Quien Mucho Abarca: Quien Mucho Abarca

Vox: el esqueje

Ha pasado ya una semana del resultado de las elecciones andaluzas y hay suficientes datos como para analizar con un poco de sosiego. Frente a la primera impresión, en Andalucía no ha pasado (ni está pasando en España) lo que en Francia con Le Pen. No hay una extrema derecha/fascismo/populismo de derechas que esté recogiendo una indignación popular y canalizando el voto obrero que antes votaba a la izquierda.

Los votos de Vox salen, como sus dirigentes, del Partido Popular. Si el PSOE y Adelante Andalucía (Podemos e IU) han perdido votos y no suman mayoría no es por la irrupción de Vox sino porque cientos de miles de sus ex votantes no han votado, no porque hayan votado a Vox. Las encuestas que estudian trasvases de votos y el análisis de los colegios electorales donde ha crecido Vox así lo demuestra: son, en su infinita mayoría, ex votantes del PP.

Tampoco el discurso, las propuestas ni siquiera la estética apelan a esa temida transversalidad y modernidad que sí logra Le Pen en Francia (por ejemplo) o que lograron los fascismos europeos en los años 30. Las propuestas de Vox son las del PP y Ciudadanos más dos vueltas de rosca y un eructo. Nos estamos fijando mucho en las propuestas machistas (calcadas de lo que decía Ciudadanos hasta 2015), en las xenófobas (indistinguibles de los discursos del PP cuando se les suelta la lengua) y en las nacionales.

También llama la atención ese discurso que responde agresivamente contra las conquistas de libertades civiles para el colectivo LGTBI y las mujeres; o que se centra en la defensa de la tauromaquia a la que no está atacando nadie más que el desinterés de las nuevas generaciones de españoles, o ese catolicismo rancio que intenta superar la propia Iglesia Católica porque se queda sin grey. Una respuesta identitaria de la España de cerrado y sacristía frente a la rápida secularización de una España cada vez más cosmopolita, europea, abierta y moderna.

Pero nos fijamos poco en las económicas y sociales. También son idénticas a las de PP y Ciudadanos más dos huevos duros. Pero en este caso es mucho más relevante porque ya no apela a cuestiones culturales ni viscerales sino al bolsillo: las pensiones mínimas deben ser complementadas con los ahorros del pensionista, las cotizaciones de la Seguridad Social pueden ir a fondos privados, el IRPF será del 20% para todos los españoles independientemente de la renta salvo lo que supere los 60.000 euros que tributará al 30%, rebaja en el Impuesto de Sociedades… es decir, desmontar lo público, manipular la balanza social en favor (aún más) de quienes más tienen.

Vox no enfrenta a los últimos con los penúltimos. Vox enfrenta a los primeros con el resto. De momento. Vox no es Marine Le Pen en un barrio de Marsella. Vox es Esperanza Aguirre aparcando en el carril bus para ir a jugar al bridge.

Junto a las rentas altas, Vox está apelando a un voto profundamente conservador, viejuno; Vox, afortunadamente, tiene un discurso rancio que no construye una España nueva sino que se aferra a las identidades de una España que pudo ser, pero ya no es. Si en política hay un eje viejo-nuevo (donde PP y PSOE serían lo viejo frente a Podemos y Ciudadanos que serían lo nuevo) Vox hoy está cavando la trinchera en la defensa de lo más viejo. Vox es el Alcázar, es Numancia, es una España atrincherada que se siente agredida por una España nueva que no entiende. Algo muy diferente (y menos peligroso) que las extremas derechas europeas, populares, sociales y modernas.

Pero obviamente, no le faltarán consejeros. Y le explicarán que puede quedarse en una escisión del PP, en un esqueje que no puede crecer más que a la sombra de su planta matriz, pero que eso le genera un techo muy bajo.

Ahora mismo el principal riesgo es que seamos los demócratas quienes convenzamos a todo el mundo de que Vox es Le Pen, ese fenómeno autoritario y antiliberal pero también transversal, popular y moderno que está amenazando las democracias europeas desde los barrios obreros. No es eso, está lejísimos de serlo. No se lo regalemos.

