Blog de Hugo Martínez Abarca

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Se ha quedado un buen día para defender nuestra soberanía

Según cuenta esta mañana El País, el gobierno de Donald Trump avisó a España y al resto de la Unión Europea de lo que iba a pasar en Venezuela y, sobre todo, dictó lo que tenían que hacer nuestros gobiernos.

Antes de que Guaidó se autoproclamase presidente venezolano en una manifestación, el gobierno de Trump ya lo había comunicado a España. En esto lo que ha pasado en Venezuela es idéntico a todos los golpes de Estado que impulsaron las embajadas de Estados Unidos en América Latina en el siglo XX. Eso, con todo, no puede sorprendernos: nadie pensó que Donald Trump fuera a extender la paz, la armonía y la convivencia por el mundo y Venezuela era un lugar especialmente propicio para que echara gasolina.

Cuenta El País que el gobierno de Trump exigió al español y a los demás gobiernos europeos que «rompan cualquier canal de diálogo con Nicolás Maduro. “Tenemos mucha presión, no les voy a decir de quién, pero se lo pueden imaginar, para que votemos en contra de la creación de este grupo”, admitió el ministro de Exteriores, José Borrell, en el Congreso. Aludía al grupo de la UE para propiciar el diálogo en Venezuela. «

La posición española, la europea, era la única sensata sobre Venezuela: buscar un diálogo que permita recuperar la convivencia y el marco democrático mediante elecciones reconocidas por la gran mayoría de venezolanos.

Pero por encima de todo: era la posición que había adoptado Europa (y España) desde su soberanía. Uno de los rasgos clave de la soberanía nacional es la política exterior. Y en las últimas semanas nuestros gobiernos (el español fundamentalmente) ha decidido renunciar a esa cuota de soberanía nacional y hacerlo no por un bien mayor, no por la paz, la democracia y la convivencia sino por el puro sometimiento al gobierno matón que se ha instalado en Washington.

Se ha quedado una buena mañana para comprobar quién defiende la soberanía española, quién defiende los valores europeos, que no son el golpe de pecho y la bravuconada incendiaria sino la fraternidad, la libertad y la igualdad.

Europa y España han recuperado uno de sus problemas más tristes: la renuncia a ser protagonistas de la escena internacional, algo que en América Latina es especialmente lamentable para España. Una buena razón para ser europeístas en el siglo XXI es que es la única forma de conseguir algo parecido a la soberanía, a una autonomía política y económica frente a los colosos de la geopolítica. En Venezuela nuestros gobiernos han decidido que de momento no, que de momento seguimos al servicio del matón del poblado.

La vieja Europa contra las crisis de Europa

No hace muchos años parecía que la Unión Europea iba a estallar de arriba abajo. La crisis económica ponía en jaque al euro; la burocraciá de Bruselas exprimía a los países con técnicas muy parecidas a golpes de Estado posmodernos; se forzaba una política económica suicida para todos menos para la banca alemana; y se usaba el eufemismo del rescate para la imposición de políticas económicas que sólo llevaban al empobrecimiento de los pueblos y al sometimiento de los gobiernos democráticos.

Hoy la situación es muy distinta. La crisis no es la de una Europa que la traslada a sus países. Más bien al revés.

Son muy llamativas las declaraciones de Jean-Claude Junker sobre Grecia: «No fuimos solidarios con Grecia, hemos insultado a Grecia«. No es creíble que estemos ante una confesión honesta de un hombre que sabe el daño que hizo. Lo que probablemente sea es la conciencia de que en este lustro ha cambiado mucho en Europa. Además del griego (más sólido que nunca), hoy en Europa hay dos gobiernos del sur haciendo políticas progresistas y revirtiendo las políticas de austeridad: Portugal y España. A diferencia de lo que hubiera ocurrido hace cinco años sus presupuestos han obtenido el nihil obstat europeo mientras Bruselas echaba (y vencía) un pulso al gobierno italiano y disputaba el Brexit con el gobierno conservador de Mae.

