Quien Mucho Abarca: Quien Mucho Abarca

La vía bocazas

Es difícil encontrar declaraciones estridentes de Artur Mas o Carles Puigdemont antes del 1-O.  Las polémicas entonces se centraban en los pasos que se anunciaban. “En seis meses haremos una consulta”, “A la vuelta del verano aprobaremos leyes de desconexión“. No recordamos charlotadas sobre la vía eslovena, o que se retiraran los canapés de los actos oficiales en solidaridad con nadie o que alguien pidiera que España saliera de la Unión Europea.

Tras el 1 de octubre y la reacción del Estado a la simulación de declaración de independencia que hizo el Parlament el movimiento independentista quedó gravemente derrotado al menos en el itinerario que se había trazado hasta entonces. Ello no quiere decir que haya ganado el Estado (cuyos cimientos democráticos están maltrechos sobre todo por unos encarcelamientos indefendibles y que además comprobó hace un año que el independentismo sigue siendo el bloque mayoritario en las urnas catalanas), pero sí que el rumbo que tenían los partidos independentistas catalanes ya sólo les lleva a encallar una y otra vez.

Se diría que en Cataluña hay dos tipos de independentistas. Los que tienen el coraje de entender que la situación ha cambiado y que necesitan remangarse, dialogar, explorar las zonas grises y los matices (un ejemplo evidente fue Joan Tardá en el Congreso ayer); y quienes deciden estrellar a Cataluña contra un muro elevando la retórica pero sin nada que ofrecer a Cataluña más que esas estridencias.

La derecha española decretó que había que volver a aplicar el artículo 155 de la Constitución a Cataluña el día siguiente de que perdieran el gobierno de España. Ahora se agarran a las declaraciones de Torra para explicar que es imposible seguir sin aplicar el 155. Pero lo cierto es que ni Torra ni su gobierno están haciendo nada (nada de nada: ni ejercen de gobierno autonómico ni de gobierno secesionista) y que precisamente los alaridos histriónicos son la evidencia de que tampoco tienen previsto hacer nada concreto.

Las declaraciones de Torra, como las de Casado, Rivera o cuantos irresponsables estén echando gasolina al fuego pueden elevar la crispación popular: ese es el único (y peligroso) efecto de esta vía bocazas compartida. No es un efecto menor, es peligroso. Pero uno de los inconvenientes de la democracia es que se puede ser un bocazas sin que le sancionen a uno por ello. Ni a Torra, ni a Casado, ni a Rivera. Ni a los socios andaluces de estos últimos.

La vía bocazas es, simplemente, la escenificación del fin del Procés. Pero con el Procés acabado, hay quienes necesitan seguir haciendo como que sigue habiendo Procés.

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¿Por qué no estamos todos hablando de Kitchen?

No alcanzo a entender por qué ni uno de los periódicos impresos ni casi ninguno de los digitales más importantes abren esta mañana con el escándalo que, objetivamente, parece el más grave quizás desde el secuestro de Segundo Marey. Tampoco los informativos televisivos ni las radios. Ni siquiera los partidos están poniendo el caso a la altura que merece: incluido el PP que no ha perdido un minuto en desmentir nada ni, por supuesto, en mostrarse molesto y asqueado por lo hecho por sus dirigentes. 

Estamos conociendo una trama organizada desde el Ministerio del Interior y financiada con fondos reservados que ordenó el secuestro de una familia (la de Bárcenas) para encontrar y destruir pruebas de los delitos cometidos por la cúpula del PP, compuesta por las mismas personas que formaban el Gobierno; que sobornó a personas, que espió ilegalmente, que con la excusa de ese secuestro mantuvo tres días a policías en la casa de los Bárcenas no para proteger su seguridad sino para culminar el trabajo en el que fracasó el secuestrador: la destrucción de los pendrivesque probarían (más aún) los delitos del PP y la implicación de Mariano Rajoy y toda la dirección del partido.