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Cuando “constitucionalista” ya no es sinónimo de “demócrata”

En 2002 Aznar aprobó una resolución en el Congreso del Partido Popular que reivindicaba una cosa que llamaron patriotismo constitucional. Usaban el nombre de una propuesta del filósofo Jürgen Habermas para darle la vuelta: una propuesta republicana que apostaba por vincular el patriotismo a instituciones democráticas en vez de a la nación se convertía en un discurso que subordinaba las instituciones a una idea de nación española muy concreta. Aznar (y los medios y partidos que lo acompañaron) fue el primero en usar la Constitución como martillo de herejes y redujo su contenido simbólico a la unidad de España (entonces frente al PNV) y a la monarquía.

La propuesta le fue útil como partido: desde entonces usamos constitucionalista como martillo de herejes que define a quien antepone como principios irrenunciables a cualquier cosa la unidad nacional y la monarquía. Pero fue suicida para el sistema político e institucional. Como muy bien explicaba ayer Sebas Martín no hay indicio tan ostensible de la crisis que atraviesa la Constitución que el intento de apropiación de su marco normativo por parte de ciertos partidos. De simbolizar un espacio ecuménico de convivencia, donde cabían todas las expectativas que se adecuasen a sus principios y reglas democráticos, la Constitución vuelve a ser, otra vez en nuestra historia, un artilugio banderizo instrumentalizado por facciones.

El relato de la Transición de los 90 era extremadamente eficaz: la Transición, la Constitución, acogían en su seno a todo el mundo salvo a fascistas inadaptados y terroristas contumaces. El resto, ex franquistas, socialdemócratas, comunistas, nacionalistas, demócratas cristianos… no es que cupieran en la Transición, es que eran sus autores, sus dueños. Pero con el giro aznarista la cosa cambió: se nos explicó que la Transición, la Constitución… era una cosa de las derechas españolas en la que más nos valía estar a los demás. Esa arma propagandística que sigue usando el aznarismo repartiendo carnés de constitucionalistas (ahora se lo quita al PSOE y se lo da a Vox) puede ser eficaz para la derecha española, pero condena al Régimen de la Transición a su superación: al pasar de ser transversal a ser de la derecha, sólo falta encontrar un nuevo imaginario de transversalidad para paliar la orfandad nacional.

Ayer aprovecharon el 40º aniversario de la Constitución para defender la maltrecha monarquía (la portada de La Razón parece la única transparente sobre qué se intentaba ayer: el acto de homenaje a la Constitución “se convierte en un homenaje a la Corona“). Sin duda la derecha ha conseguido hacer de constitucionalismo un sinónimo de defensa en concreto de la Constitución del 78 y ha reducido la Constitución del 78 a unidad nacional y monarquía.

La ventaja de la irrupción de Vox es que esta extrema derecha es nítidamente nacionalista española y monárquica. Por eso es coherente que la incluyan en el club cada vez más estrecho y tenebroso del constituionalismo. Pero por eso también es más urgente que contrapongamos un espacio mucho más amplio y esperanzador que sea el de los demócratas, el de quienes queremos una Constitución que no se fundamente en la indisoluble unidad de España (que puede ser un postulado constitucional pero no el fundamento de la Constitución) sino en la voluntad del pueblo español, en sus derechos y libertades.

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1948, 1978, 2018: Aniversarios para el futuro (artículo en La Mirada Común)

El 6 y el 10 de diciembre se cumplen dos aniversarios redondos de dos hitos de nuestra Historia reciente. El 6 de diciembre se cumplieron 40 años de la aprobación en referéndum de la Constitución de 1978 con la que se quería poner fin a la dictadura y abrir una época nueva para España. El 10 de diciembre se cumplirán 70 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos con la que se quería decir adiós a los fascismos y abrir una época nueva para la Humanidad.

Puedes seguir leyendo en La Mirada Común.

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La derecha española sigue siendo otra cosa

De entre las reacciones por la llegada de Vox, una que hemos tenido mucha gente es cierta resignación más o menos aliviada: pues mira, ya están aquí, como en todo el mundo. Nos habíamos hecho mil análisis explicando la rareza de carecer en España de la extrema derecha que está creciendo en toda Europa (menos Portugal) y en grandes países del mundo: que si el 15M y Podemos habían vacunado a España de este virus, que si en España no necesitábamos odiar a los inmigrantes porque ya odiábamos a los catalanes… Ya no hace falta preguntárnoslo más: se acabó la rareza y cuando haya nuevas encuestas sobre toda España lo constataremos mucho más.