Hoy Europa es un conjunto de polvorines. Probablemente tenga muchísima responsabilidad en ello el tipo de políticas que se impusieron en la crisis de 2008 y el propio diseño del euro (aunque no sólo: Estados Unidos y Brasil no están en Europa; Reino Unido tiene moneda propia). Pero ahora los polvorines están en los países: Italia, Francia, Alemania, Reino Unido, España, Hungría, Polonia, … es prácticamente imposible encontrar un país europeo que no esté en una situación política e institucional crítica, con espacios de convivencia gravemente amenazados.

No es en absoluto banal la referencia a los años 30. Entonces, como consecuencia de una durísima crisis, cuajaron por toda Europa movimientos fascistas y autoritarios que terminaron por estallar en otra Gran Guerra. Hoy no parece realista esa posibilidad: cabe que estalle algún conflicto interno en algún país, contemplamos violaciones de derechos humanos en el Mediterráneo, no sería raro que fabricásemos alguna de esas guerras que tanto hemos exportado… pero nadie contempla la hipótesis de una nueva guerra europea.

Con todos sus errores, sus fracasos, la Unión Europea ha sido tremendamente exitosa en uno de sus objetivos: generar una interdependencia entre los países de Europa que los vacunase frente a las guerras con las que había sacrificado al mundo en la primera mitad del siglo XX. Cinco años después la Unión Europea ya no aparece como el monstruo que condena a los países al suicidio sino más bien como una (frágil) red que contiene la posibilidad de otro trágico suicidio europeo

Desde Maastricht hasta la crisis hemos visto (con razón) cómo la UE se convertía en un instrumento poco o nada democrático al servicio de una política económica anti social e ineficaz. Esa Unión Europea no ha cambiado en lo institucional, pero sería suicida no ver en la recuperación de los valores de la vieja Europa (como denominaban desdeñosos los criminales de las Azores a la Europa pacifista) la principal tabla de salvación de nuestros países, de nuestros puelos.

La Europa que sólo era la Europa del euro fracasó y ya no es referente ni para sus principales capos, como Junker. Un mínimo de prudencia conservadora nos recomendaría abrazarnos a Europa como instrumento para humedecer los polvorines. Pero incluso la esperanza emancipadora no tiene hoy muchos más referentes que los viejos valores republicanos de Europa: la modernidad, la Ilustración, la democracia, la libertad, igualdad y fraternidad… que están en el sustrato de la identidad europea y que son los únicos sobre los que cabe construir una respuesta de futuro.

Pablo Casado, el feloncito

Hay palabras en castellano que ya sólo se usan en un concretísimo contexto. Una es ‘felón‘ que sólo se usa para hablar de Fernando VII, el rey felón. Según el diccionario ‘felón‘ es quien realiza una deslealtad, una traición, una acción fea… pero en mal. La traición y la deslealtad no pocas veces es la acusación a quien piensa por si mismo, a quien no es sumiso, a quien actúa con criterio propio: a quienes así actúan muchas veces les acusa de traidores quien quería obediencia y sometimiento y no lo encuentra. La felonía no, no hay por dónde coger la felonía; la felonía la comete un tipo que es un mierda. Fernando VII se ganó su simbiosis con la palabra ‘felón’ por irse a Francia a pactar la ocupación de España, el país del que era rey, para evitar la libertad del mismo e invadirlo por una potencia extranjera sin más provecho propio que someter al país que se le podía rebelar: seguramente para él los españoles fueran unos traidores a su regia figura, por eso él decidió colaborar en su sumisión aunque ni siquiera a él le trajera gran beneficio.

Pablo Casado está difundiendo su voluntad de ir a Bruselas a emular a Fernando VII. Pero Pablo Casado no merece el calificativo de felón. Le queda grande.

Dice que va a Bruselas para que la Comisión Europea someta al Congreso de los Diputados, esto es, que la representación de la soberanía nacional no pueda aprobar los presupuestos nacionales porque lo impiden las potencias extranjeras. Recordemos esto la próxima vez que Pablo Casado hable de Cataluña y diga que la soberanía nacional no se negocia. Pablo Casado, como Albert Rivera, tienen perfecto derecho a oponerse a los presupuestos, buscar aliados parlamentarios, movilizarse si encuentran españoles dispuestos y, en última instancia, decir que son un desastre y usarlo para las próximas elecciones generales; pueden incluso recurrirlos al Tribunal Constitucional. Pero lo que están intentando es un ataque ilegal a la democracia (impedir en la Mesa del Congreso que el Pleno del Congreso pueda siquiera debatir los presupuestos) y un ataque injusto a la soberanía nacional (intentar que desde fuera de España se impida a España dotarse de unos presupuestos absolutamente legítimos).