Si esto se hiciera desde una organización privada (desde el Partido Popular, por ejemplo) estaría claro que se trata de una mafia. Si esto se hace desde los aparatos policiales la cosa es más grave: precisamente aquellas unidades del Estado cuya función es evitar y perseguir delitos se estaba utilizando para cometer crímenes de máxima gravedad con el objetivo de encubrir otros delitos, de destruir pruebas y de proteger a los delincuentes… que estaban al mando del Gobierno. Decir que es lo más grave desde el secuestro de Segundo Marey es un ejercicio de prudencia.

Tampoco cabe en ninguna cabeza que Mariano Rajoy y Jorge Fernández Díaz no estuvieran en la cúpula de la decisión de estos crímenes. Como entendíamos todos en los años en los que se destaparon las responsabilidades de los GAL, nadie se imagina que una decisión de esta gravedad la adoptara un cargo intermedio sin la orden o al menos el beneplácito de los máximos responsables. Pero la diferencia con los GAL radica en que aquí se trata precisamente de destruir pruebas que afectaban a Rajoy (y Cospedal, Sáenz de Santamaría…) y a todo el Partido Popular, presidido por el propio Rajoy. Más allá de lo que ya hemos oído en la conversación entre Cospedal, Villarejo y López del Hierro,¿alguien se cree que el Gobierno y la cúpula del Partido se desentendieron de qué pasaba  con Bárcenas y esos pendrivescuya existencia era vox populi (Cospedal preguntaba por su contenido)? ¿alguien se imagina a un alto funcionario aventurero que pusiera en marcha una operación criminal de esta envergadura para proteger la impunidad del presidente del Gobierno y sus ministros… a espaldas del presidente del Gobierno y sus ministros?

Estoy seguro de que no hay una conspiración para devaluar la importancia del caso. Así que la razón por la que sigue en un discreto segundo plano debe de ser peor aún: que ya ni nos sorprende, que tenemos interiorizado con tal naturalidad que el partido más votado en España es una organización mafiosa sin ningún tipo de límite en su actuación delictiva que no nos resulta un escándalo. Casi parece más sorprendente lo estrambótico (el secuestrador disfrazado de cura) que lo criminal.

Por cierto, ¿os acordáis de que Bárcenas iba a tirar de la manta? Al final no, ¿verdad? ¿Cómo lo ha conseguido el PP?

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Cuando el Estado está en manos de una Mafia.

 

Mafia
Del it. mafia.
1. f. Organización criminal y secreta de origen siciliano.
2. f. Cualquier organización clandestina de criminales.
3. f. despect. Grupo organizado que trata de defender sus intereses sin demasiados escrúpulos. 

Diccionario de la Real Academia Española

Según publicó ayer una web de las cloacas del PP, cuando el PP estaba en el gobierno usó dinero público para secuestrar a una familia y destruir las pruebas que había en su casa de delitos cometidos por toda la cúpula del PP. La familia era la de Bárcenas. El secuestro, de hecho, se produjo aunque entonces todos pensamos que se trataba de una persona con más ganas de notoriedad que cabeza. No sabemos si las cloacas del PP andan en guerra entre sí o si la publicación en esa web obedece más bien a evitar que un escándalo así tenga la repercusión que merece: que lo publique una web como mínimo amarilla y sin credibilidad, que lo entierre tras quince “noticias” contra Podemos al día siguiente y que siga la vida.

Nadie ha desmentido la noticia que probablemente sería la más grave desde el secuestro de Segundo Marey que llevó a la cárcel (por poquísimo tiempo gracias al indulto de Aznar) a José Barrionuevo y a Rafael Vera.

Se trataría de usar el aparato del Estado, el Ministerio del Interior, para financiar el secuestro de una familia. Y, además, el ánimo de ese secuestro inducido por el Ministerio del Interior no sería investigar ni impedir delito alguno sino, todo lo contrario, destruir las pruebas de delitos que investigaban los tribunales. Y para terminar de elevar la gravedad, los delitos cuyas pruebas se intentaron destruir los cometió el partido del gobierno e implicarían al entonces presidente del Gobierno, a la vicepresidenta, a la ministra de Defensa… a toda la cúpula del partido y a buena parte del Gobierno.

