Quien Mucho Abarca

Blog de Hugo Martínez Abarca

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Sobre esta y otras imputaciones

He leído todo lo disponible sobre la imputación a Oltra.

El Tribunal y la fiscalía reconocen que no tienen pruebas. Dicen que tienen indicios indirectos. El único indicio que encuentro es que todos los funcionarios dicen que Oltra no tiene nada que ver con el caso. Y que, por tanto, dice la fiscalía algo tendrá que ver, porque es mucha casualidad que todos los funcionarios digan lo mismo.

Esto hace que la testifical sea una prueba diabólica. Si algún testigo dice que Oltra intentó que no se investigara, tenemos indicios de que intentó que no se investigara (lo dice un testigo). Si todos los testigos dicen que Oltra no intentó que no se investigara, también tenemos indicios de que intentó que no se investigara (¡qué casualidad! ¡eso tiene que estar coordinado!). Así que digan lo que digan los testigos, su testimonio lleva a la culpabilidad.

Ojo, esto no tiene nada que ver con la credibilidad de la denunciante. He leído por ahí que dónde estamos los del «Hermana, yo sí te creo«. Por lo que se conoce, el caso es complejo pero hay una condena por abuso. Está recurrida y supongo que pronto habrá sentencia firme. Pero que hubiera abuso es una cosa; que los trabajadores del centro intentaran taparlo y que lo hiciera por orden de Mónica Oltra es otra y eso no lo dice la denunciante ni ningún testigo. Eso es sobre lo que no encuentro razón alguna para dudar de la palabra de Oltra. O lo que es lo mismo: o alguien es capaz de enseñar algún indicio menos creativo o estoy plenamente convencido de su inocencia.

Desde 2014 la derecha (político-mediática) ha emprendido un acoso contra la izquierda y singularmente contra los nuevos espacios políticos emergentes (lo que llamábamos «espacio del cambio«). Se inventaron querellas falsas (desde aquella contra Tania Sánchez hasta la última contra Sánchez Mato y Celia Máyer, pasando por las decenas de inventos sobre la financiación de Podemos o recientemente los de Almeida y sus socios contra Más Madrid), organizaron cacerías por tuits antiguos…

El objetivo: que todos parezcamos iguales. Son conscientes de que su imagen de ciénaga corrupta y mafiosa es (justamente) irreversible. Así que, en vez de intentar limpiar su imagen, buscan enfangar la de todos. Para ello no les importa destruir la vida de gente. Nos consideran sus enemigos. Qué más da destruirnos. Mejor.

Una parte de la culpa es nuestra. Y lo asumo en primera persona porque en aquellos años fui de los que intentó poner un límite objetivo de lo aceptable: la imputación. ¿Por qué pusimos ese límite? Porque el objetivo era limpiar la política de corruptos y sinvergüenzas. También de corruptos y sinvergüenzas en la izquierda (eran los años de los ladrones de Cajamadrid, por ejemplo). A diferencia de nuestra derecha, muchos de nosotros hemos demostrado que cuando el corrupto está cerca lo denunciamos con más energía que cuando está lejos (un saludo, Moral Santín). Pero no puedes poner en un código ético que los corruptos y sinvergüenzas se tienen que ir. Va de suyo, pero todo el mundo niega ser un corrupto y un sinvergüenza. Así que lo establecimos en la imputación. Y lo hacíamos gente sin ninguna capacidad de forzar la imputación de nadie porque no teníamos recursos ni medios para emprender cacerías judiciales incluso en el caso de que estuviera en nuestro ánimo.

En realidad, lo suyo sería tener claro que cuando hay razones para pensar que alguien está usando la política para delinquir, tiene que apartarse. Pero eso es incompatible con la irracionalidad de una política (incluyendo la mediática) que combina los principios de la mafia con la incapacidad para el juicio racional del forofismo futbolero. Al tiempo, el límite de la imputación hace tiempo que no se aplica. Hay casos en los que el hecho de que el delito haya prescrito (Ayuso en Avalmadrid y Pablo Casado en el Máster) ya vale para declararse impoluto y pasar a la ofensiva. Probablemente nunca nadie sea imputado por los protocolos que provocaron la muerte de 7291 ancianos sin recibir asistencia médica en Madrid: como no hay imputaciones, no pasa nada, los responsables pasan a ser héroes.

