De las personas con las que he compartido militancia, probablemente la que tiene más preparación y formación para ejercer un cargo público es un concejal de Más Madrid en el Ayuntamiento de Madrid que se jubila este verano. En la web del Ayuntamiento de Madrid aparecen los siguientes datos relativos a su formación académica:

Se trata de Félix López-Rey, un histórico de la lucha vecinal madrilleña (especialmente de Orcasitas) que lleva toda la vida luchando por los barrios del sur de Madrid.
Si la política es una vía para defender un proyecto de vida en común, para luchar y conseguir derechos para el conjunto de la población, un instrumento para que la vida de la gente sea lo mejor y más digna posible… para la política hace falta un puñado de virtudes entre las que no se encuentran necesariamente las titulaciones académicas.
La universidad juega un papel crucial en un país. Es el principal núcleo desde el que se construye y se distribuye el conocimiento: precisamente por eso la nueva derecha idiota ataca la universidad con toda su fuerza, Trump contra Harvard, Ayuso contra la Universidad pública madrileña. La función de la universidad es aprender y enseñar. No la emisión de títulos: estos se supone que acreditan que alguien ha aprovechado la universidad para aprender. Pero si uno es un imbécil, no hay título universitario que lo desmienta (quod natura non dat…); y una infinidad de personas brillantes no tienen títulos universitarios por mil razones: razones de clase, circunstancias vitales o incluso históricas. O porque no les dio la gana, vaya.
Algunas personas hemos tenido la inmensa suerte de encontrar muchas facilidades en nuestro entorno para tener estudios universitarios; muchísimas otras se han encontrado enormes dificultades que han hecho imposible en unos casos y extraordinariamente meritorio en otros avanzar en los estudios y la formación académica. Por eso es un insulto a estas personas inventarse estudios que uno no ha realizado; por eso es completamente imbécil presumir de los títulos académicos que uno tiene como si eso acreditara en modo alguno su capacidad intelectual y política.
Cuando estalló el escándalo del máster falso de Cristina Cifuentes y Pablo Casado, se supo que Pablo Casado tenía la licenciatura de Derecho gracias a que le habían dado por aprobadas 12 asignaturas: un estudiante que había dejado la carrera tras agotar las convocatorias en la primera universidad privada en la que se matriculó, de repente se había convertido en un portento académico del Derecho, el Hans Kelsen español (en otra universidad privada). Las crónicas más amables explicaban que cuando Casado iba a ser elegido presidente de Nuevas Generaciones del PP en Madrid, Esperanza Aguirre le ordenó obtener una licenciatura («Este chico tiene que acabar«). Y el chico acabó, no porque fuera el más listo ni el más estudioso de la clase, sino porque encontró en la Universidad Cardenal Cisneros una sorprendente autopista sin peajes hacia la titulación que pudiera lucir en el currículo el nuevo líder de los cachorros de Esperanza Aguirre.
Porque de eso se trata: de lucir un título como quien se pone ropa de marca. El título universitario no aparece como la representación de un recorrido de estudio y aprendizaje (que es el objetivo) sino como fin en si mismo que representa un estatus: los que estamos aquí nos reconocemos por unos cuantos signos externos, uno de ellos es poner una lista de títulos universitarios, que juegan aquí el papel de títulos nobiliarios modernos.
No es ninguna casualidad la cascada de casos en el PP-Madrid de engaños presumiendo de títulos universitarios que no responden a estudio alguno. Cristina Cifuentes, Pablo Casado, Pedro Rollán, Ana Millán, la pobre Noelia Núñez (¡cómo se debe de sentir al ver que quienes aplaudían su dimisión hace diez días miren para otro lado con el presidente del Senado y con la protegidísima vicepresidenta de la Asamblea de Madrid!)… son todos PP-Madrid, pata negra. Tantos casos tan concentrados evidencian una cultura corporativa.
Y mucho menos es casualidad que la cascada de títulos cosméticos se dé en la comunidad en la que el PP-Madrid está destrozando la universidad real (la que crea y transmite conocimiento, que en España es la universidad pública) mientras permite que broten como setas chiringuitos ridículos que adquieren el nombre de universidad. Noelia Núñez era profesora en una cosa llamada «Universidad Francisco Marroquín», tinglado ultra liberal expendedor de títulos universitarios guatemaltecos. Cifuentes y Ayuso han legalizado un puñado de «universidades» con informes bochornosos pero que gracias a ellas expenden títulos para quien se los pueda pagar (sin que probablemente tenga que hacer mucho más). El nombre «universidad» para estas instituciones aprobadas por el PP-Madrid está a la altura del nombre «título universitario» para todos estos cargos del PP-Madrid.
Los falsos titulados del PP-Madrid representan a la perfección lo que para el PP-Madrid representa la universidad: un decorado, un complemento estético dentro de un determinado estatus social, no la fuente de conocimiento (y por tanto de libertad y democracia) de la que bebe toda la sociedad. El fin de la universidad deja de ser el conocimiento, el estudio y la investigación (representado acaso con un título); el fin de la universidad es la adquisición de una posición social y por lo tanto el título es un fin en sí mismo. Por eso es perfectamente coherente que ese título se obtenga con trampas, que sea el resultado de una ridiculez bochornosa o incluso se ponga en el currículo aunque sea simplemente inexistente.
Esa es la paradoja de los estudios universitarios del PP-Madrid. Que han elevado a absolutamente imprescindible la obtención de un (o muchos) título universitario. Y a la vez han convertido el título universitario en algo completamente irrelevante. El título lo es todo. Aunque para ello el título ya no sea nada.