Pero la irrupción de Vox sigue arrojando rarezas en nuestra derecha básicamente inéditas en la Europa occidental.

Por un lado, el propio programa y discurso de Vox no es exactamente homologable al de Marine Le Pen y otras extremas derechas análogas. En Europa (y en Estados Unidos) la extrema derecha es antielitista y antineoliberal y no excesivamente rancia en aspectos morales (recordemos, por ejemplo, a Pim Fortuyn, el líder xenófobo holandés que fue asesinado y que no tenía ningún problema con su homosexualidad). Los ultras europeos se parecen, en eso, a los fascismos de los años 30, que eran modernos, laicos e inteligentes, antielitistas y con un componente social importante. Vox, en esto, se parece mucho más a lo que fue el segundo franquismo español, tecnócrata y opusino: sus propuestas económicas son más neoliberales que las del PP, sin una sola propuesta de carácter social conocida, nunca critican a las élites políticas ni económicas (empezando por el rey, cuya defensa aparece en el tercero de los cien puntos programáticos de Vox) y se anclan sin ninguna duda en la versión más rancia del catolicismo español, en defensa de la “familia natural” (sic) y con propuestas claramente machistas y homófobas.

La diferencia más preocupante, con todo, no se encuentra en Vox sino en el resto de la derecha española. Al conocer el resultado andaluz, el líder de los “liberales” europeos felicitó a su referente español, Ciudadanos, “sin embargo, el éxito de la extrema derecha debería preocuparnos a todos. Habrá una batalla por el alma de Europa en los comicios europeos de mayo“. La derecha europea occidental no ha tenido dudas en introducir un cordón sanitario frente a la extrema derecha. Ni Macron, ni Chirac ni incluso Sarkozy coquetearon con el Frente Nacional (aunque alimentaran sus ideas); ni Merkel encuentra ninguna prioridad política que no sea una clarísima línea de separación frente a Alternativa por Alemania. En cambio, en España, PP y Ciudadanos en ningún caso se niegan a ir de la mano de Vox y sonroja escuchar a Albert Rivera contestar patéticamente que “no soy analista político” cuando le preguntan qué es Vox.

Teníamos camuflada la caja de Pandora. Y de repente ha salido a la luz, la hemos abierto y ya están los monstruos entre nosotros. Y lo más terrible es que aquí tenemos a demasiados prometeos que, en vez de buscar la esperanza en el fondo de la caja, se ponen a bailar con los monstruos liberados.

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Polo democrático

Las elecciones andaluzas cambian el país. Es una obviedad. La hidra aznarista va a gobernar, deja de ser una hipótesis y la extrema derecha se convierte en la fuerza de moda. Comienza un nuevo ciclo histórico en España que tenemos que leer con urgencia pero sin brochazos ni tics.

Democracia, feminismo, derechos humanos y ecologismo son los cuatro motores que pueden construir un futuro ilusionante para el país, que resista a la alianza de corruptos, demagogos, oportunistas y reaccionarios que toma las riendas de Andalucía mirando a España. En torno a esos cuatro motores hay que construir una unidad cuya base son hoy, sin ninguna duda, las grandes ciudades: el principal motor ahora mismo de modernización, futuro, alegría y dignidad de nuestro país.

España no entra en crisis política hoy. Lo lleva estando tiempo. Precisamente por ese deterioro democrático que se consagra hoy en Andalucía. A la crisis política e institucional que teníamos la única respuesta de cambio se la están dando las ciudades y están funcionando, por eso son la gran esperanza de España, por eso hay que defenderlas sin media tontería.

Junto a las ciudades, sólo el feminismo está en marcha como movimiento emancipador vigoroso. Por eso es el principal enemigo de la hidra: Vox recupera aquella propuesta de Ciudadanos de eliminar la violencia machista del Código Penal para diluirla en una violencia intra familiar y confronta, como Casado, con “las ideologías de género”, es decir, con el feminismo y con los derechos del colectivo LGTBI, es decir, con los derechos de todos.

El feminismo y las ciudades son hoy el principal motor de una España alegre y moderna frente a esa alianza triste, rancia y turbia.