No es fácil encontrar una solución, pero a estas alturas la defensa de la decencia más sólida que tenemos no es el criterio objetivo de la imputación sino los datos, la información y los argumentos: sabiendo que estos topan con el fanatismo y la propaganda, pero no tenemos mucho más.

Conseguir que imputen a alguien es relativamente sencillo. Basta una querella medio bien armada jurídicamente y un juzgado que no tenga como prioridad evitar que se use la justicia para acosar al rival político con denuncias sin ninguna solidez. Así que la derecha más mafiosa (desde Manos Limpias a Almeida, pasando por España 2000 y Vox en este caso) emprende querellas que saben que no llegarán a nada porque lo importante no es condenar a un culpable sino apartar de la política a un enemigo.

Hay otro error que hemos cometido. No ser suficientemente firmes frente a este ataque. Cada uno de estos ataques es demoledor. Lo es contra las personas a las que se ataca, cuya destrucción humana les da igual a los atacantes. También lo es contra el partido, el gobierno, el espacio… en el que está la persona atacada. Por eso muchas veces, pensando sólo en el presente más inmediato, se ha decidido entregar la pieza. Quitar competencias a un concejal porque se le ataca por unas bromas en twitter antiguas (encontradas a cambio de dinero cuya procedencia es dudosa, por cierto), apartar a personas por acusaciones que quedaron en nada… y que ya sabíamos que quedarían en nada cuando las apartábamos.

Para la gestión de cada ataque, entregar la pieza es útil. Muerto el perro se acabó la rabia. Supone, por nuestra parte, tanta desconsideración por la persona como la que tienen los atacantes: es sólo un medio para el partido y cuando el ataque es eficaz la persona resta más que suma. Pero eso le ha mostrado a los mafiosos que ese es el camino: atacar, atacar y atacar. Decir mil mentiras, convertirlas en cien querellas, de las cuales diez conseguirán la imputación… e ir acabando con el enemigo (que se entrega ataque a ataque) y como mínimo instalando que todos somos iguales.

No ignoro que el caso en concreto es muy arisco. El origen del caso es terrible y merece toda la prudencia y, sobre todo, el respeto para que nada manche a la chica que estaba bajo tutela, que, pase lo que pase, sólo merece cariño, protección, respeto y compasión. No conocemos su identidad y espero que no se conozca nunca y que pueda construirse una vida lo mejor posible. Los ultras han conseguido su objetivo: imputar a Oltra y generar un ruido asfixiante en un caso grave con un relato repugnante. Y ello en un momento en el que los matices en política sobran.

No ignoro que la gestión del caso es extremadamente difícil. Pero creo que precisamente por la dificultad hacía falta pausar un poco la reflexión. Ojalá pronto haya una decisión que haga justicia con Oltra. Con lo que llaman indicios ahora mismo la fiscalía y el tribunal, no debería ser difícil. No conozco personalmente a Mónica Oltra: pero con los datos que he leído no tengo ninguna razón para dudar de su absoluta inocencia.

Ojalá sepamos construirnos fuertes frente a los ataques de mafiosos y ultras: en la medida en la que sigamos siendo muy importantes para construir gobiernos decentes, modernos y que amplían derechos, libertades y futuro crecerán los ataques en número y en calidad. Si somos irrelevantes, entonces nos dejarán en paz.

Si me permite el consejo, Majestad

Posiblemente hoy el mensaje del rey Felipe VI remontará los decadentes índices de audiencia de los últimos años. Me he permitido hacerle unos consejos al rey sobre lo que creo que debería decir si quiere preservar la Monarquía. Lo podría decir cualquier monarca parlamentario europeo, pero sospecho que Felipe VI no lo hará.

Podéis leerlo en Cuarto Poder.