Sin embargo, Pablo Casado no va a Bruselas a tumbar los presupuestos. Su anunciada felonía no es más que otro episodio de su reiterada búsqueda de titulares haciendo el ridículo. Casado va a Bruselas porque todos los dirigentes de partidos populares tienen reuniones en Bruselas estos días. Volverá fotos con sus compañeros, Merkel y Viktor Orban. Y nadie le hará mucho caso. En medio de la negociación del Brexit y el reto de Italia, que Portugal y España hagan de Iberia la punta de lanza de la recuperación de las políticas sociales, la recuperación de los derechos y la expansión económica es un problema menor incluso para los más rígidos burócratas neoliberales de la UE.

Pablo Casado intenta ser un feloncito, Un impotente que hace como que quiere traicionar a su país cuando lo único que busca es casito, como cuando hace el ridículo hablando de la Hispanidad o de la eutanasia. No, no es un rey traidor que vaya a conseguir que ocupen a su país para impedir que prospere dándole la espalda. Ya quisiera. Es mucho más patético que eso Pablo Casado, el feloncito.

Las curvas peligrosas del verano

Ayer publicó Pedro Vallín en La Vanguardia un estupendo artículo («Gramática parda para la galaxia Podemos«) analizando apasionadamente pero con rigor en vez de vísceras las dos polémicas que han centrado los debates de este verano en el espacio heredero del 15M; son polémicas, por cierto, cuya forma muestran cierta ansiedad colectiva que recuerdan demasiado al desasosiego por el vacío político previo al 15M. La primera polémica la generó el libro de Daniel Bernabé, «La Trampa de la diversidad» fundamentalmente sobre qué identidad o identidades son útiles para la emancipación. La segunda la han generado los artículos de Manolo Monereo, Julio Anguita y Héctor Illueca sobre el gobierno italiano, sus políticas económicas y su relación con la Unión Europea.

No he leído el libro de Bernabé, por lo que no sería sensato que opinara sobre la polémica. Sin embargo por lo que he leído (y creo que esto es importante para matizar el artículo de Vallín de ayer) entiendo que su centro es el debate sobre la identidad (que es el tema de la política) lamentando que la multiplicación de identidades desdibuje a la identidad de clase, que sería una identidad objetiva, la de verdad. Creo que, a diferencia de lo que empapa el artículo de Vallín ese no es el tema que mueve a Monereo, Anguita e Illueca, que no se centran en la identidad de clase sino en la popular en búsqueda, precisamente, del principio democrático. Y que el problema no es en este caso el tipo de identidad sino su escala (la europea o la nacional).

Esa brecha diría que tiene más que ver con otros de los elementos que señala Vallín: la oposición política entre el principio liberal y la política neoliberal. España es de los pocos países de Europa en los que la derecha incluso cuando se endurece (como en estos meses) es profundamente neoliberal; y además el principio liberal (la defensa de los derechos humanos colectivos e individuales) está nítidamente ubicado en lo que imaginamos como la izquierda. De ahí la dificultad con la que miramos a Marine Le Pen o el llamado Decreto de la Dignidad, que proponen cosas que en España no tendrían quien las defendiera. Y probablemente también tenga que ver con que la oposición a las políticas antisociales de la Unión Europea nunca haya ido de la mano de una oposición a la Unión Europea, contemplada (razonablemente o no, es irrelevante) como garante del principio político liberal.

Las propuestas de Monereo, Anguita e Illueca no habrían generado tanto ruido hace pocos años. El porqué lo generan ahora seguramente tiene que ver con que la emergencia de esa extrema derecha moderna, inteligente y compleja hoy claramente es un riesgo real en Europa y fuera de ella, mucho más que un sorprendente espacio político en parte exótico y hasta parcialmente atractivo.