Hace unos años, cuando detuvieron a Francisco Granados, Esperanza Aguirre recordó (tan ingenua ella) cuando a la mujer de Granados le quemaron en el garaje su coche que resultó no ser suyo sino de un constructor. “No se me ocurrió que fuera algo lindando con lo mafioso“, dijo entonces. Desde entonces hemos conocido al pequeño Nicolás, la policía patriótica de Fernández Díaz, las mentiras fabricadas en Interior contra la oposición democrática, todos los asuntos que se están conociendo del “caso Kitchen”

No, no lindan con lo mafioso. El Partido Popular lo ha demostrado una y mil veces. El Partido Popular es una organización con apariencia de partido político que ha puesto el Estado al servicio de tramas criminales.

Decía Kiko Veneno hace unos años que “la mafia española es más perfecta que la italiana porque no necesita matar“. A estas alturas, no sé quién pondría la mano en el fuego porque haya sido así.

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Vox: el esqueje

Ha pasado ya una semana del resultado de las elecciones andaluzas y hay suficientes datos como para analizar con un poco de sosiego. Frente a la primera impresión, en Andalucía no ha pasado (ni está pasando en España) lo que en Francia con Le Pen. No hay una extrema derecha/fascismo/populismo de derechas que esté recogiendo una indignación popular y canalizando el voto obrero que antes votaba a la izquierda.

Los votos de Vox salen, como sus dirigentes, del Partido Popular. Si el PSOE y Adelante Andalucía (Podemos e IU) han perdido votos y no suman mayoría no es por la irrupción de Vox sino porque cientos de miles de sus ex votantes no han votado, no porque hayan votado a Vox. Las encuestas que estudian trasvases de votos y el análisis de los colegios electorales donde ha crecido Vox así lo demuestra: son, en su infinita mayoría, ex votantes del PP.

Tampoco el discurso, las propuestas ni siquiera la estética apelan a esa temida transversalidad y modernidad que sí logra Le Pen en Francia (por ejemplo) o que lograron los fascismos europeos en los años 30. Las propuestas de Vox son las del PP y Ciudadanos más dos vueltas de rosca y un eructo. Nos estamos fijando mucho en las propuestas machistas (calcadas de lo que decía Ciudadanos hasta 2015), en las xenófobas (indistinguibles de los discursos del PP cuando se les suelta la lengua) y en las nacionales.

También llama la atención ese discurso que responde agresivamente contra las conquistas de libertades civiles para el colectivo LGTBI y las mujeres; o que se centra en la defensa de la tauromaquia a la que no está atacando nadie más que el desinterés de las nuevas generaciones de españoles, o ese catolicismo rancio que intenta superar la propia Iglesia Católica porque se queda sin grey. Una respuesta identitaria de la España de cerrado y sacristía frente a la rápida secularización de una España cada vez más cosmopolita, europea, abierta y moderna.

Pero nos fijamos poco en las económicas y sociales. También son idénticas a las de PP y Ciudadanos más dos huevos duros. Pero en este caso es mucho más relevante porque ya no apela a cuestiones culturales ni viscerales sino al bolsillo: las pensiones mínimas deben ser complementadas con los ahorros del pensionista, las cotizaciones de la Seguridad Social pueden ir a fondos privados, el IRPF será del 20% para todos los españoles independientemente de la renta salvo lo que supere los 60.000 euros que tributará al 30%, rebaja en el Impuesto de Sociedades… es decir, desmontar lo público, manipular la balanza social en favor (aún más) de quienes más tienen.

Vox no enfrenta a los últimos con los penúltimos. Vox enfrenta a los primeros con el resto. De momento. Vox no es Marine Le Pen en un barrio de Marsella. Vox es Esperanza Aguirre aparcando en el carril bus para ir a jugar al bridge.

