Imaginemos que la noticia de agosto no hubieran sido los incendios en el ámbito rural sino un virus infantil.
Es probable que en las radios, televisiones y prensa se llamase a padres y madres de niños enfermos para que contasen su experiencia, los padecimientos del niño o si han podido ser atendidos rápidamente en el médico. Pero no les preguntarían cómo se previene la enfermedad, cómo se expande, qué medidas de salud pública hay que adoptar… eso se le preguntaría a pediatras, a investigadores, a virólogas o a autoridades sanitarias. Si alguien negase el conocimiento de los médicos y científicas diciendo que están encerrados en su despacho con una bata blanca y que «los que saben de niños» son los padres y madres que están todo el día con ellos, tendríamos muy fácil identificarle como un majadero capaz de hacer el programa más amarillo posible y como un peligro público que, en vez de difundir información útil que nos ayude a todos a evitar los riesgos, estaría poniendo en circulación una peligrosa mercancía averiada, que actuaría como obstáculo para generalizar medidas eficaces contra el virus.
Yo, que como padre conozco muy bien a mi hijo y lo he cuidado desde que nació, estaría dispuesto a jurar que cuando mi hijo se resfría es porque se abrigó poco. Cualquier persona con formación en medicina podría desmentirme desde su despacho, pero ellos qué saben, los que sabemos somos quienes tenemos hijos y mis abuelos ya mandaban a mis padres que se abrigasen para no resfriarse y, lo cierto, es que mis padres nunca enfermaron del virus infantil que hay este año. Qué sabrán esos científicos, si muchos ni tienen hijos.
En las redacciones de los medios de comunicación hay padres y madres que conocen muy bien a sus hijos. Los conocen tan bien que saben que de su salud sabe mucho más un pediatra, una investigadora, un científico… que ellos. Salvo medios de comunicación basura, que hacen de la expansión de bulos y de la negación del conocimiento un nicho de negocio e ideología ultra, en una situación como la descrita nadie pensaría que los padres y madres son «los que saben», precisamente por conocimiento y respeto a lo que significa ser padre o madre.
Estas semanas de incendios forestales hemos asistido en los medios más serios a un honesto pero imprudente ejercicio de comunicación sobre gestión forestal, prevención de incendios, normativa de limpieza y gestión de montes… equivalente a la descrita sobre la pediatría. Decenas de personas que viven en el mundo rural nos han explicado por qué había que desobedecer las peticiones de seguridad que hacián las autoridades (bomberos, guardias civiles…), nos han contado que en el campo no se puede hacer nada de lo que hacían sus abuelos, que en el monte no se puede ni coger una piña del suelo…
La gran mayoría de los incendios «provocados» que hay son precisamente por imprudencias, muchas veces porque alguna persona de las que saben del campo hacen en el campo cosas que no se deberían hacer pero que aún se hacen. Algunos de los que denunciaban prohibiciones, cuando les dejaban hablar se referían a serrar árboles en parques nacionales… efectivamente hay cosas que no se pueden hacer en el campo porque a uno le dé la gana, eso que hemos avanzado. Ha sido casi imposible encontrar a expertos en gestión forestal, estudiosos o profesionales del apagado de incendios o de gestión de emergencias explicando por qué en el siglo XXI se hacen las cosas como se hacen, que es hacerlas mejor y con más rigor que «cuando nuestros abuelos» (época en la que sí se provocaban incendios para buscar una recalificación, por ejemplo). En los pocos espacios en los que alguien con mejor información desmentía esas falsas prohibiciones de limpiar el monte, siempre había alguien que explicaba que «bueno, pero esa es la sensación que tienen los que saben y no podemos negar esa realidad»: y es cierto que es una realidad que muchos lo creen, pero esa creencia no es fruto de una normativa inexistente sino de la propaganda que se ha contribuido a fomentar.
En realidad, esa información ha sido (en los mejores casos de forma involuntaria) una exhibición de ese paternalismo con el que miramos al campo desde la ciudad. Nunca se nos ocurriría que los de ciudad sabemos cómo se construye un túnel de metro o cómo se debe organizar la recogida de basuras porque como vivimos dentro de la M30 somos los que sabemos mucho más que nadie encerrado en su despacho. Miramos al campo por encima del hombro como un espacio exótico ajeno al conocimiento, al estudio, a la experiencia y entregado al conocimiento ancestral. Ese aparente respeto por los que saben es en realidad una forma de paternalismo con la que miramos a un mundo en el que lo ancestral prevalece sobre el conocimiento, la ciencia, la técnica y el rigor.
Las personas que viven en las zonas devastadas por los incendios tienen mucho que contar: su sufrimiento, su angustia, su miedo, las necesidades económicas, afectivas, sociales… pero por ser de campo no saben más de gestión forestal, de prevención de incendios y de normativa medioambiental que quienes estudian y conocen el tema e incluso muchas veces se juegan la vida por defender el bosque y el monte.
La desinformación mata la democracia y desprestigia las políticas que se adoptan desde el conocimiento, la razón y la experiencia. Y, a veces con la mejor de las intenciones pero desde un paternalismo peligrosísimo, este verano se ha dado alas a la desinformación que dificultará que este invierno se adopten medidas para que el verano que viene no pase lo mismo.