Europa, más que la democracia, es la línea de fractura: de ahí que en realidad el centro de discusión sea la afirmación de  Monereo, Anguita e Illueca que no comentan la cuestión de la inmigración porque en ella no se diferencia el gobierno italiano de la Unión Europea: en la vulneración de derechos no se diferenciaría Bruselas de Roma.

Probablemente sea un error mirar a Europa con el mismo ojo que hace cuatro o cinco años. Por la fortaleza de los bloques de extrema derecha y por la sensación de debilidad de los espacios emancipadores.

Que la emancipación sólo puede ir de la mano de la democracia (y la democracia sólo es posible con soberanía popular, sea de ámbito geográfico mayor o menor) y del pleno cumplimiento de todos los derechos humanos para todas las personas debe estar fuera de la discusión y diría que lo está. Lo que tocaría debatir con cierta profundidad y cabeza es si en 2018 podemos reivindicar un soberanismo frente a Europa o si no sería mucho más eficaz la aspiración a frentes democráticos más europeístas que Europa. Porque el fascismo nunca fue imbécil; y casi nunca se mostró abiertamente antisocial sino más bien al contrario. Si lo que emerge en varios países de Europa (y EEUU) es fascismo o no es un debate bizantino; no lo es, en cambio, que es lo contrario al cambio emancipador al que aspiramos.

La euroguinda de Olli Rehn

Que el FMI es una organización canalla que ha ido sembrando el mundo de hambre y pobreza en beneficio de los poderosos del planeta no es una novedad, es básicamente un lugar común sostenido por una inagotable lista de ejemplos. Por eso cuando el FMI propone que nos empobrezcamos un 10% como receta brillante para crear empleo nadie se ahorró un insulto. Ayer la Unión Europea, a través de su comisario económico, Olli Rehn, hizo suya la receta: la gente de a pie no veremos que el emperador está vestido porque somos imbéciles, pero «los actores que lo rechacen frontalmente [el empobrecimiento en un 10% de los trabajadores españoles por decreto] cargarían sobre sus hombros con una enorme responsabilidad nacional por los costes sociales y humanos«. Lo dijo en su blog para que parezca más moderno y personal, pero si el comisario económico de la UE da una receta económica para un país (intervenido) de la UE podemos reaccionar con fuerza o entregarnos, pero no mirar para otro lado.

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Decíamos ayer

Hace una semana quedé a tomar un café con Manolo Monereo, referente de la historia y el presente de Izquierda Unida. Hablando de todo un poco recordaba cómo hoy le está dando la razón la historia a los disparates que generaron la mayor crisis que tuvo Izquierda Unida.

En los 90 se puso en marcha la Europa de Maastricht, que abandonaba definitivamente la posibilidad de una Europa unida política y socialmente para centrarnos en una unidad monetaria basada en criterios liberales sin centralizar las políticas fiscales y laborales, abandonadas como campo de competencia entre los Estados. Juan Francisco Martín Seco era entonces el economista de cabecera de IU y explicó claramente las repercusiones que el modelo de Maastricht tenía para el conjunto de la Unión Europea y singularmente para España, que renunciaba a tener la moneda como mecanismo de ajuste económico por lo que competiría con ajustes fiscales (y por tanto sociales) y laborales. Y que España, carente de industria de alto valor añadido, sólo tendría la opción de entregarse a un crecimiento especulativo con desastrosas consecuencias sociales y medioambientales.

Aquello supuso un via crucis: frente a la posición de IU se alzaron todos los medios de comunicación, partidos políticos, sindicatos… y fue lo que utilizó Nueva Izquierda como cuña para la quiebra interna. Sólo en los movimientos sociales se apoyaba la posición contraria a Maastricht. Cuando se votó en el Congreso el Tratado de Maastricht, IU decidió que, para evitar la guerra interna, en vez de votar No, se abstendría: la razón era que IU pedía que no se votara en el Congreso de los Diputados, sino en un referendo entre toda la ciudadanía, dado que entrar en ese modelo de Europa iba a ser una de las decisiones más relevantes que se iban a tomar en décadas. Ni por esas: los diputados de Nueva Izquierda votaron a favor de aquel modelo de Unión Europea y tardó poco en reventar Izquierda Unida: los mandamases de Nueva Izquierda se fueron al PSOE (el bienpagao es ahora Secretario de Estado para la UE), la tropa se quedó desubicada (fuera de IU, pero sin querer entrar en el PSOE) e IU se quedó hecha unos zorros.