Junto a las rentas altas, Vox está apelando a un voto profundamente conservador, viejuno; Vox, afortunadamente, tiene un discurso rancio que no construye una España nueva sino que se aferra a las identidades de una España que pudo ser, pero ya no es. Si en política hay un eje viejo-nuevo (donde PP y PSOE serían lo viejo frente a Podemos y Ciudadanos que serían lo nuevo) Vox hoy está cavando la trinchera en la defensa de lo más viejo. Vox es el Alcázar, es Numancia, es una España atrincherada que se siente agredida por una España nueva que no entiende. Algo muy diferente (y menos peligroso) que las extremas derechas europeas, populares, sociales y modernas.

Pero obviamente, no le faltarán consejeros. Y le explicarán que puede quedarse en una escisión del PP, en un esqueje que no puede crecer más que a la sombra de su planta matriz, pero que eso le genera un techo muy bajo.

Ahora mismo el principal riesgo es que seamos los demócratas quienes convenzamos a todo el mundo de que Vox es Le Pen, ese fenómeno autoritario y antiliberal pero también transversal, popular y moderno que está amenazando las democracias europeas desde los barrios obreros. No es eso, está lejísimos de serlo. No se lo regalemos.

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Cuando “constitucionalista” ya no es sinónimo de “demócrata”

En 2002 Aznar aprobó una resolución en el Congreso del Partido Popular que reivindicaba una cosa que llamaron patriotismo constitucional. Usaban el nombre de una propuesta del filósofo Jürgen Habermas para darle la vuelta: una propuesta republicana que apostaba por vincular el patriotismo a instituciones democráticas en vez de a la nación se convertía en un discurso que subordinaba las instituciones a una idea de nación española muy concreta. Aznar (y los medios y partidos que lo acompañaron) fue el primero en usar la Constitución como martillo de herejes y redujo su contenido simbólico a la unidad de España (entonces frente al PNV) y a la monarquía.

La propuesta le fue útil como partido: desde entonces usamos constitucionalista como martillo de herejes que define a quien antepone como principios irrenunciables a cualquier cosa la unidad nacional y la monarquía. Pero fue suicida para el sistema político e institucional. Como muy bien explicaba ayer Sebas Martín no hay indicio tan ostensible de la crisis que atraviesa la Constitución que el intento de apropiación de su marco normativo por parte de ciertos partidos. De simbolizar un espacio ecuménico de convivencia, donde cabían todas las expectativas que se adecuasen a sus principios y reglas democráticos, la Constitución vuelve a ser, otra vez en nuestra historia, un artilugio banderizo instrumentalizado por facciones.

El relato de la Transición de los 90 era extremadamente eficaz: la Transición, la Constitución, acogían en su seno a todo el mundo salvo a fascistas inadaptados y terroristas contumaces. El resto, ex franquistas, socialdemócratas, comunistas, nacionalistas, demócratas cristianos… no es que cupieran en la Transición, es que eran sus autores, sus dueños. Pero con el giro aznarista la cosa cambió: se nos explicó que la Transición, la Constitución… era una cosa de las derechas españolas en la que más nos valía estar a los demás. Esa arma propagandística que sigue usando el aznarismo repartiendo carnés de constitucionalistas (ahora se lo quita al PSOE y se lo da a Vox) puede ser eficaz para la derecha española, pero condena al Régimen de la Transición a su superación: al pasar de ser transversal a ser de la derecha, sólo falta encontrar un nuevo imaginario de transversalidad para paliar la orfandad nacional.

Ayer aprovecharon el 40º aniversario de la Constitución para defender la maltrecha monarquía (la portada de La Razón parece la única transparente sobre qué se intentaba ayer: el acto de homenaje a la Constitución “se convierte en un homenaje a la Corona“). Sin duda la derecha ha conseguido hacer de constitucionalismo un sinónimo de defensa en concreto de la Constitución del 78 y ha reducido la Constitución del 78 a unidad nacional y monarquía.

La ventaja de la irrupción de Vox es que esta extrema derecha es nítidamente nacionalista española y monárquica. Por eso es coherente que la incluyan en el club cada vez más estrecho y tenebroso del constituionalismo. Pero por eso también es más urgente que contrapongamos un espacio mucho más amplio y esperanzador que sea el de los demócratas, el de quienes queremos una Constitución que no se fundamente en la indisoluble unidad de España (que puede ser un postulado constitucional pero no el fundamento de la Constitución) sino en la voluntad del pueblo español, en sus derechos y libertades.