No es el momento de trincheras sino de horizontes. Las trincheras y los eslóganes de identidades por desgracia derrotadas abren las puertas de la hidra. Necesitamos contar un reto ilusionarte que no es tanto derrotar al fascismo construir construir una democracia ambiciosa y fuerte con la bandera de los derechos humanos. A este lado los que defienden todos los derechos humanos, su conquista efectiva para todas las personas que viven en España. Al otro los que desmantelaron el derecho a la vivienda y al trabajo, los que atacan los derechos de las mujeres y de inmigrantes y refugiados, los que quieren devolver España a ese oscuro pasado tenebroso y mugriento del que la España del siglo XXI ha conseguido huir con tantísimo esfuerzo.

Democracia, feminismo, derechos humanos y ecologismo. Desde las ciudades. Sonriendo, que es la mejor forma de enseñar los dientes.

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El ridículo

A las 8 de la mañana el alcalde de Alcorcón, diputado del PP en la Asamblea de Madrid, conocido por su machismo y su lucha contra la libertad y la igualdad, tuiteaba que la puesta en marcha de Madrid Central le recordaba a la construcción del Muro de Berlín. Pocos días antes una columnista de El Mundo encontraba el trasfondo común (“salvando las distancias, claro”) entre el gueto de Varsovia y Madrid Central. El vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Pedro Rollán anunció hace unos días: “lo que tendrá lugar es el caos, desabastecimiento, pérdida de vida, pérdida de identidad en los comercios que dan sentido a Madrid Central, pérdida de empresas, pérdida de puestos de trabajo“.

La campaña apocalíptica del PP y Ciudadanos (y su pesebre mediático) de estas semanas anunciando el Apocalipsis, el totalitarismo liberticida y las mil mandangas con las que Begoña Villacís, quien la acompañe del PP en cada momento y el mal llamado gobierno de la Comunidad de Madrid han sido, de nuevo, ridículas. A las 12 horas ya empezaban a recular y lo que explicaban es que Madrid Central no es para tanto, que es una medida fake, que es sólo ampliar las áreas de prioridad residencial que ya existían, que era inútil porque no se veían comandos policiales persiguiendo a conductores…

Este Ayuntamiento de Madrid ha modernizado mucho la ciudad, pero sin duda una de las mejores ayudas que va a tener en las elecciones de mayo de 2019 habrá sido la patética oposición que ha tenido, con continuas oposiciones a obviedades, anunciando la llegada del anticristo por un carril bici o por una cabalgata de reyes, apoyándose en organizaciones fascistas para detener en los juzgados el adecentamiento democrático del callejero, atacando toda medida por la modernización de Madrid. Como en 2015 ayudó mucho el ridículo de Esperanza Aguirre anunciando los soviets de distritos que los madrileños hemos podido contemplar estos cuatro años. Han anunciado mil desastres; han hecho esas mil veces el ridículo.

Han sido cuatro años de patética lucha contra el tiempo, de intentar volver a una ciudad de los años 60, al desarrollismo tecnócrata que medía el progreso en humo.

Ayer volvieron a tomar a los madrileños por gilipollas haciendo como que no habían dicho lo que esa misma mañana habían cacareado. Los madrileños no son gilipollas. Todo lo contrario. Y en mayo se lo dirán muy clarito.

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Miedo a la democracia

Estos días se están celebrando en muchas universidades españolas consultas populares sobre monarquía o república. Y este domingo 2 de diciembre habrá más de cien mesas por todo Madrid donde la gente pueda votar en consultas análogas. Evidentemente el lunes nadie proclamará la república o asumirá la monarquía en función del resultado. Estas consultas son un ejercicio libre, pacífico y democrático de libertad de expresión de gente, fundamentalmente joven, que tiene una opinión legítima sobre su país y quiere expresarla. Y tienen un potencial inmenso de futuro porque las mueve gente común con una propuesta sensata de país al margen de ningún partido.

Hace un par de días el PP de Madrid organizó una charla con el asombroso título ‘Estado de derecho como garantía de libertad‘ en la que al parecer se explicó como saltarse el Estado de derecho para vulnerar la libertad. La oradora (Isabel Díaz Ayuso, la jefa de la comunicación del PP de Casado, viceconsejera de Presidencia de la Comunidad de Madrid, conocida por diferenciar entre musulmanas y españolas, por atacar el feminismo y acosar en público desde el gobierno a Telemadrid por informar sobre la inauguración de Gran Vía) anunció que emprenderían acciones legales contra estas consultas porque son “ilegales” y sirven “para alentar el odio”.