Hoy es una evidencia que llevaban razón quienes se oponían al modelo de Unión Europea que nos ha llevado a esta profunda crisis económica, social y política: a toda Europa, pero especialmente a España. No hay que buscar en viejos extremistas (Martín Seco, no es ni era viejo ni extremista: es un socialdemócrata lúcido y coherente con sus ideas). En las últimas semanas Paul Krugman ha situado ese modelo de construcción europea en el origen del desastre español. El propio Joaquín Almunia dijo sin rubor que algunos países, como España, habían perdido competitividad desde su entrada en el euro.Por no citar a Vicenç Navarro, otro socialdemócrata que hoy pasa por peligroso extremista.

Ellos lo reconocen. Teníamos razón. Quienes entonces escuchaban los argumentos sólidos contra ese modelo de construcción europea pero no querían asumir su consecuencia (negarse a ese modelo y luchar por otro: una Europa social, democrática y ecológica) replicaban con fe: vale, esto esta mal, pero seguro que la unión monetaria será el primer paso para la unidad fiscal, política…

Hace casi 20 años del Tratado de Maastricht y aquella fe sólo tiene la suerte de haber sido olvidada: la UE ha crecido geográficamente (como buen mercado que es) y no ha dado un paso relevante hacia la unidad política (y democrática) ni hacia la unidad social y fiscal, con lo que se han ido debilitando todos los servicios públicos y se insiste en recortar derechos.

¿Hemos aprendido la lección? Posiblemente: ahora sabemos que alzar la voz y denunciar lo evidente se paga muy caro a corto plazo, y da pánico. Pero mirar para otro lado y renunciar a defender lo evidente trae el desastre en pocos años y la indignidad en el momento. Ahora falta ver cómo se aplica esa lección a esta crisis.

La culpa fue de Lisboa… y de Madrid

En la rueda de prensa tras el Consejo de Ministros del viernes, de la Vega insistió: no estamos en una crisis exclusivamente española; toda la Unión Europea lo está pasando mal. La frase no es falsa del todo: toda Europa lo está pasando mal, es cierto. Pero oculta un par de verdades sin las cuales es una media verdad de esas que se supone que son peor que una mentira.

En primer lugar en el resto de Europa la crisis no está acarreando necesariamente el desastre de empleo que tenemos en España. En Alemania la recesión, en términos de PIB, es más dura que en España. Sin embargo no está habiendo el castigo al empleo que padecemos aquí. Durante las décadas pasadas los alemanes no apostaron por un crecimiento rápido con pies de barro como hicieron aquí los gobiernos de Felipe González, Aznar y Zapatero. Aquí apostamos firmemente por el casino de la especulación inmobiliaria y por una escasísima industria de todo a cien, con mínimo valor añadido. Como los aviones de papel, nuestra economía estaba a merced del viento, que la elevaba muchísimo en momentos de auge y la manda ahora al suelo sin miramientos con una sóla ráfaga de viento en contra: esa fue la apuesta de gobiernos del PSOE y el PP y es lo que estamos pagando. Otros apostaron por la industria y, dentro de ésta, por industrias con más valor añadido y ahora soportan mucho mejor la crisis económica en términos de empleo.

En segundo lugar, la excusa de de la Vega oculta que la Unión Europea entera está en crisis económica porque han apostado por un modelo económico neoliberal, por la privatización de los servicios, por la competitividad laboral y fiscal (es decir, la reducción de salarios y de impuestos),… Es lo que se llamó la estrategia de Lisboa, a la que se apuntaron encantados el PP y el PSOE sin que ahora puedan hacer responsables a otros del modelo económico general en el que nuestros gobiernos se han movido como pez en el agua.

En parte la culpa es de la línea económica seguida por la Unión Europea; en parte de la línea económica aplicada en concreto en España. El resultado es el mismo: PP y PSOE son autores entusiastas de ambas líneas. Apenas hace un año de las elecciones generales en las que Zapatero presumía de unos datos económicos brutalmente volátiles porque eran resultado de su política económica; Rajoy le decía que su política económica era simplemente continuar la de Aznar. Los dos llevaban razón; y si alguien les hubiera recordado que ambos, Zapatero y Aznar, simplemente continuaron la política de González también hubiera tenido razón.