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1948, 1978, 2018: Aniversarios para el futuro (artículo en La Mirada Común)

El 6 y el 10 de diciembre se cumplen dos aniversarios redondos de dos hitos de nuestra Historia reciente. El 6 de diciembre se cumplieron 40 años de la aprobación en referéndum de la Constitución de 1978 con la que se quería poner fin a la dictadura y abrir una época nueva para España. El 10 de diciembre se cumplirán 70 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos con la que se quería decir adiós a los fascismos y abrir una época nueva para la Humanidad.

Puedes seguir leyendo en La Mirada Común.

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La derecha española sigue siendo otra cosa

De entre las reacciones por la llegada de Vox, una que hemos tenido mucha gente es cierta resignación más o menos aliviada: pues mira, ya están aquí, como en todo el mundo. Nos habíamos hecho mil análisis explicando la rareza de carecer en España de la extrema derecha que está creciendo en toda Europa (menos Portugal) y en grandes países del mundo: que si el 15M y Podemos habían vacunado a España de este virus, que si en España no necesitábamos odiar a los inmigrantes porque ya odiábamos a los catalanes… Ya no hace falta preguntárnoslo más: se acabó la rareza y cuando haya nuevas encuestas sobre toda España lo constataremos mucho más.

Pero la irrupción de Vox sigue arrojando rarezas en nuestra derecha básicamente inéditas en la Europa occidental.

Por un lado, el propio programa y discurso de Vox no es exactamente homologable al de Marine Le Pen y otras extremas derechas análogas. En Europa (y en Estados Unidos) la extrema derecha es antielitista y antineoliberal y no excesivamente rancia en aspectos morales (recordemos, por ejemplo, a Pim Fortuyn, el líder xenófobo holandés que fue asesinado y que no tenía ningún problema con su homosexualidad). Los ultras europeos se parecen, en eso, a los fascismos de los años 30, que eran modernos, laicos e inteligentes, antielitistas y con un componente social importante. Vox, en esto, se parece mucho más a lo que fue el segundo franquismo español, tecnócrata y opusino: sus propuestas económicas son más neoliberales que las del PP, sin una sola propuesta de carácter social conocida, nunca critican a las élites políticas ni económicas (empezando por el rey, cuya defensa aparece en el tercero de los cien puntos programáticos de Vox) y se anclan sin ninguna duda en la versión más rancia del catolicismo español, en defensa de la “familia natural” (sic) y con propuestas claramente machistas y homófobas.

La diferencia más preocupante, con todo, no se encuentra en Vox sino en el resto de la derecha española. Al conocer el resultado andaluz, el líder de los “liberales” europeos felicitó a su referente español, Ciudadanos, “sin embargo, el éxito de la extrema derecha debería preocuparnos a todos. Habrá una batalla por el alma de Europa en los comicios europeos de mayo“. La derecha europea occidental no ha tenido dudas en introducir un cordón sanitario frente a la extrema derecha. Ni Macron, ni Chirac ni incluso Sarkozy coquetearon con el Frente Nacional (aunque alimentaran sus ideas); ni Merkel encuentra ninguna prioridad política que no sea una clarísima línea de separación frente a Alternativa por Alemania. En cambio, en España, PP y Ciudadanos en ningún caso se niegan a ir de la mano de Vox y sonroja escuchar a Albert Rivera contestar patéticamente que “no soy analista político” cuando le preguntan qué es Vox.

Teníamos camuflada la caja de Pandora. Y de repente ha salido a la luz, la hemos abierto y ya están los monstruos entre nosotros. Y lo más terrible es que aquí tenemos a demasiados prometeos que, en vez de buscar la esperanza en el fondo de la caja, se ponen a bailar con los monstruos liberados.