Es evidente la legalidad de las consultas, que son un nítido ejercicio de libertad de expresión y además es un instrumento de manifestación de opiniones que se ha utilizado muchísimas veces (contra la privatización del Canal de Isabel II que intentó el PP, por ejemplo, votaron 167.000 personas). Y, para cualquier persona con mínima sensibilidad no ya democrática sino simplemente racional, es evidente que en absoluto significa alentar el odio algo tan legítimo como expresar la voluntad de un cambio político e institucional en clave democrática y modernizadora. Sólo los discursos que defienden dictaduras, porque la democracia divide al pueblo, puede encontrar odio en la expresión democrática y pacífica de una propuesta absolutamente legítima para su país.

Si el PP piensa que una expresión así debe ser ilegal y alienta el odio, el PP se está haciendo un retrato como un partido fanático y profundamente autoritario.

Lo verdaderamente interesante es la alergia que produce a las élites políticas y empresariales que han podrido nuestras instituciones (las instituciones del 78, por cierto) que haya movimientos populares que propongan un cambio sustancial para España vertebrado desde la democratización de la jefatura del Estado. Como es revelador el miedo del CIS a volver a preguntar sobre la cuestión tras el enésimo (pero primero con Felipe VI) suspenso de la monarquía en 2015. Hay toda una corte corrupta que ha vivido muy bien a la sombra de Zarzuela y que necesita la supervivencia del tinglado.

Si España es una democracia consolidada, si la Transición salió tan bien, si libertad sin ira libertad y si no la hay sin duda la habrá, si habla pueblo habla… ¿qué miedo tienen al pueblo? ¿Tan seguros están de que a poco que la gente debata, hable, opine, se exprese… pondremos en marcha un país distinto más difícil de parasitar por los corruptos? ¿Siguen manejando encuestas como aquella de Suárez que le llevó a no consultar sobre la monarquía porque igual los españoles querían otro futuro para su país?

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Cómo la aplaudían

El día antes de que la mafia del PP publicara el famoso vídeo de Cristina Cifuentes en Eroski, una amiga presentaba un libro. A la salida, en las cañas, la comidilla era el asunto del máster. Recuerdo estar comentando que en la Asamblea daba la impresión de que la propia Cristina Cifuentes se creía sus mentiras. Tal era su aparente convicción compatible con versiones cambiantes, contradictorias y completamente inverosímiles cada una por sí mismo. Lo recuerdo porque comenté que por primera vez empezaba a creerme la leyenda urbana de que Cifuentes tenía un problema de cleptomanía porque la convicción con la que defendía que sí había hecho lo que ya todo el mundo sabía que no había hecho no era sana. Me recordaba a la convicción con la que Chus Lampreave en Bajarse al Moro robaba baberos  y corbatas a decenas convencidísima de que los necesitaba urgentemente.

La convicción de Cifuentes no tenía nada que ver, por ejemplo, con el cinismo esquivo de Pablo Casado, que no trató de convencer de una mentira sino de arrinconarla para que no le estorbara.

Quienes sabían tan bien como el resto (o probablemente mucho mejor) que Cifuentes estaba mintiendo, que ella, como otros compañeros, se había beneficiado de una trama corrupta en la Universidad Rey Juan Carlos eran sus compañeros diputados de la Asamblea de Madrid y miembros de su gobierno. Cuando compareció en la Asamblea de Madrid era ya tan evidente que todo era mentira que ya no esgrimió el acta que había enseñado en su patético vídeo de media noche porque la mañana de aquel pleno se había publicado que las firmas de aquella acta eran falsas.

Al terminar el discurso de Cifuentes todos los diputados, todos los consejeros y las decenas de alcaldes del Partido Popular en la Comunidad de Madrid que fueron a arroparla desde el público de la Asamblea de Madrid se pusieron en pie a aplaudirla (por cierto: fue la única vez en toda la legislatura que la presidenta de la Asamblea de Madrid, Paloma Adrados, permitió que el público aplaudiera una intervención). Entre ellos sobresalía Rafael Van Grieken, consejero de Educación, ex vicerrector de la Universidad Rey Juan Carlos y jefe de Maite Feito, su asesora que fue a la Rey Juan Carlos a garantizarse una coartada pactada que incluyó el acta falsa que esgrimió Cifuentes, detalle por el que Cifuentes no ha podido esquivar a los tribunales como Casado.