Juan Carlos I: investigar para que los españoles sepamos, saber para que los españoles decidamos

Llamar regularización a los 678.393,72 euros pagados por Juan Carlos I es un insulto. Lo que ha hecho Juan Carlos I es comprar aún más impunidad por ese dinero. Ahora ya sabemos que el rey de España durante 39 de los 45 años de monarquía robó tanto que cuando dejó de ser rey de España siguió robando hasta generar un fraude tributario de ese monstruoso nivel sólo con las tarjetas black royal. Y eso si hay alguien que se crea que esas tarjetas fueron donaciones de un empresario mexicano que generosamente ponía unas tarjetas a nombre de una familia española como quien apadrina a un niño necesitado en un país pobre; debe de haber alguien que crea que no eran, por ejemplo, el instrumento diseñado por la familia para gastar en España el dinero acumulado y escondido en cuentas, sociedades y fundaciones por todos los paraísos fiscales del mundo. Es decir: si hay alguien que se cree que esta regularización no es en realidad otro fraude para seguir tapando la ingente trama corrupta.

Sigue leyendo en Cuarto Poder.

Sí, es un problema. Y es malo para la Guardia Civil

Hay una función muy útil en twitter que es «silenciar conversación». De vez en cuando un tuit es molesta mucho a grupos de extrema derecha (de forma espontánea alguna vez, inducida en sus chats otras) y vuelcan una catarata de insultos (y alguna amenaza) que hace imposible seguir la conversación e imposibilita ver comentarios a otros tuits que puedan ser interesantes.

Ayer silencié la conversación con este tuit:

No pasa nada: uno está acostumbrado al clima que llevan instalando en las redes desde hace tiempo. Se bloquea a quien insulta, al anónimo molesto («si no da la cara, no da la vara») y llegado el caso se silencia la conversación.

Pero en este caso sí quería explicar por qué me resulta obvio que es un problema que en algunos ámbitos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado haya este sesgo ideológico tan rotundo.

En casi todas las profesiones hay sesgos ideológicos. Esto en algunos casos no tiene más interés que el sociológico: si el gremio de la reprografía y copistería estuviera en 2020 plagado de votantes del CDS, resultaría llamativo y es posible que pudiera hacerse un estudio curioso, pero no pasaría de ahí. En cambio si el 40% de los pediatras fueran antivacunas, nos preocuparíamos por el riesgo de un enorme problema de salud pública. No está prohibido ser antivacunas, aunque sea idiota es legítimo ser antivacunas y un pediatra que lo fuera tendría la dura obligación de ejercer su profesión contra sus ideas: así que uno preferiría que los antivacunas se unieran a los votantes del CDS en el gremio de la copistería y que la pediatría estuviera en manos de profesionales cuyo universo mental favoreciera la protección de la salud de la infancia. Parece razonable ¿verdad?

La policía, la Guardia civil, los jueces, el Ejército… tienen una función sagrada en una democracia: la defensa de los derechos, de la propia democracia, de la legalidad. A diferencia de en una dictadura, donde su función es la represión, la caza del disidente y la preservación de la injusticia. Eso es lo que pasaba hace unas décadas en España.

A priori lo esperable sería que la policía, la Guardia Civil, la judicatura… se parecieran lo más posible a su país. Es decir, lo normal sería que no hubiera diferencia entre el voto del conjunto de los jueces y del país. Si es distinto es que se produce un sesgo que puede tener su importancia democrática dada la importante función democrática de esas profesiones. Si ese sesgo reflejara que son especialmente pulcros con los derechos humanos y la democracia, podría resultar hasta un alivio del mismo modo que uno espera que entre los pediatras haya menos porcentaje de antivacunas que en el resto de la población.

Desde que apareció Vox sólo hay una única manzana dentro de la M30 en la que sistemáticamente Vox gana: la de la Dirección General de la Guardia Civil. En la ciudad de Madrid se le unen las zonas de viviendas de militares de El Pardo, cuyo origen es evidente.

Vox es un partido que, por ejemplo, niega la existencia de la violencia machista; es también un partido que niega expresamente la legitimidad de un gobierno democrático; un partido que se opone a toda medida de lucha contra el cambio climático y la contaminación porque el cambio climático no existe y es un invento de Soros; un partido xenófobo que niega los derechos más básicos a los inmigrantes que hay en nuestro país… La lista de excentricidades sería enorme pero hay algunas que tienen una grave repercusión democrática.

Las expuestas son algunas de las ideas de un votante de Vox que son ideas libres, pero contrarias a la actuación debida de la Guardia Civil: un guardia civil debe luchar contra la violencia machista, la Guardia Civil debe someterse a la autoridad civil democrática, un guardia civil debe perseguir los delitos medioambientales, un guardia civil debe garantizar los derechos de todas las personas independientemente de su lugar de origen y situación administrativa. ¿Seguimos?