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Polo democrático

Las elecciones andaluzas cambian el país. Es una obviedad. La hidra aznarista va a gobernar, deja de ser una hipótesis y la extrema derecha se convierte en la fuerza de moda. Comienza un nuevo ciclo histórico en España que tenemos que leer con urgencia pero sin brochazos ni tics.

Democracia, feminismo, derechos humanos y ecologismo son los cuatro motores que pueden construir un futuro ilusionante para el país, que resista a la alianza de corruptos, demagogos, oportunistas y reaccionarios que toma las riendas de Andalucía mirando a España. En torno a esos cuatro motores hay que construir una unidad cuya base son hoy, sin ninguna duda, las grandes ciudades: el principal motor ahora mismo de modernización, futuro, alegría y dignidad de nuestro país.

España no entra en crisis política hoy. Lo lleva estando tiempo. Precisamente por ese deterioro democrático que se consagra hoy en Andalucía. A la crisis política e institucional que teníamos la única respuesta de cambio se la están dando las ciudades y están funcionando, por eso son la gran esperanza de España, por eso hay que defenderlas sin media tontería.

Junto a las ciudades, sólo el feminismo está en marcha como movimiento emancipador vigoroso. Por eso es el principal enemigo de la hidra: Vox recupera aquella propuesta de Ciudadanos de eliminar la violencia machista del Código Penal para diluirla en una violencia intra familiar y confronta, como Casado, con “las ideologías de género”, es decir, con el feminismo y con los derechos del colectivo LGTBI, es decir, con los derechos de todos.

El feminismo y las ciudades son hoy el principal motor de una España alegre y moderna frente a esa alianza triste, rancia y turbia.

No es el momento de trincheras sino de horizontes. Las trincheras y los eslóganes de identidades por desgracia derrotadas abren las puertas de la hidra. Necesitamos contar un reto ilusionarte que no es tanto derrotar al fascismo construir construir una democracia ambiciosa y fuerte con la bandera de los derechos humanos. A este lado los que defienden todos los derechos humanos, su conquista efectiva para todas las personas que viven en España. Al otro los que desmantelaron el derecho a la vivienda y al trabajo, los que atacan los derechos de las mujeres y de inmigrantes y refugiados, los que quieren devolver España a ese oscuro pasado tenebroso y mugriento del que la España del siglo XXI ha conseguido huir con tantísimo esfuerzo.

Democracia, feminismo, derechos humanos y ecologismo. Desde las ciudades. Sonriendo, que es la mejor forma de enseñar los dientes.

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El ridículo

A las 8 de la mañana el alcalde de Alcorcón, diputado del PP en la Asamblea de Madrid, conocido por su machismo y su lucha contra la libertad y la igualdad, tuiteaba que la puesta en marcha de Madrid Central le recordaba a la construcción del Muro de Berlín. Pocos días antes una columnista de El Mundo encontraba el trasfondo común (“salvando las distancias, claro”) entre el gueto de Varsovia y Madrid Central. El vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Pedro Rollán anunció hace unos días: “lo que tendrá lugar es el caos, desabastecimiento, pérdida de vida, pérdida de identidad en los comercios que dan sentido a Madrid Central, pérdida de empresas, pérdida de puestos de trabajo“.

La campaña apocalíptica del PP y Ciudadanos (y su pesebre mediático) de estas semanas anunciando el Apocalipsis, el totalitarismo liberticida y las mil mandangas con las que Begoña Villacís, quien la acompañe del PP en cada momento y el mal llamado gobierno de la Comunidad de Madrid han sido, de nuevo, ridículas. A las 12 horas ya empezaban a recular y lo que explicaban es que Madrid Central no es para tanto, que es una medida fake, que es sólo ampliar las áreas de prioridad residencial que ya existían, que era inútil porque no se veían comandos policiales persiguiendo a conductores…

Este Ayuntamiento de Madrid ha modernizado mucho la ciudad, pero sin duda una de las mejores ayudas que va a tener en las elecciones de mayo de 2019 habrá sido la patética oposición que ha tenido, con continuas oposiciones a obviedades, anunciando la llegada del anticristo por un carril bici o por una cabalgata de reyes, apoyándose en organizaciones fascistas para detener en los juzgados el adecentamiento democrático del callejero, atacando toda medida por la modernización de Madrid. Como en 2015 ayudó mucho el ridículo de Esperanza Aguirre anunciando los soviets de distritos que los madrileños hemos podido contemplar estos cuatro años. Han anunciado mil desastres; han hecho esas mil veces el ridículo.