Pocas semanas después Cifuentes tuvo que dimitir porque el PP le puso en la cama una cabeza de caballo: el famoso vídeo. Y Ciudadanos tenía que elegir. Podía haber aseado la Comunidad de Madrid, había opciones decentes para un tránsito puramente higienizante hasta las elecciones de mayo de 2019. Y Ciudadanos decidió que no, que mejor mantener a Van Grieken, al PP que tanto ha robado y mentido y tanto ha aplaudido a ladrones y mentirosos. Ciudadanos decidió, como siempre, mantener a la mafia al mando de la caja pública.

Cifuentes es historia oscura de la Comunidad de Madrid. Ojalá resuelva los problemas personales que tenga; ojalá tenga una sentencia justa. Pero la mafia que la aplaudía es presente de la Comunidad. Ahí está hoy el problema.

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194.232 eméritos e irresponsables euros

194.232 euros al año, aproximadamente el doble que el presidente del Gobierno, cobra Juan Carlos I, a quien ahora llamamos rey emérito. En la facultad un profesor emérito era aquel que ya tenía edad para haberse jubilado pero ni él quería dejar de dar clases ni la comunidad universitaria quería desaprovechar los conocimientos del profesor. No sabemos muy bien qué es un rey emérito, pero por lo que cobra Juan Carlos I es evidente que tiene tareas de Estado, que de alguna forma sigue siendo un poco rey como un profesor emérito sigue dando algunas clases.

El pasado domingo Juan Carlos I apareció en público. Fue a Abu Dhabi para ver una carrera de Fórmula I. Y allí se encontró con un príncipe saudí llamado Mohamed bin Salmán, a quien la CIA señala como el responsable del asesinato del periodista Jamal Khashoggi en la embajada saudí en Estambul. Y le saludó efusivamente porque Juan Carlos de Borbón es una persona campechana y espontánea, y es de bien nacidos ser agradecidos. Y Juan Carlos de Borbón tiene mucho que agradecer a la dinastía saudí, que serán unos asesinos y líderes de la más cruel (como mínimo ex aequo) tiranía del planeta, pero bien que han sabido agradecer en persona a Juan Carlos I que España comprara su petróleo aunque fuera más caro o que los constructores de la corte construyeran mal que bien el AVE de La Meca a Ryad.

Lo sorprendente no ha sido que Juan Carlos I, rey emérito de España, exhibiera una vez más su afecto por criminales saudíes, que a eso ya estamos hechos. Lo alucinante fue cómo el Gobierno español y la Casa Real han respondido a las preguntas sobre el tema. Zarzuela comunicó que el saludo fue “estrictamente protocolario”, como si Juan Carlos fuera un hombre que reprimiera sus impulsos para someterlos al estricto protocolo (“¿por qué no te callas?”), como si la relación de Juan Carlos con la monarquía saudí no superara con mucho no ya lo protocolario sino lo legal desde los años 70, como si el protocolo rezase que, ante un tipo que está acusado de ir por el mundo asesinando mediante descuartizamiento y disolver en ácido a periodistas, hay que mostrar cariño y amistad, a ver si a base de buenos sentimientos se reinserta.

Desde Moncloa la cosa ha sido peor: “No vamos a entrar a valorar lo que hace el rey emérito“. ¿Cómo que no? Hace unas semanas PSOE, Ciudadanos y PP se negaron a investigar los chanchullos de Juan Carlos I denunciados involuntariamente por quien confesaba haber sido su testaferra porque el rey de España no está sometido a control político. Es decir, al menos políticamente, mantiene la irresponsabilidad. Y en España la irresponsabilidad del rey quiere decir que otro es responsable de sus actos: el gobierno de España.

Si nadie va a entrar a valorar lo que hace Juan Carlos I, nadie debe pagar un euro a Juan Carlos I. O tiene labores de Estado y debe responder ante el Estado, o debe perder todo privilegio: desde el blindaje judicial al enorme sueldo público que maneja. No va a tener problemas para vivir de sus ahorros: de hecho por eso le tiene tanto cariño a los criminales saudíes.

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Es la antipolítica, amigo

Cuando eclosionó el 15M y después con la irrupción de Podemos hubo muchos dirigentes políticos que no entendieron nada. Acusaban a lo que estaba sucediendo de ser la antipolítica, y por tanto la antidemocracia. Su denuncia de cómo funcionaban los partidos políticos realmente existentes entonces (unos como una máquina de podredumbre antidemocrática, otros como un aparato comprobadamente ineficaz para vencerlos) se quiso leer como un discurso general contra los partidos y contra la política.