Sí, claro que es relevante el sesgo ideológico de algunas funciones que repercuten en la vida pública. Lo es muy especialmente en cuerpos tan fundamentales para la democracia como la Guardia Civil: sería lógico ese sesgo para quien pretenda que siga teniendo la función con la que la dictadura enmerdó la memoria de la Guardia Civil, pero esa es una pretensión muy minoritaria, ¿verdad? Y cuando el sesgo que se observa está profundamente escorado hacia posiciones no democráticas y contrarias a la función (sagrada, insisto) que deben tener las fuerzas de seguridad en una democracia es algo preocupante para la democracia y muy especialmente para la Guardia Civil.

Defender España, defender la democracia, defender a la Guardia Civil es defender unas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que se parezcan a los españoles y que en todo caso destaquen por su convicción en defensa de la democracia y los derechos humanos. Por eso es preocupante que siga habiendo un sesgo en la dirección opuesta a la que desearía un demócrata. España hace décadas que no es así y eso es bueno. Es bueno para los demócratas, quiero decir.

2 de mayo en la corte de Isabel Díaz Ayuso (artículo en Cuarto Poder)

El pasado 29 de abril, tres días antes de nuestro 2 de mayo, la Comunidad de Madrid vivió un día especialmente triste que no se merecen los madrileños. Fue la primera comparecencia de nuestra presidenta desde que se suspendiera la actividad parlamentaria el 10 de marzo. Dada la gravedad de la situación era, de facto, un debate sobre el estado de la región. Pero Isabel Díaz Ayuso no quería debatir y aportar propuestas, esperanzas, al menos diagnósticos: quería salir del pleno siendo noticia nacional y lo consiguió.

Puedes seguir leyendo en Cuarto Poder.

Nuestros padres, nuestras hijas. Todos nosotros (Artículo en Cuarto Poder)

Uno de los grandes avances de la sociedad española en las últimas décadas ha sido una asunción de que todo movimiento emancipador es miope si no incluye una nítida defensa de las diversidades y de la emancipación de todas las identidades tradicionalmente subordinadas. El feminismo y el movimiento LGTB+ son la punta de lanza más visible hoy de una defensa la diversidad que se expresa en muchísimos ámbitos. En estos días de crisis sanitaria, en cambio, se ha expresado un supremacismo que tenemos tan interiorizado que casi ha pasado desapercibido: un supremacismo generacional.

En los primeros días, cuando parecía que el virus podría generar un problema sanitario muy inferior a la crisis que estamos sufriendo, se nos presentaba como alivio que el virus sólo era letal con las personas mayores y enfermas. Como si conforme se van cumpliendo años la vida fuera un derecho menos valioso. ¿Quién fue el primero a quien se le ocurrió contar la edad de los muertos no como un dato científico útil para entender la pandemia sino como un alivio útil para mantener la calma? Imposible saberlo: pasó desapercibido.

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Ayuso: cuestión de confianza

Isabel Díaz Ayuso fue investida presidenta de la Comunidad de Madrid en agosto del año pasado. Desde entonces, hasta hoy, no habíamos debatido en la Asamblea de Madrid un sólo proyecto de ley del Gobierno que preside: ni siquiera el preceptivo proyecto de presupuestos de 2020 que tenía que haber traído en octubre. Hemos discutido sus disparates, sus insultos, sus barbaridades y su intento de hacer política exterior como si la Comunidad de Madrid fuera un cantón independiente de España.

Hoy debatíamos la primera ley del Gobierno de Ayuso. Una primera ley pero que era clave porque define el proyecto político de su Gobierno: la reducción de impuestos (ridícula, para sólo 30.000 madrileños según el propio Gobierno) y por tanto el estrangulamiento del sector público (bajo el paraguas ideológico según el cual todo funciona mejor en la ley de la selva económica).

Por ello era toda una cuestión de confianza. Lo que hoy hemos votado es la estabilidad del Gobierno de Ayuso.