Han sido cuatro años de patética lucha contra el tiempo, de intentar volver a una ciudad de los años 60, al desarrollismo tecnócrata que medía el progreso en humo.

Ayer volvieron a tomar a los madrileños por gilipollas haciendo como que no habían dicho lo que esa misma mañana habían cacareado. Los madrileños no son gilipollas. Todo lo contrario. Y en mayo se lo dirán muy clarito.

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Miedo a la democracia

Estos días se están celebrando en muchas universidades españolas consultas populares sobre monarquía o república. Y este domingo 2 de diciembre habrá más de cien mesas por todo Madrid donde la gente pueda votar en consultas análogas. Evidentemente el lunes nadie proclamará la república o asumirá la monarquía en función del resultado. Estas consultas son un ejercicio libre, pacífico y democrático de libertad de expresión de gente, fundamentalmente joven, que tiene una opinión legítima sobre su país y quiere expresarla. Y tienen un potencial inmenso de futuro porque las mueve gente común con una propuesta sensata de país al margen de ningún partido.

Hace un par de días el PP de Madrid organizó una charla con el asombroso título ‘Estado de derecho como garantía de libertad‘ en la que al parecer se explicó como saltarse el Estado de derecho para vulnerar la libertad. La oradora (Isabel Díaz Ayuso, la jefa de la comunicación del PP de Casado, viceconsejera de Presidencia de la Comunidad de Madrid, conocida por diferenciar entre musulmanas y españolas, por atacar el feminismo y acosar en público desde el gobierno a Telemadrid por informar sobre la inauguración de Gran Vía) anunció que emprenderían acciones legales contra estas consultas porque son “ilegales” y sirven “para alentar el odio”.

Es evidente la legalidad de las consultas, que son un nítido ejercicio de libertad de expresión y además es un instrumento de manifestación de opiniones que se ha utilizado muchísimas veces (contra la privatización del Canal de Isabel II que intentó el PP, por ejemplo, votaron 167.000 personas). Y, para cualquier persona con mínima sensibilidad no ya democrática sino simplemente racional, es evidente que en absoluto significa alentar el odio algo tan legítimo como expresar la voluntad de un cambio político e institucional en clave democrática y modernizadora. Sólo los discursos que defienden dictaduras, porque la democracia divide al pueblo, puede encontrar odio en la expresión democrática y pacífica de una propuesta absolutamente legítima para su país.

Si el PP piensa que una expresión así debe ser ilegal y alienta el odio, el PP se está haciendo un retrato como un partido fanático y profundamente autoritario.

Lo verdaderamente interesante es la alergia que produce a las élites políticas y empresariales que han podrido nuestras instituciones (las instituciones del 78, por cierto) que haya movimientos populares que propongan un cambio sustancial para España vertebrado desde la democratización de la jefatura del Estado. Como es revelador el miedo del CIS a volver a preguntar sobre la cuestión tras el enésimo (pero primero con Felipe VI) suspenso de la monarquía en 2015. Hay toda una corte corrupta que ha vivido muy bien a la sombra de Zarzuela y que necesita la supervivencia del tinglado.

Si España es una democracia consolidada, si la Transición salió tan bien, si libertad sin ira libertad y si no la hay sin duda la habrá, si habla pueblo habla… ¿qué miedo tienen al pueblo? ¿Tan seguros están de que a poco que la gente debata, hable, opine, se exprese… pondremos en marcha un país distinto más difícil de parasitar por los corruptos? ¿Siguen manejando encuestas como aquella de Suárez que le llevó a no consultar sobre la monarquía porque igual los españoles querían otro futuro para su país?

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