Y se caricaturizó todo aquello como un discurso antidemocrático (joseantoniano), meritocrático (“el gobierno de los mejores”) y caudillista (recordemos las reacciones al er la papeleta europea de Podemos). Frente a ese diagnóstico, por supuesto, ofrecían los mecanismos democráticos de los partidos, fuera de los cuales está el infierno como demuestra la Constitución del 78 cuando explica (con estrechez democrática) que los partidos son el instrumento fundamental para la participación política. No prestaron atención a que la ciudadanía estaba yendo en masa a participar de eso que ellos denunciaban como caudillista y meritocrático mientras se quedaban solos con su gesto arisco explicando que la democracia se hacía como querían ellos. Son tics del pasado pero que reaparecen como si fueran otra ley de hierro de los partidos políticos.

Desde entonces el sistema de partidos español ha cambiado muchísimo y tiene pinta de no haber terminado su cambio aún. Empezó a cambiar, por cierto, cuando aquellos maestros de democracia retaron a los de la antipolítica a montar un partido y presentarse a las elecciones. Y si algo ha empapado retóricamente el cambio en los partidos es la exigencia de que sean organizaciones internamente democráticas hasta el punto de que organizaciones monolíticas y cupulares como PP y Ciudadanos simulan tener votaciones internas.

Parece intuitivo que quien cree que un partido es algo que una persona monta para que otros cumplan órdenes, quien quiere un colectivo uniforme y militarizado, quien premia a los sumisos con sobres y castiga a quien lo merezca con dosieres y vídeos en prensa, quien confunde la lealtad al colectivo con la sumisión a la cúpula, gobernará el país con una ética semejante. Uno puede entender que un partido demócrata se organice con una cultura militar cuando vive en la clandestinidad; cuando lo hace en democracia podemos sospechar que no es un partido para gobernar en democracia sino algo más parecido a una mafia que quiere mangonear un país: el ejemplo del PP es evidente.

La democracia interna es, sobre todo, una decisión práctica e inteligente en una organización política del siglo XXI que quiera ser grande, incluso gobernar.

Es imposible un partido importante sin unas bases grandes y movilizadas. Pero en el siglo XXI y en un país con un margen de libertades real, casi nadie quiere ser militante de un ejército o una secta; y quien quiera serlo aportará mucho esfuerzo pero muy poca cabeza. Uno milita para ser útil, para estar razonablemente informado de la vida del partido, para que sus posiciones se tengan en cuenta, para que los debates en los que participa sirvan para conformar las posiciones del partido no sólo cosméticamente.

Y además, un partido que quiera ser grande, incluso gobernar, tiene que ser muy diverso, tiene que abarcar un amplio abanico político. Por eso la democracia interna de un partido es válida si es un instrumento también para enriquecerse (incluso fomentar) el pluralismo. Ese pluralismo, además, puede ser una garantía de controles internos frente a los excesos y la corrupción. E incluso si se sabe gestionar fraternalmente, el pluralismo permite siempre pensar colectivamente mejor, es decir, ser mucho más inteligente y eficaz.

En un país la democracia es una cuestión moral: los ciudadanos tenemos derecho a gobernar el país en el que vivimos y los países no son propiedad de nadie más que de todos los ciudadanos. En los partidos es, sobre todo, una cuestión práctica y que no se mide sólo con instrumentos nominalmente democráticos (recordemos, por ejemplo, que el PSOE lleva muchos años haciendo primarias, compatibles con que el aparato se cargue al vencedor si no es apropiado) sino que sobre todo debe buscar la promoción real de la diversidad interna y la participación cotidiana y real de la gente que quiere militar. La democracia en la vida de un partido no la marcan tanto los formalismos reglamentistas como la cultura política fraternal. No es una cuestión moral sino sobre todo práctica.

Sin esos dos elementos (participación cotidiana y pluralismo razonablemente fraternal) un partido político se condena a una vida corta y a un techo electoral bajo. Los ciudadanos lo entienden pronto. En un país necesitado de democracia pero sobrado de quienes dan lecciones de democracia, la gente ya tiene bastante olfato para no dejarse engañar.

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