Ayuso y Lasquetty habían llegado a un acuerdo con Vox. Lo ha contado Lasquetty aunque oculta cuál era el acuerdo, qué gastos públicos había acordado recortar. E Ignacio Aguado, vicepresidente del Gobierno de Ayuso y líder de Ciudadanos en Madrid, ha bloqueado el acuerdo según ha dejado caer su compañero Lasquetty y ha contado Vox.

El Gobierno ha perdido la cuestión de confianza de facto. Es un Gobierno fracasado que no consigue aprobar una sola ley, que tiene un Gobierno roto y cuyo proyecto político carece de mayoría y es incapaz de gobernar.

Ciudadanos lo ha hecho bien. Por los motivos que sea, se ha mantenido firme contra la extrema derecha.

Ocurre que su Gobierno es imposible si es firme contra la extrema derecha: un Gobierno presidido por el fanatismo de Ayuso y la corrupción de 25 años del PP-Madrid sólo puede cabalgar a lomos de Vox. Si se gobierna con Ayuso es para servir a Vox. La alternativa es condenar a Madrid a cuatro años de colapso institucional y vergüenza política.

El Gobierno de Ayuso ha perdido la cuestión de confianza. La Asamblea de Madrid le ha devuelto la Ley al Gobierno y no la va a tramitar. Y lo ha hecho en un debate que ha mostrado el colapso y la quiebra interna del Gobierno. El Consejero de Hacienda, Fernández Lasquetty, y la Presidenta, Isabel Díaz Ayuso, no han podido sacar una ley fiscal por la negativa de Ignacio Aguado. La intervención de Lasquetty (PP) ha señalado a Vox como socio leal del Gobierno y ha explicado que pese a que había acuerdo, «no ha sido posible» (por el bloqueo de Aguado).

Cuando se pierde una cuestión de confianza cesa el Gobierno y se busca otra investidura o se va a elecciones. En una situación de facto análoga Ciudadanos tiene de nuevo la ocasión de formar parte de un Gobierno decente, que no esté atado al fanatismo ni a la corrupción. No sería el Gobierno que nos gustaría a otros, no sería lo ambicioso que desearíamos en materias sociales y económicas. Pero sería decente y, sobre todo, funcionaría.

Hoy ha caído el Gobierno de Ayuso. En la mano de Ciudadanos está si Madrid tiene un gobierno zombi que se arrastre hasta llegar a las elecciones de 2023 (si es que Ayuso no se venga de Aguado convocándolas antes) o si ponemos la Comunidad de Madrid a funcionar con un Gobierno decente, con mayoría suficiente y sin hipotecas anti democráticas.

Antes que al Gobierno, toca defender la democracia.

El acuerdo de gobierno entre PSOE y Unidas Podemos es, básicamente, una actualización del acuerdo de presupuestos que ambos firmaron hace algo más de un año. Tiene prácticamente todas sus virtudes y también la mayoría de sus carencias (olvidos, vaguedades, ausencias); genera los mismos posibles escepticismos. Aquel pudo ser un acuerdo histórico que por fin emprendía la puesta al día de España: algo tan modesto, tan urgente y que genera una reacción tan agresiva desde hace dos siglos como la puesta al día de España.

Desde que en octubre de 2018 PSOE y UP firmaron aquel acuerdo han pasado demasiadas cosas. ERC no supo ver la urgencia para Cataluña y también para ERC de dar y coger aire. Y echamos los dados en unas elecciones. PSOE y Unidas Podemos no supieron gestionar el resultado del 28 de abril y nos volvimos a ir a elecciones. Por el camino el conflicto catalán no ha hecho más que deteriorarse (con cárcel para los independentistas y deterioro institucional, especialmente judicial, para España) y a todos los demócratas nos amenaza el enorme crecimiento que se le ha regalado a la extrema derecha.

Volvemos al punto de partida con una única ventaja: que ahora hay cuatro años por delante salvo que vuelvan a conjugarse incapacidad e irresponsabilidad. España necesita agarrarse a esos cuatro años, a la concreción y profundización de las reformas insinuadas en el acuerdo de gobierno y también a la propuesta de reformas olvidadas, minimizadas o evitadas en el texto presentado ayer.

La reacción de la derecha (política-mediática) será la misma que lleva teniendo desde 1996 cada vez que no gobierna el PP: o gobierna el PP o gobierna ETA.

