguna de esas guerras que tanto hemos exportado… pero nadie contempla la hipótesis de una nueva guerra europea.

Con todos sus errores, sus fracasos, la Unión Europea ha sido tremendamente exitosa en uno de sus objetivos: generar una interdependencia entre los países de Europa que los vacunase frente a las guerras con las que había sacrificado al mundo en la primera mitad del siglo XX. Cinco años después la Unión Europea ya no aparece como el monstruo que condena a los países al suicidio sino más bien como una (frágil) red que contiene la posibilidad de otro trágico suicidio europeo

Desde Maastricht hasta la crisis hemos visto (con razón) cómo la UE se convertía en un instrumento poco o nada democrático al servicio de una política económica anti social e ineficaz. Esa Unión Europea no ha cambiado en lo institucional, pero sería suicida no ver en la recuperación de los valores de la vieja Europa (como denominaban desdeñosos los criminales de las Azores a la Europa pacifista) la principal tabla de salvación de nuestros países, de nuestros puelos.

La Europa que sólo era la Europa del euro fracasó y ya no es referente ni para sus principales capos, como Junker. Un mínimo de prudencia conservadora nos recomendaría abrazarnos a Europa como instrumento para humedecer los polvorines. Pero incluso la esperanza emancipadora no tiene hoy muchos más referentes que los viejos valores republicanos de Europa: la modernidad, la Ilustración, la democracia, la libertad, igualdad y fraternidad… que están en el sustrato de la identidad europea y que son los únicos sobre los que cabe construir una respuesta de futuro.

Cómo nos ven (a todos) desde Europa

Mientras en Europa llevan años combatiendo a la extrema derecha, Ciudadanos y PP acaban de llegar a un acuerdo de gobierno con Vox. Merkel sigue anteponiendo tímidamente por con desgaste los derechos humanos de los refugiados a sus intereses electorales aunque crezca la extrema derecha con la que ni se le ocurriría pactar; Macron no entiende que ante los ultras se haga otra cosa que combatirlos. Mientras, Ciudadanos y PP se reparten los sillones andaluces pactando un programa de gobierno con la extrema derecha a la primera oportunidad.. No en una situación excepcional, asfixiados por la falta de alternativas. Desde el primer día ambos apostaron por un gobierno acordado con el partido de la manada. Tan poco asfixiante era la situación que hace mes y medio Ciudadanos gobernaba en Andalucía con el PSOE de Susana Díaz. Pero ha optado por entregarse al partido liderado por un delincuente condenado por desproteger a un niño de su padre maltratador.

Mientras PP y Ciudadanos se oponen con mentiras, boicots y anuncios apocalípticos a las medidas del Ayuntamiento de Madrid para la movilidad y la lucha contra la corrupción, Bruselas ha escrito a la Comunidad de Madrid pidiendo que deje de boicotear la implantación de Madrid Central, la Comisión Europea ha levantado las sanciones a España por las medidas de las principales ciudades contra el tráfico y Madrid se ha ahorrado 500 millones en sanciones europeas heredadas de la época del PP. Madrid, Barcelona y el resto de los ayuntamientos del cambio se han puesto en la vanguardia europea por una movilidad moderna y saludable y así lo están reconociendo Europa y sus principales ciudades.

Ahora que PP y Ciudadanos se alían con una fuerza expresamente homófoba hay que recordar que Europa tenía a España por un país rancio y discriminador. Que se sorprendió al ver la fuerza que tenía el Orgullo, cómo sus fiestas se convertían en las verdaderas fiestas de todo Madrid. Europa vio cómo España se adelantaba llevando la igualdad y la libertad al matrimonio de todos, quiera a quien quiera cada cual. El PP (aún con Vox dentro) hizo todo lo posible por colocar a España de nuevo en el furgón de cola de Europa; Albert Rivera se mostró en desacuerdo con el avance. Se opusieron, como siempre hicieron los parásitos de la Historia de España, a la libertad, la modernidad, la felicidad y el amor. Pero España se situó en la cabeza de Europa. Hoy hasta Vox tiene que esconder su oposición a la igualdad de todas las familias con eufemismos irracionales como que «defendemos la familia natural» sin aclarar que si pudieran combatirían las formas de familia no canónicas (que, por cierto, son la mayoría en la España de 2019).

Cuando PP y Ciudadanos llegan a un acuerdo programático con un partido machista que quiere evitar la lucha contra la violencia machista es bueno sentirnos orgullosos de cómo el 8 de marzo España se puso de nuevo al frente de Europa con su huelga feminista y las históricas movilizaciones en defensa de la igualdad. El feminismo avanza en Europa pero toda Europa se quedó asombrada de cómo esa España caricaturizada como rancia, casposa y cutre era ahora la que lideraba las conquistas de libertad y modernización. PP y Ciudadanos han decidido formar parte de un bloque que quiere decirle a Europa que esa caricatura de España era real.

En mayo hay elecciones europeas. Y en todos los países las fuerzas democráticas defenderán Europa de los ultras que están atacando los valores de la Ilustración y la modernidad, los valores que están en la raíz de Europa. Mientras, en España, PP y Ciudadanos estarán gobernando con los enemigos declarados de todos esos valores, con quien quiere devolvernos a las tinieblas; y se excusarán explicando que esos que han puesto a España al frente de los avances de Europa son peores que quienes quieren devolvernos al lodazal. que quienes quieren recortar derechos, deportar personas y olvidar la Historia de España, tan relacionada con la de Europa, no son tan malos como quienes quieren conquistar derechos y avanzar en democracia.

Con perspectiva se ven las cosas más claramente. Y con la perspectiva europea se entiende muy bien lo que está pasando en España. Ciudadanos y PP quieren recuperar esa España que veía Europa terminar en los Pirineos. Otros queremos que España siga liderando la modernización de Europa.

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