Y ahora a ver quién reconoce que durante todos estos años se equivocaron.

Saben aquel que diu que van 27 demócratas…

Decidieron ayer los veintisiete gobiernos de la Unión Europea, sin que se conozca discrepancia alguna, que el gobierno irlandés se tiene que meter a su pueblo por donde le quepa, como hicieron todos los demás gobiernos europeos. Como quedaría feo saltarse la constitución irlandesa con descaro, así que lo que hay que hacer es lo que voten hasta que aprendan lo que hay que votar. Hasta que voten lo que mandan los que mandan. La democracia bien entendida consiste en dar la razón al poder. Es lo que entienden quienes asignan títulos de demócrata o autoritario no en función del sometimiento al pueblo, sino en función del sometimiento a los poderes reales.

La Unión Europea es cada vez más evidentemente un tinglado puesto al servicio del capitalismo más canalla frente a los pueblos de Europa. En los últimos meses sólo se han tomado dos grandes decisiones: regalar miles de millones de euros a los bancos (en un modelo radicalmente contrario al intervencionismo en la economía) y hacer que los irlandeses se desdigan de su votación.

Esto último no sucede por primera vez, sino que es la eterna cantinela a la que nos tienen acostumbrados los trileros. Dinamarca votó ‘No’ a Maastricht y se le hizo repetir la votación hasta que dijera que sí; Francia y Holanda votaron ‘No’ a la Constitución Europea y les metieron el Tratado de Lisboa con el mismo contenido sustantivo para que no hubiera que someter a la decisión del pueblo la rectificación. Nunca se ha repetido un referendo con ‘síes’ por los pelos. El único ‘No’ que se ha respetado es el noruego, probablemente porque lo respetable no es el pueblo noruego, sino su petróleo.

Si alguien quiere avanzar en la construcción europea, si alguien quiere que llamar demócratas a los gobiernos que revientan sistemáticamente la voluntad de los pueblos deje de ser un chiste sólo tiene un camino. Convocar unas elecciones democráticas a cortes constituyentes europeas. Elaborar con la legitimidad de origen que tengan esas cortes (algo muy distinto de las comisiones de notables que han elaborado todos los textos hasta ahora) una Constitución democrática y social que defienda a los ciudadanos y ciudadanas de Europa. Y someterla a referendo en toda Europa. Y si no el pueblo no la aprueba volver a convocar unas nuevas cortes constituyentes que comiencen de cero el mismo camino hasta que den con el marco que la ciudadanía europea desea adoptar. Con ese itinerario la legitimidad del avance sería sustantiva y muchos de quienes nos hemos opuesto al modelo de construcción europea nos podríamos sentir cómodos y apoyar tal proyecto.

Ocurre que tal itinerario es el que propondría un partidario de construir una Europa para sus ciudadanos, internacionalista, democrática y que garantice derechos para los trabajadores europeos en vez de aprobar directivas extravagantemente decimonónicas. Una Unión Europea que uniformara los derechos y deberes fiscales, sociales y laborales desde y mediante la legitimidad democrática sería recibida con entusiasmo por gran parte de los pueblos a los que tanto asco tienen en las cumbres europeas. Pero los que controlan la Unión Europea están mucho más cómodos en una Europa de burócratas y grandes empresarios, de las cumbres chanchulleras y antidemocráticas. De momento estamos, entre otras cosas, ante una pugna dialéctica entre los pueblos y sus gobiernos.

Anecdotario asambleario

Junio de 2008. En una reunión abierta para discutir el documento de ‘Otra IU es posible‘, un grupo propone que se incorpore la nacionalización de la banca. Un dirigente expone esa petición como ejemplo de lo que no deberíamos incorporar: ‘Debemos incluir aquello que seamos capaces de defender y de aplicar si gobernamos; si nacionalizamos la banca, al día siguiente somos expulsados de la Unión Europea y no podemos asumir eso‘. A regañadientes el defensor de la nacionalización de la banca renuncia a que se incorpore al documento una reivindicación tan radical.