Cuando en 2004 perdieron las elecciones no tuvieron escrúpulos para utilizar la peor matanza terrorista que ha vivido España en democracia para mentir, escupir en la memoria de los muertos y negar legitimidad al Gobierno, al Congreso y a los jueces. Fueron los años del zETAp, de las risotadas de los corruptos y miembros de la Fundación España Constitucional Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, de la persecución contra las familias a cargo de los homosexuales y de la eterna ruptura de la España eterna. Fueron los años en los que el PP dinamitó el Estatut que habría proporcionado décadas de estabilidad territorial a España y generó la crisis de la unidad de España que seguimos sin saber solucionar.

Previsiblemente (y a la luz de las reacciones de ayer) la ofensiva contra el nuevo gobierno será aún más dura. No porque el gobierno de Sánchez e Iglesias vaya a ser más avanzado que aquellos primeros años de Zapatero sino porque ninguna de las cabezas de la hidra aznarista parece querer sacudirse los complejos de Colón: las tres cabezas políticas y las múltiples mediáticas vuelven a competir por ser la más de Vox, competición en la que, así a primera vista, tiene las de ganar Vox. Ni siquiera la Inés Arrimadas parece ser capaz de salirse del carril que lleva a convertirse prematuramente en Rosa Díez.

La hidra aznarista tiene un arsenal retórico que es puro golpismo: negación de la legitimidad democrática y del resultado evidente y reiterado de las elecciones, de las de abril y de las de noviembre e identificación de los poderes democráticos con criminales del pasado, porque la derecha española sí tiene memoria, claro que la tiene: lo que no tiene (y es una enorme desgracia para todos) es memoria democrática.

Hay razones para la esperanza y también para el escepticismo. Incluso para el cabreo y la crítica. Pero sobre todo hay un imperativo democrático y diría que hasta patriótico. España ha perdido demasiadas veces el tren de la Historia por una reacción que siempre antepuso sus privilegios a su país.

Antes que al Gobierno, toca defender la democracia.

¿»Estúpido»?

Si no me equivoco el único estudio que sistematiza desde un punto de vista académico la estupidez es «Las leyes fundamentales de la estupidez humana» del historiador de la economía Carlo M. Cipolla (1922-2000).

En este breve ensayo la Tercera Ley Fundamental (o Ley de Oro) sobre la estupidez humana nos dice que todo ser humano se puede ubicar en un cuadrante de esta representación gráfica:

En él las abcisas (x) son el beneficio (+) o perjuicio (-) que las acciones propias le causan a uno mismo. Así si atraco a un señor que acaba de sacar 200€ del cajero o si consigo un acuerdo de paz que termine con una guerra en mi país se situarán en el beneficio propio sin más consideraciones morales. Las ordenadas (y) son el beneficio o perjuicio que las acciones propias causan a los demás. El atraco arriba citado causaría un perjuicio a otros como también lo haría retirar medidas contra la contaminación de una ciudad.

Pues bien, de acuerdo con Carlo M. Cipolla (juro que la autoría es cierta y que no pretendo hacer ninguna broma con el caso concreto que traemos entre manos) «una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, incluso obteniendo un perjuicio.» Serían las ubicadas en el cuadrante E.

Se distinguirían de los malvados (M), que causan perjuicio a los demás en beneficio propio (por ejemplo: quienes arruinan a su país haciendo infraestructuras caras e innecesarias a cambio de sobres con dinero), de los ingenuos (H) capaces de soportar el perjuicio propio si causa beneficio a otros (por ejemplo, una adolescente que soportara insultos y ataques por protagonizar movilizaciones en defensa del planeta) y de los inteligentes (I) que logran beneficio para los demás al tiempo que para sí mismos (por ejemplo, tres jueces madrileños que hubieran parado el intento de Almeida y Villacís de dejar sin efecto Madrid Central y que mejorasen el aire para otros y también para sí mismos).

¿Dónde cabría ubicar a un señor que llega a alcalde de una ciudad y lo primero que hace es intentar desmontar una medida contra la contaminación que va en la línea de las principales ciudades del mundo?