Octubre de 2008. El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Henry Paulson, confirmó que su Gobierno está pensando en nacionalizar la banca.

Competencias desleales

Desde que se puso en marcha el Tratado de Maastricht en la Unión Europea hay libertad de movimientos de capitales y de trabajadores (de trabajadores europeos, se entiende). En cambio, no hay (ni se le espera) unas políticas fiscal ni laboral europea. Ello genera la competencia desleal que ha ido reduciendo los servicios públicos en toda Europa como consecuencia de la necesaria reducción de la presión fiscal y la evidente reducción de derechos laborales de los trabajadores.

La cosa ha funcionado de forma sencilla. Supongamos que un gobierno como el español aplica una bajísima presión fiscal (realmente no es un supuesto, sino una constatación: la presión fiscal en España es de las más bajas de Europa occidental). Dada la libertad de movimientos de capitales, una gran empresa francesa tendrá plena capacidad para trasladar a Madrid su sede. Con ello se ahorrará la empresa francesa una importante suma de dinero que podrá dedicar a aumentar los sueldos de sus altos ejecutivos. Con ese traslado el estado francés pasará de ingresar bastante dinero por impuestos a no ingresar nada, mientras el español pasará de no ingresar nada a ingresar un poco; por tanto, la competencia española obligará a Francia a bajar su presión fiscal (reducir ingresos y por tanto reducir gasto público). La competencia desleal en materia fiscal obliga a una paulatina reducción de impuestos de todos los países sin necesidad de que una norma positiva obligue a ello.

En lo laboral el funcionamiento ha sido muy parecido. Si en un país los trabajadores carecen por completo de derechos, una gran empresa del estado vecino siempre tendrá incentivos para trasladarse allí y ahorrarse costes laborales reales (salarios, seguridad laboral, seguridad social) o potenciales (despidos). No hace falta que se derogue en el BOE toda legislación laboral: basta con que se permitan mil triquiñuelas (no es desconocido el caso de quienes llevan en la misma empresa varios años encadenando contratos temporales), que resulte inexistente la inspección laboral, o que los jueces decidan inventarse una legislación laboral increíble (la mujer en coma que ha sido despedida recibe lo que aprobó en una sorprendente sentencia el Tribunal Supremo; y en Suecia un trabajador polaco puede ser tratado conforme a la legislación laboral de Polonia gracias a los generosos tribunales europeos). No es de extrañar que las ETTs fueran legalizadas en España sólo dos añitos después de la aprobación del Tratado de Maastricht.

Contra estas competencias desleales nadie ha movido nunca un dedo.

En cambio, en las últimas semanas ha aparecido una inesperada competencia desleal: la de los bancos cuyos fondos tenían diferentes garantías en función de la nacionalidad del banco (valga el oxímoron). Un banco irlandés está ahora plenamente respaldado por su estado, pero uno británico no, por lo que un londinense tendrá un incentivo importante para abandonar su banco y meter sus ahorros en el Banco de Dublín, que vaya usted a saber si existe. Lo mismo sucede entre bancos alemanes y franceses.

Y una cosa es que nos quiten colegios públicos, hospitales y derechos sociales y otra es que los bancos se vean en apuros. Hasta ahí podíamos llegar. Dada la urgencia del asunto, se convocan mini-cumbres y cumbres enteras para intentar llegar a un acuerdo. Como no están acostumbrados, sólo han podido alcanzar un acuerdo de mínimos: fondos de 40.000 millones de euros. Zapatero ya ha anunciado que su fondo va a ser mayor (a pesar del solidísimo suelo de nuestros bancos ¿y de nuestras cajas de ahorros?): 50.000 millones de euros, aproximadamente el gasto público en sanidad.

Si esta crisis fuera meramente teórica (si no tuviera consecuencias concretas en parados de carne y hueso), sería una crisis con la que entusiasmarse. Porque si sólo nos atenemos a las teorías que tan ardorosamente han defendido algunos, los otros, los que estábamos en contra, deberíamos estar partiéndonos de risa. Lo malo es que, como siempre, son ellos los que se ríen de nosotros.