Madrid Central ha reducido (ya con datos objetivos) la contaminación en Madrid, es decir, quitarlo (incluso, según se ha probado con datos, el propio acto fallido de intentar quitarlo) aumenta la contaminación en Madrid, es decir, empeora el aire que respiramos los madrileños y potencia enfermedades especialmente para niños, mayores y embarazadas. Ese alcalde, además, vive y trabaja en su ciudad, así que el perjuicio también es para él en tanto que ser humano que respira cotidianamente.

Sólo cabría manejar como hipótesis que exista algún beneficio que desconozcamos (no cabe ubicar aquí la satisfacción de su resentimiento contra el anterior equipo de gobierno: tendría que ser un beneficio medible, contante y sonante, que supere el perjuicio que él sufre por respirar peor aire). En ese caso el imaginario alcalde del supuesto teórico que estamos manejando sería un malvado. Podríamos conceder esa hipótesis como posibilidad que desmentiría que fuera un estúpido: que recibiera un beneficio privado que le convirtiera sólo en malvado.

Os recomiendo vivamente que leáis Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Suele estar editado en un pequeño librito titulado Allegro ma non troppo junto con otro ensayito que explica que el uso de las especias fue la causa determinante de la caída del Imperio Romano. Al final del ensayo tiene una serie de tablas como la que ilustra esta entrada para que en caso de dudas, como la que pudo suscitar ayer Javier Bardem, no nos dejemos llevar por impulsos compulsivos y, serenamente, utilicemos sistemáticamente el conocimiento teórico para contrastar la hipótesis de que tal o cual persona sea o no estúpida.

Espero haberos ayudado.

«Escépticos» del cambio climático

A nadie se le ocurriría definir a alguien que afirme que La Tierra es plana como «escéptico de la esfericidad terráquea»; ningún creacionista recibiría el título de «escéptico de la teoría de la evolución».

Un escéptico no es quien niega cualquier cosa sino quien exige evidencias empíricas antes de asegurar que sabe algo. Quien niega algo para lo que hay tal abundancia probatoria como la que hay de que el clima está cambiando a una velocidad sin precedentes fruto de la acción humana y que en caso de no detener tal cambio se destruirán muchos (más) modos de vida actuales no es «escéptico»: es o un chalado o un ignorante o alguien que miente a sabiendas para defender los intereses a corto plazo de una minoría privilegiada frente al futuro de toda la humanidad.

No niego que haya de los primeros (chalados e ignorantes) como los hay en cualquier otra materia: si hay Testigos de Jehova pasando días en la calle para intentar endosarnos una revistita que nos convenza de que es mejor dejarse morir que recibir tratamientos médicos eficaces, ¿cómo no va a haber quien se crea que efectivamente los paneles de datos científicos que evidencian la realidad no son más que montajes de Soros y el globalismo para que no cojamos aviones, desde los que veríamos los bordes de La Tierra?

Sin embargo, los voceros relevantes del negacionismo (cargos políticos, periodistas) saben que mienten con sus memeces. Decir, por ejemplo, que en otras épocas también hubo cambios climáticos es como negar que existan asesinatos porque de toda la vida de Dios la gente se ha muerto tarde o temprano; puede que haya quien se lo crea, pero nadie llega a presidente de los EEUU, de Brasil, dirige un partido con más de tres millones y medio de votos o se forra dirigiendo programas de radio y televisión siendo simplemente un imbécil.

Mienten a sabiendas. Y lo hacen como cuando los mismos niegan que exista una violencia específicamente machista, como cuando afirman que los extranjeros (de todos los países, sorprendentemente) delinquen más. Y como cuando tratan de convencernos de que las políticas sociales nos perjudican y que precisamente las políticas económicas que benefician a una pequeñísima minoría en realidad nos benefician a todos. Mienten, mienten a conciencia, mienten al servicio de una minoría que vive muy bien y mienten sin que les importa destrozar el futuro de la infinita mayoría de la población.

Ayer no faltaron menciones a los «escépticos» del cambio climático, que aprovecharon la inauguración de la COP25 para esparcir sus mantras. Maldito regalo que les hacen a estos jetas colocándolos en el sanísimo «escepticismo». No son escépticos ni sus mentiras merecen más respeto que cualquier chaladura de las que relegamos (o aupamos, según cómo lo miremos) a programas de entretenimiento friqui. Llévenselos a La Isla de los Famosos, pero no nos los pongan en los telediarios. Que no son escépticos, son estafadores.

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